SOY Capítulo VIII
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Capítulo VIII

El precio de la libertad

Terminamos de orar con gran devoción, junto a Isidro.

Minutos después, emprendimos de nuevo la caminata.

A estas alturas, por las historias que me había compartido, ya no sabía si llamarlo don Isidro, Padre Isidro o vigilante, al hombre que parecía custodiar algo más que puertas y ventanas.

—Pensemos muy bien lo que estamos haciendo —prosiguió, con la mirada fija en las paredes que nos rodeaban—. Es posible que estemos caminando en círculos. Las paredes son muy altas para intentar observar a través de las rendijas que nos regalan un poco de luz a esta hora.

—Creería, por la puesta del sol, ya casi en el ocaso, que son las seis de la tarde —afirmó.

Retomamos nuestra caminata con mucho ahínco, en un paso largo, prolongado y sin descanso (le llamaba paso largo, al paso normal y cadencioso, debido a que no teníamos muchas fuerzas).

Si bien se supone que la función de un túnel es comunicar a dos o más puntos, este parecía no tener esa finalidad.

No había ningún indicio de puerta o ventana alguna, solo filas largas de ladrillos rojos acomodados con perfección y alineados, unidos por un conglomerado que ya se desmoronaba paulatinamente con el paso del tiempo y el aumento de las cargas reposando encima del mismo, por la cantidad de edificios que habían construido en los últimos años, con la apertura de nuevas carreras profesionales.

Con el hambre que llevábamos comenzamos a comer los residuos de frutas secas que caían de los árboles y se desplazaban rodando hasta perderse entre las rendijas del alcantarillado. Por eso terminamos ruñendo pepas de mango, carambolos y mangostinos.

Isidro me dejaba sorprendido, porque nunca sentía cansancio. A pesar de que ya pasaba de los 62 años, aún tenía muchas fuerzas para retomar la caminata por este laberinto.

Fuimos testigos de algunas cosas muy curiosas que reposaban en las esquinas, en su mayoría en taburetes de madera, pero lo que más nos llamó la atención fueron unos cuernos de algunos animales que habían sido cazados: un par de cuernos de toros, tres de buey y seis de cabras, los cuales revisamos y, sin analizar o cuestionar su procedencia, seguimos de largo.

—Juan Andrés, necesito comentarte algo —prosiguió.

—Necesito que me guardes este secreto y lo lleves a la tumba —me dijo mientras nos limpiábamos en la ropa que llevábamos puesta, las trazas de baba que quedaba en nuestras manos, luego de ruñir las pepas de mangostinos.

Contesté: —Por supuesto, Isidro —y me adelanté un poco—. Pero cuéntame, ¿qué pasó en la cárcel? No entiendo aún por qué te liberaron, si tenían todas las pruebas para haberte retenido por mucho más tiempo.

—Sí, de eso se trata. Te voy a contar todo. Incluso algunas situaciones que me hicieron detenerme… pensar… y entender algo más sobre la vida, sobre el valor de las personas y de las cosas.

Al día siguiente de mi detención, en horas de la tarde, me llevaron al parque principal de Florida, Valle, donde están ubicadas las oficinas de la alcaldía.

En este municipio está ubicada la parroquia de Nuestra Señora de las Lajas, donde ejercía como presbítero.

En frente de la alcaldía habían instalado un atril, que había sido heredado de los gobernantes locales de periodos anteriores.

La mayoría de las personas del pueblo estaban en el parque principal, expectantes a lo que pudiera acontecer.

A ello se sumaron el personal de los bancos que habían cerrado temprano, las tiendas de venta de calzado, la sastrería, la peluquería de don Pío, panaderías, prenderías y dueños de negocios que atrancaron sus puertas por miedo a que se presentara alguna turba abrumada, que pudiese poner en riesgo sus bienes.

Era tiempo de elecciones, lo que se convertía en un escenario propicio para ganar adeptos, votos y afianzar coaliciones estratégicas, para asegurar el siguiente mandato.

Yo estaba al lado del atril con la cabeza agachada. Pude entreabrir los ojos, debido a que me dolían por la hinchazón que presentaban del dolor de los golpes que había recibido minutos antes y el día anterior, después de mi aprehensión.

Desde la parte alta de la tarima improvisada donde me custodiaban dos hombres, podía observar los rostros de las personas que días atrás me habían confesado sus pecados, habían dado sus diezmos y quienes asistían a las misas de los domingos.

La mayoría cuchicheaban entre ellos, señalándome y lanzándome todo tipo de improperios, palabras soeces y vulgares. Algunas señoras más prudentes, que asistían y participaban de las homilías, no salían de su asombro, comentando entre ellas.

A un lado de la tarima estaba toda la plana mayor de la alcaldía (todos tenían pecho de palomos estirados y con cabeza en alto), los altos mandos policiales, el nuevo sacerdote que ya había llegado desde la ciudad de Palmira. Adicional, estaban junto a ellos don Efraín y la niña Juana.

El alcalde del municipio inició por leer los cargos bajo los cuales estaba siendo acusado.

—Este SEÑOR —¡al que no podría volver a llamar PADRE!— es el culpable de que hoy, Jueves Santo, en nuestro municipio estemos de luto.

