Capítulo IV
Heridas que dejan huella
Don Isidro nos dirigió al cuarto donde guardaba los elementos de aseo. Abrió una puerta oculta justo detrás de un locker, el cual Alejandro corrió de un solo empujón.
Al entrar, el túnel presentaba las características de una obra subterránea bien elaborada. Sus paredes eran de ladrillo rojo pardo, recubiertas por una capa de moho superficial desde el techo hasta el suelo, a una altura aproximada de seis metros desde el nivel del piso.
Justo a nuestros pies pasaban unas canaletas a lado y lado, que encauzaban las aguas de lluvia y estaban conectadas con los desagües de la red de alcantarillado de la universidad.
El recinto tenía rendijas superiores por donde entraban las aguas, que se deslizaban por las paredes junto con residuos de comida y envolturas arrojadas por los transeúntes.
Por zonas observamos acumulaciones de basura dispersas y otras veces amontonadas, como si alguien las hubiese apilado. Esto nos dejó entrever que no solo don Aldemar conocía la existencia del túnel, sino que también otras personas conocían de esta conexión interna.
Mientras comenzaba la travesía por el túnel, se me vinieron varios recuerdos a la mente, desde mi niñez.
Antes de la concepción, le dijeron a mi madre que venía un niño muy pequeño, con pocas posibilidades de sobrevivir. Solo me pronosticaban tres meses de vida.
Al momento de mi nacimiento, todo fue confusión para mis familiares y vecinos. Mis rasgos y mi color de piel eran muy diferentes al resto. Algunos comentaban que me habían cambiado en el parto, que quizá me habían confundido en el hospital con otro niño.
Con malicia, mis tías murmuraban que no me parecía a mi padre.
Decían que me parecía al lángaro de la tienda, al que vendía helados, al carnicero, al policía, o incluso al señor de la mazamorra que pasaba todos los días pitando con su corneta a primeras horas de la mañana.
Reían a carcajadas bajo el palo de naranjo frente a la casa de mis abuelos, animadas por un termo rojo lleno de café que sorbo a sorbo les aceleraba la sangre.
Cuando salíamos a la calle con mis padres, siempre había comentarios y risas por mi diferencia de talla; decían que era muy chiquito.
Creí que tenía enanismo, porque siempre fui objeto de comentarios sobre mi estatura. A los diez años me la pasaba leyendo sobre el tema. Aprendí que se considera enano al hombre que mide menos de 1,40 metros y enana a la mujer que mide menos de 1,30.
Desde temprana edad entendí que el enanismo puede tener múltiples causas.
En mi caso, fue una combinación de enfermedad tiroidea y trastornos endocrinos.
Esta condición se conoce como cretinismo, que puede detectarse en estado temprano mediante pruebas prenatales.
El tratamiento precoz con tiroxina permite un desarrollo normal, pero yo no tuve esa oportunidad por los escasos recursos de mi familia y el acceso limitado a servicios médicos.
Reconozco que soy un caso especial. Por eso mi pasión por el proceso de gestación. Aún hoy tengo recuerdos intrauterinos que perturban mi sueño nocturno.
El monólogo lo había aprendido de memoria.
Desde niño escuché esos conceptos de los especialistas que consulté con mi madre.
Lo repetí en paseos escolares, cumpleaños, museos, misas dominicales, velorios, kermeses, baños públicos, discotecas, un prostíbulo, y una vez en la sala de la casa de una compañera de estudio.
Sus padres me abordaron con preguntas discriminatorias sobre mi estatura. Su padre, tras escuchar mi historia, dijo en voz alta: —Vamos, hija, a dormir. Este enano, pase lo que pase, va a morir lleno de piojos y muy seguramente lo van a enterrar con el traje de la primera comunión.
Prosiguió al ver a su hija inmóvil del asombro, tras la crudeza de sus palabras: —Muñeca, no pierdas tu tiempo. Mañana hay que madrugar a estudiar.
Después de ese comentario sarcástico, estuve muy triste.
Sentía que sobrevivía de día y moría en la noche, recordando cada palabra de quienes no guardaban escrúpulo al hablar de mi “situación especial”.
Ese comentario me rompió, pero también me despertó.
De buena manera entendí que nadie iba a defenderme, así que tendría que aprender a defenderme solo.
Me culpaba en silencio por mi desdicha.
Me llamaban de “cariño”: enano, duende, chapulín, hechicero (por una serie de televisión de los años 90).
Algunas profesoras me decían “gótica” o “pedacito de cielo”, por lo chiquito.
En celebraciones del salón, mis compañeros me cargaban en hombros y me colgaban de la estructura del techo como si fuera una piñata.
Hasta el día en que me desmayé por la presión, y varios compañeros fueron suspendidos.
Todo era igual, hasta que conocí a Nicolas Balaguera, el primer día de mi octavo grado.
Andaba en una silla de ruedas automática, con gafas oscuras, pelo pintado de color amarillo con rayitos rojos, fijado en sus puntas con gel, vestido a la moda con ropa de tono azul y zapatos Nike Jordan de color rojo.
Pensé que tenía una discapacidad, pero su pinta era moderna y psicodélica.
