Capítulo V
El despertar del cuerpo
Don Isidro estaba muy preocupado. Mientras caminábamos, detallé en su cara una notoria angustia por el fruncir profundo de su entrecejo.
No lo había visto así desde que salimos del edificio de la facultad de Humanidades.
Noté que los surcos al lado de sus ojos tenían una áspera apariencia, con ondulaciones prominentes, llenas de muchos valles y picos.
La frente lucía resquebrajada, con muchas arrugas aparentes por una deshidratación dérmica definitiva, sumado a una queratosis actínica hacían resaltar ciertos puntos de manera significativa.
Me convertí en el principal ayudante de don Isidro, el cual ya sentía los achaques del paso de los años y quien se notaba un tanto impotente debido al túnel que se suponía era de carácter lineal y que comunicaba dos puntos para el transporte de personas o materiales.
Él temía, a estas alturas, que el plano que le había entregado Aldemar, su amigo, a pocos días de salir pensionado de la universidad, nos pudiera llevar a una salida equivocada y tendríamos el riesgo de perder la evidencia que Herminsul pudiera aportar en una investigación disciplinaria frente a los funcionarios del gobierno.
Luego de varios minutos de seguir caminando, decidimos pasar lo que quedaba de la noche en una bahía que habíamos encontrado en el túnel.
Me senté encima de unas tablas que habíamos encontrado amontonadas.
Mientras trataba de descansar un poco y conciliar el sueño, intuía que estábamos cerca de la facultad de Medicina, donde había pasado largo tiempo preguntando a estudiantes y profesores si conocían tratamientos para crecer más.
Como lo había vaticinado mi amigo Nicolas en la infancia, ya estaba en 1,63 metros, gracias a los ejercicios de entrenamiento y algunos tratamientos que había decidido tomar.
Me quité mis nuevos zapatos blancos que me había regalado mi novia el día de mi cumpleaños. Ya hacía un mes exacto que los tenía, me referenciaba porque estábamos acercándonos al día de la madre.
Me retiré las medias de mis pies que, a esta hora y con la caminada, ya vestían mi pie solo hacia media asta.
Me sentía muy cansado por esta larga osadía que, al parecer, apenas empezaba.
Pensé de nuevo que en mi familia ya deberían estar bastante preocupados.
Imaginaba y me angustiaba por lo que pudiera estar sintiendo mi madre.
Ya había pasado la una de la mañana. Sin decir o pronunciar una sola sílaba entre nosotros, cada uno se había dispuesto a pasar lo que quedaba de la noche en un rincón diferente de la bahía del túnel.
Con predilección del mejor sitio a las enfermeras junto a Herminsul, para poder revisar constantemente sus signos vitales.
De pronto escuchamos unos pasos a lo lejos, ya casi cerca de nosotros.
De inmediato Alejandro se puso de pie, mientras el resto dormía, y lo seguí, ocultándonos entre la oscuridad.
Caminamos unos quince metros desde el sitio donde estábamos descansando, cuando vimos una luz que se acercaba hacia nosotros. Entonces me imaginé que los compañeros Peter y Ricardo, quienes se habían quedado cubriéndonos, habían sido detenidos por la policía y estos ya venían por todos.
La luz hacía notar cada vez más su presencia y con un resplandor vivo, intenso, por lo que comencé a sentir miedo.
Mis manos las tenía muy frías, mis pies estaban muy helados porque había optado por no ponerme los zapatos, debido a que tenía mojadas las medias producto de la humedad del recinto y algunos charcos de agua, que no había podido esquivar.
La luz se acercaba, hasta el punto de alcanzarnos con su haz.
Estos segundos eran eternos. Hasta sentí ganas de salir corriendo en la dirección opuesta, pero Alejandro me ordenó que guardara silencio.
De pronto Alejandro se adelantó hasta el punto de perderlo de vista, por lo que decidí detenerme y esperar.
De pronto escuché un grito fuerte, seguido de uno más leve.
De inmediato corrí hasta divisar que este se encontraba encima de una persona, forcejeando bastante duro, a modo que perdía el dominio, hasta que Alejandro le propinó un impacto seco en la cara.
—¡Uy!, enano.
—Dime —contesté.
—De seguro me meteré en problemas. Es Isayo, la novia de Verónica.
—Le pegaste muy fuerte, por lo que escuché.
—Quedó inconsciente —me confirmó.
Alejandro cargó en sus brazos a Isayo para retornar hasta donde reposaban el resto de los compañeros.
De pronto Berenice e Isidro se abalanzaron hacia nosotros al vernos.
—¿De quién se trata? —preguntó Berenice.
—Es Isayo —contestó Alejandro, un poco exaltado y sin respiración.
—Déjala acá en este muro para revisarla.
Como un resorte, saltó Verónica donde descansaba.
—¿Qué le pasó? —dijo Verónica.
—Forcejeamos y quedó inconsciente después de un golpe que le propiné en la cara, sin saber que se trataba de ella.
