Capítulo XII
La gracia de Dios
Los hombres que acompañaban al teniente Hurtado iniciaron la búsqueda y saqueo de las vitrinas.
Comenzaron por el viejo taburete donde reposaban las cintas con documentales de películas antiguas, prosiguieron con las monedas, billetes, llaveros, colmillos de diferentes animales, las cartas, la colección de medallas deportivas, trofeos, juegos de cuchillos, dagas, pistolas antiguas…
todas las reliquias de valor habían sido guardadas entre los bolsillos de la camisa y entre los pantalones de sus nuevos dueños.
Los demás objetos, sin ninguna importancia para los policías, fueron arrojados al piso.
Uno de ellos, con los bolsillos a rebosar de la cantidad de piezas que había guardado, comenzó a interesarse en la vitrina que estaba frente al oso.
—Este lindo oso debe custodiar algo valioso —dijo.
Prosiguió: —El que puso el oso aquí lo tenía vigilando algo importante.
El policía corrió la vitrina con gran fuerza para buscar en su interior.
—¿A ver qué es lo que dices? —preguntó el teniente Hurtado.
—Vamos a voltear esta vitrina, mi teniente y luego abrimos el oso.
—Dale, pues Luis. De pronto tienes razón.
Mi corazón comenzó a latir con gran rapidez al escuchar estas palabras.
Escuché que escudriñaban y corrían las vitrinas.
—¡Lo encontré, mi teniente, lo encontré!
—Aquí hay unos dientes de oro y unas gemas de esmeralda.
El teniente Hurtado saltó de felicidad, mientras con una de sus manos retenía a Isayo con gran fuerza. Ella guardaba absoluto silencio.
Jairo, el tercero de los cuatro policías, se dio a la tarea de correr de nuevo la vitrina que impedía el paso al museo desde el túnel; pero al aprisionarla con uno de sus zapatos de manera definitiva, rompió el vidrio.
—¡Torpes, torpes! Les dije que buscaran a alguien más, ¡no que hicieran daños! —gritó el teniente en tono militar.
—Mi teniente, estaba corriendo la vitrina para darle paso a Iván que está custodiando del otro lado.
—Deja así, Jairo. Yo arreglo todo este desorden. Mejor saca a esta niña de acá y espéranos afuera.
—O mejor idea Jairito, llévala hasta el carro. Nos vemos allá. Siguió en sus solicitudes, mientras observaba salir a Isayo y Jairo: —Luis, saca las gemas rápido y nos vamos ya. Mañana, cuando estemos más descansados, volvemos.
El teniente Hurtado se acercó a Luis y le susurró al oído: —Tengo una idea, además. Nos toca arreglar a Jairo... porque no pienso repartir este botín con nadie.
—Bueno, y hablando de repartirnos el botín… ¿dónde está Iván? Lo dejé cuidando la entrada del túnel —concluyó Hurtado.
De inmediato, el teniente Hurtado y Luis se dispusieron a correr la vitrina que impedía el paso de Iván, desde el lado del túnel, girándola un poco mientras rastrillaban los vidrios entre la interacción con el piso y las patas de esta.
—Miremos a ver si podemos abrir esta puerta —dijo el teniente. Sin éxito, porque los pasadores lo impedían.
Notaron que la puerta estaba trancada con llave y no se podría abrir, por lo que se dispusieron a llamar a Iván por el boquete que habíamos hecho con don Isidro, por donde hacía pocos minutos antes había entrado Isayo bastante apurada, para no ser alcanzada por los perros que venían persiguiéndola.
Luis se dispuso a sacar la cabeza por el orificio de la puerta para ver hacia dentro del túnel.
—¡Iván, Iván!
—¡Iván! ¿Dónde andas, carajo?
—No le doy un balazo a esta puerta porque no puedo disparar un solo tiro más en esta universidad. Suficientes problemas me gané con haberle hecho los disparos a la reja y la ventana en el edificio del servicio de atención de enfermería.
Prosiguió el teniente Hurtado: —Este pendejo seguro se fue a la puerta de entrada del túnel. Ahora lo veremos entonces.
—Pero ni modo, también nos toca arreglarlo. De pronto los dejamos juntos... para que parezca un crimen pasional —concluyó Luis.
Rieron a carcajadas.
Me quedé inmóvil soportando la incomodidad que obedece el estar dentro del gran oso.
Había escuchado todo lo que habían hablado.
Sudando desesperado me encontraba, y con las ñatas congestionadas por el olor nauseabundo que había al interior del animal.
Los policías comenzaron a retirarse del recinto, riendo estrepitosamente por la alegría que sentían en ese momento.
—Teniente Hurtado, ¿qué vamos a hacer con el oso? Casi muero al escuchar.
Hurtado hizo silencio durante unos segundos mientras pensaba...
—Lo voy a cortar en dos partes para sacarlo de la universidad, y me lo llevaré para el patio de mi casa. Puede ser que se vea bien elegante, al lado de una mecedora capitoneada que tengo.
Retomaron su salida, mientras el teniente Hurtado afirmaba.
—De pronto al principio se asuste un poco mi mujer, pero ella rápido terminará acostumbrándose. A veces lo malo o lo feo también es bueno.
Salieron y cerraron la puerta.
Descansé, tomando un poco de aire. Era una sensación parecida a estar reteniendo la respiración debajo del agua.
