SOY Capítulo VII
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Capítulo VII

Sombras que persiguen

Al momento estábamos listos para retornar la caminata y buscar la puerta del basurero de la universidad.

Apurados, llegamos al final de una esquina oscura, idéntica a todas las anteriores. Por un instante, sentimos que caminábamos en círculos, atrapados en un bucle de sombras y silencio.

Pero esta tenía algo distinto: se abría en tres direcciones, como si el destino nos ofreciera tres rutas, tres decisiones, tres futuros posibles.

Nos detuvimos en silencio. No era solo una bifurcación física, sino un umbral invisible donde cada paso podía definir quiénes seríamos después.

El túnel ya no era solo un escape: era una prueba. Y cada camino, una pregunta que Dios nos hacía en voz baja: ¿hacia dónde quieres ir?, ¿qué estás dispuesto a dejar atrás?, ¿qué estás listo para encontrar?

Esta sección del túnel era algo parecido a las raíces de un árbol frondoso cuya terminación del tallo al suelo está subyugada por las raíces que lo sostienen.

Isidro comentó, lamentándose: —Estamos perdidos.

Las palabras de don Isidro fueron muy desalentadoras para todos los del grupo.

Aceptar, después de pasar una noche y casi llegar al mediodía siguiente, fue desesperante tras admitir que estábamos perdidos en el túnel, el cual se había convertido a estas alturas en un gran laberinto del que no habíamos podido salir.

Ya teníamos mucha hambre, mucha sed. Herminsul, con la boca muy reseca, no paraba de toser. Eran razones adicionales para aumentar nuestra preocupación.

Berenice comenzó a gritar desesperada, hasta lograr aturdirnos. Adicional a ello, logramos percibir que se sumaba el eco, que golpeteaba de un lado a otro entre las paredes del recinto.

—¡No vamos a salir de aquí! —lloraba Berenice, desconsolada.

—Devolvámonos, regresemos por donde vinimos, entreguémonos por favor. Necesitamos salir de este túnel. Tengo unos hijos y un marido esperándome. Sáquenme de aquí, que estamos atrapados, por favor —y proseguía en su llanto.

—Isidro, tú eres el culpable —dijo en tono de rabia y preocupación.

—No perdamos la calma, por favor —dijo Alejandro.

Isayo y Verónica demostraban tranquilidad de alguna forma, por tanto, abrazaron a Berenice.

La Choco y Alejandro se sumaron al tomarse de las manos y se unieron en este abrazo, al cual en conjunto se agacharon para rodear a Herminsul, que reposaba en el suelo húmedo.

Con Isidro nos quedamos por fuera del círculo humano que se divisaba desde donde estábamos.

Luego de unos minutos.

Don Isidro y yo nos agachamos, por un lado, a tomarle el pulso a Herminsul de su mano derecha, puesto que este ya comenzaba a botar una baba blanca por la boca.

Lo limpiamos tras comprobar que estaba estable su pulso.

—Reconozco que estoy perdido. Berenice, Gaby y muchachos, quiero que me disculpen, por favor.

—No hay nada que disculpar, don Isidro. La verdad, ha hecho mucho por nosotros —dijo Alejandro, que prosiguió diciendo:

—Tenemos que tomar decisiones. Considero que vamos a tener que dividirnos en medio de esta cantidad de entradas y salidas, y a partir de allí tratar de tener más opciones de poder alcanzar la meta.

Nos sentamos en unos taburetes y mesas que estaban abandonadas, justo frente a la intersección de las tres opciones que teníamos por delante.

Alejandro, el líder del grupo, en tono conciliador dijo: —Considero que en verdad es necesario que nos dividamos.

Ha pasado casi día y medio desde que entramos en este túnel y estamos agotados.

No hemos comido mayor cosa. Sabemos que el agua que estamos bebiendo está contaminada, estamos bebiendo el afluente que baja por medio de las rendijas de los desagües.

Además, cada vez nos encontramos mayor cantidad de roedores tras nuestro paso.

Luego de tomar una bocanada de aire, prosiguió: —Les propongo que Verónica e Isayo vayan juntas por el lado izquierdo, mientras que Isidro y el Enano irán por el lado derecho.

—¿Y Herminsul? —pregunté, apurado.

Alejandro contestó: —Lo llevaremos entre Berenice, Gaby y yo —prosiguió.

—Vamos a ir por la ruta del centro.

Luego de descansar por espacio aproximado de una hora, y hacer comentarios de nuestra experiencia hasta este momento, nos despedimos con abrazos y fuertes apretones de manos.

Era confuso todo, debido a que no sabíamos quién iba a encontrar la salida al basurero, y no hablamos en absoluto acerca de reencontrarnos más adelante. Todos aceptamos que estábamos a expensas de lo que el destino quisiera presentarnos a cada uno.

De pronto, el hambre y la sed ya nos habían hecho perder toda lucidez.

Con Isidro retomamos por el lado derecho del túnel, como habíamos quedado con el grupo.

Por espacio de dos horas caminamos con afán de encontrar la salida, pero aún sin éxito.

Un afán es un decir, debido a que al caminar pareciera que fuéramos en cámara lenta.

Las energías eran mínimas a esta altura del día.

