SOY Capítulo IX
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Capítulo IX

La neutralidad imposible

—A la cuenta de tres, Juan Andrés.

—Con fuerza: uno, dos y… —siguió Isidro.

Del tremendo jalón, de pronto estábamos en el piso con restos de astillas de madera en nuestras manos.

Al levantar la cabeza, nos encontramos con una luz que indicaba el paso por un pequeño boquete que habíamos abierto, propio del esfuerzo descomunal que junto a don Isidro habíamos hecho para lograr la hazaña.

Una astilla puntiaguda, como del tamaño de una moneda de 100 pesos, había alcanzado a perforar mi dedo pulgar derecho, lo que propició un dolor instantáneo.

Creería que soy el único que pudiese entrar por el pequeño agujero, pensé.

—Entra, Juan Andrés. No hay de otra. Con tal de que regreses por mí, yo esperaré aquí paciente.

—Voy primero —le dije con determinación.

Con Isidro habíamos hecho un plan para el momento en que pudiéramos encontrar una puerta o una ventana que nos permitiera acceder al cuarto de recolección de la basura. Afortunadamente ya lo habíamos hablado.

Por tanto, me arrodillé por completo para agacharme, voltear mi cuerpo y casi entrar boca arriba, puesto que la forma de mi cabeza entraría mejor al ser empujada por mis pies desde esta posición incómoda.

Afirmé al asomarme, en posición para entrar: —Está un poco oscuro y huele a humedad. Además, se nota que el lugar está repleto de telarañas.

Agachado, arrastrándome, con mi cuerpo en cierto grado de contorsión, entré por el pequeño orificio, en el que mis hombros y las piernas sufrieron un apachurramiento temporal.

Al ponerme de pie, quedé un poco confundido. Me logré encandilar y solo podía ver algunas siluetas.

Me quedé inmóvil al ver la sombra, parecida a la de una persona grande y corpulenta, al extremo derecho de la puerta de entrada de la gran habitación.

Mi corazón comenzó a palpitar con rapidez.

Podía escuchar tenuemente la voz de don Isidro tras la puerta, preguntando por lo que estaba descubriendo al interior, pero con mi impresión prefería no sollozar ni emitir ningún tipo de ruido hasta percatarme muy bien de lo que estaba a mi lado.

Inmóvil me quedé, hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad.

Sin mover ni un solo dedo, me mantuve sigilosamente observando por el rabo del ojo, para todos los lados sin perder de vista la silueta corpulenta.

Luego que mis ojos asimilaran la oscuridad y se hiciera un poco más claro sin estarlo, observé que la masa se mantenía inmóvil, por lo que se me pasaron varias cosas por la mente.

De pronto pensé que sería un cadáver, una estatua, un maniquí, un muñeco de carros de feria, un animal.

No sabía qué podría ser. Por ello, mi torrente circulatorio estaba presionado, debido a la exagerada producción de adrenalina que en ese momento sentía.

Solo hasta los siguientes minutos me di por enterado que no era nada de lo que imaginé.

Se trataba de un oso disecado, parado erguidamente, petrificado tras una vitrina de exhibición, al que tan solo se le veía la mitad del cuerpo.

Pude tranquilizarme, respirar más lento. Logré dar un suspiro profundo para tratar de calmar mis nervios.

Con mayor tranquilidad me dispuse a observar todo a mi alrededor.

Me había quedado asombrado de lo que estaba observando. Era un museo antiguo con unas cuatro vitrinas largas, no tan altas. Estas vitrinas estaban ubicadas en las paredes del museo, y tres vitrinas adicionales ubicadas en el centro de este.

Me acerqué frente a cada una de ellas, las cuales estaban repletas de piedras arqueológicas, monedas, billetes antiguos de diferentes nacionalidades, lapiceros, una biblia vieja, fotos viejas que mal contadas serían como treinta y seis, todas colgadas meticulosamente en la pared (una al lado de la otra, sin tocarse, muy bien alineadas en cuatro filas de nueve fotos), con imágenes de la ciudad en sus inicios.

Mostraban la vieja Santiago de Cali con calles polvorientas, las primeras imágenes de la Plaza de Caicedo con algunos transeúntes y algunas personas en taburetes descansando dispersamente, la plaza de mercado de Alameda, y una de las fotos más bonitas había sido tomada en un desfile de 1952 que llevaba en una máquina de bomberos a Jovita Feijoo, luego de participar en un reinado de belleza.

La fotografía estaba autografiada, y solo por ello me di cuenta del nombre de la reina.

Había algunas obras que estaban reposando sobre las paredes de ladrillo limpio, que deduje por la contextura que eran pinturas de óleo sobre lienzo.

Algunas imitaciones de Rembrandt, Picasso y Salvador Dalí.

Estos fueron los únicos artistas que había alcanzado a reconocer.

Eran imitaciones, pero llevaban un sinnúmero de detalles que las hacían representativas. Me detuve casi hipnotizado al verlas.

Había, al lado del gran oso, un equipo de reproducción de cintas cinematográficas, el cual estaba desconectado —a manera de protegerlo, me imaginaba, ante el riesgo de una descarga eléctrica.

