Capítulo 17
Liam
Lo que me despertó fue un golpecito en el cristal.
Tres toques suaves, de nudillo, espaciados, como los de alguien que no quiere asustar a un animal dormido.
Abrí los ojos sin saber dónde estaba. Un cuello dolorido, una mejilla pegada al vidrio frío, un sabor a café rancio en la boca.
Fuera, la lluvia había arreciado y una luz amarilla de farola se deshacía en regueros por la ventanilla. Parpadeé. Enfoqué.
Había una capucha empapada, un mechón de pelo oscuro pegado a una mejilla, unos ojos castaños muy grandes.
Me incorporé tan deprisa que me golpeé la rodilla contra el volante.
—Maya —dije, sin voz.
Ella levantó una mano con la palma abierta, a modo de saludo, y después señaló con el índice la manilla de la puerta del copiloto.
Entendí. Quité de un manotazo la chaqueta que me cubría el pecho, aparté a toda prisa la caja de cartón del asiento, tiré al suelo un envoltorio de bollo de canela, y abrí el seguro.
La puerta se abrió con un chirrido. Entró una ráfaga de aire húmedo y, detrás, ella, que se sentó sobre el asiento libre con la mochila en el regazo, cerró de un portazo suave y se quedó mirando el parabrisas, con la lluvia repicando sobre el techo.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
El coche olía a café frío y a lana mojada.
Se oía su respiración, algo agitada, y la mía, peor.
En el cristal, un círculo de vaho se agrandaba poco a poco.
Yo no me atrevía a mirarla. Me daba terror que, si giraba la cabeza, la imagen se evaporara como los sueños que uno intenta retener después de despertar.
—¿Cuánto llevas aquí? —preguntó.
—No lo sé. —Miré el reloj del salpicadero—. Desde las seis de la mañana. Menos unas horas que me he ido a dar una vuelta.
—Son las nueve de la noche.
—Ya.
—Has pasado quince horas en un coche.
—He ido a comprar un bollo.
—Liam.
—Y otro café.
—Liam.
—Y he llamado a Octavia dos veces. Y a Billie cinco.
Y he hablado con una chica que se llama Marlene, que me ha dicho que Imogen no ha vuelto.
Y con Corinne, que ha pasado dos veces por aquí y me ha mirado como a un bicho raro.
—Tragué saliva—. Dijiste que no sabías si ibas a venir.
Yo dije que lo entendería. Pero no me ha parecido bien irme.
Se giró hacia mí. A la luz amarilla de la farola, sus ojos brillaban con una humedad que no era de lluvia.
Tenía la nariz roja de frío y los labios agrietados.
Llevaba una chaqueta que le quedaba grande, una mochila que parecía a punto de reventar, y una carpeta amarilla apretada contra el pecho, la misma que yo había metido por la ranura del buzón unas horas, o una vida, antes.
—Te he leído —dijo.
—¿Todo?
—Todo. Las transcripciones. Tu libreta. El mensaje. —Se le quebró la voz—. «No sé cuándo dejó de ser un reportaje.»
—Era una nota privada. No debí...
—Cállate. —Sonrió con tristeza—. Déjame hablar a mí. Que si no, te la quedas tú.
Cerré la boca. Ella respiró hondo, apoyó la nuca en el reposacabezas y miró hacia el techo del coche, donde un ligero círculo de óxido dibujaba una mancha en forma de isla.
—Mi madre me ha contado una historia —empezó—.
Sobre mi padre y una bolsa de la comida.
No te la voy a repetir, porque me la ha contado a mí y es suya.
Pero hay una frase que me dijo que me ha estado dando vueltas toda la tarde.
Me dijo que a veces uno protege mintiendo, y que eso no es protegerse.
Que proteger es dejar ver lo que te asusta.
Asentí despacio.
—Y me preguntó si yo te había dicho a ti lo que me asusta.
—¿Y?
—Y le dije que no. —Giró la cabeza y me miró—. Así que voy a decírtelo ahora. Aunque me dé vergüenza. Aunque no sepa cómo ponerlo en una frase corta, limpia, de las tuyas.
—No hace falta que sea corta.
—Menos mal. —Soltó una risa temblorosa y se frotó los ojos con el puño—.
Me da miedo que lo nuestro sea una consecuencia.
Que si no hubiera habido plan, ni cámaras, ni Desmond, ni un uno coma cuatro, tú y yo nunca nos habríamos mirado.
Que lo que sentimos sea un efecto secundario del montaje.
