Spin off: Agencia Pipen CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

ELIJAH Y LOUIE

El anillo llevaba dos semanas escondido dentro de una caja. No era un escondite brillante, sí práctico. Louie guardaba allí cables, cargadores antiguos, tornillos que no pertenecían a ningún mueble reconocible y manuales de aparatos que ya no poseían. No era probable que lo encontrara.

El problema no era el anillo. Era la pregunta. O encontrar el momento y el lugar adecuado. Quería… No, necesitaba que fuera perfecto Llevaba una semana buscando la ocasión para arrodillarse delante del hombre con quien compartía la casa, la cama y la vida.

Cada plan que se le ocurría le parecía insuficiente. Una cena resultaba previsible. Un restaurante obligaría a Louie a responder rodeado de extraños y eso lo pondría ansioso. Una reunión de los guardaespaldas de Pipen convertiría un momento íntimo en un espectáculo.

Elijah había considerado llevarlo a la costa, pero eso requería esperar hasta el fin de semana desocupado y eso no era pronto. Joder, ¡cómo detestaba esperar! Guardar el secreto era una tortura; ya casi había metido la pata dos veces y las ganas de contarlo a los demás lo llevaba loco.

Miró a Louie por encima de la taza de té. Hizo un gesto de disgusto al beberlo. Lou estaba controlando el café que Elijah ingería porque decía que lo ponía más volátil. Como si su natural disposición para el diálogo espontáneo, el chiste fácil y el meterse en todo fuese producto del mágico elixir.

Resopló y esto atrajo la mirada de Lou, que estaba sentado a la mesa de la cocina con la computadora abierta.

Estaba guapo de cojones con los lentes que destacaban sus ojos claros, con una camiseta gris, pantalones deportivos y el cabello revuelto.

Elijah hizo un doble gesto con las cejas al recordar que parte de ese desorden en su cabello era su responsabilidad. Oh, yeah.

—¿Qué ocurre? —preguntó Louie.

—Nada.

—Has abierto el refrigerador tres veces.

—Tengo hambre.

—No has sacado nada. Te estoy vigilando porque estas fresas son para la noche, por cierto.

Elijah cruzó los brazos.

—Lo sé.

Louie cerró la computadora y se quitó los lentes.

—Ahora sí. ¿Qué ocurre?

—¿No puedes dejar que te contemple?

—Puedes. Pero cuando lo haces sin sonreír significa que algo te preocupa.

Elijah pensó en negarlo, pero Louie lo conocía bien.

—He estado pensando. Acordándome de ese cateto polaco, Piotr.

Los hombros de Louie se pusieron rígidos.

El cambio fue leve, pero ahí estuvo. Aquel gigante idiota había logrado resquebrajar la confianza de Louie con un comentario desafortunado.

Más tarde, Piotr se disculpó, sin excusas; había mirado a Louie de frente y reconocido que sus palabras habían sido injustas.

Louie aceptó la disculpa, pero el daño ya estaba hecho. Elijah lo había visto meterse en su caparazón y eso lo carcomía. Lou era el hombre que adoraba, Elijah veneraba el suelo que pisaba. Verlo triste o inseguro lo ponía de malas. Quería al Louie mandón con él, capo de las redes, sexi de cojones.

—No vale la pena pensar en él —dijo Louie.

—No estoy pensando en él.

—Acabas de decir que sí.

—Estoy pensando en ti aquella noche.

Louie se levantó para llevar la taza al fregadero. Elijah conocía aquella retirada. Si le permitía empezar a ordenar la cocina, la conversación terminaría enterrada debajo de cualquier tarea. Le quitó la taza de la mano y la dejó sobre la mesa.

—Mírame.

—Elijah, ya pasó.

—Para ti no.

Louie levantó los ojos.

—Piotr se disculpó.

—No hablo de Piotr —Elijah se acercó—Cuando llegamos a casa, actuaste como si no te hubiera afectado. Luego tardaste días en volver a tocarme delante de los demás.

Louie apretó la boca.

—No me di cuenta.

—Yo sí.

—No me avergüenzo de ti, Eli.

—Sé que no.

—Entonces no entiendo qué quieres que diga.

Elijah soltó el aire. La pregunta se había instalado entre ambos sin el escenario correcto, sin cena ni discursos preparados. Ya no importaba.

—Quiero que me digas por qué fue tan fácil hacerte retroceder.

Louie se volvió hacia la ventana. La casa estaba en silencio. Afuera, una ráfaga movió las ramas del árbol cercano y cubrió el cristal con sombras.

—Porque no era la primera vez —respondió. Elijah no dijo nada—No hablo de Piotr. Ni siquiera de alguien en particular. Son años de notar quién mira, cuánto dura la mirada y qué cambia después. A veces no cambia nada. Otras veces sí.

—Nadie en Pipen…

—Ya lo sé —Louie se frotó el puente de la nariz—Todos nos aceptan. No estoy cuestionando eso. Pero no puedo olvidar todo lo demás solo porque ahora estoy rodeado de buenas personas. Mi padre, el sector de la familia que me dejó de lado, me pesan. Es idiota, pero…

Elijah sintió el impulso de prometerle que nadie volvería a hablarle con desdén o discriminarlo, pero lo contuvo. No podía controlar cada boca ni cada mirada y Louie tampoco necesitaba que lo defendiera del mundo entero.

Elijah avanzó hasta estar casi pegado a Louie y le tomó el rostro entre las manos.

—Esto entre nosotros… Este amor nuestro no tiene que vivir escondido.

Louie apoyó las manos en sus muñecas y lo miró con ojos muy abiertos.

—Eli, sabes que te amo, yo nunca te he escondido.

—No. Pero a veces te haces pequeño para que nuestra vida no incomode a nadie.