Al momento de presentarse en clase, dijo: —Buenos días. Soy Nicolas, tengo 15 años. Según la revista In-genio de marzo de 2025, soy considerado un niño genio y superdotado. Me apasionan los deportes extremos y los idiomas: hablo inglés y portugués. Practico artes marciales y baloncesto.
Estoy aquí para estudiar, hacer negocios, conquistar el mundo y hacer muchos amigos a través de mis redes sociales. Además, soy youtuber: en mis ratos libres grabo toda clase de videos, … ¡hasta villancicos! Muchas gracias.
Todos en el salón, excepto el profesor, quedamos atónitos.
Mi presentación había sido minutos antes: —Buenos días, mi nombre es Juan Andrés.
Tengo 13 años. Vengo de una familia humilde que quiere salir adelante.
He tenido una niñez muy triste por mi discapacidad, y trataré de dar lo mejor de mí.
Les quiero decir que tienen a un amigo incondicional, si lo desean.
El resto de la mañana no salí de mi asombro. Le seguí con la mirada todo el tiempo. Se ubicó en el primer puesto, concentrado en su computador.
Al salir al descanso, lo abordé: —Nicolas, buen día. Mucho gusto, soy Juan Andrés.
—Buen día, Juan Andrés. Sí, escuché tu presentación y pienso que es lo más patético que he escuchado en mi vida. Eres un loser, un mal ejemplo.
Me quedé inmóvil.
—¿Perdón, Nicolas? ¿Qué me has dicho?, considero que no es para tanto.
—Perdónate a ti mismo. La discapacidad está en tu mente. ¿Cómo puedes considerarte enano si mides 1,40 metros y tienes 13 años? Si te tomas la molestia y buscas en ChatGPT o en cualquier IA, encontrarás cincuenta formas adicionales para crecer diez o veinte centímetros más.
—Con tus palabras solo me diste a entender que estás confundido.
Estás como todos: si supieran que el 99% de los problemas son mentales, creados por nuestra propia mente para sabotear nuestra evolución…
Te saboteas afirmando que tienes una discapacidad que no tienes.
Está en tu imaginación, alimentada por cosas que te han dicho toda tu vida.
Realmente siempre lo que digan no importa, a menos que sea algo realmente valioso.
Nicolas accedió a mi invitación para compartir los alimentos durante el tiempo de descanso, en los límites de la cancha de baloncesto.
Mientras paseábamos, noté que su silla de ruedas estaba muy bien equipada: Tenía una cartera para su portátil, una funda para su libreta, un baúl para sus libros, un compartimiento para su consola de videojuegos y una batería adicional que le permitía moverse automáticamente por los pasillos.
—La silla la compré con las ganancias que recibo por los videos que subo a YouTube.
—¿Eres youtuber? ¡Uf, qué locura! —contesté.
Observé que algunos jóvenes, mientras trataba de empujar la silla sin esfuerzo, lo señalaban como si lo conocieran.
Comencé a cuestionarlo mientras consumíamos nuestros alimentos…
—¿Cuántos videos has cargado en la red? —pregunté.
—Perdí la cuenta, pero creo que ya suman más de 300 —respondió Nicolas.
Me parecía increíble. Un joven con una discapacidad, que hablaba de dinero, redes sociales, de conquistar el mundo. Ya algunas personas lo reconocían por sus videos. Además, tenía los músculos mentales bien trabajados: seguridad, confianza y entusiasmo.
Así pasaron los primeros tres meses. Esperaba a Nicolas en la entrada del colegio, lo abordaba en clase, y al salir a las horas de descanso lo acompañaba a los lados de la cancha de baloncesto, donde le gustaba tomar sus alimentos.
Cada día me maravillaba más con su inteligencia. En una de esas salidas, lo noté angustiado por comer rápido y volver al salón.
—Vámonos al salón. Tengo un proyecto en el que he estado trabajando en mis horas libres y necesito terminarlo para que lo revise mi editor.
—¿Tu editor? ¿Cuál es tu proyecto, Nicolas?
—Es un libro —prosiguió—. Se llama Alfaguara. Es una novela social sobre los procesos de paz en América Latina.
—Eres una maravilla. ¿Estás escribiendo una novela? ¡Qué locura!
—Como lo escuchaste. Es mi proyecto reciente.
No he parado de escribir desde que entré al colegio.
En mi último viaje a Cuba contacté a Feliciano, un joven de la isla.
Me contó la historia de su madre, que es prostituta, y a quien algunos delegados del gobierno le solicitaban sus servicios con frecuencia.
—¿Y eso te motivó a escribir?
—Me motivó el coraje de Feliciano para contarme su historia.
La forma como habla del trabajo de su madre para ganarse la vida y los secretos que ella guarda son invaluables.
Ella no tiene con quién hablar. Para todos sus vecinos, trabaja como mucama en un hotel de Playa del Este.
Pero cada noche, mientras él supuestamente duerme, le cuenta todo.
—Feliciano tiene una oportunidad de vida como la mía: un pequeño detalle en su corazón lo mantiene también en silla de ruedas.