Capítulo 20
Maya
El sofá de terciopelo gris seguía en el mismo sitio, junto a la mesita con tres tazas vacías y un jarrón de lirios blancos, bajo unos focos que me caían encima con el mismo peso de una losa tibia.
Había un técnico nuevo, de dedos más cálidos, que me colocó el micrófono en la solapa sin rozarme el pecho.
Había una maquilladora distinta, que me preguntó si quería un toque de color en los pómulos y me hizo reír cuando le dije que ya me lo iba a poner el nervio.
Y había, a mi lado, con una camisa gris que le conocía de memoria, un hombre que movía la rodilla derecha a toda velocidad y que no dejaba de mirarme la mano.
—Estás nervioso —dije.
—No.
—Te tiembla la pierna.
—Es una tos.
—Una tos en la pierna.
—Es una afección rara.
Le cogí la mano. Se la apreté. Liam dejó de mover la rodilla y me miró con aquella sonrisa torcida que en un año no había perdido ni un gramo de poder.
—Gracias —murmuró.
—No hay de qué.
—Hace un año tú me apretaste la mano en este mismo sofá.
—Y tú me dijiste que lo de comprar la mercancía defectuosa no estaba ensayado.
—Y no lo estaba.
—Lo sé.
—Maya.
—Dime.
—¿Qué número saldría hoy?
Me reí. Una risa corta, tonta, de las que se me escapaban cada vez con más facilidad desde hacía doce meses.
Ya sabía el número. Lo había calculado una noche de agosto, con un vaso de vino y el portátil sobre las rodillas, sin decírselo a nadie, y había guardado la captura en una carpeta que se llamaba «recibos».
Noventa y tres coma uno. Me lo quedé mirando un rato, con una sensación extraña, entre la ternura y la burla.
Después cerré el ordenador y me fui a la cama, a un lado de una cama donde alguien respiraba despacio, y pensé que el modelo base no se equivocaba nunca, pero que tampoco hacía falta que supiera tanto.
—Ya te lo diré —contesté.
—¿Cuándo?
—Cuando sea el momento.
—Qué misteriosa.
—Tengo mis recursos.
—En directo en tres, dos...
Tamsin Rourke apareció sentada en su sillón, con un traje de chaqueta verde botella, el pelo rubio un poco más largo y los mismos ojos de cirujana, aunque algo había cambiado en su sonrisa. Llegaba ahora hasta arriba, hasta los pómulos y más allá, con una soltura que antes no tenía.
—Buenos días, Bahía —dijo, mirando a cámara—.
Hoy tenemos una cita pendiente. Hace un año, en este mismo sofá, dos personas aseguraron que volverían a sentarse aquí para contarnos cómo les había ido.
Muchos pensaron que era una frase de guion.
Yo, que llevo veinte años en esto, me atreví a creerlos.
Con ustedes, Maya Ferreira y Liam Hargrove.
—Buenos días —dijimos a la vez.
Nos reímos. La luz roja de la cámara parpadeó.
—Y bien —dijo Tamsin—. ¿Cómo les ha ido?
Nos miramos. Y yo comprendí, con una claridad extraña, que no sabía por dónde empezar.
Un año. Doce meses que cabían en tres palabras y en tres mil.
Desmond Achterberg sentado en una sala federal con las manos esposadas por delante, delante de un juez que le leía veintiséis cargos por fraude de valores.
La empresa, rebautizada con otro nombre, en manos de un administrador judicial que había reducido plantilla, cerrado el Índice de Afinidad y devuelto a catorce millones de usuarios el importe de sus suscripciones.
Una indemnización colectiva que algunos, entre ellos una anciana llamada Dorothea, habían gastado en galletas.
Colette Brisbane absuelta de toda responsabilidad, con una carta de agradecimiento de la comisión y un puesto nuevo, en una fundación de ayuda a denunciantes.
Ravi con una hija que se llamaba Anika y que a los tres meses ya sabía reírse de la gente.
Imogen y Corinne, juntas en una casita de Portland que olía a pan.
Walt, que no fue despedido, sino ascendido, con un cargo nuevo que consistía en no hacer nada más que saludar a todo el que cruzaba la puerta.
—Nos ha ido bien —dije, al fin.
—Define «bien».
—Nos hemos mudado juntos. Compartimos un apartamento pequeño con una pizarra enorme, una lavandería debajo y un gato que nos juzga a los dos.
—Pomelo —dijo Tamsin.
—Pomelo. Sigue sin querer a nadie. Y me ha elegido a mí.
—Traidor —dijo Liam.
—Y Liam ha vuelto a escribir. —Le miré—. Cuéntalo tú.
—Harlan Voss me ha readmitido —dijo Liam, con una sonrisa que no pudo evitar—.
Con una columna semanal que se llama «Lo que vi».
Y he publicado un libro. Se titula «Una mercancía defectuosa» y cuenta, con más detalle del que querrían, lo que pasó.
Billie lo ha editado. Dice que es lo mejor que he escrito y que el título es horrible.
—Es un título espléndido —dijo Tamsin—. ¿Y usted, Maya?
—Imogen y yo hemos montado una cosa. —Sentí que me ardían las mejillas—.
