Capítulo III
El llamado de la conciencia
Terminábamos de tomar los vasitos de café cuando oímos que intentaban abrir la reja del edificio de Humanidades.
Alejandro y yo corrimos hacia las ventanas del primer piso para verificar quién intentaba entrar. Mientras nos acercábamos, reconocimos las enérgicas voces de dos mujeres. Alejandro las identificó de inmediato: eran Verónica e Isayo, llamando a la puerta para que les permitieran el paso.
Al verlas, les agradecimos por el oportuno aviso sobre los hombres de gorra que habían saltado la tapia y, sin disimulo, habían entrado al edificio de enfermería buscando a Herminsul.
Para nuestra sorpresa, había una copia de la llave del candado dentro de una gaveta del escritorio del vigilante del edificio.
Esto ayudó a Verónica e Isayo, quienes empujaban la reja con emoción desde el lado contrario. Alejandro abrió la chapa y, entre los tres, halamos la reja con fuerza hasta lograr abrirla, a pesar del atasco causado por la desalineación, el deterioro y la corrosión de sus bisagras.
De repente apareció Ricardo, proveniente de la puerta vehicular donde se presentaba el enfrentamiento. Sin pensarlo y sin pronunciar una sola palabra, entró de inmediato a la sala de profesores —acondicionada como enfermería temporal— para preguntar por el estado de Herminsul.
—¿Cómo está la situación? —preguntó Ricardo, titubeante.
—Creemos que unos policías querían llevarse a Herminsul a la fuerza.
—Creo que es para borrar la evidencia de que ellos iniciaron los disturbios —contestó Peter sin pensar mucho.
—Lo que quieren es negar todo lo que nos han hecho por años. La violencia con que se expresan es terrible. En este momento recuerdo la frase de Bolívar: “Maldito el soldado que apunta su arma contra su pueblo” —agregó Alejandro.
Mientras escuchaba a los líderes de la protesta conjugar sus hipótesis, me quedé callado, recordando lo que minutos antes había escuchado por parte de los insurgentes del edificio de curaciones: “Nos dieron la orden de eliminar al joven herido. Al parecer debe algo, y no debe pasar de hoy”.
—Peter, Alejandro y tú, ven conmigo —dijo Ricardo, señalándome.
Las enfermeras se quedaron junto a Verónica e Isayo, colocando medicamentos en la bolsa de suero, la cual estaba sujetada en una de las puntas del ventilador de techo, ubicado en el centro de la sala.
Entramos a un recinto contiguo a la cocina. Al parecer, era el salón de clases de sistemas, deducción que saqué por la cantidad de computadores alineados en cuatro filas.
—Quiero contarles algo muy particular que hoy me ha dejado anonadado. Pude comprobar una teoría personal que he maquinado desde hace tiempo sobre la manipulación de los medios de comunicación —dijo Ricardo, y prosiguió.
Nosotros aguardamos expectantes mientras comenzaba su relato.
—Cuando estábamos en la protesta y Alejandro acudió a la enfermería para evitar que los infiltrados se llevaran a Herminsul, Verónica e Isayo —quienes siempre andan juntas— impulsaron a algunas personas a prender fuego a otro bus, además de los dos que ya habían sido incinerados.
Ricardo hizo una pausa, tomó aire y bebió un sorbo del café oscuro que habíamos preparado minutos antes.
Prosiguió: —El bus estaba a unos cien metros de la tanqueta que disparó la bala que impactó en el pecho de Herminsul. Se había quedado atascado en el trancón frente a la entrada vehicular de la universidad.
—¡Vamos a quemar más buses! —gritaban con fuerza.
—La verdad, me sorprendió la frialdad de Verónica. Parecía como si lo hubiera planeado desde hace mucho tiempo —afirmó Ricardo.
Ricardo dejó la taza sobre la mesa. El sonido seco del pocillo contra la madera nos hizo levantar la mirada. Algo en él había cambiado: los hombros tensos, la respiración pesada, los ojos cargados de una mezcla de rabia y cansancio. No era el mismo de hacía unos minutos.
—Les voy a decir algo —murmuró, como si necesitara permiso para continuar.
El silencio se apoderó del lugar. Alejandro cruzó los brazos. Peter dejó de mover la pierna. Yo sentí un nudo en la garganta. Ricardo tomó aire, como quien se prepara para soltar una verdad que lleva años guardada.
—Conocí a Verónica desde niña —empezó—. Sus padres vivían cerca de mi casa materna. Y hoy, después de ver lo que hizo, entendí algo que me dolió más de lo que esperaba.
Hizo una pausa. Sus dedos temblaron ligeramente.
—Cuando tenía cinco años, vio todas las narconovelas de moda.
