SoulMatch Capítulo 19
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Capítulo 19

Liam

Ingrid Solheim llegó al despacho de Octavia Reyes el lunes por la tarde, con el moño intacto, un abrigo gris perla y un portátil metido en una bolsa de supermercado.

La vimos cruzar la sala de espera desde la puerta entreabierta, a través del cristal esmerilado, y Maya, sentada a mi lado en uno de los dos sillones raídos, me apretó la rodilla con tanta fuerza que me dejó la marca de las uñas.

Octavia, detrás de su escritorio, con una taza de café en la mano y la trenza deshecha, levantó una ceja.

Había presentado la denuncia ante la comisión a las nueve y cinco de la mañana, con los cinco testimonios, los tres documentos y una carta de seis páginas que había redactado a las tres de la madrugada con la ayuda de un termo y de un gato del vecino que se había colado por la ventana. Llevaba desde entonces sin sentarse.

—Señora Solheim —dijo—. Pase.

Ingrid entró. Se quedó de pie en medio de la sala, con la bolsa de plástico apretada contra el abrigo.

A la luz del fluorescente se le notaba algo que no le había visto en la casa de Desmond: la línea de las ojeras, bajo la capa de maquillaje, y un temblor casi imperceptible en el labio inferior. Miró a Maya. Después me miró a mí.

—No he venido a negociar —dijo.

—Entonces siéntese —respondió Octavia.

—Prefiero estar de pie.

—Como quiera.

Ingrid depositó la bolsa sobre el escritorio. Sacó el portátil. Lo abrió con dedos precisos, lo giró hacia nosotros, y en la pantalla apareció una carpeta con una lista de archivos de audio, ordenados por fecha. Eran más de cuarenta.

—Llevo ocho años grabando las reuniones de Desmond —dijo, con una voz muy seca—.

Desde el primer día. No por maldad. Por prudencia.

Mi padre era abogado, y me enseñó que en una empresa donde el jefe decide la verdad, hay que guardar una copia de lo que ha dicho.

Pensé que algún día me serviría para defenderme.

—Y ahora —dijo Maya, con la voz muy baja.

—Y ahora ha llegado el día. —Respiró hondo—. Pero no por eso. —Se pasó una mano por el moño, un gesto que no le había visto nunca, casi humano—. Tengo que contarles una cosa. Y no me interrumpan, porque si me interrumpen, no sé si la termino.

Nadie se movió. Fuera, en la calle, un camión de reparto descargaba cajas con un estruendo de metal.

—Hace doce años conocí a un hombre en una cafetería.

Se llamaba Tobías. Era carpintero. Tenía las manos llenas de cortes y una risa como un golpe de martillo.

Nos hicimos amigos. Después, otra cosa. Después, me di cuenta de que me estaba enamorando, y me asusté, y me bajé la aplicación de SoulMatch.

Para comprobarlo. —Soltó una risa corta, sin alegría—.

Introduje sus datos. Los míos. Lo que me salió fue un once por ciento.

Maya y yo nos miramos.

—Un once. Pensé que era una broma. Nunca se lo dije a nadie.

Seguí adelante porque era una mujer obstinada.

Nos casamos hace diez años. Tenemos dos hijos.

Yo me convertí en directora de Comunicación de la empresa que me había dicho que mi matrimonio no iba a funcionar.

Y cada mañana, al despertarme al lado de Tobías, pensaba: «Soy una excepción.

Una estadística anómala. Un error de la máquina».

Y cada mañana me convencía un poco más de que el error era mío.

De que tenía que esforzarme el doble. De que mi matrimonio era un milagro frágil, una trampa del azar que podía romperse en cualquier momento.

Se le quebró la voz. Se quedó callada. Octavia, sin decir nada, empujó una caja de pañuelos de papel hacia ella. Ingrid la ignoró.

—Hace tres semanas vi su entrevista —continuó—.

La de ustedes. Tamsin Rourke. Los dos cogidos de la mano en el sofá.

Y vi cómo se miraban. Y esa noche, por primera vez en doce años, le pregunté a mi marido qué pensaba de los números.

Y Tobías me miró y me dijo: «¿Qué números?

». Y entonces comprendí que él nunca había mirado el suyo.

Que nunca había creído en esas cosas. Que había sido yo, siempre, la que había vivido con una mentira encima.

La que se había mentido a sí misma sobre lo único que no era una mentira.

—Ingrid —dijo Maya.

—Déjeme terminar. —Se secó una lágrima con el dorso de la mano, rápidamente, con rabia—.

Fui yo quien filtró el audio de la cena.

Fui yo quien editó el fragmento en el que Liam parecía admitir el montaje.

Fui yo quien le dio a la prensa el nombre de Dorian Wick.

Lo hice porque Desmond me lo pidió y porque yo creía que estaba defendiendo algo.

Y lo que defendía era una máquina que me había dicho que no iba a ser feliz. Y lo fui. A pesar de todo.

Se hizo un silencio. Maya se levantó despacio. Se acercó a Ingrid. Se detuvo a un paso de distancia.

—Me has hecho muchísimo daño —dijo.

—Lo sé.

—A mí, a mi hermana, a mi madre. A Liam.

—Lo sé.

