SOY Capítulo XI
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Capítulo XI

Peligros invisibles

Llovió durante toda la noche.

Con Isayo, estuvimos sentados, casi abrazados al lado del gran oso, que ahora nos daba protección.

Ya era la segunda noche que pasábamos en el túnel que ahora llamábamos laberinto.

Reflexionamos acerca de todo lo acontecido…

—Todos capturados, Juan Andrés —dijo Isayo, mientras lloraba inconsolable tras conocer de primera mano que Verónica había sido detenida.

Mis lágrimas también hicieron su aparición, al imaginar que habían capturado a don Isidro y al resto de los compañeros de esta travesía.

—Dieron de baja a Alejandro.

Qué desastre todo esto, pensaba, mientras nos abrazamos en llanto.

—Me da lástima por don Isidro. No se merece nada malo, es una buena persona. En estas últimas horas, me pude dar cuenta de eso.

Después de presenciar todos los tremendos hechos en la universidad, nos convertíamos sin quererlo en testigos claves para esclarecer el crimen ocurrido.

Del lado del animal disecado que estaba junto a la vitrina que nos protegía de nuestro inevitable arresto, Isayo recordó lo que había dicho el teniente mientras estábamos acurrucados y asustados.

—¿Juan Andrés, el teniente mencionó tu nombre entre las personas que había relacionado Berenice?

Prosiguió: —Yo no lo escuché. No existes para ellos.

—No sé, Isayo. Todo es muy confuso —al escuchar estas palabras, mis ojos se nublaron un poco más. No pude detener mi mente, no dejaba de pensar en un sinnúmero de cosas.

—Vuelve en ti, Juan Andrés. Es casi un hecho que los policías me encontrarán, pero a ti no. Por ello debes esconderte.

Prosiguió: —Tengo un plan. Buscaremos alguna forma de esconderte en este museo.

—¿Qué quieres decir, Isayo?

—Pues que ellos vendrán por mí, pero no saben nada de ti.

De nuevo volvimos a recorrer el recinto, con la premura de la llegada de los oficiales.

Revisamos detrás y debajo de cada vitrina. En el piso, al lado y debajo del oso, entre los cuadros, buscábamos un pasadizo o escondite secreto.

Bromeamos con la idea de encontrar una caja fuerte y que, por mi estatura, podría esconderme dentro de ella.

Intentamos con Isayo forzar la puerta principal del recinto, pero no tuvimos ninguna posibilidad de abrirla.

Y no encontramos nada que nos permitiera ocultarnos. No perdía la esperanza de que Isayo escapara conmigo o nos ocultáramos juntos.

Entre ambos levantamos la vieja alfombra que había debajo del equipo de proyección ubicado al interior del museo.

Retiramos la totalidad de la cubierta polvorienta que ocultaba el viejo proyector del museo.

Al activarlo, la imagen cobró vida en la penumbra del túnel: Martín Luther King Jr. de pie, con el rostro sereno y la voz firme.

Era el 28 de agosto de 1963. Miles lo escuchaban, pero parecía hablarle al alma del tiempo.

—I have a dream… —dijo, y el eco de su frase se expandió por las paredes como si el túnel mismo respirara esperanza.

En la pantalla, una paloma cruzó el cielo sobre el monumento a Lincoln.

Luego, una secuencia de fotografías: niños marchando, mujeres orando, hombres abrazando la dignidad como escudo.

Isayo se quedó en silencio. Yo también. No era solo historia. Era una promesa que aún nos tocaba cumplir.

Nos sentimos de pronto atiborrados y arrinconados, en un cuarto lleno de un sinnúmero de cosas que no nos servían en ese momento para nada.

El desespero hizo presencia. Se presentó en la oscuridad del museo, mientras impotentes buscábamos dónde esconderme. Este tenía una silueta tan delgada que le permitió penetrar con facilidad en nuestra mente, y en pocos instantes había poseído nuestra razón.

—Nada, Juan Andrés. No tenemos nada —me dijo en tono apurado.

—¿Ahora qué vamos a hacer? —le dije mientras me recostaba en la vitrina donde estaban algunas monedas antiguas.

—Los policías llegarán en pocas horas, según mis cálculos, debido a que ellos podrían tener planos más actualizados del túnel.

—No tiene caso, Isayo. Nos capturarán. Esperemos, no hay de otra.

A Isayo se le nublaron los ojos con algunas lágrimas adicionales, solo de pensar qué podría pasar luego de su aprehensión.

—Solo han pasado cosas horribles hoy —dijo.

—Estoy intrigado y quisiera que me contaras acerca de lo relacionado con la pedofilia.

¿Qué te impactó tanto para hacerte cambiar y tener que haber recreado todo este mundo a tu alrededor, vivir la vida de un personaje de novela, vivir toda una vida en rechazo a los hombres, pero a la vez te entendí que quieres conformar una familia, fingiendo ser una persona diferente? Es difícil comprenderlo.

—Te voy a contar, pero muy resumido, porque ya tenemos poco tiempo. Ya casi llegan los policías y lo más probable es que nos encuentren y nos apresen, si no pensamos en algo rápido.

Asentí de inmediato, en búsqueda de las respuestas a mi inquietud.