Todas. Amar y Vivir, Perro Amor, El Capo, Rosario Tijeras, Pandillas, Guerra y Paz, El Cartel de los Sapos…
—enumeró con una voz que se quebraba entre la indignación y la tristeza—.
Creció viendo sicarios, patrones, secuestradores, violadores…
y siempre un amor imposible. Esa fue su infancia.
Nos miró uno por uno, como buscando confirmar que no estaba exagerando.
—Y no fue solo ella. Fueron cientos de niños. Hoy ya son adultos. Adultos que creen que la vida es eso: violencia, poder, dinero fácil.
Se inclinó hacia adelante, como si necesitara acercarse a la verdad.
—Las series mostraban sadismo, sevicia, discriminación, racismo, prostitución, sexismo… y nosotros, como zombis, las consumimos sin pestañear. Nos programaron. Nos moldearon. Nos volvieron parte del juego.
El ambiente se volvió denso. Afuera, un carro pasó rápido, pero ninguno de nosotros se movió.
—Y mientras tanto —continuó—, las marcas se peleaban por poner sus comerciales justo después de una escena de horror.
Niños jugando, mujeres aplicándose crema, perfumes, jabones…
¿Saben por qué? Porque después del miedo, el cerebro busca consuelo.
Y ahí entran ellos. Con sus mensajes. Con sus drogas auditivas. Con su programación.
Se llevó la mano al pecho, como si algo le pesara.
—Nos volvimos consumidores compulsivos. Y ellos, más ricos.
Hizo una pausa larga. Tan larga que pensé que había terminado. Pero no.
—Esto no es solo sobre ventas —dijo, con la voz más baja—.
Es sobre control. Sobre violencia. Sobre un sistema que necesita que estemos distraídos, enfermos, vacíos.
Ellos son dueños de todo: música, discotecas, clínicas, farmacéuticas, funerarias…
hasta cementerios. Todo está conectado. Todo es por dinero.
Alejandro tragó saliva. Peter bajó la mirada. Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Ricardo se enderezó. Sus ojos brillaban, no sé si por rabia o por cansancio.
—Además de este plan, desde niños hemos sido instruidos para vivir entre el pasado y el futuro: una disyuntiva constante entre la culpa y las metas.
Culpa por las decisiones tomadas, por lo que dejamos de hacer, por la procrastinación que siempre acompaña a ambas.
Por otro lado, están las metas: conseguir algo, ya sea material o intangible, pero alcanzarlo a toda costa.
Dinero, amor, autos, joyas, lujos que se vuelven cada vez más sofisticados, como la tecnología misma.
Nos mantienen en una carrera interminable.
Cada vez que alcanzamos una meta, sin saber por qué, se vuelve paisaje, y en pocos días ya estamos persiguiendo otra.
Prácticamente olvidamos disfrutar el presente; vivimos en una insatisfacción permanente.
La verdad, un día como hoy me recuerda que lo más importante es el ahora.
Se quedó en silencio unos segundos. Luego habló con una sinceridad que nos desarmó.
—Muchachos… me estoy cansando. Cansando de pelear por causas que no son nuestras, mientras otros están en su casa viendo cualquier pantalla que los distraiga.
Parecemos bobos peleando por causas ajenas, cuando la verdadera pelea es por nosotros mismos.
Por nuestras familias. Por los niños. Para que no caigan en la trampa de la droga, del alcohol, de las distracciones que nos destruyen sin que nos demos cuenta.
Respiró hondo. Muy hondo. Y entonces lo dijo: —Les prometo que esta es la última vez que peleo por las causas del sistema. Desde hoy, peleo por la vida. Por el amor.
El silencio que siguió fue brutal. Nadie se atrevió a hablar.
Ricardo bajó la mirada, como si acabara de soltar un peso que llevaba años cargando. Y entonces lo entendimos: Ese no era un discurso más. Era un punto de quiebre. Un antes y un después. Un momento que cambiaría el rumbo de todo.
—Y lo peor de todo —añadió, casi en un susurro— es que a Verónica e Isayo no les importó ocultar su rostro mientras hacían lo que hicieron. Eso… eso es lo que más me duele.
—Creo que pudieron ser fotografiadas por las cámaras de los periodistas intrépidos —añadió.
De pronto, en medio de la conversación, apareció el vigilante del edificio.
Un poco sofocado, entró sin su uniforme al salón de sistemas, al observar que las luces estaban encendidas.
—¿Qué ha pasado aquí? Por favor, denme una explicación.
Nos mantuvimos en silencio unos segundos, pero casi en coro respondimos: —Estábamos en una protesta pacífica… y nos dispararon.
—No tengan cuidado en contarme. He visto en televisión las imágenes de los edificios de enfermería y Humanidades, repletos de personas —dijo el vigilante.
Berenice entró de inmediato al salón, al haber escuchado algo parecido a una discusión.
