SoulMatch Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Colgamos los abrigos. Descalzos, en el salón de techos bajos y paredes de color crema, nos quedamos mirándonos en medio de la penumbra, con la luz de la calle filtrándose por las cortinas.

Había una pizarra enorme en una pared, cubierta de rotulador rojo, azul y verde, con un año de ideas, flechas, chistes privados y una lista de la compra que decía «leche, avena, cilantro (NO)».

En el alféizar, la suculenta de mi despido había crecido tanto que necesitaba una maceta nueva.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Liam.

—Siempre.

—¿Quieres que te haga el amor en la cocina?

—¿En la cocina?

—Es una zona de la casa que no hemos... explorado lo suficiente.

—Ayer cocinamos ahí unos espaguetis a las tres de la mañana.

—Y quedó pendiente la superficie de trabajo.

Me reí tanto que me tuve que apoyar en su hombro.

—Puedes.

Me tomó de la mano. Me llevó a la cocina, pequeña, con una ventana que daba al patio de la lavandería, azulejos blancos y una encimera de formica donde aún quedaban restos de harina de nuestro intento de pan casero.

Encendió la luz del extractor, tenue, amarilla, que dibujó un círculo cálido sobre la mesa.

Me puso las manos en la cintura. Me besó el cuello. Yo cerré los ojos.

—¿Puedo quitarte el vestido?

—Hazlo.

Bajó la cremallera despacio. El vestido azul marino se deslizó por mis hombros, mis caderas, y cayó al suelo.

Me quedé frente a él, en ropa interior, bajo la luz tenue, con el anillo brillando en mi mano izquierda.

Liam me miró de arriba abajo con una lentitud reverente.

Después se arrodilló. Me besó el vientre.

Las caderas. El interior de los muslos, subiendo con la boca por la piel, mientras yo me agarraba al borde de la encimera con las dos manos y echaba la cabeza hacia atrás.

—¿Puedo?

—Dios, Liam, sí.

Me bajó las bragas. Me levantó una pierna sobre su hombro.

Y me tomó con la boca, despacio, con la lengua plana y cálida, escuchando cómo se me entrecortaba el aliento.

Conocía cada rincón de mi cuerpo, ahora.

Sabía con qué ritmo, con qué presión, con qué pausa.

Me recorrió con una paciencia deliberada, torturadora, hasta que mis rodillas empezaron a flaquear y tuve que sujetarme a sus hombros.

Me corrí con un gemido largo, hondo, que resonó en los azulejos, y él no se detuvo hasta que le tiré suavemente del pelo.

Me incorporó. Me besó, con mi sabor en la boca. Le desabroché la camisa gris con dedos torpes, botón a botón, mientras él me recorría la espalda con las palmas. Se la quité. Le bajé los pantalones. Lo tomé con la mano, caliente, duro, y él soltó un gruñido contra mi cuello.

—Siéntate —dijo.

Me subió a la encimera. El frío de la formica me arrancó un respingo, y los dos nos reímos. Abrí las piernas. Me rodeó con los brazos. Pegó su frente a la mía.

—¿Puedo?

—Pregúntalo otra vez.

—¿Puedo, Maya?

—Puedes. Siempre puedes.

Entró despacio. Con los ojos muy abiertos, sin apartar los míos.

Un suspiro largo nos salió a los dos a la vez.

Me aferré a sus hombros. Nos quedamos quietos un instante, con las frentes juntas, respirando el mismo aire, y sentí cómo se me deshacía por dentro lo que quedaba del miedo.

No quedaba mucho. Una brasa pequeña, apagándose.

Empezó a moverse. Lento, hondo, con las manos sujetándome las caderas, con la boca en mi cuello, en mi hombro, en el borde de mi mandíbula.

La encimera crujía. Un vaso de agua vibraba en el borde del fregadero.

Pomelo, desde la puerta, nos observaba con un desdén olímpico.

Yo le rodeé la cintura con las piernas. Acompasé mis caderas a las suyas.

Acelerábamos juntos, sin hablar, con el rumor de la lavandería de fondo y el golpe del agua en el patio.

—Te quiero —susurró, contra mi oído.

—Lo sé.

—Dilo.

—Te quiero, Liam Hargrove. Te quiero con una puntería que me da vergüenza.

—Qué cosa más ridícula.

—Cállate y muévete.

Se rio contra mi cuello. Y siguió. Más rápido.

Más hondo. Con una mano me sujetó la nuca y con la otra bajó entre los dos, acariciándome, hasta que la tensión volvió a subir en mi vientre, brillante, imparable, y me aferré a su espalda con las uñas.

Dije su nombre. Una vez. Dos. Tres. Estallé contra su pecho con un grito que no intenté ahogar, y sentí cómo él se tensaba, cómo se hundía en mí una última vez, cómo se deshacía con un gemido ronco, con mi nombre en los labios y las manos temblando sobre mi piel.

Nos quedamos abrazados mucho rato, sudados, riéndonos sin motivo, con la frente pegada a la frente. La luz del extractor zumbaba sobre nuestras cabezas. Pomelo, aburrido, dio media vuelta y se marchó con la cola en alto.

—Me debes una cena —dijo Liam.

—¿Por qué?

—Por no haber esperado a la boda.

—Estás loco. Ya hemos esperado un año.

—Y ha merecido la pena.

—Y ha merecido la pena.

Más tarde, ya en la cama, con la lluvia golpeando las ventanas y Pomelo enroscado sobre mis pies como una bola de pelo naranja, me quedé despierta mirando el techo, con la cabeza de Liam sobre mi hombro y su brazo sobre mi cintura.

Su respiración, lenta y regular, me calentaba la piel.

Pensé en la caja de cartón con la suculenta, en el vestido verde convertido en un trapo, en dieciocho agujeros, en una cazuela de aluminio con una cinta de goma.

En una frase de cuatro palabras y otra de nueve.

En el sofá de terciopelo gris. En un número, noventa y tres coma uno, guardado en una carpeta que se llamaba «recibos».

Alargué la mano hacia la mesilla. Cogí el portátil, sin hacer ruido. Lo abrí. La luz azul me bañó la cara. Busqué la carpeta, abrí la captura, la miré un instante. Noventa y tres coma uno.

La borré. Era cierta, y ya no me hacía falta.

Cerré el ordenador. Lo devolví a su sitio.

Me acurruqué junto al hombre que dormía a mi lado, con el anillo demasiado grande en el dedo, y cerré los ojos, escuchando la lluvia y la lavandería de abajo, que a esas horas centrifugaba la ropa de alguien que no podía dormir.

Había cosas que se medían. Y cosas que se elegían.

Y a mí, por fin, me había tocado elegir.