Spin off: Agencia Pipen CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Darius la besó con el sabor del vino todavía en sus labios.

Había sido apenas un sorbo, pero lo encontró en su boca: cálido, con el picor perfecto.

Le sujetó el rostro entre las manos y trató de contenerse.

Difícil tarea, porque la deseaba como siempre y el tiempo pasado no ayudaba.

Ella no le dio respiro: hundió los dedos en su cabello, abrió la boca bajo la suya y pegó las caderas a su cuerpo.

El golpe de deseo fue inmediato, y Darius retrocedió un paso.

—¿Qué haces?

—Te doy espacio, Isa. Estoy…

Su bulto era obvio, pegado contra ella, que lo había seguido en el movimiento y se le pegaba como la lapa más jodidamente sexi.

—No quiero espacio, amor. Quiero cercanía, toda ella.

Volvió a besarlo, pero esta vez le mordió el labio inferior y tiró de él hasta arrancarle un gruñido. Estaba que ardía, desenvuelta, sin cortarse, y era un puto espectáculo para sus ojos. Darius le rodeó la cintura y la apretó contra él, posesivo.

Durante meses había medido cada contacto.

Después del parto, incluso cuando el médico les aseguró que podían recuperar la intimidad, él fue cauto, cuidando de estar atento a sus expresiones.

No quería ser el origen de dolores; el parto había sido complicado, largo, Isabel había tenido una hemorragia.

Solo recordarlo se le ponía la piel de gallina, no importaba cuántas veces ella le asegurara que era pasado, que estaba recuperada.

Pero ahora, ella demandaba con sus ojos, con sus pechos restregándose contra él, con su pelvis moviéndose sobre su polla.

Darius era débil, la deseaba, su sangre hervía, su cuerpo la llamaba.

Sus manos encontraron la curva de sus glúteos y los acariciaron con gula.

Ella dejó escapar un sonido contra su boca y Darius cerró los ojos un instante.

—Isabel…

—No me preguntes otra vez si estoy segura.

—Hace una semana dejaste de amamantar.

—No estoy enferma, Dare.

—No he dicho eso.

—Mis pechos todavía están sensibles. Te avisaré si algo me molesta.

Darius deslizó las manos por su espalda.

—¿Y lo demás?

Isabel se apartó lo necesario para mirarlo.

—Lo demás lleva meses esperándote.

Joder. Se le secó la garganta, y ella no le dio tregua, tomando una de sus manos para colocarla sobre el cierre del vestido.

—Ábrelo.

Darius encontró la cremallera en mitad de su espalda y tiró despacio.

La tela cedió desde la espalda alta hasta la cintura y dejó a la vista la piel cálida, marcada por una línea fina del sujetador.

Besó uno de sus hombros, se regodeó en él.

Isabel inclinó la cabeza a un lado para hacerle lugar y él recorrió el lugar donde el cuello se unía con la espalda.

La sintió estremecerse y buscó bajar el vestido para eliminarlo de la ecuación, pero ella cruzó los brazos por delante, sujetándolo contra el pecho.

Darius se detuvo.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Él esperó. Los ojos de Isabel bajaron hacia sus propias manos.

—¿Estás escondiéndote de mí, hermosa?

Ella apretó los labios y Darius parpadeó, sin entender. Ella le enviaba señales cruzadas.

—No sé qué esperas ver, pero… Ya no soy la misma.

—Ya lo sé —Darius tomó una de sus manos y besó la palma, ahora consciente de lo que pasaba por la cabecita de su esposa.

Ah, las mujeres, jamás entenderían el cerebro masculino.

Y viceversa. Para él Isabel era todavía más sexy y bonita con sus caderas anchas, sus senos llenos, con el brillo de su piel-.

Te vi cambiar durante el embarazo. Vi cómo nuestra hija crecía dentro de ti.

Estuve cuando nació. Te vi alimentarla con tu cuerpo durante seis meses.

Los ojos de Isabel se llenaron de humedad.

—Mi vestido para mañana es dos tallas más grande que el de mi boda.

—No me importan las tallas.

—A mí sí.

Él bajó su mano y la apoyó sobre el pecho.

—No voy a decirte que no debes sentirte así —continuó—. Pero tampoco voy a dejar que decidas por mí lo que veo cuando te miro.

—¿Y qué ves?

Darius sostuvo sus ojos.

—A mi mujer.

Isabel tragó saliva. Él llevó la otra mano hasta sus brazos cruzados.

—A la mujer que deseo desde que entró en aquel patio. A la que tuve que dejar de besar hace unas horas porque Bianca abrió la puerta. A la que llevo meses tocando menos de lo que quiero porque tengo miedo de hacerle daño.

Isabel aflojó los brazos.

—No voy a romperme.

—También lo sé. Déjame verte toda, mi reina. Quiero hacerte el amor, no tienes idea de lo caliente que me pones…

Ella parpadeó rápido y tragó saliva, sus ojos fijos en los de él, y luego asintió, dejando caer el vestido.

La tela resbaló por sus caderas y quedó a sus pies.

Darius no apartó los ojos ni un momento.

El sujetador y las bragas eran color vino y el encaje cubría una piel más suave que antes.

El abdomen tenía una curva nueva y una línea clara descendía desde el ombligo.

