Capítulo VII #3
—Padre lo que tengo que contarle es de vida o muerte.
—Padre perdóneme, pero he pecado, he estado con varios hombres a lo largo de estos cinco años —prosiguió sin detenerse en tono perturbado: —Y todo lo que te he contado hasta ahora ha sido a medias.
Me arrepiento de haberle hecho brujería a mi marido, de las mentiras y la hipocresía que manejo con mis amigas para ocultar mis infidelidades con sus propios maridos, de cómo hacía todo el tiempo cualquier cantidad de fechorías, de cómo sentaba en la misma mesa a comer a mi marido y a mis amantes de paso, de cómo hice para salir de la casa de los mejores amigos de mi marido, cuando este fue a buscarme (para escapar si bien recuerdo, me tocó trepar la tapia del vecino y así no ser descubierta por él), además nunca te he confesado como al salir tarde por la puerta de atrás de la parroquia, siempre me estuvo esperando alguno de mis amantes de turno, para que me hiciera feliz antes de llegar a mi casa —prosiguió sin parar —y de todas las cosas que he hecho para mantenerme y calmar mis necesidades corporales.
—Magaly ¡ya no más por favor!, esas son necesidades que tú misma te has inventado, las has creado, no tienes por qué contarme esas vulgaridades y entrar en ese tipo de detalles —le hablé en un tono fuerte y conciso.
—Bueno, al saber que todo está guardado por el secreto de confesión, Padre Isidro, considero que siendo así ya me podría retirar, pues cuento con que guardarás esto para ti y para Dios.
Tenía una postura desafiante y sumado al grado de cinismo con que me había hablado, presentaban los ingredientes perfectos para un coctel con sabor amargo, al cual lo acompañaban en la mezcla, un poco de desvergüenza y unas gotas de descaro.
—Considero que lo más prudente es que te retires de mi parroquia y de mi vida, no quiero volver a verte y menos cerca de la casa de Dios.
—No es para tanto Isidro, hablemos —prosiguió —pensé mucho en tus palabras anoche y desde primeras horas de la mañana, pues tengo claro todo. Tengo que retirarme de tu parroquia, pero te propongo que aceptes a mi pequeña hija Juana, en tu grupo de acólitos.
—No tienes por qué hacer eso Magaly, no te entiendo, ya ha sido suficiente con todo lo que he escuchado.
—No te quiero dejar de ayudar Isidro, sé que me necesitas y voy a decir que me retiré de la parroquia por cuestiones personales (tengo descuidada mi casa, los quehaceres cotidianos y mi matrimonio con Efraín), pero en mi reemplazo estará mi hija de 9 años, por la cual tendré que venir y llevarla después que preste sus servicios en la parroquia.
Nunca me imaginé que ese sería el peor error de mi vida, al terminar aceptando que la niña Juana, llegara a formar parte de mi grupo de acólitos.
Y que la Sra. Magaly con toda esa cantidad de pecados que me había consignado detrás del telón del atril de confesión, pudiera cambiar y volverse una persona temerosa de Dios, con buenos valores y principios.
Después de todo lo que me había contado Magaly, y ni siquiera en su resumen había mencionado el 5% de sus fechorías y de las cuales siempre estuve en desacuerdo.
Todo prosiguió muy bien los primeros meses, hasta antes de llegar la semana santa, donde comencé a notar que la Sra.
Magaly había comenzado a ir con mayor frecuencia a las eucaristías, pues ella no dudaba en participar de toda la mayor cantidad de actos fúnebres posibles, hasta llegué a pensar, que lo hacía para intimidarme de alguna forma.
En una de las reuniones de preparación de la semana santa realizada ya sobre la cuaresma, doña Magaly asistió y propuso que Juana participara de los desfiles que la parroquia organizaba, a lo que acepté sin ninguna objeción, pues para mí era importante que participara la mayor cantidad de niños de la comunidad.
Era de esperarse de Magaly, que algo estuviera tramando, pero no tenía ningún indicio que me permitiera identificar algo anormal por el momento.