Una cosa que nos ha pasado porque nos han obligado a fingirla.
Y que el día que se acabe el montaje se acabe todo.
La lluvia golpeaba el techo con un ritmo irregular. Me quedé mirándola.
—Y me da miedo —continuó, más bajo— que el ochenta y siete coma tres sea la única razón por la que estás aquí.
Que una parte de ti, la de reportero, la que busca la prueba, necesite ese número para creer lo que sientes.
Y que la otra parte, la que lo siente de verdad, no tenga nunca la oportunidad de saber si habría llegado sola.
—Maya.
—No he acabado.
—Perdona.
—Y me da miedo —dijo, y le temblaba toda la voz— haberme equivocado otra vez.
Que el hombre que me dijo «te quiero» en mi salón, mientras yo lloraba de rabia, sea el mismo que dijo en una sala que no sentía nada.
Y que no pueda saber nunca cuál de los dos es el verdadero.
Porque yo decidí hace años que se me da fatal elegir a la gente.
Y no quiero que me dé la razón la máquina de la que desconfío.
Se calló. Respiraba deprisa, con los hombros encogidos. Yo tenía el corazón tan acelerado que me costaba separar mis ideas de mis latidos. Me di cuenta de que no sabía qué decir. Una frase limpia y afilada me rondaba la cabeza. La desestimé.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.
—Sí.
—Es una pregunta de verdad. No es retórica. No es de reportero. La quiero oír de verdad.
—Dime.
—¿Qué necesitas que haga?
Se quedó mirándome con la boca ligeramente abierta. La lluvia seguía golpeando el cristal. Un coche pasó por la calle y su luz recorrió el interior del nuestro, deslizándose por su rostro como una caricia.
—No lo sé —susurró.
—Vale.
—No lo sé todavía.
—Vale. Dime cuando lo sepas.
—¿Y si tardo?
—Esperaré. Soy bueno esperando. Es lo único que me enseñó mi madre sin proponérselo.
Se le escapó una risa, entre las lágrimas. Se llevó las manos a la cara. Yo no me moví. No la toqué. Me quedé quieto, con los brazos pegados al cuerpo, respirando despacio, y comprendí que ese era el único gesto de cariño que necesitaba ese instante: no hacer nada.
—Hay una cosa más —dije, cuando se calmó—. Que quiero que sepas, aunque no la necesites.
—Dime.
—Lo del número. El ochenta y siete coma tres.
Yo no lo necesité. Cuando me lo contaste, me asusté.
Pero no porque dudara de lo que sentía. Me asusté porque acababa de entender que lo que sentía tenía nombre.
Y eso, para un hombre que lleva toda la vida huyendo de los nombres, es una experiencia horrible.
—Respiré hondo—. Ya me había enamorado de ti, Maya.
Cuando todavía estaba convencido de que éramos dos enemigos que fingían.
Cuando te vi en el café con aquella cara de no haber dormido.
Cuando te reíste de lo de la estática. Me enamoré antes del plan, creo.
Solo que no lo sabía ni quería saberlo. El número no me lo ha dicho.
El número solo me ha confirmado que podía dejar de tener miedo.
Ella me miraba con los ojos muy abiertos. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Dejó que le cayera hasta la barbilla.
—Eso no es una frase corta —murmuró.
—Ha salido larga.
—Me gusta.
—Es lo que hay.
Y entonces, despacio, sin que ninguno de los dos lo decidiera, alargó la mano y la puso sobre la mía, que descansaba contra el cambio de marchas. Una mano fría, mojada, temblorosa. Giré la palma hacia arriba. Entrelazamos los dedos. No dijimos nada más.
Pasamos la noche en el coche.
No fue una decisión. Fue un acuerdo tácito, en el que nadie propuso nada y los dos nos acomodamos como pudimos.
Reclinamos los asientos. Ella se envolvió en mi chaqueta, y yo en la suya, que olía a lluvia y a gasolinera.
Compartimos un bollo de canela, partiéndolo por la mitad, y un termo de café que Noor le había preparado y que ya estaba tibio.
Hablamos en voz baja, en la penumbra, mirando el techo de óxido.
De su infancia en Fresno, de las tardes en el taller de su padre, de una vez que se disfrazó de astronauta con una cazuela.
De mi madre y sus cuatro bodas. De los tíos que bebían demasiado.
De un perro que tuve de pequeño y que se llamaba Capitán Cook y se escapó un día de verano sin decir adiós.
Hablamos hasta que a ella se le empezaron a cerrar los ojos a mitad de una frase.