—No me hago pequeño —protestó.

—Te apartas. Sueltas mi mano. Miras alrededor antes de besarme —Louie abrió y cerró su boca, se puso colorado. Elijah negó con la cabeza—No estoy enojado contigo.

—Parece que sí —musitó.

Lo vio tenso, a la defensiva, y le sonrió, abrazándolo con calma, sin darle espacio para replegarse.

—Estoy enojado conmigo. Pensé que seguir tu ritmo era una forma de cuidarte, pero me di cuenta de que tengo que acelerar. No permitir que te escondas de mí.

Louie bajó la mirada.

—No es que me esconda, Eli. Es que no sé hacerlo como tú.

—¿Hacer qué?

—Entrar en una habitación convencido de que tienes derecho a ocuparla.

Elijah acarició sus mejillas con los pulgares.

—Lo tienes.

Louie cerró los ojos y Elijah lo besó. Apenas un contacto, sin buscar más. Cuando se apartó, Louie continuó aferrado a sus muñecas.

—Nuestro amor está vivo —dijo Elijah—. Es bueno. Es mío y tuyo, y estoy orgulloso de él. No quiero usarlo para desafiar a nadie. Tampoco voy a reducirlo para facilitarle la vida a un desconocido.

Los ojos de Louie se abrieron. Elijah pensó en el anillo al otro lado de la cocina, oculto en el cajón. Todo lo que había planeado desapareció.

—Espera aquí.

—¿Qué?

—No te muevas.

—Elijah…

Cruzó la cocina en tres zancadas, abrió la caja. Louie lo observó, frunciendo el ceño.

—¿Qué buscas?

Elijah encontró el pequeño estuche negro y sonrió. Luego se volvió con él en la mano y lo mostró cual trofeo. Louie abrió sus ojos muy grandes y parpadeó. Lo acababa de dejar mudo, pensó con satisfacción.

—Eli… ¿Qué…? No —murmuró.

Elijah se detuvo.

—¿No?

—No así. Quiero decir… ¿Eso es…? ¿Estás seguro? ¿Es por lo que pasó? ¿Te sientes…?

—Louie, necesito que focalices y me dejes preguntar a mí

La tensión de su rostro se quebró. Soltó una risa breve y se llevó ambas manos a la boca. Elijah se acercó. No se arrodilló de inmediato; permaneció frente a él, sosteniendo la caja cerrada.

—Esto no es por Piotr.

Louie asintió.

—Lo sé.

—Tampoco es porque necesitemos demostrarle algo a nadie.

—Lo sé.

—Lo compré hace muchos días.

Louie dejó caer las manos. Tenía los ojos húmedos.

Elijah se arrodilló y la sonrisa trémula de Louie murió.

Su expresión se abrió de tal forma que a Elijah le costó continuar.

Mierda, justo ahora se quedaba sin palabras.

¡Él! Era incongruente, ridículo, impensable.

Sus amigos disfrutarían cuando lo supieran.

Abrió la caja. El anillo era sencillo, de platino cepillado, con una franja pulida en el centro.

Louie lo miró y después fijó los ojos en él.

—No puedo prometerte que nadie volverá a juzgarnos —dijo Elijah—. Sería mentira. Lo que sí puedo prometer es que nunca voy a esconder lo que siento por ti. Quiero seguir despertándome contigo. Escucharte roncar…

—No ronco…

—Tsk tsk. Quiero que sigamos discutiendo por el café y porque llenas la casa de cables que, según tú, todavía sirven. Quiero llamarte mi esposo. No dentro de diez años, cuando todo sea más fácil. Ahora.

Louie se cubrió la boca otra vez.

—Cásate conmigo.

El silencio se prolongó. Elijah sintió que el pulso le golpeaba en la garganta. Hostia . No esperó estos movimientos en su estómago. No tenía sentido. Lou lo amaba como la tierra al sol y al agua. ¿O no?

—Tienes que decir algo —dijo, sin parpadear.

Louie negó con la cabeza, como si no pudiera encontrar la voz. Joder, lo estaba poniendo de los nervios.

—Un movimiento hacia arriba y abajo también sirve -presionó por la respuesta.

Louie se arrodilló frente a él.

—Sí.

La palabra salió áspera. Elijah no se movió, pero se desinfló del alivio. Louie lo sujetó por la camisa.

—Sí, voy a casarme contigo.

Elijah sacó el anillo del estuche, pero los dedos le temblaban. Louie miró sus manos.

—Estás nervioso.

—Nah, para nada.

—Casi tiras el anillo.

—Fue culpa tuya. Tardaste demasiado.

Louie extendió la mano. Elijah colocó el anillo en su dedo y lo giró hasta dejar la franja pulida hacia arriba. Quedaba perfecto.

—¿Cómo sabías la medida?

—Tengo recursos.

—Revisaste mis cosas.

—Tomé prestado un anillo que no usas.

—Eso es revisar mis cosas.

—¿Quieres seguir discutiendo o besarme?

Louie lo besó sin más preámbulo, tirándolo hacia atrás en el proceso.

Se sentó en el suelo y Louie quedó entre sus piernas, con sus manos en sus hombros.

El beso empezó torpe por la risa de ambos.

Después cambió. Louie deslizó los dedos por su cabello y abrió la boca bajo la suya.

Elijah le sujetó las caderas y lo atrajo.

Sintió el anillo nuevo rozarle la piel. Cuando se separaron, respiraban con dificultad. Louie apoyó la frente en la suya.

—No quiero una ceremonia enorme.

—De acuerdo.

—Ni cientos de invitados.

—Por supuesto.

—Ni nada que llame demasiado la atención.

Elijah acarició su espalda.

—Tendremos que hablar de eso.