Capítulo VIII #3
Pensé siempre que nadie se fijaría en lo que hacía todas mis noches antes de acostarme.
Uno de los tantos reclusos que había en Villahermosa me había recomendado dormir con el colchón encima del cuerpo y no viceversa, porque así me protegería de que no me tiraran cuchillos u objetos cortopunzantes por entre los barrotes de hierro de las celdas.
Lo había vuelto casi un ritual, repasando paso por paso cada noche antes de acostarme a dormir.
Le incluía el tendido de todas las tablas de la cama, que soportaban el peso de mi espalda.
Dormía con ropa de diario, con blue jean grueso y camisa manga larga.
Me ponía una media velada en la cabeza para evitar que, ante un incendio al interior de la celda, me pudiera quemar el pelo o las pestañas (la media velada se la había hecho quitar a María Antonia un día de esos de las visitas de domingo).
Además, dormía con zapatos puestos y con un par de motas de algodón en los oídos, para evitar escuchar todas las cosas nefastas que se oyen en una cárcel en horas de la noche.
Del desespero que tenía por todas esas consideraciones previas a tomar el sueño, se me ocurrió, días después, comentarle a Pocillo cuáles eran las personas que me estaban molestando.
—Padre, tranquilo, que hoy hablaré con ellos y esto se solucionará.
Al siguiente día, estábamos con Pocillo tomando el desayuno y estaba muy dispuesto a preguntarle si había podido dialogar con los reclusos.
Le dije: —Pocillo, buen día. ¿Lograste dialogar con los compañeros?
—No, padre, no alcancé —dijo Pocillo.
—En la tarde de ayer pensaba hablarles, pero me comentaron que después del almuerzo ambos sufrieron paros cardíacos y fallecieron.
Cuando terminó Pocillo de decirme estas palabras, por el lado mío pasaron una camilla con los dos cuerpos, uno encima del otro, pues venían haciendo el trasteo de los cadáveres desde la morgue.
Al observar esto, me dieron ganas de trasbocar, por lo que tuve que irme al baño corriendo de inmediato.
Al terminar, mientras estaba lavándome la boca en el lavamanos del baño, levanté mi mirada para verme en el espejo, y detrás de mí estaba Pocillo, mirándome detenidamente.
—Padre Isidro, nadie se va a meter aquí con usted.
De inmediato se paró frente a mí y me pidió que abriera la mano, a lo que accedí sin dudar.
En un fuerte apretón de manos, me continuó diciendo: —Necesito que me ayude. Necesito el perdón de Dios, y para ello vamos a rezar el rosario todos los días a las 5:30 a.m. Además, necesito que todos los días haga una misa a las 6 p.m.
—Siento que necesito limpiar mi alma. Necesito que me ayude.
Prosiguió con fuerza: —¿Tienes alguna objeción acerca de lo que te he dicho? De lo contrario, no respondo, y pues me sentaré entonces en la cama de mi celda a ver pasar su cadáver el día menos pensado, Padre Isidro.
Pocillo había puesto en mi mano derecha un rosario de pepas de madera, que él mismo había fabricado en el taller de manufactura.
Desde ese mismo día, a la hora indicada por Pocillo, tenía un espacio en la cárcel para seguir evangelizando.
Mi doctrina, mi legado. A pesar de mi destitución, seguía arrodillado en un altar improvisado, pidiendo por el mundo entero.
Mi cuerpo y mi alma eran del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Juan Andrés, conocí a Dios en medio de los delincuentes. Conocí a Dios en medio del mal, de la pobreza en la fe y en la falta de esperanza. Me aferré más a Él, y cada día me comenzó a mostrar que podría hacer muchas cosas importantes en mi vida después de tal desventura.
Era inocente. Había sido destituido por mi iglesia, por mi comunidad y por mi pueblo. Lo había perdido todo, y a la vez tenía mucho, porque estaba parado frente a un grupo de personas que necesitaban más de Dios que ningún otro.
Quizá eso era lo que quería Dios: sacrificar mi libertad para vivir en la pobreza de seres necesitados de su palabra, y así poder predicar su nombre y tratar de salvar sus almas, antes que se perdiesen definitivamente.
El regalo más preciado vino después de todo aquello, y fue cuando empecé a notar los cambios en las personas, en su manera de comportarse, en la disminución de los índices de violencia, en la disminución de los rituales que tenía que hacer antes de irme a la cama, puesto que ya por fin podía dormir encima del colchón y no en las tablas como en los días anteriores.
Dormía. Y eso, en aquel lugar, era un milagro.
Conocí a Dios, después de mucho tiempo. Él empezó a hacer sus obras, y yo proseguí haciendo las mías.
Mientras caminábamos, le dije: —Esa historia no contestó mi pregunta acerca de cómo saliste de la cárcel.
—Eso no es importante ahora. ¿Ves lo que veo, Juan Andrés? —dijo Isidro.
Nos quedamos inmóviles.
Contesté: —Por supuesto, Padre.
¡Salté de alegría!
Proseguí: —Es una puerta en medio de la nada. Tal vez sea nuestra salida.
Habían pasado alrededor de cuarenta y cinco minutos luego de volver a emprender la caminata, y habíamos encontrado una puerta de madera fina y vieja, la cual podría ser nuestra salida.
Ya intuíamos, por la rendija que habíamos visto antes en el techo del túnel, que podríamos estar por los lados de la Facultad de Ciencias, la cual estaba cerca de la entrada de los camiones de basura.
—Debe ser de roble. Se ve fuerte. Ayúdame a halarla desde la parte inferior, Juan Andrés, pues tiene la bisagra suelta.
Asentí con alegría.