Isayo continuó contándome su experiencia: Mis estudios de literatura los estoy complementando con Ingeniería de Sistemas, porque quiero aportarle al mundo, a la sociedad, a los jóvenes y padres, una solución para que haya un control sobre la tan mal llamada pedofilia y su relación directa con el mal uso de las redes sociales.

Cuando era una niña de doce años, me interesé mucho por los computadores, pues mi hermano mayor, de trece, era seguidor de un grupo de juegos de estrategia y combate al que llamaban Arcadia. Este, a su vez, era usuario de Facebook, Snapchat, Instagram y TikTok, con regularidad.

A mí, de todas las redes sociales, me comenzó a gustar Facebook e Instagram porque podía ver a todas mis amigas con sus vestidos largos en cada fiesta de cumpleaños, donde asistíamos para festejar las fechas especiales y demás.

Saqué una cuenta de Facebook a los doce años, sin control de nadie. Ninguno en mi familia se percató de que yo tenía mi propio perfil. Allí hice alrededor de 20.000 seguidores entre amigos y desconocidos, de los cuales tres de ellos eran con los que mantenía conversaciones casi a diario.

Cargué las fotos de mis cumpleaños durante tres años consecutivos y todo lo ocurrido de relevancia en mi familia durante esos años.

Mi madre se graduó como auxiliar de odontología, mi hermano que practicaba taekwondo ganó uno de los tres campeonatos donde participó, mi padre pudo comprar su primer vehículo.

Todo se sabía por parte de mis seguidores, hasta el último detalle de lo sucedido en mi casa, mientras la cantidad de ellos se incrementaba cada día, proporcional a la cantidad de fotos que allí publicaba.

A los quince años tenía más seguidores que algunos cantantes y actrices importantes de televisión, cosa que me agradaba mucho y me hacía sentir como toda una celebridad o alguien importante en la sociedad.

Ya a estas alturas, con este número de seguidores, mi familia se había enterado de ello.

De los tres grandes amigos con quienes me escribía a diario —los cuales eran chicos de mi edad— llegué a establecer el mayor contacto solo con uno de ellos: Rigoberto.

Los días pasaban, y mi gran amigo Rigo —como lo llamaba de cariño— se convirtió en mi fiel seguidor y eterno confidente, hasta el punto de tener detalles muy lindos en las fechas más importantes de mi calendario.

Entre nuestros temas muchas veces hablamos de religión, del colegio, del matoneo, el bullying, de los padres…

hasta hablamos de tener hijos y nos imaginamos cómo sería todo si llegásemos a casarnos en el futuro.

Todas sus cosas las conocía: su primer amor en el colegio, los problemas de sus padres, sus notas del colegio, sus sueños, sus frustraciones…

es decir, todo. Por tanto, Rigo se convirtió en mi gran amigo.

Le interrumpí su historia: —¿Y alguna vez te dijo dónde vivía o dónde estudiaba?

—No me pareció importante saber dónde vivía. Por mis conjeturas, creía que su colegio estaba ubicado a las afueras de la ciudad de Cali, un poco retirado del mío. Pero consideraba que, por sus costumbres y su forma de escribir y de hablarme, siempre deduje que era caleño.

En fin, prosiguió: Era mi amigo Rigoberto el más importante y antiguo de Facebook. Con él nos comunicábamos a diario, nos reíamos hasta altas horas de la noche, llamadas de las cuales mis padres nunca se enteraron. Hasta el día que estábamos todos en familia en la hora de la cena.

Luego de la cena mi padre invitó a mi hermano al montallantas para calibrar el aire de las llantas del carro, pues había notado un desnivel desde el día anterior.

Con mi madre nos pusimos a arreglar la mesa y ella se encargó de lavar los platos.

—Gracias, hija, ya te has vuelto muy juiciosa.

—De nada, mamá.

—Ahora ve a tu cuarto, por favor, a arreglar tu uniforme del colegio, para que mañana no estemos corriendo.

—Lo que me digas, mamá.

Me dirigí hacia el segundo piso.

Antes de ir a mi cuarto, pensé que podría aprovechar la ausencia de mi hermano y entrar en su cuarto, para acceder a su computador personal, ya que el mío se había averiado gracias a un virus cibernético que había afectado a cientos de personas, entre ellas algunas que compartían redes sociales conmigo.

La clave personal del computador de mi hermano no era problema para mí, puesto que era la misma de todos sus correos: el nombre de la niña que le gustaba desde que habían entrado a primero de bachillerato a sus diez años.

J-U-L-I-E-T-A, en mayúscula sostenida y un asterisco al final.

Accedí a entrar en Facebook y la sorpresa que me llevé fue muy grande, puesto que mi hermano había dejado su sesión abierta, descuido que atribuí a los constantes llamados a comer minutos antes por mi madre.

Había una luz en la parte de abajo de la sesión de Facebook de mi hermano, indicando que un amigo lo estaba tratando de contactar. Tenía repetidos mensajes de un contacto que se llamaba Rigoberto.

¡Rigoberto!

Me decidí a leer los mensajes, ya que me pareció una casualidad muy extraña, pues Rigoberto era un nombre poco común. Por lo cual me dispuse a abrir su contacto.

Vamos a ver quién es este Rigoberto...

Me llevé una sorpresa.