SoulMatch Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Qué ridículo —dije—. Estoy desnuda en una cama con un hombre que me pregunta si puede hacer cada cosa.

—Es lo más serio que he hecho en mi vida.

—Se nota. Pareces a punto de examinarte.

—Calla.

—Eres un cobarde con buena prosa.

—Calla, Maya, que me desconcentro.

Lo empujé de espaldas sobre el colchón. Se dejó caer, riendo. Me coloqué a horcajadas sobre él, con las rodillas hundidas en la colcha de ganchillo, y le sujeté las muñecas contra la almohada. Me miró desde abajo, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de sorpresa.

—¿Puedo? —pregunté, imitando su voz grave.

—Pregunta tonta.

—Es lo que hay que hacer, ¿no? Preguntar.

—Maya.

—¿Qué?

—Sí. Puedes.

Le besé el cuello, la mandíbula, el pecho.

Fui bajando despacio, con la boca, con las manos, recorriendo cada centímetro de piel.

Le mordí con suavidad el costado, y él dio un respingo y soltó una risa ahogada.

Le lamí el ombligo. Le besé la cadera. Cuando llegué a su erección, me detuve un segundo, mirándolo desde abajo, con los labios muy cerca.

—¿Puedo?

—Dios, sí.

Lo tomé en la boca. Despacio. Con la lengua plana, humedeciéndolo, dibujando círculos suaves en la punta, y lo oí gemir, un sonido ronco, largo, que me llenó de una alegría salvaje.

Subí y bajé con un ritmo lento, sintiendo cómo se le tensaban los muslos, cómo se aferraba a las sábanas, cómo me tocaba el pelo con una mano temblorosa.

Lo miré mientras lo hacía. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, la frente perlada de sudor, y yo pensé que jamás había visto una cara tan hermosa como la de un hombre rendido.

—Maya —jadeó—. Voy a... si sigues...

Me aparté. Me incorporé. Le besé la boca, con su propio sabor entre los dos.

—Todavía no.

—Me vas a matar.

—Esa es la idea.

Me deslicé sobre él. Tomé su erección con la mano, la guié hasta mi entrada, y descendí, despacio, centímetro a centímetro, con la mirada clavada en la suya. Los dos exhalamos a la vez. Me quedé quieta, llena de él, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo su corazón latir contra mi palma.

—Hola —susurré.

—Hola.

—¿Estás bien?

—Estoy mejor que nunca.

Empecé a moverme. Despacio primero, con un balanceo suave, mecedor, que seguía el ritmo de las olas.

Él me agarró las caderas, sin presionar, acompañándome.

El sol me caía sobre los hombros, sobre los pechos, calentándome la piel.

La cama no crujía. Sentí cómo la tensión subía en mi vientre, lenta, honda, como una marea.

Aceleré. Él alzó las caderas para encontrarme, y los dos soltamos un gemido a la vez.

—Maya...

—Dime.

—Te quiero.

Me detuve un instante, con el corazón desbocado. Lo miré. Tenía los ojos grises muy abiertos, húmedos, sin una sola defensa.

—Dímelo otra vez.

—Te quiero.

—Otra.

—Te quiero, Maya. Te quiero. Te...

No lo dejé terminar. Me incliné y lo besé con una violencia dulce, con las manos en su cara, y seguí moviéndome, más rápido, más hondo, hasta que la tensión estalló dentro de mí en una oleada larga, brillante, y grité contra su boca, y sentí cómo él se tensaba bajo mis caderas, cómo se aferraba a mí, cómo se deshacía con mi nombre en los labios, en un gemido que me atravesó el pecho como una luz.

Me desplomé sobre su pecho. Los dos jadeábamos. Su mano me acariciaba la espalda, despacio, de arriba abajo. Fuera, una gaviota se burlaba de nosotros.

—Yo también —dije, cuando recuperé el aliento.

—¿Tú también qué?

—Ya lo sabes.

—Quiero oírlo.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

—Te quiero —dije, con la cara escondida en su cuello—. Qué horror. Te quiero. Y estoy aterrada. Y te quiero.

Se rio, un temblor suave que me sacudió contra su pecho. Me rodeó con los dos brazos. Me besó el pelo.

—Es la mejor frase larga que me han dicho nunca —murmuró.

—Ha salido larga.

—Me gusta.

—Es lo que hay.

Nos quedamos así mucho rato, con la luz del sol moviéndose despacio sobre la colcha de ganchillo, y el mar rompiendo contra la playa a lo lejos, sin prisa. Después me incorporé sobre un codo y lo miré.

—Una cosa más.

—Dime.

—Tengo hambre.

—¿Ahora?

—Mucha.

—Voy a preguntarlo en voz alta. —Se llevó una mano al pecho con solemnidad—. ¿Puedo invitarte a desayunar?

—Puedes.

Nos desayunamos la cocina entera de la posada, que preparó la mujer de los brazos fuertes sin hacer una sola pregunta.

Tortitas de mantequilla, huevos revueltos, beicon, mermelada de arándanos, café a litros.

A mitad del desayuno, sonó el móvil de Liam sobre la mesa.

Miramos la pantalla a la vez. «Billie.» Él me miró. Yo asentí.

—Dime —dijo, con la boca llena.

—Hargrove. Me alegra oír que respiras.

—Billie...

—No me interrumpas. Tengo noticias. Una buena y una mala.

—Empieza por la mala.

—Desmond ha adelantado la ceremonia. La campana suena el miércoles a las nueve y media, un día antes. Pasado mañana.

Dejé el tenedor sobre el plato. Liam se enderezó.

—¿Por qué?

—Porque alguien le ha avisado. Y porque tiene miedo. —Un chasquido de mechero—. Y la buena: Ingrid Solheim me ha llamado esta mañana. Quiere hablar con vosotros.