Capítulo 18
Maya
La cabaña estaba al final de un camino de arena, detrás de una duna cubierta de hierba alta, con el tejado de tablillas grises comido por la sal y una chimenea de piedra que escupía un hilo de humo hacia un cielo del color de las ostras.
Una valla de madera medio caída, un buzón oxidado, un columpio colgado de un pino torcido.
A lo lejos, entre las dunas, se oía el mar.
Un rumor continuo, ancho, que parecía respirar.
Aparqué el coche azul junto a una camioneta vieja, de color mostaza, con matrícula de Oregón y un adhesivo descolorido en el parachoques que decía «Los panaderos amasan mejor». Apagué el motor. Liam, a mi lado, soltó el aire que llevaba retenido desde hacía veinte kilómetros.
—Es la camioneta de la cooperativa —dije.
—Está aquí.
—Está aquí.
Nos quedamos un instante quietos, mirando la casa. Una cortina se movió tras una ventana.
—Voy sola —dije.
—Lo sé.
—No porque no te necesite.
—Lo sé, Maya. —Me tocó la mano, solo un segundo—. Estaré aquí, en el coche. Si me necesitas, haces una señal. Si no, me quedaré aquí aunque tarde el día entero.
—Sé que lo harás.
Bajé. El viento me azotó el pelo contra la cara. Sentí la sal en los labios. Crucé la arena con los zapatos hundiéndose, subí tres escalones de madera combada y me quedé de pie frente a una puerta de color verde descascarillado, con una aldaba en forma de ancla.
Llamé.
Silencio. Un chirrido. Un crujido de tablas. Una voz, al otro lado, ronca, asustada.
—¿Quién es?
—Imogen. Soy Maya.
Pasó un buen rato. Tanto que pensé en volver a llamar. Después oí cómo corrían una cadena, cómo giraban una llave. La puerta se abrió una rendija, lo justo para dejar ver un ojo castaño, hinchado, rodeado de ojeras.
—¿Has venido sola?
—Sola. El coche de ahí fuera es mío. Liam está dentro, esperando. No va a entrar a menos que se lo pidas.
—¿Cómo me has encontrado?
—Marlene se acordó de lo del desván.
El ojo se cerró un segundo. Imogen soltó un suspiro que sonó a derrumbe. La puerta se abrió del todo.
Estaba muy delgada. Llevaba un jersey de lana enorme, desteñido, unos vaqueros rotos en las rodillas y unos calcetines de rayas, y el pelo corto metido bajo un gorro de punto.
Tenía los labios cuarteados. En una mano apretaba una taza de té frío.
En la otra, sin darse cuenta, sostenía un mazo de llaves que tintineaba contra la pared.
—Lo siento —dijo—. Lo siento muchísimo. Debí llamar. Debí...
—No pasa nada.
—Sí pasa. Os dije el viernes. Y me fui.
—Imogen. —Di un paso hacia ella, sin tocarla—. No he venido a reprocharte nada. He venido a ver cómo estás.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se tapó la boca con la mano. Asintió. Me dejó pasar.
La cabaña tenía un solo piso. Una cocina pequeña, con una cocina de hierro negra donde hervía una olla de agua, una mesa de pino con dos sillas dispares, un sofá cubierto con una manta de lana a cuadros y una chimenea de piedra donde ardían tres troncos.
En las paredes, fotografías en blanco y negro de una mujer mayor con un delantal, de un niño con una caña de pescar, de una barca en la arena.
Había redes de pesca colgando del techo, conchas en el alféizar, un barómetro de latón torcido en la pared. Todo muy limpio. Todo muy quieto.
—Siéntate —dijo Imogen—. Voy a hacer té.
—Déjame ayudarte.
—No. Necesito hacer algo con las manos.
Me senté en el borde del sofá, con las manos entre las rodillas. Imogen rellenó dos tazas, derramando agua sobre la encimera. Tardó una eternidad en darme la mía. Se sentó frente a mí, en una de las sillas, con la espalda encorvada y la mirada en el suelo.
—El miércoles por la noche —empezó— me llamó una mujer que no conocía. Dijo que era de un despacho de abogados. Que representaban a SoulMatch. Que tenían entendido que yo estaba valorando «colaborar con terceros» y que querían recordarme mis obligaciones contractuales.
—Eso es lo que hacen.
—Me leyó un párrafo de mi acuerdo de confidencialidad.
Entero. Tres minutos. Con una voz de lo más amable.
Y después me dijo que tenían constancia de que Corinne trabajaba en una asociación de ayuda a refugiados, que se financiaba con subvenciones, y que sería una pena que la fundación se enterara de que su pareja estaba implicada en un caso de espionaje industrial.
—Imogen.
—No me amenazó. No dijo nada que se pudiera grabar. Solo dijo que sería una pena. —Se le quebró la voz—. Y entonces recibí un mensaje de Ingrid. Ingrid Solheim. Decía: «Querida Imogen. Sé que estás pasando un mal momento. Podemos ayudarte a olvidar».
—¿Olvidar?
—Eso decía. Olvidar. Con un punto al final. —Se rio, amargamente—. Como si se pudiera.
Se quedó callada. Fuera, el viento golpeaba los cristales. Una gaviota gritó.
—Tengo mucho miedo, Maya —susurró—. No de Desmond.
Lo conozco. Es un hombre sin imaginación.
Pero me dan miedo sus abogados, y lo que le pueden hacer a Corinne.
