SOY Capítulo II #2
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Capítulo II #2

—Nací en cautiverio, en los cuarteles del ESMAD en Santiago de Cali.

Mi madre, Victoria Cifuentes, estando en estado de embarazo y a pocas horas de dar a luz, fue apresada a las afueras de la Universidad del Valle.

Ella cursaba su carrera de Ciencias Políticas, donde se hizo activista por los derechos humanos y dirigente política, militante de la agrupación Fuerza Patria.

Victoria, el 16 de marzo de 1994, al salir de clase, se dirigía a la puerta peatonal de la universidad.

Pasó por la entrada de la facultad de Ciencias y, mientras se acercaba a este edificio, vio a un grupo de personas reunidas en medio de la oscuridad.

La luna de esa noche brillaba de tal manera que le permitió observar que entre el grupo había encapuchados escuchando música de Facundo Cabral.

Esto la asustó mucho, por lo que aceleró el paso buscando la salida.

Cuando cruzó la puerta peatonal, en medio de su avanzado estado de embarazo —ya cerca de la semana cuarenta de gestación— sintió cierto alivio al pensar que había superado el inesperado encuentro.

Como de costumbre, se sentó en la silla del paradero del bus, pues su condición no le permitía permanecer mucho tiempo de pie.

Al instante de haberse sentado, se vio rodeada por personas encapuchadas que agitaban banderas con la imagen de un grupo subversivo, en un vaivén impredecible.

Victoria se sintió atemorizada al verse inmiscuida entre aquellos que había visto minutos antes.

Los hombres entonaban una canción de protesta social. Mientras tanto, las mujeres servían un licor en cajitas moradas con uvas pintadas en el centro y un letrero amarillo que resplandecía bajo la luz lunar: “El exceso de alcohol es perjudicial para la salud”.

Victoria intentó ponerse de pie, pero la cantidad de personas aumentó de forma exponencial, impidiéndole moverse.

Al instante, un camión se detuvo de manera estrepitosa frente al paradero. De su interior saltaron policías que capturaron a la mayor cantidad de personas posible, entre ellas a mi madre, por estar rodeada por los inconformes.

Pocos minutos después, mi padre Samuel —mecánico automotriz de profesión— se bajó del bus en el lugar donde acostumbraba a esperar a Victoria. Pero esta vez, sin suerte. Esperó por largo tiempo, hasta que se acercó a la garita del vigilante para preguntar por su esposa.

Mi madre siempre le reprochó lo ocurrido. Según su versión, todo se debió a que él no llegó a tiempo a recogerla.

Aquella noche en el cuartel quedó para siempre en el recuerdo de mi madre, por las condiciones infrahumanas durante el parto, atendido por los mismos policías que minutos antes la habían detenido.

Haciendo una pausa, Alejandro prosiguió: —Debido a esto y a otras experiencias, tuve una imagen de familia no muy ejemplar. Mi padre se refugió en el alcohol tras su error. Eso decía él, justificándose.

Perdió el control total de sus actos y, ante el reclamo constante de mi madre, su única respuesta era una combinación de maltrato psicológico y físico.

Algunos fines de semana, recuerdo de niño que, con miedo, esperaba en silencio la madrugada.

Escuchaba desde mi cama el taxi que lo dejaba dos calles más abajo.

Imaginaba cómo caminaba prendido de las barandas de las rejas de los vecinos.

Escuchaba cada paso, sentía el arrítmico vaivén de su caminar, producto de los mareos nauseabundos por la mezcla de alcohol.

En la puerta de la casa, buscaba entre sus llaves y seleccionaba al azar la que abría la puerta.

Imaginaba cómo lograba enclavarla en la chapa con dificultad, cómo giraba la mano hasta dar el clic que abría la puerta.

La empujaba y levantaba los brazos en señal de triunfo, como un corredor que llega a la meta y ve al réferi pavoneando la bandera a cuadros.

—¡Ay, carajo, casi que no llego! —gritaba siempre con vozarrón fuerte, y luego se sentaba en el sillón frente a la puerta.

Mi madre lo esperó muchas veces con el sartén en la mano, el molinillo, una taza chocolatera, un jarrón, una lámpara de mesa, pepinos, plátanos verdes, y una vez hasta un bafle de computador. Cada arma de defensa era estudiada y bien seleccionada mientras preparaba los alimentos cada día.

Esta actitud, sumada a algún reclamo adicional, provocaba a mi padre, permitiéndole justificar una serie de golpes tirados al azar, que solo cesaban cuando él se quedaba dormido.

Recuerdo claramente cómo mi madre, todas las mañanas de cada fin de semana, se colocaba rodajas de papa por 45 minutos para disimular entre las vecinas los moretones y hematomas de la noche anterior.

—Prometí no cometer los mismos errores de mi padre —concluyó Alejandro.

Pensé, mientras lo escuchaba, que Samuel había sido un mal ejemplo. Junto a Victoria permitieron que los conflictos los acompañaran toda la vida.

Nunca supieron remediar sus problemas. Samuel no imaginaba el daño que le hacía a su esposa y a su hijo.

Alejandro vivió todo aquello que un niño no debería.

En vez de formarse en valores, convivió con lo opuesto: irrespeto, injusticia, intolerancia, traición, egoísmo, irresponsabilidad e indiferencia.

Le dije: —Alejandro, considero que el problema de la sociedad de hoy es la proliferación de antivalores, sumado a la ineficacia en los procesos de comunicación.

Nos comunicamos mal en la familia, entre padres e hijos, entre hermanos.

Es un problema agudo y cada vez está peor.

Lo digo con franqueza: nos comunicamos mal con nosotros mismos y con los demás.

Son dos conclusiones que puedo resaltar de tu historia.

Continué: —Percibo cierta rabia cuando hablas de tu padre, y considero que aquello que no eres capaz de aceptar es la causa de tu sufrimiento. Por eso, lo mejor es perdonar. Al final, es de grandes hombres hacerlo.

—Alejandro, si sanas al niño a través del perdón, nacerá un nuevo hombre.

—Y cuando lo hagas, iniciará el proceso de sanación de tu corazón. Así podrás recobrar tu paz interior, y la inconformidad que te caracteriza cesará. Esto es tan importante que me atrevería a decir que es la cura para muchas enfermedades. Tan simple como suena: per-do-nar.

Alejandro asintió y comentó sin pensar: —¿Cómo es que un joven como tú habla de estas cosas? ¿Acaso eres estudiante de la universidad?

Respondí: —No creas todo lo que escuchas, solo si viene de personas transparentes. Y a tu pregunta sobre la universidad, aún no he entrado. Estoy en el último año de bachillerato y soy parte de la cantera sub-17, del equipo de fútbol de la universidad.

Hubo una pausa y decidimos regresar a la sala de profesores con la jarra de café bien cargado y caliente.

Al llegar, encontramos a la enfermera jefe Berenice discutiendo a todo pulmón, en un estado de alteración incontrolable.

—¡Esta guerra sucia tiene que acabar! Qué tal que una de esas balas hubiera alcanzado a alguno de nosotros. ¿Qué sería de nuestras familias y de nuestros hijos? —afirmaba a gritos, llorando.

Descalificó a las personas que habían entrado disparando al edificio de enfermería.

Alejandro y Peter, el otro líder de la protesta, se abalanzaron para consolarla, mientras yo servía los vasitos de café bien oscuro, producto del mal cálculo en la dosificación del agua.