Capítulo XI #3
El caso fue que el ojo de águila de mi padre logró, con su perfección, identificar dónde estaba Rigoberto.
—Lo encontré —prosiguió mi padre.
—Agáchense más.
Nos arrastramos como la serpiente, saltamos como el puma, con todo el sigilo felino que habíamos aprendido de nuestro padre, y nos zambullimos como el tiburón expectante de su presa, contorneamos un poco las alas con el plumaje del águila y nos instalamos en fila, detrás de una columna de la estructura del apartamento donde vivíamos.
Con fortuna estaban todas las luces del apartamento apagadas. —Mírenlo, está en su ventana.
En fin.
Mi padre llamó a la policía y les pidió que se vieran en la esquina de la casa, donde les contó toda la historia.
Estos organizaron una redada que dio con la captura de Rigoberto, quien vivía en frente de nuestro apartamento.
Le confiscaron el computador, donde tenía todas las fotos de varios niños desnudos y videos caseros, debido a que instalaba cámaras de filmación en los baños de todos sus vecinos, inclusive en el nuestro.
Aparentemente, este señor se hacía pasar por una persona que instalaba redes de internet de alta velocidad de Starlink.
—Qué locura, Isayo —concluí.
—¿Todo eso viviste a los doce años?
—Bueno, realmente ya tenía mis quince años, Juan Andrés y fue una situación difícil, pero esta situación será mayor si no encuentro dónde te puedas esconder —terminó, y continuó diciendo: —Debe haber una solución, debe haber una salida. Siempre la hay.
Atónito me encontraba por todo lo que había acabado de escuchar, pero no me podía distraer. Lo más importante estaba por suceder…
De nuevo volvimos a recorrer el recinto polvoriento y abandonado.
Repasamos cada rincón con premura de encontrar una rendija o un escondite.
Mientras buscábamos bromeamos un poco comparando la revisión que había hecho su padre, para atrapar al impostor y que solo la conversión en águila le había dado resultados esperados.
Imaginábamos, mientras culminábamos la revisión, que los policías vendrían tras nosotros pronto.
—Ven, Juan Andrés. Ya sé qué puede funcionar. Intentemos algo, tengo una idea.
Asentí, acercándome con confianza.
—Párate aquí por favor, Juan Andrés, al lado del oso.
Isayo de inmediato calculó mi altura, midió mi cintura y la comparó con las medidas del oso.
—Perfecto. Solo tengo que encontrar un cuchillo o una tijera para cortar el cuero peludo del oso y te meterás dentro de él.
—Lo que sea, Isayo —respondí—. Me imagino que estos cuerpos disecados no tienen nada por dentro, cierto.
—Ahora mismo lo averiguaremos.
Isayo trajo consigo un cuchillo, que eligió entre la cantidad de cuchillos amontonados en una de las vitrinas al lado de un par de mosquetes españoles y un arcabuz del siglo XV, según decía su descripción.
Ella comenzó como un cirujano a abrir desde la cintura del oso, el cual presentaba textura laminar y se podría rasgar con la mano, quizá por el grado de deshidratación del cuero peludo. A medida que comenzó a rasgar, el vello empezó a caerse sobre esta zona específicamente.
Al terminar de hacer el corte en la pierna del animal, nos dimos cuenta de que estaba hueco por dentro y lo sostenía erguidamente una estructura metálica de varilla dulce.
La angustia llegó. Comencé a sentir un vacío, una fuerte aceleración en mi corazón, una fatiga infinita por la cantidad de aire acumulado en mis entrañas, tras el hambre absorta que ya acompañaba estas largas horas sin comer, y ese olor que se desprendió luego de la incisión en el cuero del oso.
Isayo sin pensarlo me midió, calculando el espacio de mi cuerpo.
—Creo que sí cabes —me dijo, comparando mi estatura con las patas y el tronco del oso. No demoran en llegar —dijo, empujándome hacia dentro.
—¿Qué pasará contigo, Isayo?
—No te preocupes, que yo me entrego. Pero mírame, Juan Andrés —prosiguió.
—Me prometerás que vas a contar todo lo sucedido y que vas a sobrevivir a todo lo que te pueda pasar de aquí en adelante.
Sin haber medido el tiempo, seguido de esta petición, comenzamos a escuchar de nuevo el ladrido de los perros.
Me inmiscuí en el interior del oso, con el fin de no ser descubierto por los policías.
La puerta del museo se abrió y, de inmediato, una voz fuerte se escuchó: —¡Salga, por favor, Isayo! ¡Ya sabemos que estás acá escondida!
Los dos caninos que acompañaban la comitiva entraron desesperados olfateando por un lado y por otro.
Seguido, este hombre encendió una gran linterna.
Isayo, al ver que los hombres ya pretendían entrar por la puerta principal del museo, salió tras la vitrina que habíamos empujado para evitar que los mismos entraran por el lado del gran túnel.
—Estoy aquí. No me hagan daño, por favor.
De inmediato entraron dos de los tres policías que venían buscándonos.
—Estás arrestada, niña —dijo el teniente de la policía.
—No me hagan daño, por favor —repitió Isayo, con la voz quebrantada y llorando en súplica.
—Tranquila, que vas para los calabozos donde están los demás. Allí decidirán qué va a pasar con ustedes.
De inmediato, intuí que los hombres se le habían acercado y escuché el clic cuando le pusieron las esposas.
Uno de los perros comenzó a olfatear y, al ver el gran oso, comenzó a ladrar fuerte de nuevo.
Ambos comenzaron a ladrar con fuerza frente al oso.
—¡Saquen los perros! —gritó el teniente Hurtado en tono enérgico.
—Echemos una buscada final en este viejo museo. No sea que estas bellezas nos den una sorpresa adicional.