SOY Capítulo V #2
32%

Capítulo V #2

Prosiguió sin titubeos: —Entre todos los primos organizamos la carne con algunas salsas para que quedara bien sazonada.

Decoramos con algunas bombas y papel crepé las sillas y la mesa central, con el fin de darle un toque formal para la noche de fiesta.

Mientras nosotras hacíamos los preparativos para comenzar a hacer el asado, Luis (uno de nuestros primos) recibía a tres de sus grandes amigos: Roberto, Walter y Juan Carlos, quienes llegaron de Pereira al anochecer.

Todo marchaba bien. Nadamos en la piscina, que tenía luces LED de gran alcance en su interior, al igual que alrededor de ella, alumbrando el barbecue, lo que garantizaba una buena visibilidad.

Cantamos, reímos, bailamos de manera desmesurada. Nos tiramos por un resbalador que había en la piscina una y otra vez, entre las muchachas y los amigos de mi primo Luis, por largo rato.

Los amigos de Luis eran muy atractivos, y entre todas lo comentamos.

Dos de mis primas, Marcela y Claudia, empezaron a hablar más de cerca con Walter y Juan Carlos.

Por mi parte, hice buena química con Roberto.

Valentina se fue a acostar a la casa principal, pues ella no paraba de escribir en el teléfono, en una pelea interminable con su novio.

Luis era el DJ elegido y además quien repartía el licor que habían traído sus amigos.

Ya pasaban las doce de la noche.

—Bueno, ¿y dónde vamos a dormir, muchachos? Aquí no hay cama para tanta gente —dijo Roberto.

Siguió: —Traigamos entonces las carpas que están en el carro y hacemos un camping acá al lado de la piscina, en esta planada —lo dijo señalando el lugar.

Discutimos un rato para que fuera al lado de la casa principal, que estaba como a treinta metros de allí, pero al final aceptamos la propuesta de Roberto.

Entre todos fuimos al carro de Roberto por tres carpas, mientras Luis colocaba sus canciones preferidas a todo volumen.

Armamos las tres carpas en compañía de Roberto, mientras los demás se divertían.

Claudia y Marcela ya estaban algo prendidas, pues se notaba por las largas carcajadas y su alto tono de voz.

Roberto me pareció muy amable.

—¿Qué estás tomando, Gabriela? —me dijo.

—Nada —respondí—. Solo agua.

—Bueno, ahora que están armadas las carpas, tengo algo para ti, ya que está comenzando a hacer un poco de frío.

—Déjame te hago un regalito. Espérame, lo saco del maletín que quedó dentro de la carpa.

Sacó dos copas pequeñas y un vino tinto.

—Qué tierno de tu parte, pero no tomo. Me cuido mucho.

—Pero brindemos, Gabi. Celebremos con una sola copa y no te molesto más.

Asentí sin muchos reparos a su pretensión.

—Salud —me dijo, tocándome su copa con la mía, en uno de los bordes, por lo que alcanzó a regarse un poco.

Tomamos hasta el fondo.

Me desperté al día siguiente…

Sentí mucho calor y estaba sudando a chorros.

Sentí mojado todo mi cuerpo.

De inmediato, me senté en la carpa a revisar y tratar de recordar qué había sucedido. Mi pantalón estaba abajo, mis interiores rasgados totalmente, mi brasier y la blusa me los habían quitado. No tenía tampoco las medias ni los zapatos, pues estaban tirados en desorden en un rincón de la carpa.

Sentía un inmenso calor y un dolor incesante en la parte frontal de la cabeza.

Me asusté mucho, pero volví en mí.

De inmediato escuché que Valentina nos llamaba a todas.

—Claudia, Marcela, Gaby, ¿dónde están?

De inmediato noté que abrían el cierre de la carpa.

Debo ponerme la ropa, pensé, pero no pude. La cabeza no me daba.

Comencé a llorar: —Muchachas, estoy aquí.

—Bueno, abre rápido, Marcela, que se escucha a Gaby llorando —dijo Valentina.

Entraron a la carpa.

—Gaby, ¿qué te pasó?

—No sé, muchachas, no recuerdo nada.

