SOY Capítulo VI
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Capítulo VI

Tribus urbanas

Había sido al día siguiente del Día de Brujas, justo cuando ya se estaba cumpliendo el aislamiento establecido por las instituciones del gobierno.

A los pocos días de ingresar a la Universidad del Valle, Herminsul comenzó a notar cambios significativos en su hermana melliza, Fabiola, quien había iniciado sus estudios de Filosofía en la misma universidad.

En un almuerzo de domingo en familia, él observó que ella pintaba sus uñas de color negro, su pelo se lo tiñó de un rojo intenso con mechones verdes en las puntas, los vestidos largos de colores y las sandalias de tacón que tanto le gustaban las cambió por unas alpargatas sin cordón y faldas cortas.

Su apariencia ya no era importante. Adicional, expelía un olor característico en su ropa, que la hacía parecer como si repitiera la misma prenda por varios días.

Ese cambio para Herminsul fue algo impactante, debido a que siempre le había visto impecables hábitos en su aseo y una vestimenta diferente a su hermana, pues de ella había aprendido varias cosas importantes, como que los hombres se pintan las uñas de transparente, que la calvicie en los hombres —que en él hacía su temprana aparición— era sinónimo de virilidad para las mujeres.

Ella le había enseñado el hábito de aplicarse en los talones de sus pies crema humectante todas las noches antes de irse a la cama, con el fin de disminuir los callos que le salían después de usar las botas texanas que tanto le gustaban.

Herminsul no la había vuelto a ver en la casa desde aquel almuerzo de domingo del Día de la Madre, para el cual juntos habían preparado el almuerzo y se habían repartido el lavado de los platos. Debido a que Fabiola ya llegaba a casa hasta altas horas de la noche.

A los pocos días de notar esta nueva versión de su hermana, Herminsul comenzó a presentarse preocupado y aprovechó una mañana al verla en la universidad, pues creyó que podría ser una oportunidad propicia para hablar con ella, en la cafetería CAI (Centro de Alimentación Inmediata).

Herminsul la abordó ante el nuevo y extraño grupo de amigos que tenía.

—Fabiola, ¿puedo hablar contigo?

Todos en el grupo la voltearon a mirar con detenimiento.

Se mimetizaban entre un gueto oscuro del que el humo y el intenso olor a alcohol formaban una nube espesa, perceptible solo para los transeúntes que observaban desde lejos.

Él intuyó que su hermana podía estar necesitando de su apoyo, por eso, ante los ojos delineados con Maybelline de color negro de los amigos de su hermana, se acercó para intentar hablar con ella.

De nuevo: —Fabiola, ¿puedo hablarte?

—No tengo nada que hablar, ¿no ves que estoy muy ocupada?

Prosiguió su hermana: —Bueno, digamos que sí. Hazme el favor de decirle a mi papá que ya no tiene por qué mantenerme más, que desde hoy soy la señora de Quezada, pues Jorge Luis hoy me ha pedido que me vaya a vivir con él.

De inmediato el corrillo se echó a reír.

—¿Y quién de estos es Jorge, para ponerlo en su lugar? —dijo Herminsul.

Todos se echaron para atrás.

—No me digas… me imaginé que estos pelagatos son un montón de nenitas que se pintan las caras y las uñitas de negro, se camuflan detrás de un mundo de trapos para ocultar todos sus complejos.

—¿Qué has dicho, zoquete?

De inmediato Fabiola se abalanzó sobre Herminsul y le propinó una cachetada.

—¿Y entonces qué, perdedor? Pégame pues, ¿o acaso vas a agredir a una mujer embarazada?

Herminsul, lleno de miedo y estupor por la confesión que su hermana le acababa de hacer, salió corriendo, buscando la salida de la universidad.

Prosiguió ella mientras veía correr a su hermano: —Y dile a mi mamá que me perdone, pero que tengo que aprovechar esta oportunidad que me ha dado Dios, al permitirme encontrar el hombre de mi vida.

De inmediato Fabiola se volteó para regocijarse en los brazos de Jorge Luis.

—¿De verdad me quieres?

