SOY Capítulo VIII #2
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Capítulo VIII #2

Luego de su diligencia, vino a darme una vuelta a la cárcel municipal.

—¡Azoten al curita! —dijo Ramiro.

Los carceleros obedecían sin titubear al borracho que tenía algunas monedas en su mano derecha y una caneca de aguardiente en la otra.

Prosiguió: —¡Azótenlo! Que este señor es el culpable de mi desdicha. Hizo ir a mi amada, mi inspiración, a mi gran amor.

Los carceleros no paraban de golpearme.

Ellos ya tenían los bolsillos llenos de monedas y billetes, que habían recibido del grupo de amantes que tenía Magaly en el pueblo.

Don Ramiro, ya terminando de echar todas las monedas en los bolsillos de los carceleros, escuchó la voz de su mujer.

—Por favor, Ramiro, nos vamos para la casa —dijo doña María Antonia.

El hombre de inmediato abrió sus grandes ojos y acomodó su postura, que ya descansaba sobre una pared al lado de la pesebrera, donde estaba el caballo que me había dado el paseo alrededor del parque.

Seguido, sujetó con la mano que le quedaba libre a su mujer y con la otra la caneca de aguardiente.

—Pues vámonos. Vine a hacer una obra de caridad, porque el curita ya de hoy no pasa.

Prosiguió: —Quería verlo morir, pero no tuve esa fortuna.

—Vamos, Ramiro, y deja de hablar tanta pendejada. Me tienes harta.

Esa misma noche los carceleros luego de salir de turno, comenzaron a hablar en las cantinas del pueblo sobre todo lo ocurrido, mientras se gastaban las monedas que habían ganado de los hombres que habían ido a desahogarse, uno a uno frente a la pesebrera, hasta altas horas de aquellas largas noches.

Al cuarto día después de mi detención, los carceleros me miraban detenidamente desde fuera de la celda. Para ello habían llevado dos butacas pequeñas de madera.

Mientras me observaban, sorprendidos, sacaban las mismas conclusiones que yo había tenido días atrás acerca de doña Magaly, quien me había contado en acto de confesión acerca de la cantidad de amantes que frecuentaba.

Ellos concluyeron que la señora, aparte de su marido, tenía amoríos con varios hombres del pueblo, a los cuales los tenía muy enamorados.

—He contado entre mis dedos como a siete u ocho amantes, entre los que resaltan el alcalde, nuestro comandante y Ramiro el panadero, que ha sido uno de los que más dinero nos dio —comentó uno de los guardianes.

—Además de don Efraín, su esposo —agregó el otro.

—Doña Magaly era desinhibida. Imagínese, hasta el Padre Isidro cayó rendido… pero ni él pudo soportar tantas traiciones —prosiguió el primero.

—Yo también hubiera hecho lo mismo —dijo el segundo.

Terminaron su conversación apenas vieron que me restablecía un poco, riendo en tono de burla hacia don Efraín.

—El viejo Efraín era un cornudo —remató uno de ellos.

Rieron juntos por largo rato.

Al terminar sus conclusiones, los carceleros se alejaron al notar mis movimientos, para irme a traer un poco de agua y algunas frutas que, en la madrugada de aquella mañana, habían dejado algunas feligresas.

Ellas aún confiaban en mí. No salían de su asombro al escuchar todas las acusaciones, que habrían tejido cada uno de los amantes de Magaly.

Varias personas fueron a visitarme a la cárcel a partir de este día, algunas para decirme que me respaldaban y otras para tratar de apabullarme psicológicamente, no con golpes sino con sus palabras.

De las visitas que más me conmovieron fue la de doña María Antonia, la esposa de Ramiro el panadero, quien también intuía, como los carceleros, que algo no estaba bien, con la cantidad de comentarios y de hombres que habían hecho presencia en la cárcel del pueblo.

—Padre Isidro, sé que usted no tuvo nada que ver en este asesinato, pero ¿cómo podría ayudarlo? —me dijo, recostándose entre las rejas de la celda donde me tenían apresado.

Contesté mientras me volteaba de lado en mi cama, pues me encontraba en posición mirando hacia los ladrillos de mi pequeño habitáculo: —No sé, doña María Antonia.

