Spin off: Agencia Pipen CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

MATT, TAYLOR, SHEILA

Matt estaba cortando pimientos cuando el teléfono vibró sobre la encimera.

Tenía las manos húmedas, así que lo dejó sonar y continuó con el cuchillo hasta terminar la hilera.

En el comedor, Taylor hablaba con un cliente a través de la computadora.

Llevaba los lentes puestos y el cabello negro recogido en un moño que empezaba a desarmarse.

Dos mechones le rozaban las mejillas cada vez que asentía.

—No —decía—. Cambiar el color no resolverá el problema. La marca sigue prometiendo algo que el producto no ofrece.

Matt sonrió y empujó los pimientos hacia un lado. Conocía ese tono: suave, razonable y sin una sola posibilidad de que el hombre al otro lado de la llamada consiguiera convencerla de hacer un trabajo mediocre.

El teléfono vibró otra vez. Esta vez se secó las manos y miró la pantalla. Era un mensaje de Cassandra. La curiosidad le picó al ver la fotografía de un viñedo al atardecer. Las hileras de parras descendían hacia unas colinas doradas y, en el centro, letras sencillas anunciaban una fecha.

Joder. Elijah y Louie se casaban en Larkspur Estate, Sonoma. ¿California? Ese pendejo de Elijah los iba a hacer viajar bien lejos solo para celebrarlo. Meneó la cabeza, sonriendo. Ceremonia al atardecer: cena y recepción. Había reservas para los invitados amigos de la pareja en un hotel cercano.

Típico de Cass, todo listo, eficiente y de clase. Seguro la estaba pasando fatal controlando a Elijah. Aunque si molestaba mucho, Nate se la haría pagar.

Invitados: Matt Vargas, Taylor Miller y Sheila Miller. Leyó los tres nombres dos veces.

—¿Ocurre algo?

Taylor se había quitado los auriculares y lo miraba desde la sala. Matt se acercó con el teléfono en mano y le mostró la pantalla.

—Elijah y Louie.

Ella leyó la invitación. Sus ojos se agrandaron detrás de los lentes.

—Se casan.

—Eso parece.

—¿Elijah avisó cuándo pensaba proponérselo?

—Ni idea.

—A nadie que pudiera detenerlo, entonces.

Matt rio y sacudió la cabeza. Una de las conversaciones en la casa giraba en torno a la agencia y a Taylor le gustaba la personalidad de Elijah. La voz de Sheila llegó desde el corredor.

—¿Detener a quién?

Entró en la cocina mientras se secaba el cuello con una toalla. Acababa de utilizar el gimnasio y llevaba unas calzas oscuras y un sujetador deportivo. El cabello platino estaba recogido en una cola alta. Sin maquillaje, sudorosa, descalza, real.

Taylor le entregó el teléfono y Sheila leyó en silencio. Matt observó el instante en que llegó a los destinatarios. Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla.

—Usó Sheila.

—Sí —dijo Taylor.

Ella volvió a mirar la invitación y sonrió.

Para el público era Natasha Morozova. El nombre aparecía en contratos, promociones, entrevistas y temporadas completas de televisión.

Sheila Miller apenas sobrevivía en los documentos legales y en la memoria de las pocas personas que la habían conocido antes de que la fama la convirtiera en otra mujer.

En esta casa, era Sheila. Matt usaba Natasha cuando hablaban de trabajo o cuando ella necesitaba la armadura del personaje. Las demás veces, intimidad incluida, usaba su verdadero nombre y esperaba a que sus ojos reconocieran que estaba a salvo.

—Cassandra fue cuidadosa —dijo Taylor.

—No tenemos que responder hoy.

Sheila levantó la cara y lo observó.

—¿No quieres ir? Es tu amigo, tu compadre, eso me has dicho.

—Sí quiero.

Elijah era parte de su vida adulta, la amistad entre ambos iba lejos.

—Entonces, ¿por qué no respondemos?

Matt cortó otro pimiento.

—Porque todavía no has decidido si quieres ir tú.

El silencio se instaló en la cocina. Taylor no intervino. Esperó, como él, sin empujar a su hermana hacia una respuesta. Sheila apoyó las manos en la encimera.

—Es una boda privada.

—Sí.

—No habrá prensa.

—Cassandra se asegurará de eso.

—Los empleados tendrán teléfonos.

—También acuerdos de confidencialidad.

Matt se acercó y tomó la mano de Sheila.

Era cuidadosa, se replegaba. La experiencia vivida había sido traumática.

La fama le había enseñado que cualquier instante podía ser vendido.

Una mala noche, un grito, una mano enlazada con la mano equivocada, una fotografía tomada desde un vehículo.

Para otros, aquellas imágenes eran entretenimiento.

Para ella habían significado contratos cancelados, hombres siguiéndola y una recaída que casi la destruyó.

—Podemos pedir habitaciones con otra reserva —dijo Matt, sin presionar.

Esto se haría en los términos que dejara a los tres conformes, o no se haría.

Un amor de a tres implicaba compromisos constantes, y él estaba a la altura.

Ajustarse era natural y diario, pero valía la puta pena—.

Llegar por separado. Irnos cuando quieras.

Sheila apretó la mandíbula.

—No —Matt esperó y ella no lo defraudó—. No voy a asistir fingiendo que apenas los conozco.

