SoulMatch Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Me llamo Maya Ferreira —empezó—. Fui ingeniera de SoulMatch durante seis años. Hace un mes, me despidieron por decir la verdad. Lo que voy a enseñarles ahora no es un montaje. No es un guion. No es un experimento. Es lo que dijeron aquí, entre estas paredes, las personas que dirigen esta empresa.

Se volvió hacia Hollis. Hollis levantó el pulgar. La pantalla gigante, detrás de nosotros, parpadeó, se apagó, y se encendió de nuevo.

Un archivo de audio. Una onda sonora que ocupaba la pantalla entera. Un clic.

«Es una amabilidad, Liam. El Índice de Afinidad ahorra dolor. La gente no quiere un dato. Quiere un permiso.» La voz de Desmond, tersa, cálida, resonó en los altavoces del vestíbulo, perfectamente nítida, sobre las cabezas de cuatrocientos invitados.

Otro clic.

«El modelo base es lo único bueno que tenemos. Y por eso hay que esconderlo.»

Otro.

«Cierra el caso Ferreira antes de las diez. Prioridad máxima. Y asegúrate de que Colette firme todo. Si esto sale mal, ella será la responsable.»

Las voces se superponían. Fragmentos. Frases.

Una reunión del consejo, hace seis años: «Acertar es mal negocio».

Una llamada con Viv Calloway: «Solo el modelo base.

Nada de la capa de ajuste». Un susurro nervioso entre dos ejecutivos: «¿Y si alguien lo descubre?

». Y la voz de Desmond, una última vez, con una calma exasperante: «Entonces diremos que es una amabilidad».

La pantalla se apagó.

Silencio.

Desmond había palidecido. Tenía las manos pegadas al cuerpo y la boca entreabierta. Miraba a Ingrid, que acababa de levantarse de la primera fila, con el moño intacto, sin una sola arruga en la blusa, y que le sostuvo la mirada con una tranquilidad terrible.

—Ingrid —dijo, con un hilo de voz.

—Lo siento, Desmond. —Se alisó la falda—. Mi hija me hizo una pregunta.

Un hombre se levantó en la tercera fila.

Era delgado, de cuarenta años, con traje oscuro y una carpeta bajo el brazo.

Se abrochó la chaqueta. Miró a Desmond sin expresión alguna.

Después, sin decir una palabra, recorrió la fila y salió por el pasillo central.

Otro lo siguió. Después, una mujer con un maletín. Después, tres a la vez.

—Son los suscriptores —murmuró Octavia, a mi lado, con el móvil en la mano—. Los bancos. Se están retirando.

—¡Un momento! —gritó Desmond—. ¡Señores! ¡Por favor!

Nadie se volvió.

Maya devolvió el micrófono a Tamsin. Se quedó un segundo mirando el escenario, el suelo de madera clara, los corazones de acero que brillaban sobre nuestras cabezas. Yo le cogí el micrófono otra vez, con suavidad. Ella me miró, sorprendida.

—Tengo una cosa que decir —murmuré.

—Liam.

—Es corto. Lo prometo.

Me volví hacia la sala. Cuatrocientos rostros. La luz roja. Mi propia voz, en los altavoces, sonó extraña, ronca, nueva.

—Me llamo Liam Hargrove. Soy periodista.

Hace seis días, ante una comisión de ética, dije que no sentía nada por la mujer que está a mi lado.

—Respiré—. Mentí. Lo hice con la mejor intención y de la peor manera.

La quiero. La quiero desde antes de saberlo.

Y el único dato fiable que he encontrado sobre el amor en veinte años de oficio es que ningún dato lo ha predicho nunca.

Pero ella, que se dedicaba a medirlo, me ha enseñado que se puede entender.

Que no hace falta que alguien te dé permiso.

Se me quebró la voz. Me giré hacia Maya.

—¿Puedo?

Ella me miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa temblorosa.

—Puedes.

La besé delante de cuatrocientas personas, de diez cámaras y de cuatro millones de espectadores, bajo dos corazones de acero entrelazados que costaron más que un hospital.

Fue un beso largo, sin teatro, sin temporizador.

Un beso verdadero. Y en algún lugar, muy lejos, entre una nube de flashes, alguien empezó a aplaudir.

Después otro. Después cien. Una ola de aplausos que crecía por el vestíbulo, desde las butacas, desde la cortina negra, desde Walt, que aplaudía con sus manos enormes con los ojos empañados.

Noor lloraba sobre los girasoles. Ravi se abrazaba a su mujer.

Colette sostenía a su hija en brazos, que miraba el escenario con la boca abierta.

Hollis lloraba sin disimulo detrás de su cámara.

Y en una esquina, cerca de la salida, sola, Ingrid Solheim se secaba los ojos con la manga de su abrigo perla, con una sonrisa muy pequeña.

El móvil de Octavia vibró. Lo miró. Alzó la cabeza.

—La comisión —dijo, con una voz que le temblaba—. Acaba de emitir una orden de suspensión de la oferta. Hasta nuevo aviso.

Maya soltó una carcajada que se quebró en un sollozo.

Me abrazó por la cintura. Detrás de nosotros, Desmond Achterberg se había quedado solo, en mitad del escenario, bajo los corazones de acero, con los brazos caídos y una expresión que no supe describir, porque por primera vez en su vida no tenía ningún permiso que dar.

Tamsin Rourke tomó el micrófono. Miró a cámara. Y con una sonrisa de verdad, de las que le llegaban a los ojos, dijo:

—Esto, señoras y señores, es lo que yo llamo una pregunta que no estaba en el guion.