SOY Capítulo II
7%

Capítulo II

Raíces que sostienen

Una de las corpulentas enfermeras bajó del segundo piso, donde tenían en observación a Herminsul, y se dirigió a la puerta del edificio para dar su dictamen: —Herminsul se encuentra estable.

Por favor, les pido que se calmen todos.

Por fortuna lo han traído a tiempo para su atención.

Apenas abran paso en la zona vehicular, podrá entrar la ambulancia para llevarlo al Hospital Universitario del Valle.

En ese momento presentí que podía estar en problemas. Además, los noticieros ya deberían estar proyectando las imágenes de la revuelta, por lo que debía avisar en casa para disminuir la preocupación que pudiese estar generando mi ausencia.

Me colé entre la reja y la multitud abrumada en la puerta del edificio de enfermería, donde estaba Herminsul, para acceder al interior en búsqueda de un teléfono y así poder comunicarme con mi madre.

Ello, porque mi familia había optado por prohibirme llevar el celular a los entrenamientos de fútbol.

Al entrar sigilosamente al edificio logré subir al segundo, luego al tercer, cuarto y último piso del edificio, descolgando cada uno de los aparatos telefónicos que me encontré a mi paso, pero todos estaban sin tono.

Bajé rápidamente las escaleras buscando la salida, pero al llegar a la puerta principal, esta ya había sido cerrada. El líder de la protesta que portaba el megáfono había convocado a todos a retirarse e ir a apoyar la revuelta en la entrada vehicular de la universidad.

Estando allí, en el primer piso, me encontré con una de las enfermeras, quien me gritó en tono enérgico: —¿Qué estás haciendo aquí en este edificio? No estás autorizado para estar aquí, y menos en esta situación.

Prosiguió la enfermera, cuyo nombre era Berenice, según el carné de identificación que colgaba al lado izquierdo de su pecho: —Hemos dado la orden de que se retiren todas las personas.

—Disculpe, señora, no fue mi intención. Yo estaba buscando una línea telefónica para llamar a mi casa. Subí por cada uno de los pisos, entré a cada oficina, descolgué los teléfonos… y por eso estoy aquí. Eso es todo. Ya me voy —contesté sin pensar mucho.

—¿Eres del equipo de fútbol de los jóvenes?

—Sí, señora.

Al terminar mis palabras, escuchamos el estruendo de dos tiros que impactaron en la puerta de la reja de entrada del servicio de enfermería.

Despavoridos y espantados, nos tomamos de las manos con la fornida enfermera.

—Al parecer alguien quiere entrar al edificio y no le importa la forma de hacerlo —dijo Berenice.

—¡Vamos! Miremos por la ventana del segundo piso —comentó ella, en tono nervioso, un poco apurada.

Entramos a la habitación donde se encontraba Herminsul, ya canalizado y recostado en una cama.

La otra enfermera se persignaba con constancia, luego de escuchar los tiros, dejando encima del pecho los elementos del proceso de curación del herido.

—¡Miremos por la ventana! —gritó con fuerza Berenice.

Cuidadosamente nos dirigimos a la ventana para tratar de ver lo que ocurría afuera y quiénes eran los responsables de los disparos que habíamos escuchado minutos antes.

Mientras nos acercábamos, un nuevo tiro entró justo por la ventana por la que pretendíamos mirar.

Al instante, frente a nuestras caras, vimos cómo volaban esquirlas de vidrio sobre nuestros rostros.

—¡Ay, Dios mío! ¡Nos disparan! —dijo Berenice con más fuerza.

Prosiguió asustada: —¡Tirémonos al suelo!

En medio del susto, junto a las enfermeras envolvimos a Herminsul con las sábanas llenas de vidrios y lo bajamos de la cama con el fin de protegerlo.

—Subámoslo al cuarto piso y lo pasamos al edificio de Humanidades, que está aquí enseguida —dijo Berenice con voz fuerte y decidida.

—¿Pero por dónde? —respondí afanado.

—Allá arriba hay un puente que conecta los dos edificios —contestó sin titubear.

Hicimos lo que dijo la enfermera jefa.

Las estrechas y empinadas escaleras, a pesar de mi corta estatura, no permitían el paso de los tres al tiempo, por lo que las enfermeras sugirieron que me hiciera a un lado para poder subir a Herminsul a la terraza.

Justo en ese momento pensé que tal vez los líderes de la protesta podrían protegernos. Así que me dispuse a bajar al piso anterior.

De pronto escuché a dos personas gritar en tono desafiante: —¡Herminsul, Herminsul!

—¡Herminsul!

—Sabemos que está aquí. Nos enviaron a protegerlo y a llevarlo de regreso.

El otro concluyó en tono más discreto: —Nos dieron la orden de eliminar al joven herido, al parecer debe algo y no debe pasar de hoy.

Entonces me detuve a pensar bien en lo que debía hacer. Pude observar el estante ubicado junto a la escalera que comunicaba el segundo con el tercer piso. Lo tiré al suelo rápidamente para impedir su avance.

Al escuchar el fuerte estruendo de la caída de las decenas de libros y el choque de algunos cajones contra la pared, los mercenarios corrieron con rapidez, advirtiendo que alguien había bloqueado el camino que los llevaría a su objetivo.