—Por su culpa estamos llorando a una de nuestras más dignas coterráneas —prosiguió.

—Doña Magaly fue un ejemplo de mujer, madre colaboradora y caritativa. Estaba siempre dispuesta a apoyar a las personas más desfavorecidas.

Tomando un respiro, prosiguió: —Ella había logrado entrar al corazón de todos. Por ello, nuestro municipio está hoy de luto, debido a la sevicia con que este asesino nos la arrebató de la tierra.

—Hace un momento me acaban de confirmar la destitución oficial que se ha dado por parte de la iglesia de uno de sus hasta hoy sirvientes: el señor Isidro —dijo en tono enérgico y vehemente.

Todos comenzaron a aplaudir. Otros gritaban consignas de ¡Viva el alcalde!, ¡Viva!

¡CULPABLE, CULPABLE, CULPABLE!

La gente abrumada empezó a gritar en coro.

¡CULPABLE, CULPABLE, CULPABLE!

En ese momento, el alcalde se estaba refiriendo a mi destitución de la iglesia, decisión que me había cogido por sorpresa, debido a que aún no me imaginaba las cosas terribles que estaban por ocurrirme.

De inmediato, todas las personas del público comenzaron a rechinar silbidos y consignas en coro, algunas descalificadoras y otras de apoyo.

—Por favor, silencio. En este momento vamos a trasladar al reo a la cárcel de máxima seguridad de la ciudad de Cali, el cual es un centro penitenciario de máxima seguridad, para que le den un tratamiento acorde con lo que estipula la ley —prosiguió—.

Debe pagar este asesino, pues nos ha dejado sin una madre, esposa, amiga y gran colaboradora —dijo el alcalde.

—Por favor, llévenlo a la cárcel municipal —concluyó.

Los hombres que me custodiaban me bajaron casi cargado de la tarima, sostenido uno a uno en cada brazo.

A medida que pasábamos entre la multitud, me golpeaban en la cabeza.

Uno de los panaderos, don Ramiro, me dio un golpe a un costado de mis costillas, lo que logró sacarme todo el aire de mis pulmones.

Caí al suelo, por lo que los custodios me levantaron, tomándome nuevamente por los hombros.

Luego, tomándome por cada muñeca, me amarraron a la parte trasera de un caballo para llevarme caminando, arrastrado por la fuerza del animal, hasta el lugar temporal de reclusión.

Las personas, al ver esto, se abalanzaron hacia el caballo, al que algunos le patearon y otros le pegaron palmadas en la panza y el lomo.

El caballo arrancó desbocado apenas sintió la palmada de uno de mis carceleros, que impactó sobre el espinazo del gran animal, y este me haló hacia adelante con gran fuerza, haciéndome caer apenas dio su primera zancada.

El animal arrancó sin control alguno por todo el alrededor del parque, donde estaba la multitud reunida, la cual se abrumó para alentar el andar galopante a toda velocidad por parte de la bestia.

Los carceleros no pudieron detener el caballo. Solo hasta haberse completado la vuelta al parque, se le atravesó a mitad de la calle don Ramiro, el panadero, que minutos antes me había propinado un duro golpe sobre el costado izquierdo de mi abdomen.

—¡OE, caballo! ¡OE, OE! ¡Detente, detente, bestia indomable!

El caballo de inmediato se detuvo, se paró en las dos patas traseras y posteriormente agachó la cabeza para ser asegurado por el mismo panadero, que se había compadecido de mi condición.

De pronto, los carceleros estaban sujetando las riendas del caballo, debido a que lo habían omitido minutos antes, cuando el animal salió despavorido ante la palmada de uno de ellos.

Yo no podía moverme. Me había golpeado fuerte frente al pavimento caliente y duro de esas horas de la tarde. Mi rostro no lo podía ni levantar por lo estropeado que estaba. Cada carcelero, por su lado, intentaba ponerme de pie, tomándome por debajo de los brazos.

Tenía un grado de inconsciencia que no me dejaba ni abrir los ojos.

Mis oídos estaban congestionados y en la cabeza todo alrededor giraba a una velocidad que no se detenía.

Sentía un vértigo interminable, que me tenía mareado por los golpes y las piruetas que había dado en el aire, mientras el caballo daba la vuelta completa al parque principal.

Cuando me desperté, tres días después, en la cárcel, todo a mi alrededor era confusión.

Los amigos de Magaly, el alcalde, el comandante de la policía, el sastre del pueblo y dos o tres líderes comunitarios habían decidido mandarme a azotar al interior de las mazmorras antiguas que tenía la vieja cárcel municipal.

Ellos habían ido por turnos, presentando sus demandas e intercediendo.

Algunos, con propinas voluntarias, buscaban agilizar el proceso… motivar a los carceleros para que me suministraran, con mayor fuerza, un sinnúmero de golpes adicionales.

Uno de ellos, el panadero que tres días atrás me había propinado un puño en el estómago y que luego se había apiadado de mí, deteniendo el caballo que me había jalonado por el rededor del parque municipal, fue a visitarme en estado de embriaguez para instaurar una demanda por homicidio ante el fiscal de turno.