Sin lugar a duda, estábamos en un laberinto del que no podíamos salir ni devolvernos. Solo nos quedaba caminar hacia adelante, pues ninguno de nosotros se había percatado de marcar, de alguna forma, el camino recorrido desde la entrada del edificio de Humanidades.

La entrada al túnel estaba en un rincón olvidado del edificio, al costado derecho de la entrada principal: una puerta opaca, a la que solo el vigilante tenía acceso.

Decían que detrás de ella había un cobertizo húmedo, cubierto de moho y telarañas, donde yacían libros vencidos por el tiempo y maquetas torcidas que alguna vez soñaron con ser ciudades.

Nadie —ni siquiera las aseadoras— se atrevían a pedirle la llave a don Isidro. Tal vez por respeto o por miedo.

—Descansemos diez minutos, lo merecemos —dijo Isidro.

Prosiguió: —Voy a adelantarme un poco para ver si encuentro un rato de tranquilidad.

—Como diga, don Isidro —le contesté, aceptando la propuesta.

Me dispuse a sentarme en un peldaño que encontré junto a unas cajas de madera arrumadas.

Jugué con el aserrín que expelía de las cajas, debido a la descomposición natural de la madera con la interacción con el agua.

Pasaron quince, veinte, quizá veinticinco minutos, y retomé la marcha en busca de don Isidro, quien me había pedido que lo dejara un rato a solas.

Avancé unos treinta metros y lo encontré arrodillado frente a una laminilla con la imagen de la Virgen María y otra parecida, con la imagen del señor de los milagros de Buga. Las imágenes las había colocado sobre el piso, encima de su billetera.

Don Isidro no se percató de mi presencia.

A los pocos segundos comenzó a hablar en otro idioma, del cual deduje por su acento que era como italiano o latín.

Rezó con una entrega tan profunda, que el tiempo pareció detenerse.

Por un instante, creí que la Inmaculada iba a manifestarse allí mismo, como en las visiones que había soñado desde niño.

Y en medio de tanta necesidad, esa aparición habría sido el milagro que tanto esperábamos.

Unos segundos después comenzó a cantar una alabanza, en un acento peculiar, en tono muy bajo. Yo estaba bien escondido detrás de un viejo cajón que estaba repleto de libros usados. De allí se expelía un olor fuerte, por la combinación de la tinta, las hojas de papel y la humedad.

De pronto, sin darme cuenta, mi nariz estaba congestionada por la alergia que presentaba al percibir olores desagradables. Sin querer, concluyó en un fuerte estornudo, que retumbó en un eco grave dentro del túnel.

—¿Quién está allí? Sal, por favor.

Me dieron ganas de salir corriendo a alcanzar a los otros compañeros, pero de un salto Isidro estaba frente a mí.

—¿Hace cuánto tiempo me estás escuchando?

—Dime la verdad, pequeña sanguijuela.

Al instante me tomó de los brazos por el lado de los hombros y me empujó hacia él.

—¿Acaso eres de ese grupo de personas que no cree en Dios?

—¡Dime! —gritó Isidro.

Me zarandeó como si fuera una marioneta.

Isidro se encontraba en estado de euforia y éxtasis, por lo cual alzó la voz en tono grave y aturdidor.

Sus ojos se veían desorbitados, sus manos estaban frías y temblorosas, su nariz estaba incesante, exhalando e inhalando a una velocidad explosiva.

Podía percibir su aliento, el cual era fuerte, como a madera vieja, y sus dientes amarillos no paraban de chasquear, debido a la fuerza que hacía para poder controlarse.

—¡Háblame, pues, muérgano!

Me encontraba muy temeroso. Mis nervios se multiplicaron, y más cuando sentí que Isidro me encuelló con sus grandes manos frías.

Me empujó contra la pared, al lado del taburete en el cual hacía unos minutos me encontraba escondido.

—¿Eres de Dios o no?

—Isidro, me estás ahogando —contesté.

De inmediato, este me dejó de sujetar con todos los dedos en el cuello y solo asentó el pulgar sobre mi tráquea, para que pudiera tomar un buche de aire, para que pudiera aumentar mi flujo, pero de manera restrictiva, por entre los espacios que había dejado libres en mi garganta.

—Solo estaba escuchando un poco tus oraciones. En ningún momento te he ofendido —afirmé, para ver si él se regocijaba en mi explicación.

—Suéltame, por favor, don Isidro —le dije en tono de súplica.

De inmediato, dejó de sujetarme con la vehemencia con que lo venía haciendo. Me dejó caer con brusquedad, después de haberme alzado hasta casi su estatura —unos 1,85 metros más o menos— contando incluso la suela de sus zapatos.

—¡Dime, pues, bastardo! —entonó Isidro.

De inmediato comencé a llorar.

—¡No me vaya a hacer daño! —grité entre los dientes.

Estaba muy asustado.

—No te voy a hacer daño, pero no quiero que nadie sepa de esto, y tú eres el único que me ha escuchado.

—¡Pero qué tiene de malo! Estabas rezando —le dije, gritando en tono de reclamo, mientras magullaba mi garganta con mis dedos y pasaba saliva para validar que podía hacerlo, y así corroborar que esta retornaría a su estado normal, pues aún sentía algo de ahogo.