—Claudia, cierra la carpa que vamos a vestir a Gaby.

—No recuerdo nada, muchachas. Yo creo que fue un trago que me dio Roberto, y de allí no sé más.

—Vamos, te pongo la ropa interior, Gaby. No te preocupes, mi muñeca, que ya estamos aquí —dijo Valentina.

—Claudia, mira esto… la vagina la tiene con algo de sangre. Ese perro violó a la niña.

—Vamos a vestirte linda. No te preocupes, que Luis las va a pagar por haber traído a esos marihuaneros. Quién sabe qué te dio la porquería esa y te dopó.

Al salir de la carpa no podía ni caminar. Estaba golpeada, débil y sin nada de fuerzas.

—Siéntate acá, al lado de la carpa —me dijeron. Miré a mi alrededor y ya las otras carpas las habían desarmado.

Me desmayé.

—Voy a llamar a Luis, porque los demás muchachos ya se fueron temprano, a las seis de la mañana —afirmó Valentina.

Desde ese día, guardé un rencor muy grande. Había sido violada por los tres amigos, incluido mi primo Luis, quien también había abusado de mí.

Ellos fueron acusados y todo el mundo supo lo que me habían hecho.

En el colegio me decían muchos apodos. Me matonearon con el cuento de la violación hasta el día de mi graduación.

Al final me tocó venirme para Cali a estudiar enfermería, pues fue lo que siempre quise hacer luego de que me llevara una buena impresión del hospital donde me habían atendido, después de que mis primas me llevaran para buscar una revisión general.

Ya en mi universidad comencé a vengarme de todos los hombres.

Prosiguió: —Tengo 23 años y, aunque parezca mentira, no me acuerdo de todos los hombres con los que he estado. Yo era más fácil que la tabla del uno.

—Haciendo cuentas, he estado con más de 106 tipos diferentes, ya que empecé a temprana edad.

Mi primera relación sexual completa fue a los 14, y en nueve años de vida sexual tenía un promedio de doce hombres al año, o sea, un hombre por mes.

No lo digo con orgullo, pero sí con mucha tristeza por la clase de persona en la que me había convertido: en una cualquiera.

Una cifra normal, supongo, como la mayoría de las chicas de mi edad.

Aunque tengo amigas que cada fin de semana están con al menos uno diferente, así que ellas tendrán un ranking mayor que el mío, entre mis amigas hacíamos competencia.

—Ya sabes, mi verdadero nombre es Gabriela, pero la mayoría de las personas me dice Gaby.

—Este año me gradué de enfermería, y Dios me enseñó que tenía que parar todo esto. Quedé en cinta de un tipo que apenas conocí en el gimnasio. Mantuvimos relaciones por dos meses, y al final me embarazó.

—Mi pequeño ángel —prosiguió, como conclusión—.

Confundí toda mi vida la libertad con el libertinaje, y me escudé en las relaciones sexuales irresponsables después de la violación que recibí.

Mi proyecto de venganza equivocado me acabó hundiendo en un pantano del que solo mi hijo me ha ayudado a superar.

Prosiguió sin parar: —Me he sentido desdichada. Apenas Fernando se dio cuenta de que estaba embarazada, me dejó y lo negó todo.

—No necesitamos que alguien nos arregle la vida. Mientras no tengamos el control de nosotros mismos, seremos esclavos de las personas, de los vicios, de la sociedad, de las redes sociales, de los paradigmas y de las falsas creencias.

—Ahí está —continuó—. Hoy tengo catorce semanas de embarazo, y aquí estoy, asumiendo este nuevo reto que me ha puesto la vida.

Concluyó: —¿Sí ves? Ya pararon las del amorío. Vamos a dormir, que ya no quiero trasnocharte más con estas historias. En un rato va a amanecer y debemos seguir buscando esta bendita salida.

—Una última pregunta, Gaby.

—Dime, con gusto.

—¿Por qué te dicen la Choco?

—Pues, ¿por qué va a ser? Primero, por cariño. Y segundo, porque soy nacida en Quibdó, es decir, que soy chocoana. ¡A mucho orgullo!