Capítulo 18 #2
Nos reímos. Imogen, con los ojos aún húmedos, se rio también. Fuera, la luz se iba apagando sobre las dunas, y el mar empezó a tragarse el sol.
Corinne llegó a las siete de la tarde, en un coche cubierto de barro, con el pelo negro recogido en un moño deshecho, una chaqueta de cuero y unos ojos enormes, brillantes, de una furia amorosa que me hizo envidiar a Imogen.
Salió del coche corriendo. Imogen bajó los escalones de la cabaña de dos en dos.
Se encontraron en la arena, y se abrazaron con tanta fuerza que Corinne la levantó del suelo, y las dos se pusieron a llorar y a reír, y a decirse cosas en voz baja que no oímos ni quisimos oír.
Nos dimos la vuelta, Liam y yo, a la vez, y nos pusimos a contemplar el horizonte.
—Esta vez —dijo él, con una voz muy suave—, tengo que preguntarte una cosa.
—Dime.
—¿Hacemos algo esta noche, o prefieres que durmamos en habitaciones separadas?
Lo miré. Tenía el pelo revuelto por el viento, las mejillas coloradas de frío, los ojos grises muy claros bajo la luz violeta del crepúsculo.
Pensé en lo que me había dicho en el coche.
En lo que le había dicho yo. En una cazuela de aluminio, en una caja de cartón, en dieciocho agujeros.
Pensé que no tenía ni idea de lo que necesitaba. Y entonces me di cuenta de que sí.
—Necesito que me preguntes —dije.
—Te lo estoy preguntando.
—Necesito que me preguntes siempre. Cada vez. Aunque sea una tontería. Aunque parezca evidente.
—Lo haré.
—Y necesito que, cuando yo diga que no, lo creas. Y cuando diga que sí, también.
—Lo haré.
—Y necesito dormir contigo esta noche. —Se me quebró la voz—. En el mismo sitio. No sé si para hacer cosas o para nada. Pero en el mismo sitio.
Él tragó saliva. Asintió despacio.
—Hay una posada en el pueblo. La vi desde la carretera. Tiene un cartel con un faro.
—Entonces vamos.
La posada se llamaba «El Faro Torcido». Era una casa de madera de dos pisos, pintada de blanco, con las contraventanas azules y un porche lleno de macetas con geranios.
Nos recibió una mujer mayor, con los brazos fuertes de una pescadora y unos ojos muy vivos, que nos miró con una media sonrisa y nos dio una llave de metal sin preguntar nada.
—Habitación cuatro —dijo—. Tiene vistas al mar. Y una cama que no cruje.
—Gracias —dije.
—Les he visto en la tele —añadió—. Mi marido y yo hicimos una apuesta. Yo dije que acabarían juntos. Él dijo que no. —Se encogió de hombros—. Me debe una cena.
Subimos las escaleras en silencio. La habitación cuatro era pequeña, de techo inclinado, con paredes empapeladas de flores azules, una cama de hierro con una colcha de ganchillo blanca, una ventana redonda como un ojo de buey y una mecedora junto a la ventana.
Cenamos allí mismo, sentados en el suelo, con una bandeja que nos subió la mujer: sopa de almejas, pan casero, un trozo de queso de cabra.
Hablamos poco. Nos reímos mucho. Al terminar, dejamos la bandeja junto a la puerta, apagamos la luz, y nos metimos en la cama con la ropa puesta, el uno junto al otro, mirando el techo, escuchando el mar.
Dormimos de lado, de espaldas, como dos desconocidos educados. A las tres de la mañana, o a las cuatro, no lo sé, noté que él se movía, y que se giraba, y que se quedaba quieto. Sentí su aliento en mi nuca.
—¿Estás despierta? —susurró.
—Sí.
—¿Puedo abrazarte?
—Sí.
Me rodeó la cintura con un brazo. Me atrajo contra su pecho, despacio, con una cautela infinita. Su corazón latía contra mi espalda. Cerré los ojos. Y dormí, por primera vez en cuatro días, con un sueño largo, sin sueños, hondo como el mar.
Desperté con el sol.
Entraba por la ventana redonda, dorado, tibio, dibujando un círculo de luz sobre la colcha blanca.
Se oía el mar y el grito de las gaviotas.
La habitación estaba llena de una claridad suave, polvorienta, que me hizo parpadear.
Liam seguía abrazado a mi espalda. Su respiración, lenta y regular, me calentaba el cuello.
Me quedé quieta un rato, sin moverme, disfrutando de ese peso.
Después me di la vuelta entre sus brazos.
Dormía con la boca ligeramente abierta, el pelo aplastado de un lado, una barba de cuatro días que le oscurecía la mandíbula. Tenía la marca de la almohada en una mejilla. Le aparté un mechón de la frente con la punta de los dedos. Abrió un ojo. Después el otro.
—Hola —dijo, con la voz hecha trizas.
—Hola.
—¿Cuánto llevas despierta?
—Un rato.
—¿Qué hacías?
—Mirarte.
—Qué cosa más rara.
—Es la única cara que tienes.
Sonrió con los ojos, esa sonrisa lenta y torcida. Y yo noté que algo se me aflojaba en el pecho, una cuerda tensa durante semanas.
—Liam.
—Dime.
—Pregúntame.
—¿Qué?
—Lo que quieras. Pregúntame.
Me miró durante un largo segundo. Después, con una voz muy baja, casi sin aire:
—¿Puedo besarte?
—Sí.
Me besó despacio. Un beso suave, de labios secos, con sabor a sueño. Nos quedamos así unos instantes, sin prisa, y yo sentí cómo su mano subía por mi costado, se detenía en mi cadera, esperaba.
—¿Puedo?
—Puedes.
Me quitó la camiseta con la lentitud con que se desenvuelve algo muy frágil.
Yo le quité la suya. Nos desvestimos entre risas, enredados en la colcha, tirando de las mangas, de los pantalones, tropezando con los pies, y cuando por fin quedamos desnudos, el uno junto al otro, bajo el círculo de luz de la ventana, me di cuenta de que no tenía ni una pizca de prisa.
Ni de miedo. Era una calma luminosa, cálida, que me hacía querer reír.