Un servicio pequeño, sin ánimo de lucro, para ayudar a la gente a encontrarse.
Sin números mágicos. Sin capa de ajuste.
Usamos el modelo base, el limpio, el que funcionaba, con todo el código abierto, para que cualquiera pueda mirar cómo funciona.
No decimos a nadie que está destinado a nadie.
Solo les damos una pista. Un «quizá os caigáis bien». El resto lo ponen ellos.
—¿Cómo se llama?
—«Quizá».
—Es un nombre muy bonito.
—Era «Pomelo». Pero Liam puso el veto.
—Nunca habría dicho tal cosa —protestó Liam.
—Hay un acta.
—No hay ningún acta.
—Hay un correo.
La sala rió. Tamsin se llevó un dedo a los labios para contener una sonrisa. Y entonces su expresión cambió, una sombra pasó sobre sus ojos, y preguntó con una voz más baja, más honda:
—Una última pregunta. La que no está en el guion.
—Siempre hay una —dijo Liam.
—Siempre. —Tamsin se inclinó hacia delante—. Hace un año, ante cuatro millones de personas, usted dijo que el amor era una mercancía defectuosa. Y que ella era la primera persona que le había hecho querer comprarla. ¿Sigue pensando lo mismo?
Liam se quedó en silencio. Un segundo. Dos. Se pasó la mano por el pelo. Me miró. Yo lo miré a él.
—No —dijo.
Se me paró el corazón.
—He cambiado de opinión —continuó—. Ya no creo que sea una mercancía. Ni defectuosa. Creo que es otra cosa. No sé cómo se llama. Es lo que ocurre cuando alguien te pregunta «¿puedo?» cada mañana, durante un año, y tú descubres que cada mañana quieres contestar que sí.
Tamsin sonreía. Yo sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Liam, a mi lado, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.
—Y tengo una pregunta —dijo—. Que tampoco está en el guion.
—Liam —dije.
—Maya.
—Estamos en directo.
—Lo sé. —Sacó una cajita pequeña, de terciopelo azul oscuro.
La sostuvo con las dos manos, y le temblaban—.
Llevo semanas ensayando delante del gato.
Pomelo me ha dicho que no. Pero yo le he ignorado.
—Se le quebró la voz—. Eres la persona más obstinada, más lista y más ridícula que conozco.
Me has enseñado que se puede creer en algo y no ser un idiota.
Y quiero pasar el resto de mi vida preguntándote cosas.
¿Quieres casarte conmigo? Con temporizador, si hace falta.
Me quedé inmóvil. Miré la cajita. Miré su rostro, desencajado, húmedo, hermoso. Miré a Tamsin, que se había llevado una mano a la boca. Miré la luz roja. Un millón de personas, tres, cuatro, ya no importaba.
—¿Puedo preguntarte una cosa antes? —dije.
—Lo que quieras.
—¿Lo has decidido tú solo?
—Lo he consultado con Billie, con Noor, con tu madre y con Octavia. No he consultado con el gato porque ya te he dicho que...
—¿Y con tu madre?
—También.
—¿Y qué ha dicho Dolores?
—Que tardaba.
Solté una carcajada que se me quebró en el pecho. Me tapé la cara con las manos. Cuando las bajé, ya no podía ver nada, porque las lágrimas me lo nublaban todo, y vi su sonrisa borrosa, torcida, perfecta.
—Sí —dije.
—¿Sí?
—Sí. Con una condición.
—Dime.
—Que la tarta la haga Dorothea.
Liam se echó a reír. Después, sin pedir permiso, y luego, con un «¿puedo?
» susurrado contra mis labios, me besó. Los aplausos del plató fueron un rumor lejano, un fondo de mar.
Tamsin le dijo algo a cámara con la voz rota.
Alguien lloraba detrás de un foco. Y yo pensé que había pasado un año entero buscando la prueba de algo que no se prueba, y que la había encontrado precisamente cuando dejé de medirlo.
Volvimos a casa a pie, entre calles mojadas por una lluvia fina, con el anillo en mi dedo, demasiado grande todavía, que se me escurría hacia los nudillos y que yo ajustaba cada pocos pasos con el pulgar.
Liam caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y una expresión de felicidad idiota que no se había quitado desde el plató.
Nos paró un chico en un semáforo para pedirnos una foto.
Nos paró una mujer con un cochecito para decirnos que ella se había conocido con un seis por ciento.
Nos paró un hombre mayor con un paraguas para estrecharle la mano a Liam y decirle que era un valiente.
—¿Por qué valiente? —le pregunté, después.
—Por pedirte matrimonio en directo.
—No, por pedírmelo a mí.
—Eso también.
Subimos las escaleras del edificio sobre la lavandería, que vibraban con el centrifugado de la lavadora industrial, y abrimos la puerta verde, que ya no decía «Vete» en el felpudo, sino «Hola».
Lo había cambiado yo. Pomelo nos recibió con un maullido de reproche desde lo alto de la librería, de donde vigilaba su territorio con ojos de juez, y saltó al suelo y se restregó contra mis tobillos con un ronroneo ronco, de motor viejo. Liam lo miró con rencor.
—Te prefiere a ti.
—Siempre me ha preferido a mí.
—Es un traidor.
—Es un gato con criterio.