—Liam.
—Dime.
—No te he perdonado todavía.
—Lo sé.
—Pero quiero.
—Lo sé.
—No es lo mismo.
—Lo sé, Maya.
—Vale. —Bostezó—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Se quedó dormida con la cabeza ladeada hacia mi hombro, y yo me quedé despierto un rato, escuchando la lluvia, sin atreverme a moverme.
Pensé que había cometido el error más grande de mi vida, que me estaban concediendo una oportunidad que no merecía, y que si la desperdiciaba, jamás me lo perdonaría.
Pensé en Harlan, con sus portadas enmarcadas. Después dejé de pensar.
Despertamos con el sol. Un sol pálido, lavado, de las siete de la mañana, que entraba por el parabrisas y teñía de dorado las gotas de lluvia que aún colgaban del cristal.
Maya abrió los ojos, se desperezó con un gemido, se frotó la cara con las dos manos y me miró de reojo con una expresión que era mitad vergüenza y mitad ternura.
—Tengo el cuello hecho polvo.
—Yo, la espalda.
—Tienes la huella del volante en la mejilla.
—Tú tienes la del botón de mi chaqueta.
Nos tocamos la cara los dos a la vez y nos reímos. La risa sonó extraña, ronca, nueva, y se quedó flotando entre nosotros con una ligereza que no habíamos tenido en días.
—Voy a por café —dije—. De verdad. Del bueno. Con leche de avena.
—Voy contigo.
Cruzamos la calle empapada. En la esquina había una cafetería con una pizarra en la puerta, una estufa de leña y una camarera de ojos legañosos que nos sirvió dos vasos de papel sin mirarnos.
Nos los bebimos de pie, junto a la ventana, con la espalda contra la pared, viendo cómo el barrio se despertaba.
Un repartidor en bicicleta. Un chico con un perro.
Una mujer que barría la acera frente a una tienda de discos.
A las siete y media, con un tintineo de campanillas, se abrió la puerta de «Harina y Marea», y apareció una cabeza rosa.
—Marlene —dijo Maya.
Cruzamos corriendo. La chica nos vio venir y dio un paso atrás, con una bandeja de panes contra el pecho.
—Os he visto en el coche —dijo—. Os he dejado dormir. Pensé que si os despertaba, os asustaría.
—Gracias —dije.
—No hace falta. —Dejó la bandeja sobre el mostrador.
Se mordió el labio—. Anoche, después de que se fuera el chico del bollo, me acordé de una cosa.
Imogen me contó, hace tiempo, una tarde que trabajábamos juntas, que de pequeña pasaba los veranos en la costa.
En casa de su abuela. Una cabaña en un pueblo de dunas. Cannon Beach.
—¿Cannon Beach? —repetí.
—No sé más. Me dijo que era un sitio donde nadie la encontraría. Que cuando era niña, se escondía en el desván cuando se enfadaba con sus padres. Y que la cabaña seguía en la familia, aunque nadie la usaba.
Maya y yo nos miramos.
—Gracias, Marlene —dije—. De verdad.
—No me lo agradezcáis. Encontradla. Corinne lleva tres noches sin dormir.
Salimos a la calle. Maya sacó el móvil, tecleó con los dedos rápidos y llamó a alguien. Dos tonos. Un clic.
—Octavia. Soy Maya. Necesitamos una dirección en Cannon Beach, Oregón. Una cabaña que perteneció a la abuela de Imogen Pruitt. ¿Puedes buscar en los registros de propiedad?
Escuché la voz de Octavia al otro lado, seca, rápida. Maya asintió, tomó nota en la palma de la mano con un bolígrafo que sacó de la mochila, y colgó con una sonrisa.
—Tiene la dirección en veinte minutos. —Me miró—. Dice que esta vez, nos lo dice a los dos.
—Esta vez.
—¿Conduces tú?
—Conduces tú —dije—. Tienes un coche azul. El mío tiene el faro roto.
—Y una caja con tus cosas dentro.
—Y una caja con mis cosas.
Subimos al utilitario azul, ella al volante, yo de copiloto, con la carpeta amarilla sobre las rodillas y la caja de cartón en el asiento de atrás.
Arrancó. Y al incorporarnos a la carretera, con el sol dándonos de frente y el camino extendiéndose hacia el oeste, entre bosques de abetos oscuros, noté que me tocaba la rodilla, un segundo, con el dorso de los dedos, sin mirarme, mientras conducía.
Un roce. Una pregunta. Una puerta entreabierta.
Le cogí la mano.