CAPÍTULO 6
DARIUS E ISABEL
Darius comprobó el cierre de la silla antes de sacar a su hija del vehículo, otra vez. Lo había hecho al abandonar el aeropuerto, cuando se detuvieron frente al hotel y una tercera mientras el empleado descargaba las maletas. Isabel esperó junto a la puerta abierta.
—Está dormida, Dare. No va a desabrocharse sola.
Darius pasó un dedo entre la correa y el pecho de la niña.
Satisfecho con la distancia, presionó los seguros y alzó la silla completa.
Isabel miró el equipaje amontonado detrás del vehículo.
Dos maletas grandes. Bolsas con pañales, otra con ropa y mantas.
El bolso térmico. La cuna portátil. El monitor.
Un esterilizador que su hija ya casi no necesitaba. El coche plegado.
Santa Virgen, la vida de los nuevos padres era caótica y llena de emergentes. Tener un esposo que procuraba adelantarse a todos, agotador.
—Nos quedaremos tres noches —dijo.
Darius bajó la silla con cuidado.
—Sí.
—Parece que nos mudamos.
Él contó los bultos.
—Usaremos todo.
—Trajiste dos mantas para exteriores.
—Una puede ensuciarse.
—Y tres paquetes de pañales.
—No sabemos qué tendremos disponible cerca.
Isabel cerró la puerta del vehículo y suspiró largo.
Discutir era inútil. Había visto a Darius preparar operaciones con menos equipamiento.
Durante los días anteriores al viaje, él había recorrido la casa con una lista, añadido objetos cuando ella no lo miraba y comprobado el pronóstico de Sonoma tantas veces que podía recitar la temperatura de cada hora.
Isabel se acercó a la silla. La niña dormía con una mejilla aplastada contra el acolchado y los labios entreabiertos.
Llevaba un conjunto color crema elegido por su padre después de descartar dos porque, según él, no abrigaban lo suficiente.
Le acarició la mano cerrada. Darius siguió el movimiento. Toda la dureza abandonó su rostro.
Aún la sorprendía verlo así. Había conocido a un hombre capaz de atravesar una puerta sin importarle cuántas armas lo esperaban al otro lado. Un hombre que dormía poco, confiaba en pocos y parecía haber nacido preparado para la violencia.
Su hija le había enseñado el miedo. No el que paralizaba. Uno constante, atento, que lo hacía despertar ante cada sonido y acercar una mano al pecho diminuto para comprobar que subía y bajaba.
—Podrías llevarla en brazos —dijo Isabel, a la que le gustaba consentirlo—. Lleva mucho rato en la silla.
Darius no necesitó una segunda invitación.
Se inclinó, soltó las correas y levantó a la niña con ambas manos.
Ella emitió una protesta y acomodó la cara contra su cuello.
Una de sus piernas quedó a cada lado del antebrazo de Darius.
Él le cubrió la espalda con la palma. La expresión de amor derritió a Isabel.
—Oh, mis ovarios, joder —musitó.
No había manera de enamorarse más de este hombre, ¿o sí?
Y eso que el flechazo que la conectaba era largo.
Sonrió y recorrió el sitio con la mirada.
El hotel se extendía alrededor de un patio interior.
No era grande: dos edificios de piedra clara y madera oscura rodeaban una fuente baja, árboles jóvenes y varios grupos de sillones.
Más allá de los tejados se veían las colinas.
Cassandra había reservado buena parte del piso superior para ellos e Isabel comprendió la elección apenas entró.
No había un vestíbulo enorme ni grupos de turistas esperando.
El personal saludaba por el nombre a los invitados de la boda y una mujer entregaba las llaves dentro de pequeños sobres marcados con el sello de Marlowe Events.
Darius recibió el suyo, lo abrió y leyó el número de habitación. Después miró el plano de evacuación colocado junto al ascensor. Sus ojos eran láseres explorando debilidades, salidas, cámaras. Isabel apoyó una mano sobre su espalda.
—No lo hagas.
—Solo estoy mirando.
—Estás en modo alerta. Relájate. Estamos bien.
La niña continuaba dormida contra su pecho, ajena a inquietudes y sobreprotección. Divino tesoro.
Un grito de alegría llegó desde el otro lado del vestíbulo.
—¡Por fin!
Bianca cruzó el espacio antes de que Isabel pudiera volverse.
Llevaba un vestido azul oscuro y el cabello recogido en una trenza floja.
Scott caminaba detrás de ella, más lento, con las manos en los bolsillos.
Bianca abrazó primero a Isabel. Lo hizo con cuidado para no golpearse contra la bolsa que llevaba al hombro.
—Déjame verte.
Le sujetó los brazos y la observó de arriba abajo.
Isabel resistió el impulso de cubrirse el abdomen.
Habían pasado meses desde el parto y su cuerpo ya no era el mismo.
Tal vez nunca volviera a serlo. Las caderas habían crecido, el vientre seguía blando y sus pechos habían cambiado otra vez desde que dejó de amamantar, una semana atrás.
Había elegido el vestido para la boda después de probarse seis y llorar frente al espejo con el quinto. Bianca sonrió.
—Estás preciosa.
La sinceridad de su voz deshizo parte del nudo.
—Estoy agotada.
—También. Pero tú tienes la mejor de las excusas.
