SOY Capítulo I
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Por Cesar Salinas

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Capítulo I

Barahúnda

Algunos estudiantes de la Universidad del Valle se encontraban en la entrada vehicular, junto a una tanqueta de la policía, entonando cánticos alusivos a la protesta del paro agrario, motivado por el desabastecimiento de alimentos, producto del alza en los impuestos a los combustibles.

La mayoría de los manifestantes agitaban pañuelos blancos.

Algunos hombres portaban boinas rojas y camisetas estampadas con la imagen del Che Guevara y Fidel Castro abrazados, fumando habanos; otros estaban sin camisa.

Las mujeres que acompañaban la barahúnda vestían faldas largas; otras, shorts y sandalias.

Por lo regular, llevaban morrales de hilo donde guardaban sus libros, lapiceros, algunas monedas y los artículos de aseo.

Todos cantaban a una sola voz: —¡Queremos un país sin desigualdad, sin clasismo ni racismo, unidos por la paz!

—¡No callaremos más! —afirmaba uno de los líderes a todo volumen, con la ayuda de un megáfono.

Este portaba un morral de hilo, terciado a la espalda, del que sobresalían algunos panfletos que le habían sobrado de la repartición hecha minutos antes, entre los transeúntes y espectadores curiosos que pasaban por la entrada peatonal.

En la universidad había sido testigo de varias protestas.

Siempre echaba una mirada y me iba para casa, pues no me gustaban las revueltas.

Mi padre había logrado, con mucho esfuerzo, pagarme la mensualidad para que pudiera entrenar en el equipo de fútbol de la universidad.

Gracias a mi dedicación y capacidad, había logrado entrar a la selección sub-17, donde conseguí cautivar a mi entrenador, quien me premió otorgándome la camiseta número 10, que llevaba puesta desde hacía un par de meses.

A mi modo de ver la situación, esta me parecía una protesta pacífica, con sentido, hecha por un puñado de estudiantes que representaban al pueblo, buscando hacer eco ante los gobernantes.

—¡Que se haga la paz! —perifoneaba el hombre de los panfletos.

—¡Hagamos la paz! Necesitamos paz en este país, para que nuestros campesinos puedan ir a cultivar sus tierras —afirmaba, gritando hasta aturdir a los manifestantes.

—«La paz no es una meta; es el camino para ser mejores», decía Gandhi —prosiguió.

—Dios, te pido la paz —concluyó el hombre, ya con la voz ronca.

—¡Amén! —respondieron los manifestantes en su mayoría, como si estuvieran cerrando una oratoria.

En un abrir y cerrar de ojos, la tanqueta que custodiaba la protesta hizo un movimiento brusco hacia uno de sus lados, lo que ocasionó un fuerte estruendo por la fricción de los rodamientos desgastados. Esto hizo que las personas alrededor corrieran despavoridas en un intento por evacuar el lugar.

Al mismo tiempo, del cañón de la tanqueta salió una bala con gas lacrimógeno que impactó en el pecho de un estudiante que estaba a unos tres metros de distancia de donde me encontraba.

Herminsul, como supe luego que se llamaba, cayó al suelo. Los libros y el maletín que portaba se dispersaron en el piso. Acto seguido, un hilo de sangre brotó de su pecho, por encima de la camiseta blanca que llevaba puesta.

Los estudiantes que estaban cerca reaccionaron de inmediato. Se abalanzaron sobre él y lo alzaron en hombros para llevarlo al edificio donde se ubicaba la enfermería de la universidad.

El objeto que impactó a Herminsul había sido fabricado en Indumil (Industria Militar Colombiana), bajo rigurosos controles de calidad.

Fue montado en el tambor del cañón por un hombre que tenía rabia contra el mundo: problemas en su trabajo, con su jefe, sus compañeros de pelotón, su familia, sus vecinos, y hasta con su amante, quien vivía inconforme por el poco tiempo que él le dedicaba.

El dragoneante besó la punta del proyectil antes de lanzarlo.

El proyectil de aluminio contenía gas lacrimógeno y era usado para el control de disturbios por la policía.

La bala recorrió el cañón, rozó y peleó contra el viento hasta detenerse en el pecho del estudiante, quien era el orgullo de su familia por sus calificaciones, su comportamiento y sus ganas de salir adelante.

Todos comenzaron a correr como locos.

Mientras los manifestantes trasladaban con dificultad al herido, el resto de los incautos que presenciamos este acto de barbarie, llenos de impotencia, corrimos en contra de la dirección del viento para evitar la inhalación e irritación que producía el gas picante que fluía de la cápsula que había impactado a Herminsul.

La protesta cambió. Pasó de ser un escenario donde hacía pocos instantes se cantaba a la paz, invocando el amor y la igualdad, a convertirse en una batalla campal.

Todos los que agitaban sus pañuelos blancos hasta hace unos minutos encapucharon sus rostros, buscando evitar la identificación ante las fechorías que estaban dispuestos a iniciar luego del acto violento del que habían sido testigos.

Empecé a correr y noté que me asfixiaba por el afán que llevaba. Lloraba de rabia, me sentía impotente, con poca hombría. Me reprochaba no haber ayudado al estudiante herido.

De pronto, algunas personas —estudiantes en su mayoría— corrían en dirección opuesta a la mía, gritando: —¡Están en la puerta peatonal! —y señalaban por donde pretendía salir.