Jorge asintió con su cabeza, mientras apreciaba en el cuello de Fabiola el enrojecimiento de su piel debido al tatuaje que se había hecho detrás de su oreja izquierda, unos días antes de aquel encuentro en el CAI.

—Entonces hazme la mujer más feliz de este mundo, por favor —dijo Fabiola, mientras se regocijaba en un abrazo con el amor de su vida.

Por otra parte.

El padre de Herminsul, don Francisco, era un exmilitar, un hombre conservador, de gran talante, de radicales compromisos, un poco exagerado en los lineamientos que impartía a su familia, el cual llegó hasta el punto de ordenar que se cantara el himno nacional todos los días a las seis de la mañana, en presencia de toda su familia.

Lustraba sus zapatos a diario al estilo americano, como lo había aprendido en los años ochenta, durante el curso de paracaidista en la Escuela de Lanceros, en el Batallón de Tolemaida.

Don Francisco, a las seis de la mañana posterior al himno, hacía rezar a todos en una fila en posición firme como en el ejército, en escala del más alto al más bajo entre los integrantes de su familia, la siguiente oración: —Señor, hazme un instrumento de tu paz.

Que donde haya odio, ponga yo amor; donde haya injuria, perdón; donde haya duda, fe; donde haya desaliento, esperanza; donde haya tristeza, alegría; donde haya sombra, luz.

—Persignémonos tres veces —le pedía a toda su familia al final de la oración.

Posterior a terminar su ritual, don Francisco se dirigía a la parte de atrás de la casa a izar la bandera, ya que había organizado desde los primeros días después de su jubilación una especie de altar, adornado por las condecoraciones recibidas en el ejército, trofeos de paracaidismo, cursos en la escuela de infantería, curso de contraguerrilla, cursos de manejo de armas de largo alcance, trofeos de tiro y un sin número de diplomas que lo distinguían entre los mejores.

Un día Herminsul le preguntó a su padre la razón por la que había hecho el altar, y este le respondió: —Mijo, cuando salí jubilado de la institución a la que pertenecí casi 32 años, no he dejado de pensar ni un solo día en ella.

Solo hasta que me di cuenta de que no la podía olvidar, que tenía que enfrentar mis temores, mis miedos, mis ansiedades que me producía estar por fuera de ella, comprendí que mi pasado era parte de mi presente y que tenía que enfrentarlo.

Así decidí hacer este altar, al que por supuesto no le falta la imagen de la Virgen y el rosario que porté casi todo el tiempo que estuve sirviéndole a mi patria.

Concluyó como quien quiere dar una explicación clara y precisa: —Bueno, a partir del momento que hice este altar, se terminaron mis pesadillas. Tuve más seguridad y confianza en mí mismo.

Herminsul nunca tuvo reparos con su padre, solo el día que descubrió, a la edad de 14 años, en una misa de acción de gracias en compañía de su novia, que la oración por la paz que recitaban a diario al lado de toda su familia le faltaba una sección para completarla, pues su padre se las había enseñado incompleta.

Don Francisco, a raíz de la noticia del embarazo de su única hija, entró en una depresión absorta y una desilusión completa.

Primero perdió el cabello con una alopecia definitiva, perdió el equilibrio con un vértigo intermitente, perdió las uñas con la ayuda de un chasqueo incesante a cada minuto de los dedos en su boca, perdió la paciencia, la calma, la lucidez, y todo ello sumado a un problema de hipertiroidismo que lo acompañaba desde antes de que Herminsul regresara de la universidad, tras hablar con Fabiola para contarle todo lo sucedido a su madre, y ella a su marido.

El orgullo de don Francisco se vio afectado a tal modo que no volvió a salir a la calle.

Aprendió a pagar los recibos del teléfono, agua, energía, gas y la parabólica usando el internet, todo esto para evitar salir y ser el hazmerreír de los vecinos, amigos de vejez, compañeros del club de billar al que pertenecía, exmilitares y todas las personas donde cobraba la mesada pensional (profesores, corteros de caña, personal de la alcaldía…).

