Capítulo XI #2
Mal contadas, había alrededor de mil fotos que Rigoberto —mi amigo y ahora amigo de mi hermano— me había tomado desnuda en mi cuarto en los últimos tres años.
Por estas fotos, mi hermano estaba siendo chantajeado durante todo ese mismo tiempo. Rigoberto le hacía solicitudes de que le enviara fotos desnudo, tocándose sus genitales, de lo contrario iba a publicar las fotos mías a todo el colegio, donde estudiábamos desde preescolar.
Apenas vi la totalidad de las fotos, me quedé estupefacta, desconcertada, por lo que grité durísimo. E ipso facto, mi madre, mi padre y mi hermano —que ya estaba entrando a casa— se hicieron presentes en el cuarto de un brinco hasta el segundo piso.
Duramos gritándonos varios minutos, sin pensar en el qué dirán nuestros vecinos. Mi hermano trataba de explicarles a mis padres lo que había acontecido, mientras lloraba de manera inconsolable.
Mi padre fue el que logró calmarnos a todos, después de aproximadamente treinta minutos de confusión.
—¡Cálmense, por favor, todos! —gritó mi padre en tono fuerte y retumbante.
—Vamos a averiguar quién está haciendo esto, se los prometo —concluyó afirmando.
Mi padre, es hoy un gran expositor de beneficios y peligros de las redes sociales, por la experiencia y el desenlace que le dio a la situación, a partir de lo que planeó aquella noche cuando nos dimos cuenta de que mi tal amigo Rigo era un farsante, que había violado mi derecho a la intimidad y la de mi hermano Fernando.
Por tanto, mi padre nos reunió en la sala de la casa, en el primer piso, hasta pasadas las 2 a.m., con la luz apagada, para preguntarnos detalles de nuestra relación con Rigoberto.
—Bueno, primero que todo, quiero decirles que ustedes son mis hijos y que no los voy a desamparar ni en esta situación ni en ninguna otra, por el resto de sus vidas —prosiguió, tomando un poco de aire.
—Le doy gracias a Dios que estamos bien y que, por ninguna razón, voy a dudar de ustedes, pues siempre han hecho bien las cosas.
Siguió: —Hemos sido vulnerados por alguna o algunas personas, y de eso nos vamos a dar cuenta. Ténganlo por seguro.
—¿Por qué no avisamos a la policía, mijo? —trató de insinuar mi madre.
—No, mi vida. Con esa gente no pasa nada. Solo vendrán y nos dirán que hay una lista larga de delitos de esa magnitud, y que estaremos en una base de datos de la cual no llevan ningún tipo de control. Más bien, cuando sepamos quiénes son los responsables de esto, pues los denunciaremos y listo.
Prosiguió mi padre: —Primero que todo, les voy a devolver sus computadores y van a dejarlos en el mismo sitio donde han estado siempre, es decir, sobre cada uno de los escritorios de sus cuartos.
—Pero el mío está dañado, padre, por el virus —le confirmé.
—Ya te lo arreglaré, mi amor. Le actualizaré el antivirus y habré limpiado el equipo —siguió.
—Les pido, por favor, que continúen con sus rutinas diarias. Inclusive tú, Catalina, necesito que hagas los quehaceres diarios con total normalidad.
Mi madre asintió sin titubear.
—Lo único diferente es que todos van a estar por acá en el día.
Fernando e Isayo dejarán de ir a la escuela por unos días.
Vamos a inventar una historia que sería más o menos así: que a su padre le descubrieron una cuestión terminal, que tiene cura, pero bueno, ustedes ya cuadrarán el resto y lloran un poco si es necesario.
—Mientras tanto, voy a estar monitoreándolos. No quiero ver a nadie con un comportamiento diferente al habitual. De ello depende todo el éxito de esta misión, si quieren llamarla así.
—Y no quiero escuchar ninguna objeción. ¿Entendieron, Fernando e Isayo?
—Sí, papá. Hemos entendido todo.
Mi madre sabía que con dificultad podríamos conciliar el sueño. Entonces nos invitaron a dormir esa noche —y alrededor de 365 noches más— en su cama, junto a mi padre.
Pero desde ese momento, hasta tres semanas más tarde, mi padre no volvió a pegar un ojo.
En el trabajo pidió una licencia no remunerada, y nosotros no volvimos al colegio.
Mi madre fue a conversar con la rectora para que nos dieran un permiso, justificado en que mi padre tenía que hacerse un tratamiento médico delicado y necesitaba de la presencia de toda la familia, para asegurarse de que saliera avante ante la situación.
—Le han descubierto una enfermedad terrible, señora directora. Por ello le pido, por favor… no tengo cabeza para enviar a los niños al colegio.
La directora asintió, al ver la cara de desesperación y tragedia que tenía mi madre por esos días.
Mi padre nos habló los días siguientes sobre pornografía infantil, grooming, sexting, oversharing, fomo, sharenting, trolling, ciberacoso, vamping, nomofobia, phishing y phubbing.
Y nos llamó la atención sobre las faltas que habíamos cometido, después de haber inundado nuestras redes de información personal, haber cargado fotos en vestido de baño, establecer contacto con desconocidos en línea, acordar encuentros y envío de información con estas personas.