—Don Isidro, buena tarde. La marcha pacífica se convirtió en una batalla campal cuando el impacto de la bala de gas pegó en el pecho de Herminsul Leguizamón.
Es un problema tremendo para la Policía Nacional, y ahora quieren borrar la evidencia llevándose a Herminsul, para evitar ser acusados luego.
Fueron ellos quienes comenzaron la revuelta.
—Bueno, espérenme aquí. Ya regreso —concluyó don Isidro.
De inmediato, don Isidro se fue al vestier a ponerse su camisa de guarda de seguridad y retomar sus labores.
Apenas retomó sus actividades, comenzó a retirar a los estudiantes escondidos en el edificio. Entre ellos, sacó a varios de los baños, quienes se estaban lavando la cara para mitigar el ardor y disimular el enrojecimiento de la piel, producido por el gas lacrimógeno.
—¿Ustedes están en la protesta? —preguntó a los jóvenes del baño.
—Por supuesto —respondió uno de ellos.
—Bueno, me parece muy bien que estén peleando por causas justas. Ahora me hacen el favor y desalojan el edificio —concluyó.
Los estudiantes salieron uno tras otro, en dirección al lugar de confrontación.
Don Isidro, como comencé a llamarle, los acompañó mientras salían del edificio de Humanidades, y los siguió con la mirada hasta que se mezclaron con el resto de los manifestantes.
Luego de percatarse de los hechos, pidió hacer una reunión con los líderes de la protesta, a Berenice, Verónica, su amiga Isayo y yo.
Don Isidro comenzó afirmando: —La razón de la entrada de los policías es, sin lugar a duda, la eliminación de toda prueba para evadir cualquier responsabilidad.
Prosiguió, mientras yo lo observaba con atención.
—Quiero decirles que tengo una propuesta para sacar a Herminsul del edificio, sin que nadie se dé cuenta. Ustedes deciden.
Nos extrañamos por lo que acabábamos de escuchar.
—Es por un túnel que va desde este edificio hasta la zona de manejo de residuos sólidos. Allí hay una salida hacia la calle, por donde entran los camiones a diario a recoger la basura —dijo.
—Es la única manera fácil y prudente de sacar a Herminsul de la universidad, puesto que hay varias cámaras apuntando a lo que hagamos en la entrada de este edificio —concluyó.
Varios nos exaltamos, pues se escuchó en el salón algo así como una turba abrumada. Berenice tomó la vocería, por la confianza que tenía con su vecino y viejo amigo Isidro.
—¿Cómo sabes de este túnel y nosotros no teníamos la mínima idea? Ni Yolanda, mi hermana, que lleva doce años como aseadora en esta universidad —y justo en este edificio—, sabe de esto; de lo contrario, me lo habría contado.
Don Isidro respondió: —Soy el único que sabe de esto. Llevo tres años más que tu consagrada hermana Yolanda. Además, tengo un plano que me regaló mi viejo amigo Aldemar, un profesor que se pensionó y, antes de irse a radicarse en París, me lo entregó como un pequeño tesoro.
Los líderes de la protesta se hicieron a un rincón para debatir la propuesta, mientras el resto comentábamos lo peligroso que podría ser la huida por el túnel.
Alejandro dijo: —Isidro, a todos nos parece genial tu idea. Esta es la única salida que tenemos, compañeros. Pero hay algo que no entendemos: ¿cómo vamos a salir si la universidad tiene un millón de metros cuadrados?
—Lo pensé antes de decirlo. Les aclaro: es la única posibilidad que veo.
La revuelta durará solo unas seis horas más.
Luego comenzarán a apagarse las energías y se perderá el terreno ganado por los manifestantes.
A partir de allí, la Policía Nacional entrará con toda su fuerza a la universidad y vendrán a buscarnos —aclaró Isidro.
—Además, ya son las 5:30 p.m. y está cayendo el sol. Podremos movilizarnos por el túnel, pero con lentitud —continuó.
—La idea sería que algunos nos quedemos en el edificio y que solo cinco personas acompañen a Herminsul hasta el depósito de basura. Cuatro llevarán la camilla —dijo Ricardo.
—Es unánime entonces —dijo Peter.
—La decisión está tomada y punto. Nos quedaremos algunos aquí para darles tiempo de llegar al objetivo.
Peter concluyó: —Entonces se alistan para entrar en el túnel: Berenice, la Choco (la otra enfermera de turno), Verónica, Alejandro, Isidro y el Enano.
De pronto, todos se quedaron observándome. Me sonrojé. Haber sido elegido me tomó por sorpresa. Hacía minutos era un total desentendido de estas situaciones, y ahora me embarcaba en una tarea de suma relevancia.
Verdaderamente, era importante para mí.