SOY Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

—Las personas discapacitadas guardan muchas historias valiosas —dije, sin saber todo lo que Nicolas sabía.

—No dije discapacitado. Hablé de oportunidad de vida —me aclaró en tono firme.

—Perdóname, Nicolas. Gracias por la aclaración. Pero con tus historias se escribirían dos libros más —concluí.

—Juan Andrés, tenemos una comunidad de apoyo mundial: mediante la página www.superbacano.com y #superheroefavorito.

Una ONG para captar recursos, hacer obras y comercializar productos, para ayudar a los que nos necesitan desde todo punto de vista.

No soporto que nos traten con discriminación. Tenemos una vida maravillosa.

—¿Qué le ves de maravilloso a esta vida? ¿A las burlas que recibimos? ¿A los improperios que han recibido mi padre y mi madre? ¿Tú qué sabes de sufrir?

—Juan Andrés, he pasado por tres operaciones a corazón abierto. A los 16 me harán un trasplante. El que tengo ya no da para más. Para mí, sufrir ha sido didáctico. He aprendido mucho. He estado rodeado de cardiólogos, anestesiólogos, enfermeras, instrumentadores.

He escuchado cuando dicen: “Este joven no pasa de hoy”, “Le quedan pocas horas”, “Está listo para el encuentro con el Señor”.

—Me han llevado hasta curas para ponerme los santos óleos. Pero nada de eso ha pasado. Aquí me tienes: fuerte y vital.

—En mi mente solo existe la palabra V-A-L-I-E-N-T-E.

—Te lo repito para que se te grabe, Juan Andrés: V-A-L-I-E-N-T-E.

—SOY VALIENTE, SANO Y LLENO DE VIDA. Valgo mucho para Dios, para mi familia y para mí mismo. Y lucharé, óyelo bien, hasta el final.

Prosiguió: —No tengo tiempo para convencerte de algo que no sé si quieras escuchar o estés preparado para entender. Pero este podría ser el mejor regalo que puedo darte.

—Todos los seres humanos y a los que tú llamas “discapacitados” somos, al contrario de lo que piensa el mundo, genios superdotados. Lo he descubierto. Nos lo ha enseñado Dios, Jesús, en su manual de vida —la Biblia— y en los libros que he leído.

—Somos valiosos para Dios, y Él nos ha otorgado a cada uno características invaluables. Con el tiempo he aprendido que todos los seres humanos tenemos un talento.

—Dios tiene una razón por la cual nos creó. El simple hecho de la vida misma es algo maravilloso.

Prosiguió: —Pero algunos hemos desperdiciado nuestra vida sin saberlo. De la cuna a la tumba, sin esfuerzo y sin propósito siquiera. Sin saber que fuimos enviados a este mundo para ser leyendas, para dejar un legado imborrable.

—Desde mi punto de vista, debemos ser seres extraordinarios, no normales. Seres llenos de luz, oportunidades, positivismo. Seres de resultados, no de pretextos.

—No digo que debamos ser mojigatos frente a la tecnología, pero sí que debemos controlar la dependencia que tenemos hacia las distracciones.

—Aprovechemos la inteligencia artificial, ese regalo que Dios nos ha dado hoy, y exploremos la vida con propósito, para nuestro verdadero beneficio.

—Estas distracciones nos traen consecuencias como el estrés, la ira y la depresión. Los males que hoy causan más infartos y otras enfermedades.

No nos habíamos percatado de que el descanso había terminado. Por lo que uno de los vigilantes ya venía en nuestra búsqueda.

—Muchachos, están atrasados. Es hora de regresar a clase.

—Tranquilo, mi señor. Ya regresamos. La silla de Nicolas se trabó, y en un minuto la hacemos rodar.

Mientras regresábamos al salón, sin saberlo, Nicolas me estaba dando una lección de vida.

Quizá la más valiosa que pudiera haber recibido.

Qué desperdicio de tiempo, pensé. Una persona con mayores dificultades era un ganador sobre la vida.

Un ser extraordinario. Y yo, un ser normal, lleno de complejos y pretextos, y ni siquiera era por mi estatura, sino por los comentarios que desde niño había recibido.

Nicolas continuó: —Son dos recomendaciones que debo darte. Lo primero que debes descubrir es: ¿cuáles son tus talentos? Solo eso. Luego te diré qué hacer. Es muy simple.

Después de ese lunes, al llegar a casa y cenar, pasé los tres días más pensativos de mi vida. No fui al colegio. Le dije a mi madre que tenía una “indisposición de hombres”, que no podía contarle, que había leído y que se me pasaría con reposo.

No quería llegar al colegio y que Nicolas me preguntara cuál era mi talento… y no saber qué responder.

Primer día:

En este día pude revisar ciertas cosas en internet. Crecí con la imagen publicitaria de los superhéroes: hombres y mujeres bien parecidos, cuerpos exuberantes, ojos azules, condiciones atléticas privilegiadas.

Siempre deseé ser un superhéroe, pero uno de carne y hueso, con poderes sobrenaturales.

Por ello, apenas pude bajé a la cocina por cucharas de diferentes tamaños.

Quería doblarlas con la mente. Intenté pegar ollas a mi frente como imanes.

Encontré una caja de naipes y los lancé al aire para que cayeran ordenadas.

Me di por vencido. Al final concluí que lo de la magia no era lo mío. Lo del magnetismo eran solo trucos de documentales de Discovery Channel.

