Capítulo X
Huérfanos emocionales
Isayo me abrazó hasta el punto de cortarme un poco la respiración, debido a la agitación incesante en que nos encontrábamos, luego del maratónico susto que acabábamos de vivir juntos.
Ella no paraba de apretarme con sus delgados y tatuados brazos entrelazados que rodeaban todo mi cuerpo. El tamaño de uno de sus brazos abarcaba toda mi espalda.
—¿Qué hicimos mal, en qué fallamos, Isayo? —le dije casi al oído, puesto que ella se había agachado un poco para poder sujetarme.
—Todo estuvo bien, Juan Andrés. Solo que no contábamos con que la policía pudiese enviar perros para encontrarnos más rápido.
—Estoy muy preocupada por Verónica. Ella fue detenida. Mientras me escabullía, se sacrificó para que pudiera escapar y no ser detenida. Me gritaba que corriera sin parar, que por nada del mundo me dejara atrapar por la policía.
Hicimos una pausa, mientras nos recuperábamos y tratábamos de calmarnos.
Recordé al instante que, mientras leía el ensayo de Casallas, el amigo de Aldemar, escuché que don Isidro me llamaba insistentemente y yo lo había ignorado, todo por no perder el hilo de la lectura sobre la apolítica.
Posterior a ello, al terminar de leer el documento: El país de mis sueños de Cortázar, fue cuando comencé a llamar desde adentro del recinto a don Isidro y no me contestó.
Deduje en ese momento, sin saber lo que acontecía, que don Isidro se había quedado dormido o quizás estaba concentrado haciendo su oración, y me lo imaginé arrodillado en un rincón, muy cerca de la entrada improvisada que minutos antes habíamos abierto con la única fuerza que nos quedaba: la fuerza de voluntad.
—Debemos calmarnos, Isayo —le dije susurrando, con mi voz entrecortada por el susto que acabábamos de pasar.
Ella no podía dejar de temblar. Ya el solo acto de sentirse perseguida le había generado varios pensamientos encontrados, y sus nervios estaban exaltados al máximo.
—No es fácil, Juan Andrés. No me vas a entender.
Isayo había metido sus dedos a la boca, girando un poco la cabeza hacia el lado izquierdo, para masticar lo que quedaba de su cutícula y de las uñas roídas que le llegaban a media asta entre sus falanges.
—¿Cómo que no voy a entenderte, Isayo? Ya lo he hecho. Te entiendo más de lo que piensas —le dije.
—No es posible, pues esos hombres han intentado apresarme y he tenido que correr por mi vida.
Prosiguió: —Incluso es confuso para mí. Hace dos años tenía una muy baja autoestima, sentía que no era importante para nadie, que no le importaba a mi familia, ni a mi novio.
—¿Tu novio, Isayo? Creí que no lo habías tenido. Lo digo por tu relación con Verónica.
—Sí, Juan Andrés. Y lo paradójico es que Santiago, mi exnovio, fue quien me salvó la vida.
Dejé de comer, hasta llegar a un peso de 45 kg. Y un día me desmayé.
—Después que salí del hospital, donde estuve internada varios días, lo primero que hice fue llamar a Santiago, darle las gracias y decirle que lo aborrecía, que era la persona más despreciable del mundo.
—¿Pero por qué hiciste eso, Isayo?
—No lo sé. Era una persona inmadura, que a la primera dificultad me echaba a morir.
Isayo prosiguió contándome su historia: Para mí, todos los días eran iguales. Me encontraba en una zona de confort muy amplia.
En las mañanas, cuando me levantaba, tenía el uniforme impecablemente aplanchado, los libros arreglados, los zapatos bien lustrados, el desayuno listo a primeras horas. De igual manera, luego de regresar del colegio, todo lo encontraba impecable, la ropa y lo demás en su sitio.
Todo me lo hacían mis padres y mi nona. Mi única responsabilidad era cumplir con mis tareas y ganar las previas de cada materia.
Continuó: Al salir después de mi grado de secundaria, no sabía qué hacer.
No había elegido una carrera universitaria, ni sabía a qué me iba a dedicar el resto de mi vida.
Durante mi bachillerato me dediqué todo el tiempo a ser la mejor en notas, en los trabajos, en las presentaciones, tareas, proyectos finales, todo lo relacionado con mi educación.
Pero a partir del día de mi grado, todo fue mucha confusión e empecé a sentirme frustrada.
Mis días y noches fueron más largos, después de que me llegaron los resultados de las pruebas nacionales.
Con el puntaje que saqué me presenté a la universidad y me rechazaron, por lo que me sentí desdichada y fracasada a los 16 años.
No encontraba nada ni nadie que me pudiera ayudar u orientar.
Nadie se acercaba a mí para preguntarme siquiera.
Bueno, quizá… adicional, no hacía nada para dejarme ayudar.
Siguió, mientras nos sentamos en el piso frente a la vitrina que custodiaba el gran oso: Me refugié en el alcohol, en las escapadas con mis amigas a los bares y centros comerciales, en los cigarros y tabacos que fumaba, pretendiendo aparentar madurez y queriendo lograr aceptación social delante de todos mis amigos.