Bianca se volvió hacia Darius. Sus ojos fueron directos a la niña.
—Dámela.
Él no se movió. Isabel vio el momento exacto en que su marido buscó una razón para negarse. Bianca también lo vio.
—Sé sostener a un bebé.
—Está dormida.
—Los bebés pueden dormir en brazos de otras personas.
Darius miró a Isabel. Ella cruzó los brazos.
—Dásela.
Lo hizo con la cautela de un hombre que entregaba algo irreemplazable. Una mano sostuvo la cabeza de la niña hasta que estuvo seguro de que Bianca la tenía bien apoyada. Bianca la acunó contra su pecho.
—Hola, belleza.
La bebé abrió los ojos. Miró el rostro desconocido, arrugó la nariz y movió la boca.
Darius dio medio paso. Isabel le sujetó la muñeca. Su preciosa Ella tenía que habituarse a otros rostros, olores, sonidos.
—Está bien.
Bianca comenzó a balancearse mientras murmuraba unas palabras en italiano.
Ella volvió a cerrar los ojos. Scott se detuvo.
Su tamaño igualaba al de Darius, pero la expresión con que contempló al bebé no pertenecía al jefe de la agencia.
Era más suave. Al notar que Isabel lo observaba, le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo estuvo el viaje?
—Largo.
Scott miró el equipaje y frunció el ceño, sorprendido.
—¿Todo eso es de la niña?
—Casi todo.
Scott silbó bajito y Darius lo miró con superioridad.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Isabel.
—En el patio —dijo Bianca—. Cassandra lleva una hora impidiendo que Elijah cambie los arreglos de las mesas o desordene el lugar.
—Solo sugerí alternativas—protestó una voz desde la puerta.
Elijah entró con Louie a su lado. El anillo de Louie brilló cuando levantó una mano para saludar. Parecía nervioso, pero no incómodo. Elijah mantenía los dedos apoyados en su espalda baja. Darius abrazó primero a Louie. El gesto fue breve, masculino y tan firme que lo desplazó medio paso.
—Felicidades.
Louie sonrió.
—Gracias.
Elijah abrió los brazos.
—Yo también voy a casarme.
—Tú pareces bastante felicitado.
—Nunca es suficiente.
Darius le estrechó la mano y lo atrajo para golpearle la espalda. Mientras los hombres se saludaban, Bianca se alejó con la niña. Darius la siguió con la vista. Isabel deslizó los dedos entre los suyos.
—No llegará a la frontera, cariño.
—No dije nada.
—No hace falta.
Louie se acercó a Bianca y miró al bebé sin tocarlo. Ella le habló y él extendió un dedo. La mano diminuta se cerró alrededor. La expresión de Louie cambió. Elijah se colocó detrás de él y le apoyó la barbilla en el hombro.
—No empieces a tener ideas —murmuró Louie.
—No dije nada.
—Tampoco hace falta.
Isabel miró a Darius. Él no sonrió, pero sus dedos apretaron los de ella.
La habitación era tranquila, amplia y estaba situada al final del pasillo.
Darius acercó la cuna junto a la cama. Isabel se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos.
Los pies le dolían. También la espalda y la cicatriz del parto, aunque el médico había dicho que todo estaba bien.
Había dormido poco durante la semana. Desde que dejó de amamantar, la niña se despertaba buscando algo que Isabel ya no podía darle y ninguna de las dos aceptaba con facilidad el cambio.
Darius terminó con la cuna y se acercó. Se arrodilló delante de ella.
—¿Te duele?
—Los pies.
Tomó uno y lo apoyó sobre su muslo. Sus pulgares presionaron el arco con fuerza medida. Isabel cerró los ojos.
—No puedes hacer eso ahora.
—¿Por qué?
—Porque tenemos que bajar.
—Pueden esperar diez minutos.
Darius continuó masajeándola. Isabel dejó caer las manos detrás del cuerpo y lo observó.
La paternidad había marcado su rostro. Dormía menos, aunque nunca se quejaba.
Una línea nueva dividía sus cejas. Casi siempre llevaba una mancha en la camiseta, un juguete en el bolsillo o un paño sobre el hombro.
Ella lo deseaba tanto como antes. Quizá más.
Sin embargo, entre el cansancio, el llanto y un cuerpo que tardaba en reconocerse, el deseo se había convertido en algo que posponían.
Se besaban en la cocina. Se tocaban al pasar.
Algunas noches intentaban acercarse y la niña despertaba antes de que consiguieran quitarse la ropa.
Darius levantó la mirada. Sus manos se detuvieron alrededor del pie de Isabel.
—¿Qué?
—Nada.
Él acarició su tobillo.
—Me estás mirando.
—También tú.
Los ojos oscuros descendieron por sus piernas y regresaron a su rostro.
—Yo siempre te miro.
La voz baja calentó algo debajo del agotamiento.
Isabel retiró el pie y se inclinó hacia él.
Le sostuvo la mandíbula y lo besó. Darius respondió en el mismo instante.
Una mano se cerró sobre su muslo, la otra subió por su espalda y la atrajo hacia el borde de la cama.
Isabel abrió los labios y sintió el roce de su lengua.
El beso se hizo más profundo, hambriento, demasiado intenso para la puerta sin llave y el equipaje aún junto a la entrada.