Lleva cuatro años en esa fundación. Es lo único que le importa en el mundo, después de mí.
Y yo... —Se cubrió la cara con las manos—.
Fui yo la que diseñó todo. Yo la que mintió.
Y ahora que me pide la conciencia que lo cuente, me doy cuenta de que lo que no puedo es hacerlo a costa de alguien a quien quiero.
Dejé la taza en el suelo. Me levanté. Me arrodillé frente a ella, sobre las tablas de madera, y le puse las manos sobre las rodillas.
—Escúchame. Yo también tuve miedo. Todavía lo tengo. Pero te voy a contar algo que me han enseñado esta semana, que no sabía y que me ha costado muy caro aprender.
Levantó la cabeza. Tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—Que no hay que decidir por la gente a la que se quiere. Ni siquiera para protegerla. —Respiré hondo—. Si tú decides por Corinne que no puede enfrentarse a esto, estás haciendo lo mismo que Desmond hizo contigo. Decidir por ella lo que puede soportar. Y la dejas sola con una amenaza que no conoce.
—Ella no sabe nada.
—Pues cuéntaselo. Ahora. Con el móvil. Delante de mí. Y deja que decida.
Imogen me miró fijamente. Algo se movió en su cara, un reflejo tardío, como una luz que se enciende en una ventana lejana.
—¿Y si me dice que no lo haga?
—Entonces no lo harás, y te acompañaré a casa, y nadie te reprochará nada. —Le apreté las rodillas—. Pero creo que no te lo va a decir.
Hubo un silencio largo. Después, muy despacio, Imogen metió la mano en el bolsillo del vaquero, sacó un móvil apagado, lo encendió. La pantalla se iluminó con un parpadeo. Treinta y tres llamadas perdidas. Cuarenta mensajes. Marcó. Se llevó el teléfono a la oreja.
—Corinne —dijo, y se le quebró la voz en dos pedazos—. Cariño. Soy yo.
Salí de la cabaña para dejarle intimidad.
Bajé los escalones y me detuve en la arena.
Soplaba un viento fuerte, helado, que me revolvía el pelo.
Detrás de mí, a través de la pared, oí un sollozo, una risa, un murmullo largo, ininterrumpido.
Miré hacia el coche azul. Liam estaba apoyado contra el capó, con los brazos cruzados y la mirada en la duna. Me vio. Levantó una mano, despacio.
Le hice una seña con dos dedos. Una señal de que todo iba bien. Él se quedó quieto un segundo. Después sonrió, y se frotó los ojos con el dorso de la mano.
Imogen salió media hora después, con los ojos rojos y una media sonrisa.
—Corinne dice que si no lo cuento, me deja.
—¿Qué?
—Es broma. Bueno, es medio broma. Dice que lleva cuatro años esperando que haga algo valiente, y que va a coger el coche ahora mismo para venir. Llega en tres horas.
—Imogen.
—Dice que a la fundación le importa un rábano. Que la directora fue activista contra una petrolera y que le encantará. —Se secó la nariz con la manga—. No sé por qué no se lo dije antes.
—Porque creías que tenías que cargar tú sola con todo.
—Es muy tonto.
—Es muy humano.
Nos abrazamos en medio de la arena, con el viento tirándonos del pelo. Después Liam se acercó, con las manos en los bolsillos, y Imogen lo miró con una timidez de colegiala.
—Perdona por haberme ido —dijo.
—No hay nada que perdonar.
—Tienes pinta de no haber dormido en tres días.
—Cuatro.
—Pues entra, anda. Hay té.
Pasamos la tarde en la cabaña, alrededor de la mesa de pino, con Octavia en el altavoz del móvil, dando instrucciones con una precisión de cirujano.
Imogen dictó su declaración jurada ante una cámara apoyada sobre una pila de libros.
Habló durante cincuenta minutos, sin pausa, con la voz cada vez más firme.
El diseño del ajuste emocional. La reunión del consejo.
La validación interna. El setenta y ocho por ciento a cinco años.
La orden de ocultar el modelo base a los auditores.
El correo con el nombre de Colette como cabeza de turco.
Cuando acabó, apagó la cámara, se quedó mirando la mesa, y suspiró igual que se suspira al quitarse de encima un saco de harina.
—Está hecho —dijo Octavia, desde el altavoz—.
Lo firmaré en tu nombre ante un notario por videoconferencia en cuanto Corinne llegue y confirme tu identidad.
Mañana a primera hora tendremos todo en orden.
Con la declaración de Imogen, las pruebas de Ravi, el correo de Colette, el registro de Walt y el testimonio de Maya, presentaremos la denuncia ante la comisión el lunes a las nueve de la mañana.
Cinco testigos. Tres documentos. Una fecha límite.
—¿Cuándo sale SoulMatch a bolsa? —pregunté.
—El miércoles por la noche se fija el precio. El jueves a las nueve y media de la mañana suena la campana.
—Cuatro días.
—Cuatro días. —Se oyó el ruido de una taza de café dejada sobre un escritorio—. Es justo, pero se puede. Billie tiene un contacto en una agencia de prensa. Harlan Voss ha llamado esta tarde. Quiere publicar la historia entera. Con todos los nombres. Con las pruebas. Lo ha pedido él.
Liam alzó la cabeza.
—¿Harlan?
—Dice que tiene una colección de portadas muy bonita y que le falta una buena.