Al enchufar el equipo de reproducción, este se iluminó de inmediato y comenzó a proyectarse una película sobre un telón improvisado que había en frente y el cual presentaba cierto grado de deterioro.

Se proyectaron unas imágenes de forma secuencial, mostrando todas las fotos que antes había observado de la vieja Santiago de Cali, y se podía escuchar a alguien que entonaba una canción parecida a las canciones de cuna, que decía:

Crece mi niño

Estrofa I

Crece, mi niño, crece sin temor,

El mundo te espera con fe y con amor.

Aunque haya sombras, tú puedes brillar,

Y abrir nuevos cielos con solo soñar.

Coro

Sueña alto, porque alto

está la verdad, y el que ama

Con el alma, la encuentra al final.

Estrofa II

No pierdas tu risa, ni tu claridad,

Que el oro deslumbra, pero no da paz.

Camina despacio, escucha al andar,

Que el mundo se sana con solo abrazar.

Coro

Sueña alto, porque alto

está la verdad, y el que ama

Con el alma, la encuentra al final.

Estrofa III

Si un día tropiezas, no dejes de amar,

Que el suelo enseña lo que el cielo da.

Sé niño en el alma, sé luz al pasar,

Que el mundo florece,

Y tan grande como sueñes, así de libre serás.

Coro final

Sueña alto, porque alto

está la verdad, y el que ama

Con el alma, la encuentra al final.

Había, contiguo al equipo de proyección, una repisa que soportaba un libro antiguo, con un evidente estado de deterioro, producto del polvo y la humedad, lo que al instante me produjo una fuerte congestión nasal que concluyó con un fuerte estornudo, enérgico y retumbante entre las paredes del recinto.

Aproveché la tenue luz que me regalaba el equipo de proyección. Me dispuse a leer lo que había en el libro, el cual tenía de nombre en su portada LA APOLÍTICA, autor Alberto Aldemar Castro.

Al abrir el libro, este estaba conformado por varios manuscritos.

El primer manuscrito tenía de nombre: Un mundo oprimido por su gobierno, firmado por una persona que se autoproclamaba “su amigo del alma Gustavo Casallas”.

La nota decía lo siguiente:

¿Será que uno, a través de unas letras bien o mal escritas, podría hacer derrocar a un presidente?

Perdóname, doble A, lo que te voy a decir, pero eres un bravucón de mierda.

No creas que, porque tienes un museo que muchos en el futuro van a envidiar, y porque eres amigo personal de J.

Cortázar (envíame copia de la foto que nos tomamos en Bogotá, junto a Gabo), te da consentimiento para escribir y tratar de enseñarnos lecciones acerca de los errores de los gobernantes y las oportunidades de los oprimidos.

De veras me río a carcajadas, sentado en mi mecedora acá en Salt Lake City, por lo que has escrito.

Bueno, voy a dejar mi ego un momento amarrado a la pata de esta silla y me voy a dedicar a comentar sobre lo que escribiste.

Amigo, considero que es bueno el conjunto de palabras que has conjugado.

Creería que, si lo interpretan las personas de un país inconforme, subyugado, manipulado, oprimido, aporreado como los nuestros, podría tener una repercusión tan grande que se convertiría en el bastón de mando de una revolución, sin necesidad de derramar una gota de sangre.

Solo con el poder de las palabras y una buena estrategia de comunicación, podrá haber un cambio en América Latina.

Vendrán guerras, nacerán más caudillos y todos morirán, y la humanidad nunca entenderá que lo que mueve al mundo se llama Amor, y que esta palabra se complementa con otras palabras como Respeto, Integridad y Paz.

Te felicito, Alberto Aldemar, por tener un corazón humilde y unos valores marcados con letra indeleble sobre tus huesos.

Y sí, en verdad considero que tienes la razón, aunque no debería dártela, porque esto se podría convertir en la solución a los problemas de nuestros países en Latinoamérica: la apolítica como medio de protesta ante la cantidad de fenómenos indeseables que están ocurriendo, por ejemplo, en mi país.

Tu amigo del alma, que te envía muchas bendiciones y ora todos los días por ti.

Ven pronto al país del norte, es muy próspero, coherente y saludable financieramente hablando, además; apoyan los escritores.

Gustavo Casallas Salt Lake City, Utah.

27 de abril de 1978.

Nota: Doble A envíame una copia de la puta foto con Cortázar y García Márquez, para mandarla a enmarcar e instalarla en la sala de mi casa.

Me creó una gran expectación la carta del amigo de Aldemar, de quien deduje sería la cuarta persona que aparecía junto a la foto que acompañaba la carta, junto al escritor Cortázar y Gabo.

Seguido por un emotivo éxtasis por lo que estaba leyendo, encontré la siguiente carta en este libro, la cual tenía la firma de J. Cortázar, donde había un manuscrito que se titulaba El país de nuestros sueños:

Me declaro desde hoy tu seguidor, Alberto Aldemar (hago honor a tu nombre de pila).