De nuevo sentí un descanso enorme, pues me podrían haber descubierto. Ya me había acostumbrado a estar al interior del oso, así como lo afirmaba el teniente Hurtado de su esposa. Al fin, uno termina acostumbrándose también a las cosas desagradables.
Pasaron unos minutos. Aún no quería salir por miedo a que me encontraran, y por lo que había escuchado hablar, eran tipos altamente peligrosos.
No quería salir aún.
Pensé que sería bueno esperar unos minutos más y saldría del interior de mi escondite. Me repetía estas palabras: “Puedo aguantar un rato más este olor desagradable y esta oscuridad”, aunque la claustrofobia ya comenzaba a perturbarme.
Pasaron varios minutos, hasta que estornudé...
Descansé al abrir un poco una rendija de la piel del oso, para que me entrara un poco de aire. Asomé mi nariz por medio de esta.
Dentro del cuerpo del oso hacía un calor desesperante.
Sudaba a borbotones, de modo que ya sentía un charco de agua debajo de mis zapatos.
No puedo perder la calma, lo repetía todo el tiempo.
No puedo volver a estornudar. Voy a contener las ganas por un rato más.
De pronto, escuché un forcejeo en la puerta, como cuando la intentan abrir.
Me quedé inmóvil.
De nuevo escuché el forcejeo con la chapa, pero ahora con más fuerza. Le dieron, además, una patada en la parte inferior... y la puerta se abrió.
No se me vino nada a la mente, solo que fuera alguno de los policías, intentando volver por algún objeto de valor. Pensé en Iván, el policía que había quedado vigilando el lugar por el lado del túnel.
—Juan Andrés, Juan Andrés —escuché mi nombre de manera fuerte y retumbante en el recinto.
Me quería morir del susto. Me habían descubierto.
—Juan Andrés, Juan Andrés, sal de donde estés. Sé que aún estás aquí.
—Juan Andrés, soy yo, Isidro.
—¡Dios mío! —exclamé.
—¿Dónde estás?
—Acá, don Isidro. Dentro del oso.
—¿Dónde?
—Por el lado derecho del oso, está la entrada.
Isayo había dejado las cosas muy bien organizadas, de tal modo que una de las vitrinas al lado del oso impedía el paso hacia su lado derecho.
—Ya voy a quitar esto. No hables tan fuerte —dijo Isidro.
—Está bien —contesté exaltado.
—Ya está, Juan Andrés. Sal de ahí, por favor.
Abrí el lado del cuero de la pata del oso, con dificultad, hasta permitirme salir.
Al ver a don Isidro, fue para mí muy tranquilizante.
—Qué bueno verte, don Isidro. Nos abrazamos muy fuerte... como cuando un padre encuentra a un hijo extraviado.
—Estás bañado de sudor. Debes tener hasta los calcetines mojados. Reímos con susto.
—Sí, señor —pregunté sin dudar—. ¿Cómo escapaste, don Isidro?
Comenzó a contar un poco agitado: —Cuando escuché los perros que venían corriendo y alguien gritando delante de estos, me escondí detrás de una gran caja que estaba a cinco metros más adelante de la puerta que conducía al museo.
—Vi el momento cuando Isayo entró con tu ayuda al museo, esquivando los colmillos de los perros, y de cuatro exhaustos policías que arribaron posteriormente.
—Escuché también la conversación de los policías cuando afirmaron que Alejandro había sido abatido, que Herminsul estaba en un hospital esperando recuperarse y que habían logrado capturar a los demás.
—Pues seguido de esto, ustedes corrieron alguna barrera al interior del museo, para impedir el paso de los perros y de los policías.
—Los perros se comenzaron a alejar de la puerta e iniciaron su olfateo por detrás de la caja.
—Sentí mucho miedo, lo confieso, Juan Andrés.
—Observé que detrás de la caja estaba la canal de aguas lluvias, llena de barro. Comencé a untarme un poco en las axilas, la ingle y el cuello, pensando que quizá sería la solución para mantenerme alejado del olfato de los caninos… como lo habíamos hecho varias veces en la cárcel.
En ese momento recordé lo que me había dicho Pocillo en una de aquellas charlas profundas, en un patio de Villahermosa: “No dejes que los perros huelan tu miedo”.
El perro olfateó todo su alrededor por unos segundos, sin identificar nada.
—Escuché que el líder que los dirigía sacó un plano y dijo que la puerta pertenecía a un viejo cuarto olvidado y clausurado desde hace mucho tiempo, ubicado a un costado de la biblioteca.
—Al irse, decidieron dejar a un vigilante de este lado dentro del túnel, previendo que nadie escapara, y los demás salieron corriendo en búsqueda de la puerta por donde habían entrado al túnel, para después dirigirse a la puerta principal de la biblioteca.
Prosiguió don Isidro en su relato: —Al percatarme de la situación, comencé a hacer unos ruidos para atraer al vigilante que habían dejado cuidando de este lado del túnel.
—Este señor se acercó, lo sorprendí y lo golpeé con fuerza en el cuello, como me había enseñado en algún momento Pocillo en la cárcel, de modo que lo dejé privado de inmediato, lo até de las manos y espero despierte pronto y se devuelva a buscar la entrada del túnel — de lo cual estaré muy pendiente.