Las caderas se habían ensanchado. El cuerpo que conocía había cambiado, pero el deseo que despertaba en él no había perdido fuerza. Había ganado otra profundidad.

Isabel se obligó a permanecer quieta. Darius vio la duda en la tensión de sus muslos y en la forma en que contenía el aire.

Se arrodilló frente a ella, apoyó las manos en sus caderas y besó la piel debajo del ombligo.

Isabel soltó el aliento despacio mientras él seguía la curva de su vientre con la boca.

No ocultó las marcas de estrías ni fingió que no existían, sino que las recorrió una por una, deteniéndose donde la piel era más sensible.

Los dedos de Isabel entraron en su cabello.

Darius lamió el largo del  hueso de una cadera y la respiración de Isabel cambió.

Él lo escuchó y supo que iba por el camino correcto.

Separó sus piernas con las manos y arrastró los labios por la cara interna de un muslo.

Isabel se sostuvo de sus hombros. Cuando él alcanzó el borde de las bragas, ella apretó los dedos.

Darius deslizó la tela hacia abajo. Isabel levantó primero un pie y después el otro.

Él tiró la prenda junto al vestido y regresó a ella sin prisa.

Besó sus muslos y el lugar donde las piernas se unían.

Isabel abrió más el cuerpo y él contempló su coño rosa.

El primer roce de su lengua la hizo estremecerse.

Probó otra vez, más despacio, atento a cada respuesta.

El sabor de Isabel y el sonido bajo que salió de su garganta acabaron con lo que quedaba de su control.

La recorrió con la lengua, encontró el punto que la hacía temblar y volvió a él.

—Dios —susurró ella.

Sus dedos tiraron de su cabello. Darius profundizó la caricia e Isabel se movió contra su boca, al principio con cautela, después sin esconder lo que necesitaba. Él la sostuvo por las nalgas y aceptó cada movimiento. La había extrañado así.

No solo su cuerpo. Había extrañado la confianza con que ella lo buscaba, la libertad de pedirle más y el abandono que aparecía cuando dejaba de pensar.

Alzó una pierna y la colocó sobre su hombro.

Eso le dio mayor amplitud y deslizó un dedo dentro de su calor, despacio.

El cuerpo de Isabel se tensó y por eso, se detuvo y observó su rostro.

—No pares —rogó ella.

Una orden que podía seguir con gusto. Movió el dedo con suavidad, adentro, afuera, adentro otra vez, acariciando el terciopelo de su precioso coño.

Isabel dejó caer la cabeza hacia atrás y Darius trabajó más, añadiendo un segundo dedo con cuidado, sintiendo cómo su cuerpo se abría y lo recibía.

Acompañó con su lengua sobre la zona de su clítoris, y el gemido de Isabel llenó la habitación y sus uñas se clavaron en la nuca masculina.

Él mantuvo el ritmo hasta que los muslos comenzaron a temblarle.

—Mírame —pidió.

Ella bajó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros, los labios abiertos. Su esposa, su hembra, la mujer que amaba, gozaba por él, con él. El pensamiento lo puso frenético y Darius no apartó la mirada cuando el placer la alcanzó.

—Eso, córrete, Isa, córrete en mis dedos, preciosa.

Isabel se estremeció contra él; su cuerpo se cerró alrededor de sus dedos y un sonido roto salió de su boca.

Darius la sostuvo durante cada sacudida, sin abandonar la caricia hasta que ella tiró de su cabello, desgonzada de la manera más sensual.

La observó por un largo minuto mientras ella volvía a recobrar conciencia.

Era tan hermosa, tan perfecta, tan suya, que le dolía el pecho de adoración.

Cerró los ojos, suspirando, pero Isabel lo sorprendió al tomarlo por la camisa y besarlo, sin vacilar al encontrar su sabor en la boca de su esposo.

Mientras, desabotonó su camisa y empujó la tela sobre sus hombros.

Darius la dejó hacer. Ella pasó las palmas por su pecho y bajó hasta el abdomen.

La yema de un dedo siguió una cicatriz antigua. Después llegó al cinturón.

—Ahora tú.

Darius le sujetó la muñeca.

—No necesito…

Isabel alzó una ceja y él la soltó, sonriendo con sensual abandono. Dejarla hacer era su placer.

—Eso pensé.

Desabrochó el cinturón y los pantalones con celeridad, ungida, y su mano entró bajo la ropa y se cerró alrededor de él.

Darius apoyó la frente contra la suya y gruñó cuando su polla envió las señales de gusto a su cerebro.

Isabel lo acarició con la presión justa, sin apartar los ojos.

Darius cerró los ojos y ella besó su cuello y continuó moviendo la mano.

Su cuerpo desnudo rozaba el suyo en cada caricia.

Los pechos se apretaban contra su torso y el encaje añadió una fricción que terminó de romperle la paciencia.

Le quitó la mano con suavidad e Isabel protestó.

—La cama, ahora.

Cayeron en esta enredados. Isabel se incorporó para quitarse el sujetador, pero se lo impidió.

—Déjame.

Encontró y liberó los ganchos, retiró la prenda sin rozar sus pechos. Estaban más llenos, con los pezones oscuros y tensos. Los observó.

—Tendré cuidado.