Corrí en busca de las enfermeras y Herminsul.

De inmediato subimos al cuarto y último piso para pasar al edificio contiguo.

Mientras tanto, a las afueras de la entrada vehicular de la universidad, donde se libraba la batalla campal, dos jóvenes corrían de manera apresurada buscando a los líderes de la protesta.

—¡Alejandro, Alejandro! —gritó una estudiante de la facultad de humanidades.

Alejandro, a pesar del bullicio y en medio de las explosiones de las papas bomba, escuchó a alguien que lo llamaba con urgencia.

—¡Al parecer me necesitan, Ricardo! Voy a ver qué pasa —gritó Alejandro en medio de la muchedumbre, mientras se escabullía, cubriendo su cabeza para no ser impactado por una piedra u otro objeto, de esos que se construyen con altos estándares de calidad.

—Isayo y yo vimos cuando dos hombres de gorra saltaron la tapia contigua al edificio del servicio de enfermería y se dirigieron a él.

Los seguimos, y uno de ellos sacó un arma y disparó en la reja, primero en dos ocasiones y luego una vez más, apuntando hacia la ventana del segundo piso —dijo Verónica agitada.

—¿Hace cuánto fue eso? —preguntó Alejandro, mientras se abría paso entre la multitud hacia el edificio de enfermería.

—Hace dos minutos aproximados —respondió Verónica.

Al instante, Alejandro saltó enfurecido, maniobrando con dificultad el megáfono que portaba desde que comenzó a repartir los panfletos en la entrada de la universidad.

—¡Por favor, no más! ¡Queremos la paz! —gritó por medio del dispositivo, mientras corría apresurado.

Alejandro prosiguió haciendo un gran esfuerzo para poder hablar, debido a la inflamación de su aparato respiratorio: —¡La policía nos está disparando! —gritaba mientras corría.

Llamó de prisa a algunos de sus compañeros manifestantes para contar lo ocurrido.

Esto desató la ira de los estudiantes, quienes, en forma de venganza, decidieron subirse sobre una de las tanquetas para prenderle fuego.

Corrió Alejandro, acompañado de aproximadamente quince personas, hacia el “edificio de las curaciones”, como era conocido. Al llegar, pudo notar que las rejas estaban abiertas. Alguien las había forzado, pues las bisagras se veían desajustadas.

—¡Corramos hacia el segundo piso! —ordenó Alejandro en tono fuerte y acalorado.

De pronto se encontró de frente con uno de los intrusos, quien traía consigo su arma.

Cara a cara se encontraron, y de inmediato procedieron a forcejear, mientras el resto de los estudiantes se toparon con el segundo mercenario. Se escuchó un disparo, que impactó por fortuna a un lado de la humanidad de Alejandro.

El intruso que lo atacó se levantó del suelo, donde lo dejó el retroceso de la pistola luego del disparo, y le dijo: —Vinimos por Herminsul. No se entrometan, que les puede ir mal.

Alejandro contestó: —Pues nos vas a tener que matar a todos. Vos de aquí no te llevas a nadie.

De repente se formó una fuerte algarabía. Estaban los dos intrusos y los estudiantes discutiendo.

—Bueno, nos vamos, pero volveremos por Herminsul —dijo el que portaba el arma desenfundada.

Y así salieron del edificio, mezclándose entre los demás estudiantes que iban y venían desde el campo de batalla.

Mientras tanto, yo, escondido detrás del taburete ubicado entre las escaleras del tercer piso, lo había escuchado todo.

De inmediato grité: —¡Muchachos, vengan por acá!

Ellos se dirigieron al piso superior, pero el estante empotrado entre el segundo y tercer piso los detuvo.

—¿Qué pasó con Herminsul? —preguntó Alejandro.

—Las enfermeras han llevado al herido al edificio de al lado, cruzando el puente que está en el último piso.

Proseguí: —Nos estaban disparando.

—Debí imaginarme que la policía intentaría venir por Herminsul —dijo.

Procedí a quitar los cajones e intentar bajarle el peso. Seguidamente empujé el escaparate, haciendo presión con mis piernas, hasta desempotrar el rústico y pesado estante de madera de la escalera, para poder permitir el paso de los líderes de la protesta.

De inmediato subimos al cuarto y último piso, para pasar al edificio colindante.

Bajamos por las escaleras hasta el primer piso del edificio de Humanidades, donde se encontraban las enfermeras, reponiéndose del cansancio que les había generado el traslado del paciente.

Alejandro se acercó a mí y, en voz muy baja, me dijo al oído: —Acompáñame, vamos a la cocina a preparar tinto para todos.

Asentí con la cabeza, mientras me disponía a acompañarlo.

Así, avanzamos con disposición de conversar.

—¿De dónde viene todo tu ímpetu y el inconformismo que te caracteriza? —le pregunté.

—¿Quieres escuchar la historia? Te la voy a contar —me confirmó Alejandro.

Procedió a contarme la historia de su vida mientras lavábamos los trastes de la cocina y preparábamos los ingredientes para el café.