—Y ahora has venido aquí con un portátil lleno de grabaciones.

—Sí.

—¿Por qué?

Ingrid levantó la barbilla.

—Porque mi hija mayor tiene diez años y el otro día me preguntó si el amor se puede calcular. Y yo le dije que no. Y ella me dijo: «Entonces, ¿por qué trabajas en una empresa que dice que sí?». —Cerró los ojos un instante—. No supe qué contestarle.

Maya asintió. Despacio. Con los ojos brillantes. Y entonces hizo algo que no esperaba ninguno de los presentes: extendió la mano y se la puso sobre el brazo, brevemente, un segundo.

—Gracias —dijo.

—No me dé las gracias.

—Te las doy igualmente.

Octavia carraspeó. Se puso de pie con la taza en la mano y se acercó al portátil.

—Dígame qué hay en esos archivos, señora Solheim.

—Cuarenta y dos reuniones. Las tres más importantes están marcadas.

La de hace seis años, la del consejo donde se aprobó el ajuste emocional.

La de hace dos años, con Viv Calloway, de Corvane & Hale, donde Desmond le pide por escrito y de viva voz que no audite la capa.

Y una llamada de hace tres semanas, el día que despidieron a la señorita Ferreira, donde Desmond dice, y cito: «El modelo base es lo único bueno que tenemos. Y por eso hay que esconderlo».

Octavia se quedó mirando la pantalla con una expresión de felicidad contenida, la de una cazadora ante una pieza que ha tardado años en cobrar.

—Con esto —dijo— nos sobra todo.

El martes lo dedicamos a preparar el miércoles.

Un miércoles que Billie describió por teléfono, mientras atendía a su perro, a su gato prestado y a tres periodistas a la vez, como «el día más peligroso de vuestras vidas y de la mía».

Octavia presentó una ampliación de la denuncia con las grabaciones de Ingrid.

La comisión confirmó la recepción, con una frase seca, burocrática, que Octavia leyó en voz alta y nos pareció música: «Se encuentra en curso una revisión preliminar».

Harlan Voss, desde su despacho, preparaba una edición especial del periódico, con las cuarenta y dos páginas de pruebas, y me llamó dos veces para pedirme «el tono de la primera frase».

Hollis alquiló un autobús. Noor encargó mil quinientos girasoles.

Ravi, con el pendrive en el bolsillo y una chaqueta demasiado grande, llegó a San Francisco desde el sur con su mujer embarazada de ocho meses, que le había dicho: «Si no vas, te dejo».

Y a las diez de la noche, mientras Maya y yo repasábamos en la mesa de mi cocina, por última vez, un guion que ya sabíamos de memoria, sonó el teléfono de Maya.

—Tamsin —dijo, mirándome.

—Contesta.

—¿Sí?

—Maya. —La voz de Tamsin Rourke, seca y firme—.

Estoy en el equipo que va a cubrir en directo la ceremonia de SoulMatch.

Hemos pagado una fortuna a la empresa por los derechos de emisión.

Tengo una hora de programa. Una hora, con Desmond Achterberg en el escenario.

Y tengo una pregunta que no he hecho nunca.

—¿Cuál?

—¿Queréis estar ahí?

Maya se quedó inmóvil. Yo contuve el aliento.

—Tamsin —dije, inclinándome hacia el teléfono—. Si nos metes en esa sala, perderás el empleo.

—Probablemente.

—No tienes por qué hacerlo.

—Lo sé. Mi productor dice que estoy loca.

Mi marido dice que estoy loca. Mi madre dice que ya era hora.

—Una pausa corta—. Tengo veinte años de oficio, Hargrove.

Y en la entrevista, cuando dijiste lo de comprar la mercancía defectuosa, me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin preguntar nada que me importase de verdad.

Quiero volver a hacerlo. Una vez. Antes de retirarme.

—¿Y cómo entramos?

—Eso no me lo cuentes. Dime solo si queréis.

—Queremos —dijo Maya.

—Pues llegad a las nueve. Que no os vea nadie. Y traed lo que tengáis.

Colgó.

Entramos por la puerta de servicio.

Era una puerta metálica gris, en un lateral del edificio, junto a los contenedores, con un cartel oxidado que decía «Solo personal autorizado».

A las nueve menos diez de la mañana, la calle estaba llena de furgonetas de televisión, con antenas de parabólica desplegadas hacia el cielo, y de gente con auriculares que corría de un lado a otro.

En la puerta principal había una cola de invitados con trajes caros, vestidos de gala, copas de champán en la mano.

Un arco de globos blancos y rojos coronaba la entrada, en forma de corazón.

Maya, a mi lado, con un vestido azul marino y la chaqueta blanca de la entrevista, respiraba con la mandíbula tensa.

Detrás de nosotros, apelotonados en un recodo de la calle, esperaban Ravi, su mujer, Colette con una niña de nueve años de la mano, Noor con un ramo enorme de girasoles, Hollis con una cámara al hombro, y Octavia con una carpeta bajo el brazo y el móvil pegado a la oreja.

—Pulsa el timbre —dijo Maya.

—Pulsa tú.

—Tú eres el periodista.

—Tú eres la ingeniera.

—Pulsa el maldito timbre, Liam.