—No te lo estoy pidiendo. Te ofrecí una salida, no una mentira.

Los ojos claros se clavaron en él. Taylor se acercó a su hermana y apoyó una cadera contra la mesa.

—También podemos rechazar la invitación.

Sheila volvió la cabeza.

—¿Tú no quieres ir?

—Quiero verlos casarse. Quiero ir con Matt y contigo. No quiero que pases dos días nerviosa y en guardia.

—Puedo soportarlo.

—No se trata de lo que puedes soportar.

Sheila soltó aire por la nariz y miró hacia la ventana.

Matt conocía aquella postura. La espalda recta.

Los brazos tensos. El rostro preparado para defender una decisión que aún no había tomado.

No se acercó. Había aprendido que protegerla no siempre significaba envolverla con su cuerpo.

Algunas veces debía dejarle el espacio necesario para descubrir qué quería antes de ofrecerle una solución.

Taylor tomó la botella de agua y se la devolvió.

—Bebe.

Sheila obedeció sin mirarla. Era un gesto antiguo entre ellas. Taylor no intentaba derribar las defensas de su hermana. Se ocupaba de que comiera, bebiera y respirara hasta que pudiera hacerlo sola.

Matt las amaba por cosas distintas. A Sheila por la violencia con que había peleado para recuperar su vida y por la vulnerabilidad que solo entregaba cuando cerraban la puerta.

A Taylor por aquella quietud capaz de sostener una habitación sin adueñarse de ella, por la inteligencia que no necesitaba imponerse y por el modo en que veía el punto exacto donde todo amenazaba con romperse.

Ellas eran hermanas. Ese vínculo no le pertenecía.

Existía antes de él y continuaría existiendo si alguna vez él faltaba.

Lo que los tres habían construido era otra cosa: una relación con un centro compartido, pero no idéntico.

Matt no amaba a dos mitades. Amaba a dos mujeres completas, y cada una lo alcanzaba de una forma diferente.

Sheila dejó la botella.

—Si vamos, quiero llegar con ustedes.

Matt apoyó ambas manos sobre la encimera.

—Bien.

—No quiero que Taylor figure como tu acompañante mientras yo entro por otra puerta.

—No ocurrirá.

—Ni quiero que me sienten lejos para que nadie haga preguntas.

Taylor inclinó la cabeza.

—Es la boda de Elijah. Alguien hará preguntas aunque nos sentemos en tres estados distintos.

Sheila la miró. Taylor se encogió de hombros.

—Me preocupa más que intente cantar.

La tensión de la boca de Sheila cedió y terminó sonriendo. Mierda, ¡qué poder tenía el humor! Elijah era el corazón del grupo, Matt lo sabía y lo agradecía. No siempre, claro. Torció el gesto y asintió.

—Va a cantar.

—Louie debería incluirlo en los votos. En la salud, en la enfermedad y durante interpretaciones musicales que nadie pidió.

Matt las observó. No se rio, pero el pecho se le aflojó. El humor de Taylor nunca llegaba para ocultar lo incómodo. Aparecía cuando lo peor ya había pasado y les permitía avanzar.

Sheila pasó el pulgar por la pantalla.

—Vamos a necesitar ropa. Tal vez Gucci o Dior.

Taylor no respondió de inmediato.

—No creo que una boda en un viñedo…

—Okay, tal vez eso complique el estilo. Nada negro ni blanco. ¿Dorado, plateado?

—Ni hablar.

Sheila abrió la boca y Matt recuperó el teléfono antes de que empezaran una discusión que podía prolongarse hasta la cena.

—Voy a terminar de cocinar.

—Aún no respondimos —dijo Sheila.

Él miró a Taylor.

—¿Quieres ir?

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

Matt se volvió hacia Sheila.

—¿Y tú?

La mujer respiró hondo y asintió  Matt le rodeó la cintura.

Ella se alzó sobre los dedos y lo besó. No hubo espectáculo en el contacto.

La boca de Sheila se movió contra la suya con una ternura que nunca permitía frente a extraños.

Matt deslizó una mano por su espalda desnuda y sintió el calor que el ejercicio había dejado en su piel.

Cuando se apartó, ella permaneció pegada a su cuerpo. Taylor había vuelto a abrir la computadora. No los observaba ni fingía que no existían. Les concedía aquel espacio del mismo modo en que ambos se lo daban cuando ella y Matt necesitaban estar solos.

Matt extendió una mano hacia ella. Taylor la miró. Luego se acercó y entrelazó los dedos con los suyos. Él llevó su mano a la boca y besó sus nudillos. Taylor sonrió.

—Los pimientos.

Matt volvió la cabeza. Uno de los trozos había caído demasiado cerca del fuego y empezaba a quemarse. Soltó a ambas para retirar la sartén.

—La cena está bien.

Taylor se inclinó sobre la encimera.

—Eso es carbón.

—Uno solo.

Sheila abrió una ventana.

—Responde antes de que incendies la casa.

Matt tomó el teléfono. Abrió el mensaje de Cassandra y escribió una frase.

Gracias. Asistiremos los tres.

No añadió explicaciones. Antes de enviarlo, mostró la pantalla a las dos mujeres. Taylor asintió. Sheila sostuvo su mirada y apoyó una mano en su espalda. Matt presionó el botón y volvió a la tarea. Tenía a dos mujeres hermosas por alimentar.