SOY Capítulo VII #4
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Capítulo VII #4

La historia de la pijama que le había ofrecido a la niña era real: la había tomado prestada de la ropa que había recogido para repartir entre las familias necesitadas el domingo de Pascua, como era habitual en el templo.

Pasados unos minutos —Juana —le toqué en la puerta de la habitación.

—¿Si señor?

—Hasta mañana, que Dios te bendiga, pasa una linda noche, me voy a dormir pues ya pasan media hora después de la media noche y me voy a quedar en el sillón de la sala, mientras tu disfrutas la camita.

—Hasta mañana, Padre Isidro, ¿mi mamá vendrá mañana, cierto?

No le conteste, a esta hora estaba ya muy preocupado. Esa noche fue una de las más largas de mi vida y la última antes de que me apresaran.

Al día siguiente, don Efraín —el padre de la niña— irrumpió en el segundo piso, golpeando la puerta con desesperación.

Abrí la puerta ipso facto.

—Padre Isidro me dicen que usted anoche se quedó con mi hija ¿usted sabe algo de ella?, pues su secretaria y doña Albita me dicen que vieron a Magaly y la niña en horas de la tarde acá en el despacho parroquial.

—Por supuesto que sí, está en mi cuarto, me la trajo su esposa ayer.

Efraín entró sin dejarme terminar de hablar.

Al entrar el papá de Juana al cuarto, encontró a la niña en la cama cobijada y llorando, cuando este se le acercó a la niña, le dijo que me detestaba.

Efraín se abalanzó a desarropar a la niña, cuando lo hizo, ella estaba desnuda y con signos de maltrato.

De inmediato Efraín empezó a llamarme gritando y de inmediato acudí a su llamado.

—¿Qué pasó, Efraín? —Le dije mientras caminaba rumbo a mi cuarto.

—¡¿Pues qué pasó, Isidro?! — Me dijo en tono eufórico.

—¿Que le has hecho a mi pequeña?

—Nada, te lo puedo asegurar.

Al mismo tiempo observé que Efraín estaba tapando, a la niña con la cobija que le acababa de quitar.

—Sea lo que sea que le hayas hecho a mi hija, lo vas a pagar, Isidro.

A los pocos minutos, un policía irrumpió la puerta del segundo piso.

—Don Efraín necesito que venga con nosotros, hemos encontrado a su esposa y necesitamos que venga a reconocer el cuerpo.

Efraín abrazó la niña con la cobija que la protegía y pasó por el lado mío, lamentando algo que había predestinado desde tempranas horas de esa mañana, cuando volvió a su casa después de trabajar y no encontrar ni a su mujer, ni a la niña de sus ojos.

—Me las pagarás sádico hijo de tu madre, vendré por ti —dijo Efraín.

El policía me protegió pues Efraín se había abalanzado hacia mí, mientras sostenía a la niña en brazos.

—Le pido por favor, Padre Isidro que no se mueva de acá de la parroquia hasta esclarecer los hechos —dijo el agente de policía.

—Pero señor agente como así que reconocer el cuerpo, Dios mío qué ha pasado.

Me quedé atónito, inmóvil, me confundí, todo a mi alrededor me dio vueltas, me persigné de inmediato, encomendándome a la virgen y a mi señor Jesús.

Susana, la asistente de la curia, de inmediato acudió ante mí, después de ver salir a Efraín con la niña en sus brazos y el policía.

Los esperaba un carro a las afueras del despacho parroquial, con dos compañeros uniformados.

Quince minutos después, llegó un carro de policía para hacer efectiva mi detención.

Al llegar a la estación de inmediato me metieron al calabozo, donde se encontraban tres hombres encapuchados, que me propinaron un golpe fuerte en mi cabeza, el cual me hizo perder el conocimiento.

Al despertar a medianoche del día de la detención, estaba tirado en el piso como un perro, al lado de una cama con una colchoneta mal oliente, un baño de servicio y un lavamanos sucio, con los orillos curtidos y manchados.

La celda era de las convencionales con largas rejas, conformada por barrotes gruesos de hierro y con una ventana pequeña, por donde pasaban los alimentos.

Mi cara estaba moreteada por los duros golpes que había recibido por la fuerte paliza de cada uno de los amantes de Magaly, que habían venido a mi lugar de reclusión para calmar la rabia que sentían.

Sin que se esclarecieran aún los hechos de la muerte de Magaly, donde ella perdiera la vida a causa de las 17 puñaladas en el cuerpo y 3 tiros que había recibido en la cabeza.

Por esta razón Juan Andrés, pasé 5 años entre salas de acusación, interrogatorios, largos días de pensar en qué había hecho mal y de visitas de representantes de la congregación que no salían de su asombro, debido a los cargos por los cuales estaba siendo acusado.

—Ahora estoy aquí contigo, buscando una salida y metiéndome en problemas una vez más.

Isidro terminó su historia con un leve suspiro.

—Discúlpame, Juan Andrés. No debí haber dicho todo esto.

—Más bien, alimentemos nuestro corazón de buenos sentimientos y pensamientos, que estoy seguro de que las bendiciones vendrán hacia nosotros.

Isidro continuo —Recemos el rosario.

Asentí con la cabeza y respondí: —Dale —concluí, y añadí:

—No creas que estás solo en este problema. La idea es salir… y no dejar rastro de nuestro paso por este túnel.

—Y sobre tu pregunta, si soy de Dios… mi respuesta es sí, soy de Dios, soy hijo de Dios.