Segundo día:

Me levanté temprano. Bajé a desayunar antes de que mi madre lo pidiera.

—Antes que lo preguntes, no voy a estudiar aún, madre. Estoy en el proceso de maduración de joven a hombre, y eso me tiene afectado.

Mi madre me regañó largo rato. Mi padre, al escuchar, me defendió y aprobó mi receso.

Regresé a mi cuarto. Comencé a escribir frases célebres. Me dio envidia cuando Nicolas me dijo que estaba escribiendo su primera novela. Quise escribir la mía. Conjugué verbos, intenté crear cuentos, frases profundas, que no llevaron a nada…

—Los amigos no se olvidan nunca.

—Uno busca lo que no tiene.

—Todos buscan lo que no tienen.

—El hombre perfecto que alce la mano.

—La vida es más que la perfección definida por el hombre.

Ahora soy un escritor célebre, pensé. Seguí escribiendo.

Luego de varias frases sin coherencia, me di por vencido. Pero había intentado escribir algo.

Se me ocurrió ir a la biblioteca más cercana. Busqué entre los libros de psicología la respuesta que estaba buscando: ¿cuál podría enseñarme a descubrir mi talento?

Volví a casa a leer.

Tercer día:

Hice un listado de actividades que autores recomendaban en dos libros que me prestaron.

—Por favor baja a desayunar, hijo. Te vas a enfermar si sigues estudiando así.

—Ya voy, madre —contesté.

Al bajar, encontré a mi madre haciendo cuentas en la calculadora. Eran gastos de mercado.

Mi madre me encomendó ayudarle a hacer las cuentas del hogar, las cuentas de los bancos de mi padre y de ella, y de la misma manera las cuentas del colegio de su propiedad.

—Madre, ya terminé.

—Ven, revisemos, pues no creo que hayas resuelto todo tan rápido. Ha pasado menos de una hora.

Le dije: —Lo que quieras, madre. Ven, siéntate a mi lado y revisamos.

—Revisemos tus cuentas.

—Ahora las de mi padre. Y, por último, las del colegio.

—Pero Juan Andrés, hace pocos minutos te entregué toda la información para hacer estas cuentas. Cada vez me convenzo más de que eres un genio para las matemáticas.

Mi madre me había acabado de confirmar algo que, desde la noche anterior, me había estado rondando en los últimos pensamientos, y era una de las opciones que había concluido luego de hacer la lista de fortalezas.

Mi talento era para los números. Podía hacer cualquier cálculo sin el mayor esfuerzo.

Salí condecorado y hasta exonerado año tras año.

No lo podía creer. Estuvo siempre en mis narices.

En las matemáticas encontraría la paz que detendría el complejo que me había limitado toda mi vida al sentirme menos favorecido, con menos oportunidades, “discapacitado”, todo porque desconocía el propósito que tenía Dios para mi vida.

Regresé luego a mi cuarto.

De pronto, tocaron en mi puerta: —¿Puedo pasar, Juan Andrés?

—Adelante, papá.

—Tu madre me ha dicho que estás un poco ansioso y que le has dicho que quieres encontrar tus talentos —mientras hablaba, se sentó en mi cama.

Asentí con la cabeza.

Prosiguió: —Los talentos nacen y otros se forjan con el trabajo y la disciplina, y tú, desde que naciste, tienes muchos, hijo.

—¿Cómo cuáles? —contesté.

—Creo que eres un superdotado con tus pies.

No lo has intentado, pero siempre he visto que eres muy bueno para el fútbol.

Eres súper rápido, y de niño los profesores siempre me dijeron que lo que Dios no te había dado en altura, te lo había dado en agilidad mental para jugar bien. Recuérdalo siempre.

Ahora mi padre me estaba ayudando a encontrar la otra cara de la moneda, mi complemento.

—Gracias, papá. Eres el mejor padre del mundo.

—Hijo, además, quería confirmarte que salieron satisfactorias las pruebas de estimulación de la hormona de crecimiento y lo más probable es que comiences a aumentar tu talla y peso.

—Ahora ya duerme tranquilo, y espero esto te haya servido de algo.

Le dije mientras se retiraba: —Padre, ya mañana regreso a estudiar y también, a mis entrenamientos de fútbol.

A escondidas de mis padres, esa misma noche fui a la cancha de fútbol del barrio.

Al ver la luna llena, resplandeciente, le agradecí por iluminar todas las noches de mi vida y le prometí convertirme en el mejor jugador de fútbol del universo.

Le dije que lucharía incansablemente por cumplir mis sueños y que mi historia sería conocida en todas las canchas del mundo: “donde una vez un niño se conoció a sí mismo y alcanzó todos sus propósitos con disciplina y determinación”.

Desde ese mismo día, duermo con un balón encima de mi cama y llevo pelotas de tenis por entre mis bolsillos, para practicar en todo momento.

A mi regreso al colegio, al cuarto día (viernes), todo parecía igual hasta la hora del descanso. Cuando me tocaron en la parte alta de la espalda mientras escribía en el tablero, una nota en relación con la tarea de la clase de inglés.

—Hola, Juan Andrés. ¿Cómo te fue en tu encuentro contigo mismo?

Le contesté: —Hola, Nicolas. ¿Te digo la verdad?

Nicolas asintió con la cabeza.

Proseguí: —Me fue excelente. Descubrí mis talentos.