Todo marchó como lo había decidido nuestro padre. Prendía el computador en su presencia hasta altas horas de la noche, como lo hacía a diario, para que mis padres no se dieran cuenta de la pipolización en que vivíamos, gracias a nuestra inmersión en las redes sociales.
En la primera semana, la verdad no podía concentrarme bien frente a lo que les escribía a mis amigos, a la espera de los mensajes de Rigoberto, para lo que mi padre se mantuvo pendiente sentado al lado mío, sin que fuese observado por el ancho de cobertura de la cámara.
Mi madre, en cambio, se mantenía con la luz apagada en el cuarto con Fernando, a la espera de los mensajes.
La primera semana terminó, inició la segunda y finalizó sin más que cientos de mensajes de los seguidores de mi red social, sin importancia.
—De alguna manera el tal Rigoberto se ha dado cuenta de que algo está fuera de lo normal en nuestra casa —afirmó mi padre.
—Pero ¿cómo se daría cuenta, papi? —le dije.
—No sé, es muy extraño. Claro está que dejamos de hacer muchas cosas matutinas en nuestras vidas. Lo único que se me viene a la cabeza es que nos tiene vigilados.
Ese mismo día, mi padre mandó a apagar todas las luces de la casa a eso de las 8 p.m., para iniciar la búsqueda de alguna pista en cada rincón.
Por tanto, empezó una pesquisa por nuestros cuartos.
Primero el mío, y ante los ojos de mi madre Catalina, Fernando y míos, deslizó sus manos por cada una de las paredes, buscó en los cajones de la ropa, los libros, entre la cartuchera de útiles, los maletines.
Mi cama fue inspeccionada al interior, entre las sábanas y cada una de las tablas.
Pasó sigilosamente sus dedos como si estos fueran imanes por el marco de las ventanas de aluminio, revisó cada hilo terminal de la cortina, como buscando alguna conexión con el mundo exterior.
Pasó al cuarto de Fernando, donde hizo lo mismo. Cada curva era revisada con sigilo bien calculado, pues no quería que nada quedase sin ser inspeccionado. También revisó los tomacorrientes y los plafones, comprobando quizá algún campo electromagnético.
Seguido, pasó por el baño entre los cuartos y examinó cada uno de los azulejos, las juntas de dilatación, el estante de las cremas faciales, los cepillos de dientes, la crema dental.
Deslizó sus dedos por entre los orificios donde se ponen los cepillos, abrió la puerta y la cerró para validar el sonido de sus bisagras, pero antes pasó los dedos por la ventana de ventilación.
Salió del baño y bajó, uno a uno, los peldaños de la escalera desde el segundo piso.
Desde allí tuve una visión, comencé a ver cómo nuestro padre se transformaba en un animal. Se deslizaba como una serpiente, repasando con el cuerpo el perfil rugoso de la madera. Pasó de tabla en tabla, de lado a lado, descendiendo cada peldaño.
Luego mutó en un puma, sus ojos resplandecían más que si todas las luces de la casa estuvieran encendidas.
Bajó hasta llegar al primer piso. Caminó en puntas, dando rápidos saltos que lo dejaron en la cocina, encima del mesón.
Allí empezó por la alacena, abrió cada puerta, revisó cada olla, plato, vaso, cucharones.
Pasó por la nevera, revisando primero todo lo externo: el haz de tubos, la parrilla, la puerta y la parte superior, antes de ingresar a su interior. Luego saltó a la barra americana.
Pasó de puma a tiburón, sus ojos parecían idos, imaginó un océano en frente suyo, como si estuviera viendo otra dimensión, simuló las aletas pectorales y las branquias, saltó para zambullirse en el espacio de la sala ahora convertido en una especie de acuario marino.
Observó desde allí toda la sala, decidió primero revisar el sillón grande, frente al televisor ahora convertido en un arrecife de coral, miraba todo con sigilo, revisó la sala convertida por un momento en una gran reserva marina, no encontró nada y comenzó a dar vueltas como un tiburón con rabia por toda la sala y avanzaba rápido, moviendo estrepitosamente la cola, hasta que se detuvo por completo.
Mientras tanto lo seguíamos detenidamente desde el segundo piso. Nuestros ojos no parpadearon ni una sola vez, mientras divisábamos a nuestro padre desde la mitad de las escaleras, con mi madre y Fernando, hipnotizados por la revisión minuciosa que en ese momento se adelantaba.
Al arrimarse a la orilla de entre la sala y las escaleras del segundo piso —casi en nuestras caras—, pasó de tiburón a águila, para que sus dedos convertidos ahora en garras comenzaran a revisar los grandes ventanales de nuestro apartamento, con su pico revisaba los vértices de los ventanales —casi inalcanzables—, mientras las alas lo sostenían en un fenómeno casi sobrenatural en el aire, revisó cada centímetro incluso con sus ojos lograba ver más de lo normal.
Ello fue definitivo para encontrarlo —tener ojo de águila tenía sus ventajas— pensé.
Mi padre gritó. Temblaba casi todo su cuerpo.
—¡Lo encontré! Al piso, escóndanse, agáchense.
No entendimos lo que había hecho mi padre, hasta después de varios días.