SOY Capítulo XII #2
93%

Capítulo XII #2

—Oculté su cuerpo al lado de la caja donde me había escondido. De seguro despertará mañana y se asustará un poco por el lugar donde lo dejé, pero al final estará muy bien — El policía no me recordará mañana, pues estaba muy oscuro y no creo que haya alcanzado a reconocer mi rostro.

—Seguí con cuidado al grupo de policías hasta salir del túnel por una nueva puerta que habían descubierto, por el lado del edificio de Gestión Académica.

—Con precaución observé que la universidad estaba sola, pues a estas horas de la noche siempre se alcanzan a divisar los vigilantes de patio que hacen una ronda en bicicleta cada quince minutos, pero no vi a nadie que pudiera ayudarnos.

—Pasé por el lado del edificio administrativo, camuflado para que no me vieran… —Corrí apurado. Pensé que podrías estar en problemas si no llegaba rápido.

—Esperé cerca de la puerta de entrada, con la precaución de no ser descubierto por alguno de los perros policía que entraban y salían, en un merodeo desesperante, de un lado al otro por la entrada del museo.

Escuché algunas conversaciones desde donde me encontraba, mimetizado en medio de los arbustos frente a la entrada lateral de la biblioteca.

—Esperé con paciencia hasta que vi a Isayo salir esposada, custodiada por uno de los policías.

Isidro hizo una pausa, como quien quiere contar más, pero decide dejarlo para después.

—Minutos más tarde aparecieron dos policías. Cerraron la puerta del museo, aunque, afortunadamente, no instalaron ningún candado adicional.

—Se fueron con los bolsillos y las camisas llenas de objetos. Por eso decidí entrar por ti, Juan Andrés. Tenía miedo de que te hubieran apresado… o de que te hubieran hecho algo.

Le interrumpí: —Don Isidro, le tengo un regalo — Deme la mano — Hubo algo que no alcanzaron a llevarse los policías.

—Le entrego el regalo más preciado de todos los que he visto en este museo: la Biblia.

—Perdóneme, don Isidro, porque está un poco húmeda por mi sudor, pero lo que importa es lo que tiene por dentro.

—Gracias, Juan Andrés. Me haces sentir muy bien, así esté viejo por mi edad, llenas hoy mi vida de muchos propósitos para seguir adelante.

Respondí: —¿Qué quiere decir, don Isidro? No entiendo.

Prosiguió: —Cuando comenzaste a contarme que habías encontrado tras la puerta, la descripción que hiciste de cada cosa que había en este museo, comencé a reflexionar.

—El profesor Aldemar conoció toda mi historia, de parte de la señora María Antonia quien era su hermana, esposa de don Ramiro, el panadero del pueblo donde yo era el párroco de su iglesia.

Por esa razón me encomendó el plano del túnel, antes de irse pensionado.

Incluso Aldemar me recomendó para este trabajo en la empresa de seguridad de la universidad.

—Sigo sin entender.

—Escúchame con atención —hizo una pausa breve—.

Aldemar me dejó un mapa cuyo significado no entendí hasta hoy.

Me dio un documento que tuve en mis manos por más de quince años…

y nunca me di cuenta de lo que guardaba.

No había tal salida a la zona de basura.

Siempre todo esto estuvo aquí, para mí. Nunca me atreví a explorar su interior… a ver qué había por dentro.

—Aldemar me lo dijo antes de partir, la última vez que lo vi: —“Cuando quieras un tesoro, ve y búscalo al final del túnel. No sea que en vez de eso encuentres el depósito de basura.”

—El depósito de basura no existía. Yo escuché lo que quería escuchar.

El resto lo olvidé, hasta hoy, que me dijiste lo que encontraste dentro de este recinto.

El miedo a la oscuridad, a lo inesperado y la verdad —el no escuchar bien— me hizo perder este gran tesoro. Pero tú, al regalarme esta Biblia, me has devuelto a mi esencia: al servicio de Dios, a seguir adelante con el propósito de vida que Él me ha encomendado.

Prosiguió: —La Biblia es la guía de vida que Dios, Jesús y el Espíritu Santo pusieron en nuestras manos.

—Por eso esta Biblia, Juan Andrés, es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Comparado solo con el santo rosario, que me regaló un día al que apodaban Pocillo en la cárcel.

—Son regalos que me han devuelto a mi propósito básico, el propósito que tiene Dios para mi vida.

Prosiguió apurado: —Bueno, salgamos rápido de aquí, Juan Andrés, que ya está amaneciendo y los policías no demoran en venir por el resto de las cosas. Además, Isayo nos está esperando allá afuera.

—¿Cómo así, don Isidro?

—No te lo dije, pero mientras esperaba afuera, al ver salir al policía con Isayo, los seguí sigilosamente, esperé que pasara por el lado de la frutería que conecta con la salida vehicular, y allí sorprendí al policía con un fuerte golpe en la espalda.

—Isayo me dijo que continuabas en el museo y que hiciera lo posible por protegerte.

—Gracias a Dios, don Isidro.

Me confirmó la buena noticia mientras salíamos del museo con mucha cautela, dejando la puerta exactamente como la habían dejado los policías minutos antes.

—Pero bueno Juan Andrés, ¿qué llevas allí entre tu camisa, que te noto incómodo, como ocultando algo?

