CAPÍTULO 2
Las tres mujeres llegaron a la ventana al mismo tiempo, pero la de Kalina fue la exclamación más alta. Svetla hizo un sonido más bajo y se llevó una mano al pecho. Nadia se quedó entre ambas, con los ojos fijos en las cúpulas de la catedral.
Desde aquella altura, la capital búlgara era bellísima. Sofía se extendía bajo la luz dorada de la tarde y las cúpulas de Alexander Nevsky dominaban los tejados cercanos. Más allá, el monte Vitosha se levantaba contra el cielo.
Logan dejó que miraran y ocupó un sillón del Sense Hotel, con las piernas abiertas y las manos enlazadas sobre el abdomen.
Había pasado la última hora pendiente de maletas, recepcionistas, ascensores y puertas.
Había comprobado las habitaciones de Svetla y Kalina, situadas en el mismo pasillo, y verificado cada cerradura por costumbre.
Ahora sonreía con felicidad. Una sonrisa que no recordaba portar desde muy joven. Abierta, desinhibida, por él y por ellas. Por la familia que llegaba de la mano de la mujer que adoraba con locura. Joder, estaba perdiendo la capacidad para mantenerse impávido. Respiró hondo.
Nadia señaló algo a lo lejos. Su madre se inclinó hasta casi pegar la nariz al cristal.
Kalina levantó el teléfono, tomó fotografías desde todo ángulo posible.
La chica tenía energía de sobra. Las tres hablaban a la vez y Logan no entendía una palabra, pero no necesitaba comprenderlas para saber que estaban disfrutando.
Nadia volvió la cabeza y su preciosa boca se curvó para él en la sonrisa que lo derretía y lo ponía duro a la vez. Mierda . Lo dicho, perdía la compostura cuando el pajarito búlgaro estaba cerca. Ella se apartó de la ventana y fue hacia él.
—¿Por qué no vienes?
—La vista es mejor desde aquí.
Entrecerró sus ojos y la recorrió lento. Ella se sonrojó y miró nerviosa atrás y otra vez a él.
—¡Lógan! —dijo entre dientes —. Tener que comportarte.
La trajo hacia él con suavidad, entre sus rodillas, le apoyó las manos en las caderas y alzó la cara. Ella le acarició la barba con los dedos.
—Estar satisfecho con tú mismo.
Sí, su inglés todavía necesitaba pulirse.
—Un poco.
—Mi madre preguntó cuánto cuesta una noche aquí.
—No se lo digas.
—Kalina va a buscar el precio en internet.
Logan hizo una mueca.
—No pensé en eso.
—Mamo va a demandar que busquemos una pensión cuando se lo diga.
Él miró a Svetla. La mujer continuaba junto a la ventana, aunque ahora examinaba el mobiliario con una inquietud que no había estado allí unos minutos antes.
—Eso no va a pasar. Quiero que estén cómodas. Es mi regalo, déjame hacerlo.
—Gracias, mi amor.
—No lo digas así, ptíchka —murmuró, su mano acariciando su cadera y subiendo por el textil de su sweater.
Nadia bajó su mirada y su boquita hizo un gesto que atrapó su mirada.
—Lógan, no ser momento.
Asintió y tomó su mano, que besó con suavidad. Ya estarían a solas. Ahora, ella tenía tiempo que recuperar, no podía ser egoísta. Nadia estaba sensible, mucho. En Varna, había llorado, reído y hablado durante horas. A veces, todo en el mismo minuto.
La tensión que arrastraba desde Providence empezaba a abandonarla.
Dormía mejor. Comía sin que él tuviera que observar cuánto quedaba en su plato.
La noche anterior se había quedado conversando con Kalina hasta casi el amanecer y, por la mañana, Logan las había encontrado dormidas, con los pies de su hermana colgando por un costado.
Verla así le hacía querer darle el mundo y ese podía ser el problema. Él podía pagar las habitaciones sin pensarlo, pero estas mujeres eran orgullosas. Svetla no podía contemplar el hotel o el menú de un restaurante sin calcular cuánto habría tardado en ganar ese dinero.
Logan empezaba a comprender que la generosidad también podía convertirse en una carga si no sabía ofrecerla.
—Si esto la incomoda, cambiamos de hotel mañana —dijo—. No traje a tu madre para que pase el viaje preocupada.
Nadia le pasó los dedos por el cabello.
—Déjame hablar con ella.
—No quiero que crea que espero algo a cambio.
—No lo cree.
—Tú lo pensaste al principio.
La mano se detuvo. Logan habría querido retirar la frase; no porque fuera falsa, sino porque la sombra que cruzó los ojos de Nadia le recordó las primeras semanas en su casa.
Ella había medido cada comida, cada prenda, cada gesto.
Había esperado que la bondad ocultara una deuda. Él apretó las manos sobre sus caderas.
—Nadia… Me expresé mal.
—Sé que no eres así.
—Ahora lo sabes.
Ella bajó la mirada hacia él y la seguridad en sus ojos lo tranquilizó.
—Mi madre también lo sabrá.
Svetla dijo algo desde la ventana. Nadia respondió sin alejarse.
—¿Qué quiere?
—Saber si pensamos pasar toda la tarde mirándonos.
Kalina intervino con una frase más larga. Nadia soltó una carcajada.
—¿Y eso?
—Dice que pueden dejarnos la habitación si necesitamos estar solos.
