SOY Capítulo IV #3
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Capítulo IV #3

Le pregunté: —Pero primero dime, ¿cómo hiciste tú para ser lo que eres hoy, un ganador sobre la vida? Le has ganado la batalla a la adversidad, Nicolas. Eso ya es maravilloso.

—Me ocurrió algo extraordinario —respondió—, algo fuera de lo normal, que me hizo caer en cuenta de todos los potenciales que podría tener.

Le dije: —Cuéntame, si puedes, por favor. Lo quiero saber todo. Después de lo que he pasado, tengo muchas preguntas para ti.

Comenzó Nicolas a relatar su historia: —Sin saberlo, me ayudó el bullying que recibía de un compañero del colegio cuando apenas cursaba cuarto de primaria, porque me hizo más fuerte.

Prosiguió: —Mi compañero se llamaba Mauricio.

No entendía la clase de lección que estaba presto a regalarme, pues apenas entré al colegio de primaria, este niño siempre se burló de mi apariencia, mi discapacidad, mi peinado, mis gafas.

Las ruedas de mi silla le molestaban, pues decía que se le iban a salir las tripas, ya que estas mostraban un cierto grado de desgaste superficial y se le notaba la lona interior que separaba la llanta del neumático.

Las cosas se tornaban cada vez peor. Unas veces las agresiones pasaban a mayores, cuando me ponía de arquero con silla de ruedas y todo, a tapar en la cancha de fútbol y me lanzaba unos riflazos duros y a la cara.

Me empujaba de la silla y me gritaba delante de todos mis compañeros: —¡Nicolas, eres un loser, eres un loser!

Lo más parecido a una neverita, una estufita chiquita o a una lavadorcita.

Prosiguió Mauricio: —Cucaracha humana, voltéate si eres capaz. Levántate del suelo, insecto de monte.

Mis lágrimas no tardaban en aparecer, y los profesores toleraban los insultos de mis compañeros, a quienes acompañaban con su sonrisa, mientras los niños vociferaban improperios adicionales.

Llegaba a mi casa y ocultaba los moretones que me causaban los balonazos, debido a que los más duros me los propinaban con balones de baloncesto.

Los días pasaron y las chanzas cada vez eran más fuertes.

Empujones, palabras, apodos, eran parte de su rutina diaria.

Me aguantaba y callaba porque no quería darles problemas a mis padres, pues creía que ya tenían suficientes contratiempos con el hecho de pagar los recibos de los servicios públicos y el arriendo de la casa.

Solo hasta el día de mi grado le dije a mi madre y padre que aquel joven que se paraba muy erguidamente en la parte de atrás (el alumno más alto de mi salón de clases), era el que me hacía poner muy triste.

La sorpresa fue aún mayor cuando mi padre se arrodilló y me dijo: —Sé quién es ese muchacho, Juan Andrés, y sé de algunas de las cosas que te ha hecho.

Con tu mamá no hemos puesto ninguna queja porque queríamos ver hasta dónde aguantabas.

Eres un ganador para mí, hijo, y no me arrepiento de lo que hice al no haberte defendido.

Pero siempre he creído que eso te haría fuerte y que tú requerías arreglar estos problemas por tu cuenta.

Y prosiguió mientras yo me quedé expectante: —Hijo, si te defendía a esta edad, nunca podrías resolver un problema por tu propia cuenta.

—Perdóname, pero hoy considero que, aparte de inteligente, tengo un hijo valiente. Estoy muy orgulloso de ti.

—De tu amigo te puedo decir que he averiguado quiénes son su padre y madre, hermanos, sé dónde vive, las amistades que frecuenta después de clases, cómo desaprovecha el tiempo jugando maquinitas en una tienda de la esquina de su casa (la cual estaba cerca de la nuestra).

Sé además que cada noche su madre se enfrenta a su padre en su casa, delante de sus hermanos y los oídos puntiagudos de los vecinos.

Mauricio es un niño que tiene muchas heridas en su corazón.

Tiene un mal ejemplo en la casa, y él en el colegio se desquita con el más vulnerable e indefenso.

—Te amo, hijo, y desde hoy serás un hombre muy valiente, que saldrá avante ante las adversidades.

Cuando mi padre terminó de decirme estas palabras, su rostro estaba lleno de lágrimas, junto al de mi madre.

Nos abrazamos sin saber que esa había sido una lección muy cruel y dura para mí, pero había sido la mejor.

La pedagogía del sufrimiento en el hombre y el gran aprendizaje que se alcanza es infinito. Por tanto, aprendí a aprovechar el tiempo, los amigos, el dinero. Mauricio me había dado una idea magnífica.

En vez de salir al descanso a comprar los alimentos, todos los niños vendrían a comprarlos buscándome.

Para ello, nos ideamos con mi padre un compartimento en la silla de ruedas para acomodar perros calientes, algunas arepas, empanadas, panecillos y, adicionalmente, una variedad de bebidas y algunas chocolatinas las guardaba, debajo del reposabrazos.

Teníamos un menú como los restaurantes. Los lunes llevaba sándwich, pues era el día que todos llevaban más dinero. Los martes vendía helados. Los miércoles, pasteles de chocolate. Los jueves, gelatina. Y los viernes, lo más rico: las croquetas de pollo.

En mi silla no podía lavar ropa, pero hubiera sido todo un éxito de haberlo implementado.

Reímos a carcajadas, hasta casi orinarnos.

Al terminar de recordar a Nicolas, volver en mí y ubicarme dentro del túnel que nos había recomendado don Isidro —por donde podríamos escapar junto a Herminsul—, me hice varios cuestionamientos sobre los aciertos que había tenido en mi vida, sobre cómo había descubierto mis talentos y cómo había aprovechado las oportunidades que me daba Dios.

Y además que tenía un nuevo desafío por delante, del cual no me podría salir tan fácilmente.