La niña Juana era una de mis acólitas, los cuales sumaban tres en total, con los nietos de doña Albita (vecina de la parroquia); Sofía y Esteban, los cuales nos colaboraban en los quehaceres del templo.
Pues los niños después de cumplir con sus actividades escolares iban al templo para ayudar a acomodar los papelitos y mensajes de enamorados que se habían sumado en la exposición de la cartelera y que habían sido prohibidos por el Obispo, también me ayudaban a organizar los arreglos florales, con los 3 paquetes de flores de diferentes colores, que nos donaba cada semana el señor alcalde de apellido Jaramillo.
La Semana Mayor comenzó con el desfile del Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en la ciudad de Jerusalén, para ello don Hernando, el señor que repartía en caballo la leche de puerta en puerta, nos había prestado uno de sus burros para cargar y transportar la imagen de Jesús, que con cautela habíamos bajado del cristo que acompañaba nuestro templo y que provenía de Buga Valle del Cauca (una réplica perfecta de la Basílica del Señor de los Milagros).
Se celebraron las actividades de la Semana Mayor entre el lunes y miércoles en la mañana, con total tranquilidad. Todo transcurrió como lo habíamos dejado concebido en el programa.
Pasado el mediodía del miércoles santo en mi despacho parroquial, me encontrada haciendo unas cuentas de la cantidad de recursos que había invertido en la preparación de los desfiles del santo sepulcro y resurrección del siguiente viernes y domingo respectivamente, de repente entró al despacho sin ser presentada por mi secretaria, doña Magaly y la niña Juana.
—Padre Isidro, ¿puedo pasar? —dijo Magaly.
—Adelante, Magaly, ya estás adentro, pasen con todo el gusto ¿en qué puedo servirles?
—Vengo a pedirle un favor, es que necesito que me cuide a Juana unos minutos, es que voy a averiguar si la empresa azucarera que queda al lado del rio Cauca, nos va a prestar el planchón que vamos a adornar para el desfile del viernes santo, por tanto, tengo que desplazarme hacia allá y prefiero dejar la niña encargada de alguien de confianza y responsable, y quién más que usted, Padre Isidro.
—No veo mayor inconveniente, doña Magaly, además es una actividad de nuestra parroquia, con el mayor gusto podría cuidarla.
—Le agradezco, Padre, mi marido ha salido a trabajar y viene solo hasta mañana porque tiene turno de trasnocho.
—Con el mayor gusto, doña Magaly.
—Hija, te portas muy bien con el Padre Isidro, recuerda que él es un gran representante de Dios en la tierra.
—Magaly, no tenga cuidado, que la deja en las mejores manos, voy a aprovechar y Juana mientras tanto me podría ayudar con echar unas camándulas a las bolsitas, que tengo para vender a la entrada de la iglesia para los feligreses y visitantes.
—Por supuesto que la niña te ayudará, Padre Isidro, muchas gracias y tranquilo que regreso pronto.
Nunca pensé que esa era la última vez que vería a Magaly.
Parecía tan segura de volver, pero si pensé por un momento que era otro de sus pretextos para irse a ver con alguno de sus amantes de turno.
Trabajamos todo el resto de tarde, hasta la llegada de la noche, la invité a cenar en la casa del lado de la parroquia donde doña Albita, que me vendía los tres golpes todos los días.
Pasaron las once de la noche y decidí irme del despacho parroquial a mi lugar de residencia que quedaba en el segundo piso.
—Camina, Juana, que es tarde y tu madre vendrá en un momento. Ya pareces cansada y necesitas dormir mientras llegan por ti.
Rogaba a Dios para que el padre que estaba de turno en su empresa o la madre incauta, aparecerían muy pronto para llevársela a su casa.
—Ponte cómoda, Juana —le señale mi alcoba, había decidido dormir en el mueble de la sala.
—Encima de la cama te dejo una camiseta y un pantalón de pijama. Es algo que tomé prestado de la ropita que vamos a regalar a las familias de escasos recursos… pero contigo, hoy vamos a hacer una excepción.