SOY Capítulo VII #2
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Capítulo VII #2

Noté que sudaba sin desmedida, a borbotones.

Por mi parte, sentí que me había orinado los pantalones cuando terminé de decir la última palabra.

Sentí un ardor entre mis piernas, debido a que no había usado la crema contra quemaduras de niños para la pañalitis, la cual me aplicaba todos los días para evitar la irritación que producía la estrechez entre los espacios de mis piernas.

Isidro de inmediato prosiguió: —Has sido testigo de algo que no sabe nadie que me conozca ahora, en mi nueva vida.

Le dije: —¿Qué tiene de malo orar, rezar, cantar y hacer una plegaria a Dios? Para mí eso es normal, yo soy devoto del señor de los milagros de Buga.

—Con mi padre hicimos el peregrinaje desde Santiago de Cali hasta Buga, pidiéndole que me concediera el milagro de crecer veinte centímetros, para poder entrar a un equipo de fútbol —lo dije entre sollozos y chillidos.

Besé mi escapulario que portaba en mi cuello magullado, como lo prometí aquel día de peregrinación, cuando aún pensaba que los milagros se podían contar en centímetros… y no en silencios o en abrazos, sino en caminos recorridos con fe, aunque no sepamos a dónde nos llevan.

De inmediato, reconoció Isidro que se había excedido en sus reclamaciones.

—Perdóname, Juan Andrés. Solo he perdido la cabeza con esto que nos ha pasado.

De inmediato me quedé paralizado cuando pronunció mi nombre. Hace más de un día nadie me había llamado por mi nombre. La única persona que me llamaba así era mi madre y padre. De resto, todo el mundo me llamaba Enano.

—¿Por qué sabes mi nombre? —le dije de inmediato—. Si no te lo he dicho, nadie… solo la señora de las matrículas del equipo de fútbol de la universidad lo recuerda —asentí con sorpresa.

—Es una larga historia, que quiero resumirte en pocas palabras. Siempre ofrezco mis oraciones por los estudiantes y por los jóvenes del equipo, a quienes veo entrenar cuando tomo mi almuerzo cerca de la cancha de fútbol.

—Dilo, por favor —le dije en tono de súplica, mientras mi garganta se reponía del apretón de los gruesos y punzantes dedos de aquel vigilante extraño de la universidad.

—Mira, Juan Andrés —empezó a decir Isidro—, creo que te he dado mucha confianza… y no estoy seguro de salir bien librado de esta situación —prosiguió, con la voz entrecortada.

—Necesito hablar con alguien. Te voy a confesar un secreto —añadió, casi en un susurro.

—Asentí con la cabeza.

Sus palabras, con ese preámbulo, me llenaron de desconsuelo. La piel se me erizó: no sabía si estaba frente a un asesino en serie, un violador o algo peor.

Lo pensé por el grado de alteración que había mostrado segundos antes. Pues por un instante, temí que pudiera hacerme daño.

Prosiguió don Isidro: —Justo antes de llegar a la Universidad del Valle (hace más de quince años), estuve en la cárcel.

Me puse de todos los colores después de escuchar las primeras palabras de don Isidro, quien procedió a contarme su historia: —Pasé cerca de cinco años tratando de demostrar mi inocencia en la cárcel de Villahermosa, donde cumplía una condena por algo que no hice.

En la cárcel me prometí algo sencillo: que, al salir, buscaría un trabajo sin ruido, sin sombras. Podría ser de Celador, portero, vigilante… oficios humildes, pero dignos. Aprendí a hacerlos bien entre rejas, donde el tiempo se mide en pasos y silencios.

Solo quería eso: una vida sin sobresaltos, lejos —tan lejos como fuera posible— de todo lo que había ocurrido.

Me encerraron porque el esposo de una señora que nos ayudaba en la parroquia —donde yo ejercía como párroco— me denunció por pederastia. Según él, un día descubrió que su hija estaba presuntamente durmiendo desnuda en mi cama… y adicional, su esposa habría aparecido asesinada.

Sus palabras comenzaron a adquirir un tono distinto; poco a poco, se revelaba la verdad que había impulsado aquella reacción minutos atrás.

Prosiguió don Isidro, titubeando un poco, antes de empezar a contarme su historia: —Una mañana, mientras la luz entraba tímida por el ventanal de mi despacho, una señora que solía asistir a la parroquia se acercó con una petición sencilla: quería formar parte del grupo que me ayudaba en los quehaceres de la iglesia.

En su momento, fue una propuesta que no dudé en aceptar. Llevaba mucho tiempo en la curia y necesitaba a alguien que me ayudara a conseguir algunos fondos extra para cumplir mis objetivos: reunir dinero e invertirlo en el templo.

Pensé que podía confiar en ella. Con fortuna, había recibido buenos comentarios. Su apariencia era muy elegante: una señora bien arreglada, admirada por los feligreses en las misas diarias y dominicales.

Atrapaba la mirada de unos y otros con facilidad.

Siguió en su relato: —La verdad, la acepté también porque era una persona agradable y muy refinada al hablar.

Sentí que podía ser una ficha clave en el grupo de señoras que me acompañaban en los quehaceres diarios de la iglesia: los desfiles de Semana Santa (entre marzo y abril) y los arreglos del pesebre que hacíamos a finales de noviembre y principios de diciembre.