Logan miró a la joven. Kalina sostuvo su vista con una expresión demasiado inocente. Le elevó una ceja y la mujercita rodó los ojos. ¿Cuántas veces por día hacía eso?
Nadia se inclinó y le dio un beso corto y eso fue todo lo que necesito para olvidar a su cuñada. Antes de que Nadia pudiera apartarse, Logan le sujetó la nuca y consiguió otro, más lento. Ella sonrió contra su boca.
Svetla carraspeó y Nadia se separó. Logan suspiró. No había que conocer el idioma para interpretar aquel sonido.
Kalina no caminaba por Sofía, avanzaba dando pequeños saltos entre una época y otra.
En el antiguo edificio de los Baños Minerales se plantó frente a la fachada y comenzó a hablar sin parar.
Señaló los motivos que rodeaban las ventanas, los colores de los mosaicos y la forma en que la arquitectura mezclaba influencias que habían atravesado la ciudad.
Logan perdió el hilo en la primera frase, aunque escuchó de todos modos. Kalina hablaba en búlgaro, pero intercalaba palabras en inglés para incluirlo. Cuando no encontraba una, miraba a Nadia. Su hermana traducía y Kalina continuaba, con las mejillas encendidas y las manos en movimiento.
Svetla caminaba un poco detrás. No dejaba de observar a sus hijas.
Logan tampoco; había esperado una visita breve, unas fotografías y el traslado al siguiente punto.
Sin embargo, Kalina parecía conocer cada piedra.
No repetía datos aprendidos de memoria. Los relacionaba, discutía versiones, se enfadaba con las antiguas restauraciones que dañaban el patrimonio y regresaba sobre sus pasos cuando recordaba algo que había olvidado mostrarles.
—¿Desde cuándo te gusta tanto la historia?
Nadia tradujo.
—Desde siempre. Me gusta pensar que todo ya ha ocurrido antes y que, aunque la gente muera o desaparezca, quedan huellas. Edificios, cartas, imágenes, a veces solo una moneda, pero algo queda.
Las ruinas de Serdica aparecieron bajo el nivel de las calles modernas.
Logan descendió con las tres y se mantuvo a unos pasos mientras Kalina recuperaba el aliento.
La muchacha les mostró los restos de las vías, los muros y las construcciones que habían sobrevivido debajo de una ciudad levantada una y otra vez sobre sí misma.
Svetla se sentó a descansar. Logan se quedó cerca de ella mientras las jóvenes avanzaban por la pasarela. La madre de Nadia señaló a sus hijas.
—Kalina… —dijo, y luego buscó una palabra en inglés—. Happy.
—Sí.
Svetla miró a Logan.
—Nadia, happy.
Él observó a la mujer que amaba. Kalina dijo algo que la hizo reír y Nadia echó la cabeza hacia atrás. El sonido llegó hasta ellos y rebotó contra las piedras antiguas. Lo reconfortó.
Mirarla, escucharla, sentirla, a eso parecía reducirse su existencia estos días. Ridículamente enamorado , había dicho Elijah. El gilipollas tenía razón.
—Sí —repitió Logan—. Nadia también.
Svetla le tocó el antebrazo.
—Logan happy?
La pregunta lo tomó desprevenido y lo hizo pensar su respuesta.
Durante años había creído que la felicidad era una palabra demasiado grande para lo que necesitaba.
Le bastaba con una misión bien ejecutada, una noche en el bosque, una casa silenciosa y la certeza de que nadie dependía de él.
Había llamado paz a la ausencia de ruido y libertad a no tener que explicarle a nadie cuándo se marchaba ni cuándo pensaba volver.
Había sido un cateto. Vivir, ser feliz, era esto. Nadia se volvió hacia él. Le sonrió desde el otro lado de las ruinas y levantó la mano para llamarlo. La respuesta era tan clara que casi le dolió.
—Sí —dijo—. Logan happy.
Svetla no entendió la sonrisa que acompañó las palabras, pero le dio dos palmadas en el brazo y pareció satisfecha. Cuando se reunieron con las jóvenes, Nadia tenía los ojos húmedos.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Logan la tomó por la cintura.
—No parece nada.
Ella miró a Kalina, que avanzaba delante de ellos mientras explicaba algo a su madre.
—Nunca ver a mi hermana así. Tan segura.
Logan le rozó la mejilla con los nudillos.
—Te perdiste algunas cosas. Crecieron de golpe, ambas. Ahora pueden ponerse al día.
Una lágrima escapó antes de que ella pudiera contenerla.
—No querer perderlas otra vez.
—Entonces buscaremos la forma de que estén juntas.
—No ser tan sencillo —musitó.
—No dije que lo fuera. Pero es posible
Los ojos de Nadia recorrieron su rostro, ansiosa.
—Hablar como si ya haber pensado.
Logan miró hacia Svetla y Kalina. No había dejado de pensarlo desde que pusieron un pie en el apartamento de Varna.
El aire cambió cuando dejaron atrás la ciudad. Logan bajó la ventanilla mientras el camino ascendía hacia Vitosha. El olor de los árboles entró en el vehículo y se le metió en los pulmones.
Habían salido de Sofía después del desayuno.
Svetla protestó porque no llevaba calzado adecuado para una caminata.
Nadia le aseguró que no recorrerían una ruta difícil y Kalina añadió que Logan podría cargarla si se cansaba.
Él se había ofrecido y Svetla se negó a dirigirle la palabra durante cinco minutos, lo que provocó las risas de sus dos hijas.