—Es un libro que quiero guardar para mí.

—Se llama La Fórmula de Dios.

—Qué nombre más interesante Juan Andrés.

—Pero ya lo voy a guardar en la mochila de entrenamiento, junto a mis guayos y la ropa de entreno.

Mientras caminábamos, buscábamos dirigirnos hacia alguna de las salidas de la universidad: —¿Y dónde está Isayo?

—Mírala allí, está escondida entre los árboles, con su linda cabellera roja y su mirada un poco tímida.

—Ya la vi. A esta hora le resaltan sus lindos tatuajes en el brazo.

Al encontrarnos con Isayo nos dimos un fuerte abrazo, nos quedamos inmóviles unos minutos.

—Apúrense muchachos, que ya está amaneciendo.

Corrimos de nuevo por toda la universidad. Pasamos por varios edificios, los mismos que minutos antes habíamos atravesado por dentro de aquel gran túnel, convertido en un laberinto, debido a la cantidad de bifurcaciones que le comprendían.

Don Isidro nos dirigió hasta la facultad de ingeniería para ocultarnos en un salón de clases.

—Espérenme aquí, voy a ir al CAI (Centro de Alimentación inmediata), a traer algo de comer. A la vez voy a revisar un poco la situación, según lo poco que he visto la universidad debe estar cerrada.

Asentimos, sin titubear con Isayo, debido a que estábamos muy hambrientos.

Mientras que don Isidro se fue por algo de comer, con Isayo nos quedamos agachados en el salón de clases dialogando sobre todo lo ocurrido. Habían sido demasiadas cosas juntas en tan poco tiempo.

Le comenté, por vigésima vez, lo preocupados que deberían estar en casa por mi ausencia.

A los pocos minutos comenzamos a oír ruidos, como de varias personas discutiendo, y el tono se hacía cada vez más fuerte.

Con Isayo nos recogimos en una esquina, detrás del escritorio del profesor, previendo la entrada inesperada de quienes pudieran encontrarnos.

Sin pensarlo, nos acurrucamos casi en posición fetal para poder entrar entre el escritorio, la silla —con su asiento, base y ruedas— y el reducido espacio que quedaba.

Al instante, empujaron la puerta con violencia, estrellándola contra la pared en un estruendo que nos heló la sangre.

—Sabemos que están aquí, salgan por favor Isayo y enano.

De una nos alegramos al escuchar la voz de Peter, amigo de Alejandro y de Ricardo, quienes eran los líderes de la protesta.

Salimos con Isayo a abrazarnos con nuestros compañeros, aquellos con quienes días antes habíamos planeado sacar a Herminsul de la universidad, usando el plano que tenía don Isidro… por una puerta que, al final, no existía.

—Nuestra necedad ha sido grande, estamos muy apenados con esta situación, donde Alejandro salió perjudicado —afirmó Peter con preocupación y tristeza.

—¿Cómo está la situación, Peter? La verdad estamos muy angustiados, ya queremos regresar a nuestra casa.

—Isayo, la universidad está cerrada. Tenemos el control total en este momento y hay una comisión negociando el cese del paro —continuó Peter en su reporte—. Incluso Ricardo está como delegado de nuestra parte. Fueron dos días largos de fuertes disturbios con la policía.

Al interior del salón de la facultad de ingeniería habían entrado aproximadamente ocho personas, con quienes comenzamos a discutir los pormenores de nuestra proeza y la forma en que habíamos escapado.

Peter de inmediato continuó, confirmando que nos tenía una sorpresa: —En la madrugada mientras nos manteníamos camuflados y cuidando de la universidad, logramos capturar a dos policías que intentaban extraer varios elementos antiguos, algunas armas y monedas de oro, nos dijeron que lo habían extraído de un museo, el cual ya está siendo revisado.

—Este recinto no sabíamos que existía dentro de la universidad.

—Precisamente ese fue al sitio donde logramos ocultarnos —afirmó Isayo.

Isayo volteó y me dijo en tono de susurro mientras simulaba un abrazo: —No han preguntado por don Isidro, entonces no lo mencionemos. A lo que asentí sin estar de acuerdo.

—¿Y dónde tienen a los policías? —pregunté intrigado.

—Están en el edificio de administración; pronto los entregaremos. Hace apenas un momento fue confirmada su presencia en la universidad ante las autoridades, y ya hemos enviado las pruebas para que sean judicializados por robo. Las piezas sustraídas han sido devueltas al lugar donde estaban.

—Qué alivio escuchar esto Peter... de verdad.

Al final el grupo de estudiantes nos trajeron desayuno, medias nueves y hasta almuerzo, porque don Isidro no volvió. Los líderes de la protesta nos invitaron a irnos para el salón de central de cámaras, donde podían mantener vigilada toda la universidad.

—Juan Andrés, ¿qué le podría haber pasado a don Isidro? ¿Será que lo capturaron? Qué incertidumbre tan tenaz.

—Dímelo a mí, Isayo, estoy demasiado preocupado.

Muy cabizbajo por la situación, decidí tratar de ocupar mi mente. Para ello saqué del maletín —mezclado entre mis guayos y el uniforme— el libro que había extraído del museo, dispuesto a echarle una mirada.