Sabía de primera mano que necesitaba ayuda. La iglesia estaba armada en estructura de guadua, sin piso ni ventanas. Nuestros únicos y más valiosos activos eran la fe… y una réplica del Cristo del Señor de los Milagros de Buga, que nos había regalado el señor Obispo de la ciudad de Palmira.

Prosiguió don Isidro: —Todo marchaba bien.

Ella participaba de manera activa en las labores de la iglesia: rifas, kermeses dominicales, desfiles, reuniones pedagógicas y encuentros con quienes buscaban redención —drogadictos, alcohólicos, personas con almas heridas.

En las misas, donde me asistía de acólita, me ayudaba a repartir las hostias y a servir el vino consagrado.

Prosiguió don Isidro —o el Padre Isidro—, como quien quería deshilvanar los detalles de su historia, como quien abre una herida con palabras.

Fui notando muy pronto que la cantidad de feligreses a la parroquia había crecido exponencialmente y por ende las limosnas que doña Magaly, con amabilidad me ayudaba a recoger.

En ocasiones ella se iba para su casa a altas horas de la noche, ello porque ayudaba a arreglar y limpiar el atril, la imagen del altar, además de actualizar y acomodar ordenadamente la cartelera que se exponía a la entrada del templo, donde se apilaba sin control toda la información que traían los feligreses, como por ejemplo, exponiendo algunos servicios de “se plancha ropa a buen precio”, “se hacen todo tipo de arreglos de plomería y se destapan cañerías”, “se hacen masajes a domicilio” y de “se vende o se arrienda inmuebles”.

Ella, además, siempre colaboraba en la organización de los arreglos florales, limpiaba el altar de manera meticulosa, seguidamente barría y trapeaba el recinto, el cual quedaba impecable.

Pasaron tres largos años y la construcción de la parroquia se veía venir, debido a los suculentos abonos de los feligreses y los diezmos adicionales que se comenzaron a reflejar en las cuentas de ahorros.

Todos los abonos adicionales que los feligreses le entregaban personalmente a doña Magaly, no lo hacían en la misa, ellos se las arreglaban en citas a oscuras donde se hacía la entrega del dinero.

Magaly me presentó al arquitecto que realizó el diseño final de los planos del templo. Un diseño como siempre lo había soñado en cada noche, desde que llegué al municipio de Florida, al sur del Valle del Cauca.

Recuerdo el día que llegamos a mi despacho parroquial luego de habernos reunido con el arquitecto, nos abrazamos muy fuerte por unos segundos y reímos de la alegría, casi al instante destapé una botella de vino que tenía en una de las gavetas donde guardaba el santo grial, las hostias y la copa de la misa.

La botella de vino fue consumida con mucha rapidez por la emoción con que tomamos, hablamos y compartimos pensamientos relacionados al templo: —Isidro, nuestra parroquia será la más linda del Valle del Cauca, el Obispo estará muy orgulloso de ti, de tu gestión, de tu entrega y de tu servicio por esta comunidad.

—Magaly, eres muy gentil por tus palabras, pero sé que no podría haber llegado a este momento de éxito, sin tu valiosa ayuda.

—Sabes que cuentas conmigo para lo que quieras, Isidro, soy toda tuya si se puede decir.

—No es para tanto, no exageremos, Magaly.

—De verdad, no lo digo por exagerar.

Seguido de sus palabras insinuantes, se puso de pie, colocó la copa de vino encima de la mesa del despacho y dio la vuelta al escritorio, para acercarse a la silla donde estaba sentado.

—Ya dejemos hasta aquí —le dije mientras me apretaba con fuerza, pues se había abalanzado para darme un fuerte y caluroso abrazo.

Al instante recordé la historia de Jesús, contada en nuestro sagrado manual acerca de las tentaciones, …

—Dejemos así, te repito, Magaly —en un tono más fuerte cuando ella quiso sujetarme a la fuerza —no dañemos nuestra buena relación de amistad y nuestra entrega total a Dios.

—Isidro, no querrás decirme que mientras todo el pueblo me desea, tú me rechazas.

—Me puse eufórico, poniéndome de pie de la silla.

—La verdad Magaly nunca he tenido y no tendré un mal pensamiento contigo —concluí—. Aléjate, satanás, de mi vista; no me harás caer. No esta vez. No por ella.

Magaly al instante salió corriendo por la puerta de atrás de la parroquia, ya eran las 9:30 p.m.

Al día siguiente se presentó en mi despacho a primera hora. La secretaria de la parroquia la hizo pasar, luego de aprobar su entrada.

—Buen día, Padre Isidro —en un tono muy diferente al de la noche anterior.

—Buen día, Magaly, hija de Dios, ¿cómo amaneces?

—Es claro que todo lo que te he dicho en estos tres años es en acto de confesión, verdad.

—Por supuesto, Magaly, no tienes por qué recordármelo, ya lo has hecho muchas veces.

—Porque en este momento quiero confesarte la otra parte que me faltaba.

—No quiero escuchar nada más, Magaly, ya ha sido suficiente, no me interesan tus pecados y a ti no te interesa arrepentirte, por lo que te pido por favor que te retires.