A diario, don Francisco se lamentaba en súplicas interminables acerca de su desdicha. —No entiendo a qué horas perdí las riendas de Fabiola, no entiendo —se lo repetía en vozarrón fuerte a cada minuto a su esposa.

Este se refugió en el alcohol y el cigarrillo, los cuales lo convirtieron en una persona de apariencia titiritesca, pues ya los hombros le descolgaban y con dificultad podía levantar la cabeza, por un dolor en la región cervical que lo acompañó desde antes de la noticia de que iba a ser abuelo.

Por eso era común verlo sentado en su mecedora al lado del televisor, donde veía todo el día las noticias, con una bolsa de hielo amarrada en una toalla de baño, la cual instalaba de manera meticulosa apenas se levantaba de la cama a las 4 a.m. y antes de acostarse a las 10 p.m., en la región alta de la espalda, debido a que tenía problemas con su almohada, a la que le propinaba varios puños todas las noches antes de dormirse, porque la culpaba del dolor de cuello con el que se levantaba cada día.

Don Francisco, en medio de su desdicha, dejó caer su celular al fondo del tanque donde se afeitaba a diario a las 4:30 a.m., para que no lo llamaran a atormentarlo sus hermanas, sobrinas y todas las personas anónimas que le recordaban que iba a ser abuelo por primera vez.

Él sospechaba que una de las personas que lo llamaba era un peluquero pensionado, que había sido parte del batallón de infantería al que había pertenecido en su juventud, y a quien cada vez que lo veía cobrando la mesada pensional, le recordaba —como si fuera la primera vez que se lo contaba— las peripecias que hacían para llegar a la zona de reclutamiento del ejército, cuando apenas tenían 23 años.

Don Francisco tenía un vozarrón fuerte, y un día, a eso de las 9 p.m., no aguantó más el calvario en que vivía y llamó a su hijo, que estaba en su cuarto conversando a través del computador con su novia.

—Herminsul, Herminsul, ven acá por favor, que tengo algo que decirte.

—He tomado la decisión de que nos vayamos, tu mamá y yo, a la casa que me dejó mi viejo antes de morir en Buenaventura.

—Salimos a las 11 de la noche en el bus que va para el puerto.

Prosiguió inhalando una bocanada de aire: —De ese modo quedas encargado de la casa: de los pagos de servicios públicos, del impuesto predial, de la parabólica y de todos esos servicios que no sirven sino para gastar plata y enriquecer a otros a costa de nuestro esfuerzo… y de mi humilde pensión.

Don Francisco, al terminar de decir estas palabras, prosiguió con un llanto sollozo que le había inundado los ojos y cortado su voz.

—Siempre me imaginé, en los años que viví en el ejército, que iba a morir por mi patria, pero nunca imaginé que podría morir de pena moral, por todo lo que ha ocurrido.

Al terminar de decir estas palabras, se retiró a su cuarto, donde su esposa lo estaba esperando con las maletas bien arregladas, como a él le gustaba que las organizara cuando se iba de viaje a hacer y recertificar los cursos de paracaidista cada dos años.

Desde aquel día, cuando sus padres partieron hacia Buenaventura, Herminsul quedó encargado de la familia.

Asumió el cuidado de la hija de su hermana Fabiola, quien había regresado a casa después de que Jorge la abandonara días antes del parto, en un cuarto de barrio de escasos recursos.

Y como si fuera poco, también quedó a cargo del pago de los servicios y de la vieja rasuradora que su padre usaba cada mañana, antes del canto del himno nacional, para quitarse los pocos cabellos que aún le quedaban en la cabeza.

Por ello, Herminsul encrudeció sus facciones, en un ceño definitivo para el resto de la vida.

—Qué valiente es —terminó afirmando Gaby, mientras instalaba un retal de cinta adhesiva sobre el esparadrapo que reposaba sobre el pecho de Herminsul.

—Bueno, vamos, a levantarse todos. Ya hemos descansado mucho, pues falta un cuarto para las seis de la mañana y ya casi, según las indicaciones del plano, estamos cerca de nuestra salida —dijo Alejandro.