Proseguí: —No sé qué hacer. No me han dejado hablar, no me han dejado defenderme. Está muy complicada la situación. Hay muchas personas que no querían retractarse de tal acusación.

—Pero, Dios mío, tenemos que hacer algo, Padre Isidro. Debe haber alguien aquí que pueda ayudarnos.

Le contesté: —No, doña María. Ya lo he pensado bien.

Mire: al alcalde no le conviene echarse para atrás, porque pondría en riesgo su reelección…

y con ella, todo su gabinete. El comandante de la policía está a pocos días de pensionarse y quiere lanzarse al concejo, y los líderes comunitarios no moverán un dedo.

Créame: si el secreto sale a la luz, hasta sus propias esposas serían capaces de matarlos.

Proseguí, con voz pausada: —Para estas, el único que quedaría sería tu marido, el cual es tartamudo, solo el aguardiente lo hace hablar… y en ese estado, nadie le presta atención.

María Antonia, sin titubeos: —Padre, lo único que tengo claro es que le voy a ayudar, porque se ha cometido una gran injusticia con usted.

La mujer se marchó sin promesas, ni despedida, ni nada. Solo el sonido de sus pasos quedó resonando en el pasillo, como una oración que no necesitaba ser dicha.

Aún no sé si ella tuvo algo que ver con mi traslado, un par de días después de su conversación, a la cárcel de máxima seguridad en Cali.

Pero ella creyó en mí, y fue mi bastón que me permitió salir avante ante esta amarga experiencia.

María Antonia no se separó de mí ni un solo domingo en las horas de visita. Ella siempre fue a llevarme ropa, máquinas de afeitar, jabones, champú para el cabello y algunas lociones. Siempre estuvo allí, hasta el punto de que los reclusos la relacionaban conmigo.

Nunca dejó que me faltara algún elemento de aseo en mi larga estadía en esa cárcel de máxima seguridad.

En ese lugar conocí a muchas personas, entre ellos algunos criminales, asesinos, violadores, narcotraficantes, exguerrilleros y también a personas inocentes.

Allí en Villahermosa, uno de mis compañeros de reclusión se interesó mucho en mí.

Tal vez porque se dio cuenta de que yo era sacerdote y quería que lo escuchara hablar a diario.

Quería que lo confesara, pues se había arrepentido de todas las muertes que había causado, lo que le generaba un insomnio permanente.

Él afirmaba que esas cosas de su oscuro pasado le habían quedado en sus recuerdos, y esto no lo dejaba conciliar el sueño.

A Pocillo se le notaban todos los vicios en su rostro. Tenía cara de malo. Por sus crímenes, como decían por ahí, tenía cara de tragedia.

El día que conocí a Pocillo, se me acercó muy cortés: —Buen día, padre.

—Buen día, mijo. ¿Cómo has estado?

—Muy bien, padre. ¿Y usted?

—Pues aun acomodando mis hábitos, mi mente, mis creencias a este lugar al que no pertenezco. No estoy acostumbrado a la violencia, al maltrato. Además, por ahí hay como dos personas que no les caigo muy bien. Al parecer son ateos y a toda hora me gritan que soy un maricón con falda.

—Padre Isidro, solo le doy uno de mis pocos consejos de vida para que lo aplique.

Prosiguió en su tono enérgico, el cual le caracterizaba: —No demuestres tus miedos, porque los perros te olfatearán, y apenas lo perciban, irán tras de ti.

—No me des consejos, hijo. Mi único consejero se llama Jesús.

Siguió sin titubear: —Maneja tus emociones, llénate de fuerza y coraje en el momento de cualquier confrontación. Tú puedes enfrentar al más temible adversario. Solo tienes que guardar tu compostura y mirarlo a los ojos. Estoy seguro de que al final lo podrás dominar y vencer.

Prosiguió Pocillo, haciendo caso omiso a mis palabras: —Recuerda que las cárceles no evitan el crimen. Ellas fabrican criminales, y esta es una de las mejores en ello.

—Padre quiero que confíe en mí. Soy el único que puede deshacerme de esas personas que lo están molestando. Usted necesita de mí, y yo de usted.

—No quiero hacerle daño a nadie, señor Pocillo, y no sé cómo podría ayudarlo.

—Padre, tranquilo. Va a poder dormir a partir de hoy, si me dice quiénes son los que le molestan.