SoulMatch Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Pulsé. Pasaron diez segundos eternos. Se oyó un chasquido. La puerta se abrió con un chirrido, y en el hueco apareció un hombre enorme, de hombros como un armario, cabeza rapada y uniforme azul marino, con una gorra bajo el brazo y un manojo de llaves en la mano.

—Señorita Ferreira —dijo Walt, con una sonrisa muy grande, muy lenta—. Se me han acabado las vacaciones.

—Walt.

—Estoy de servicio desde las seis. Mi turno es en la puerta de servicio. Nadie me ha dicho que no pueda abrirla a las visitas.

—Walt, te van a despedir.

—Ya me lo han dicho. —Se encogió de hombros—. Pero mi sobrina dice que ella y su novio han vuelto a mirar el cielo. Y yo pensé que, si tengo que perder el empleo, mejor que sea haciendo algo que la deje orgullosa.

Nos hizo pasar. Uno a uno. Con una reverencia ligera, casi ceremoniosa, a cada uno, a Ravi, a Colette, a su hija, a Noor y su ramo, a Hollis, a Octavia. Cuando le tocó el turno a Maya, la miró con unos ojos enormes, húmedos.

—Yo la saludaba todos los días —dijo—. Y usted siempre me contestaba.

—Siempre te contestaré.

Atravesamos un pasillo de hormigón, una escalera, una puerta de seguridad que Walt abrió con una tarjeta magnética.

Recorrimos corredores estrechos, de paredes blancas, entre cajas apiladas y cables enrollados, hasta llegar a una cortina negra.

Detrás se oía un rumor de multitud. Una música suave.

La voz de un hombre, amplificada, cálida, perfectamente modulada.

—«...y por eso, queridos amigos, hoy no es solo el día en que una empresa sale a bolsa. Hoy es el día en que el destino se hace público.»

Desmond.

Walt apartó una esquina de la cortina. Miramos.

El vestíbulo principal de SoulMatch había sido transformado en un plató.

Bajo los dos corazones de acero entrelazados, de seis metros de altura, habían montado un escenario de madera clara, con una pantalla gigantesca detrás y una alfombra roja que lo cruzaba de lado a lado.

Cuatrocientos invitados en butacas blancas.

Cámaras sobre grúas. Focos. Tamsin Rourke, de pie junto a un atril, con un traje de chaqueta granate y el micrófono de solapa, observaba al orador con una sonrisa de dientes perfectos que no le llegaba a los ojos.

Y en el centro del escenario, bajo los focos, con un jersey blanco, vaqueros oscuros, el pelo plateado peinado hacia atrás y una sonrisa de oro, Desmond Achterberg abría los brazos ante su público.

—Gracias a nuestros inversores, gracias a nuestro equipo, y gracias, por supuesto, a los millones de personas que cada día depositan en nosotros su confianza. —Hizo una pausa teatral—. Hoy, a las nueve y media, sonará la campana. Y SoulMatch pasará a ser una empresa de todos.

Aplausos. Cámaras. Los destellos de los flashes bañaban el vestíbulo en una luz de tormenta.

—Nos toca —susurró Maya.

—Aún no.

—Tamsin ha dicho a las nueve.

—Ha dicho llegad a las nueve. No ha dicho cuándo.

—Liam.

—Espera. Que se le suban los humos.

La voz de Tamsin Rourke resonó por los altavoces, serena, aguda como un cristal.

—Señor Achterberg. Antes de que suene la campana, tengo una pregunta que no está en el guion.

La sala se quedó en un silencio expectante. Desmond giró la cabeza hacia ella, con una sonrisa paciente.

—Por supuesto, Tamsin. Para eso estamos.

—Hace tres semanas, en mi programa, una antigua empleada suya afirmó que el Índice de Afinidad era un fraude. Usted lo desmintió a través de su portavoz. Esta mañana, la Comisión de Valores tiene en su mesa una denuncia con cinco testimonios y cuarenta y dos grabaciones. ¿Quiere comentarlo?

El silencio en el vestíbulo se volvió físico. Algo se rompió en la sonrisa de Desmond. No del todo. Un destello. Una grieta.

—Tamsin —dijo, con una suavidad que le temblaba en los bordes—. Creo que no es el momento ni el lugar.

—Creo que es exactamente el momento y el lugar. Hay cuatro millones de personas viéndonos. —Se volvió hacia la cortina negra—. Y tengo a dos invitados que quieren responderle.

Walt apartó la cortina del todo.

Salimos juntos. Maya y yo, cogidos de la mano, con las palmas húmedas y los dedos entrelazados, hacia la luz de los focos.

Detrás de nosotros, uno a uno, en fila, cruzaron Ravi y su mujer, Colette y su hija, Noor con los girasoles, Octavia, Hollis.

Un murmullo recorrió las butacas como una ola.

Alguien soltó una exclamación. Una mujer se levantó, con las manos en la boca.

Los flashes estallaron como un cielo de verano.

Subimos al escenario por la escalerilla lateral. Desmond retrocedió un paso. En sus ojos pálidos, por primera vez desde que lo conocía, había algo que no era una sonrisa.

—Maya —dijo—. Liam. Qué sorpresa tan agradable.

—Buenos días, Desmond —dijo Maya.

—No es el momento...

—Siempre es el momento —dijo ella, con una voz que no le conocía, firme, clara—. Seis años me ha costado llegar hasta aquí.

Tamsin le entregó el micrófono. Maya lo tomó. Miró a la sala. Cuatrocientos rostros, las cámaras, la luz roja. Respiró hondo. Yo le apreté la mano.