—¡La policía! —gritó desesperado un descamisado.

—¡Están subiendo a los estudiantes a un camión! —dijo el escuálido.

Me detuve a observar el mejor lugar para escabullirme de allí, pero todo a mi alrededor era un completo desorden. Me percaté de los peligros a los que estaba expuesto en ese momento.

Mi corazón estaba acelerado, mi respiración cada vez más fuerte. Me sentía agitado y mis manos sudaban frío.

Me dirigí hacia otra salida de la universidad. En el camino noté que la cantidad de personas en el frente de batalla había aumentado. Observé a algunos profesores, aseadores, jardineros, vigilantes y hasta compañeros de la escuela de fútbol; todos corrían en dirección al campo de batalla.

De nuevo me detuve al lado de un árbol para observar claramente el panorama. Todos corrían de un lado a otro, como en un nido de hormigas.

Sentía mi cuerpo empapado de sudor. Traía puesta una pantaloneta larga de jean, doble camiseta gris y unos converse blancos que me había regalado mi madre apenas unos días antes. Llevaba mis guayos nuevos y la ropa de entrenar en un maletín heredado de un tío que ya no lo utilizaba.

Observé, por entre las rejas, mucho movimiento hacia las afueras de la universidad.

Había ambulancias con las sirenas encendidas, carros de bomberos tratando de sofocar el fuego que se propagaba rápidamente y consumía dos buses que los estudiantes habían incendiado hacía solo unos segundos, después del impacto de la bala sobre Herminsul.

Vi además al cuerpo policial tratando de controlar la multitud, y al personal médico descendiendo de las ambulancias recién llegadas al lugar.

En el lugar ya había fotógrafos profesionales, algunas personas haciendo videos y periodistas que se agolpaban uno tras otro detrás de las barreras y mamparas que los aislaban de las piedras, los gases, las tablas de los pupitres, vidrios de botellas despicadas, bandejas metálicas, cucharas de servir el caldo y todos los cubiertos de la cocina de la cafetería central de la universidad, la cual había sido asaltada minutos antes del inicio de la protesta.

Todos los periodistas trataban de conseguir la noticia de última hora; los fotógrafos buscaban el mejor ángulo, la mejor foto, con el amarillismo que caracteriza este tipo de actos, arriesgando no solo sus vidas, sino también la de los policías que estaban dispuestos a defenderlos.

Pude darme cuenta de que todos los fotógrafos y los celulares de los universitarios que estaban filmando cada detalle del evento, apuntaban con sus lentes hacia un mismo lugar.

Allí estaba, encima de la tanqueta que había disparado el proyectil que hirió a Herminsul, un estudiante de la universidad.

Alcancé a divisar la silueta de un joven descamisado, con su morral de hilo terciado y el rostro encapuchado.

Traía consigo un palo grueso de madera de pino, con el que golpeaba el cañón tan fuerte que, en cada azote, saltaban trozos de madera y astillas que se esparcían por todo el frente de la tanqueta.

Me había quedado hipnotizado viendo lo que ocurría.

Mientras él estaba sobre la tanqueta, desaforando toda su ira, cientos de personas lanzaban piedras, ladrillos, palos, botellas de vidrio y cuanto elemento pudieran arrojar…

, con el fin de escudar al valiente muchacho de cualquier policía que pudiera acercarse y retenerlo.

Al contagiarme de tal valentía, tomé la decisión de adelantarme un poco más hacia el campo de batalla para ver mejor.

Con cautela seguí avanzando, medio acurrucado, buscando aire fresco bajo la gran nube de gas lacrimógeno que se hacía más densa.

Me escondía detrás de cada árbol, cubriéndome de las piedras y demás objetos que iban y venían de lado a lado por parte de los estudiantes, trabajadores encapuchados, aseadores, jardineros, algunos osados compañeros de entrenamiento y la policía.

Sentí que no podría salir de la universidad en ese momento, por lo que decidí ir a ver cómo estaba el estudiante en la enfermería.

Corrí tan rápido como pude.

Al llegar al lugar me encontré con un escenario desolador.

Los estudiantes lloraban y gritaban con fuerza.

—¡Asesinos, asesinos! —gritaban en coro.

—¡Asesinos, asesinos!

—¡Lo tendrán que pagar! —vociferaba en tono enérgico el hombre del megáfono, quien para ese momento hacía un esfuerzo descomunal por pronunciar cada frase.

Los gases ya habían resecado sus cuerdas vocales y le habían dejado toda la garganta enrojecida, con las venas hinchadas y pronunciadas alrededor del cuello.

Había una gran multitud frente a la reja que comunicaba con la entrada del edificio de enfermería, esperando el reporte de las enfermeras robustas, a quienes todos les teníamos miedo cuando nos inyectaban en aquellas extenuantes jornadas de vacunación, incluso a los integrantes del equipo de fútbol.

De pronto, los líderes de la protesta llegaron a la enfermería.

Todos ellos tenían rasgos y características similares: se parecían en lo escuálidos, usaban pelo largo, chiva, pantalones rotos, converse o sandalias.

Dos de los cabecillas pidieron abrir la reja para entrar al pasillo de la enfermería y así poder preguntar por la suerte de Herminsul.

“No sabía si Herminsul viviría, pero algo en mí ya había cambiado para siempre.”