Una tarde de jueves en abril, después de recibir los resultados de pruebas que había presentado en una universidad en el exterior, fue cuando tomé la decisión de no volver a comer. Pues el día anterior había terminado con mi novio y no podía sentirme peor.
De pronto él llegó a visitarme para devolverme las llaves de mi casa, unos libros que le había prestado. Entró a mi cuarto y me encontró desmayada en el piso, sin poder moverme.
Santiago junto a mi padre, me llevaron a un hospital y lograron salvarme la vida… bla, bla, bla… en fin, pasaron muchas cosas.
Luego de esto, a los siguientes días retomé la relación que tenía con Santiago, pues él era una persona muy intelectual.
Hablaba tres idiomas, practicaba varios deportes, por lo cual me interesaba mucho.
Además, él conocía algunos países del mundo, era un gran lector, leía tres libros al mes como mínimo, y eso me llamaba mucho la atención.
El día que Santiago me terminó fue muy sincero conmigo y me escribió una linda carta de despedida, con un profundo significado.
Además, él pensó que me quedaría sola, con mi mar de pensamientos, en terapias con psicólogos y psiquiatras, que me afirmaban que debía consumir unos medicamentos, pues las emociones ya estaban controlando mi vida.
El poema se titulaba: Una vida extraordinaria en un mundo de engaño.
Vida es mirarle a los ojos a tu padre o a tu madre, y decirles “te amo” y “gracias por permitirme estar aquí”.
Vida es agradecer al Padre Celestial, que hace de este mundo y el universo un lugar acogedor para enseñarnos que el conocimiento nos da las habilidades para superarnos siempre.
Vida es aprovechar tu tiempo, amigos y dinero para edificarte como persona.
Vida es estar consciente de que el engaño y la maldad están por doquier, tocando las puertas de tu corazón, tratando de seducirte para que les permitas entrar.
Vida es todo lo que necesitas para desarrollarte y hacer de tus semejantes personas mejores.
Vida es lo que tienes cuando adquieres conciencia del valor que tienes, alejado de la superstición y la contaminación digital que nos rodea.
Vida es lo que tienes cuando controlas tus pensamientos y no te dejas perturbar por el sistema que te quiere esclavizar y enfermar.
“Esta vida es buena y la debemos gozar, es un escenario imperdible, hay que vivirla con alegría, resguardarla porque tenemos una sola y única existencia”.
Att: De Santi para una amiga especial
El padre de Santiago, al darse cuenta de la clase de chica con que estaba ennoviado su hijo, lo inscribió en una universidad en Boston. Por tanto, resultó yéndose en busca de un mejor porvenir...
No volví a salir por mucho tiempo, después de la amable despedida de Santiago. Solo hasta el día que me invitaron a una fiesta de cumpleaños de un primo hermano llamado Josué, fue donde conocí a Verónica.
Desde ese mismo día, compartimos casi todo el tiempo. Estuvimos hablando, reímos, compartimos algunas fotos, las cuales cargamos en Facebook, Instagram, y algunos videos de bobadas que subimos en TikTok y YouTube, como, por ejemplo: cómo hacer ula-ula hasta disminuir el estómago (#ula-ula).
Con Verónica me comencé a identificar por su forma de pensar.
Era la única persona que no me reprochaba sobre mi situación.
Entonces me refugié en su amistad, ella estudiaba en la universidad Instrumentación Quirúrgica y necesitaba aprender las partes del cuerpo, por lo que comenzó a ir a mi casa para que le ayudara a estudiar y entender algunas cosas.
Así fue como, en medio de esta confusión, en medio de este ir y venir de pensamientos encontrados, comenzamos a salir a fiestas y eventos de todo tipo.
Un día, en una de esas fiestas, comenzamos a bailar hasta altas horas de la noche, y uno de los chicos ya había comenzado a galantearme.
De mi parte, le mostré algo de simpatía.
—Nos vamos de aquí, Isayo. No me gusta cómo ese tipo te está mirando —dijo Verónica.
—No te emociones, Verónica. No me ha dicho ni una sola palabra y no me ha tocado ni un pelo —le dije.
—Pero nada, Isayo. Te está mirando con pura cara de morboso. Nos vamos y punto.
De inmediato salimos del salón de eventos donde le estaban celebrando los cumpleaños a mi gran amiga Isabelita, quien era la anfitriona de la fiesta de quince años más preciosa a la que hubiese asistido.
Verónica me llevó a casa en un taxi, y al despedirnos —para aprovechar la carrera del automóvil, debido a que ella seguiría en trayecto a su casa— me dijo que abriera la mano y sacó de su maleta un papel doblado.
—Nos vemos mañana, preciosa. Abres este papelito antes de dormirte, para que sueñes con los angelitos y conmigo, mi bebé lindo —prosiguió.
—¿De qué se trata, Vero? —le dije.
—Te hice un poema.
Al despedirse, cuando el taxi estaba presto a arrancar, me dio un beso en la boca y yo, sin menor escrúpulo, se lo devolví.
Todo para mí era como un juego.
Antes de dormirme, después de haber hecho el ritual del pijama —como le llamaban mis padres desde pequeña— me dispuse a leer el poema:
Isayo,
¿De qué color es el amor?
¿De qué sabor es el amor?
¿De qué género es el amor?
¿Cuál es el aroma del amor?