De inmediato Verónica saltó encima de Alejandro para tratar de golpearlo.
—¿Qué te pasa, Verónica? ¿Te has vuelto loca? —dijo Alejandro.
—Eres un guache, un perro. Me las vas a pagar —dijo Verónica y siguió.
—Isayo es mi pareja y casi me la has matado.
Cuando terminó de decir estas palabras, Berenice gritó: —¡Está reaccionando!
Al instante, Verónica e Isayo se dieron un abrazo.
—Te amo, mi bebé hermosa —dijo Verónica.
—No te iba a dejar sola por acá, amor. Tenemos una historia que terminar —dijo Isayo.
Al volver el orden, retornamos cada uno a descansar en el punto que habíamos elegido, en la bahía dentro del túnel. Me acomodé en el mismo lugar donde había dispuesto para tratar de conciliar el sueño. Esta era la noche más larga de mi vida y sentía que necesitaba relajarme un poco.
Desde donde me encontraba, podía ver que Verónica estaba sanando las heridas de Isayo. Berenice y la Choco se acomodaron al lado de Herminsul. Alejandro y don Isidro se sentaron a ver el plano con la luz del celular de Isayo, que tenía aún batería.
Antes de entrar al interior del túnel, los líderes de la protesta habían procurado restringir todos los teléfonos celulares, por lo que estábamos totalmente incomunicados.
Al terminar de leer el plano, con ojo de buen topógrafo —como lo mencionó don Isidro—, coincidieron en que el túnel parecía haber tenido algunas modificaciones internas.
Decidimos mejor conciliar el sueño.
Antes de ello, logramos concretar una guardia, organizada por Alejandro, quien aún recordaba las viejas épocas en que había prestado servicio militar en la misma policía.
Donde años atrás, había nacido en el lecho de una estación, y por eso llevaba innatas, entre sus mejores recuerdos, algunas lecciones básicas de estrategia militar.
Verónica una hora, don Isidro dos horas y Alejandro dos horas, hasta que el sol se asomara por entre las rendijas del techo del túnel.
Toda la noche, mientras conciliaba el sueño, abría el rabillo del ojo y podía distinguir a Verónica, quien seguía consintiendo de manera delicada a la aporreada Isayo.
Recostado sobre el lado izquierdo, de pronto sentí que un bicho indeseable se paró sobre mi pie derecho, por lo que entreabrí los ojos y, mientras sacudía los pies, divisé las siluetas de todos, confirmado por los ronquidos y silbidos que emitían cada uno.
Me quedé dormido unos minutos. Sin embargo, no fue fácil lograrlo, pues me sentía muy asustado.
Al cabo de una hora aproximada, de pronto comencé a escuchar algo parecido a un susurro amatorio agitado.
Ante mi mente ávida de experiencias, salté de la curiosidad hasta ponerme de pie sin causar ruido.
Me paré muy despacio para que Alejandro, que estaba cerca de mí, no se despertara.
A medida que me aproximaba, escuchaba con más fuerza los eternos besos, grandes caricias y un jadeo que se hacía más fuerte a medida que me acercaba.
De pronto me detuvo un brazo cuando me disponía a ver la escena que estaba escuchando.
Cuando volteé, me di cuenta de que era la Choco, que también se había despertado por los ruidos de tanta ternura desbordada que estaba retumbando en el recinto, hasta el grado que entre los ladrillos de este se expelía trazas de polvillo rojo.
—No debes ver eso —susurró la Choco y prosiguió: —El amor ha perdido toda su esencia hace mucho. Cada vez más sigue la sociedad zambulléndose en este descontrol desenfrenado de relaciones sexuales prohibidas, entre unos y los otros.
Contesté: —La verdad tengo poca experiencia en el campo de las relaciones. La mayoría de las cosas las he aprendido por internet.
Proseguí: —Me da mucha curiosidad todos los temas relacionados.
—Pero… tienes definida tu inclinación sexual, ¿verdad?
—Por supuesto, me encantan las mujeres —le dije.
—Pues no soy una autoridad en el tema, pero la vida me ha regalado enseñanzas muy fuertes sobre relaciones sexuales —continuó la Choco—.
Pienso que la sexualidad no es mala. Hay muchos tabús aún acerca de ella.
Considero que lo más importante es leer mucho, instruirse y aprender de todas las experiencias que nos cuentan.
—Ven, acércate un poco. Te voy a contar una historia muy dura para mí, pero ante esta situación de la que no sé si saldré bien librada, sería bueno hablar de ello.
Le contesté: —Eres un poco exagerada, pero por supuesto que puedes contarme y confiar en mí.
—Te contaré todo —terminó diciendo.
Asentí como quien obedece una orden.
Prosiguió: —El día que me violaron estábamos en la finca de mi tío Augusto, a las afueras de Quibdó.
—Ese día compramos, entre mis tres primas y yo, todos los alimentos que íbamos a preparar para la reunión familiar. Por ello madrugamos a la plaza de mercado, y en las horas de la tarde ya estábamos en la finca.