Capítulo 16 #2
—No te estoy diciendo que lo perdones —continuó mi madre—.
No te estoy diciendo que vuelvas con él.
Te estoy diciendo que las equivocaciones no son lo importante.
Lo importante es lo que se hace con ellas.
Y ese chico ha ido a tu portal en mitad de la noche a decirte tres cosas por un interfono.
Sin pedirte nada. Eso es mucho más de lo que hizo tu padre durante una semana.
—Es verdad.
—Y dime una cosa. ¿Tú le has dicho a él lo que te asusta?
Abrí la boca. La cerré.
—No.
—Pues eso también cuenta.
—Mamá...
—Hija. —Amparo se acercó tanto a la cámara que solo se le veía un ojo, enorme, con una ceja arqueada—. Ve a Portland. Haz lo que tengas que hacer. Y cuando lo veas, dile lo que te da miedo. Aunque sea en voz baja. Aunque sea con un churro en la boca.
—¿Cómo sabes que estoy comiendo un churro?
—Porque Noor siempre trae churros cuando hay una crisis. —Sonrió—. Os quiero. Llamadme cuando lleguéis.
Colgó. Me quedé mirando la pantalla negra, con el churro a medio comer y una especie de calma dolorosa en el pecho. Noor levantó la cabeza.
—Te acompaño.
—No.
—Maya.
—Necesito ir sola.
—Yo no estoy diciendo que vaya a entrar contigo. Estoy diciendo que conduzco hasta la frontera con Oregón, te dejo allí, y vuelvo en autobús.
—No tienes ni que...
—La furgoneta es mía. —Se levantó—. Ve a ducharte, anda. Tienes pinta de haber visto un fantasma. Yo voy a llamar a Octavia Reyes. Y a hacer un termo de café del tamaño de un extintor.
Salimos a las seis menos cuarto, con el cielo teñido de un violeta pálido y las calles mojadas, vacías.
En la plaza de abajo no quedaba ni un periodista.
Alguien había barrido las colillas. Una barredera municipal pasaba despacio, arrastrando hojas.
Subí a la furgoneta con una mochila, el portátil, el pendrive azul de Ravi cosido en el forro de la chaqueta y una carpeta amarilla sobre las rodillas.
Noor arrancó. Nos incorporamos al tráfico, que ya empezaba a hacerse denso, y cruzamos el puente cuando salía el sol por detrás de las colinas, bañando de oro el acero rojo.
—Quiero decirte una cosa —dijo Noor, con la vista fija en la carretera.
—Dime.
—Cuando te despidieron. Cuando llegaste con la caja de cartón. Pensé que no ibas a levantarte en meses. Y mírate.
—Me estoy hundiendo.
—Te estás hundiendo con los ojos abiertos. Es distinto.
Nos reímos. Seguimos conduciendo en silencio. Pasamos Sacramento, Williams, el cartel descolorido del mercado de cerezas. Noor puso música, algo de guitarras suaves, y yo apoyé la frente en el cristal y me quedé mirando cómo los campos se sucedían, verdes y planos, hasta el horizonte.
Se paró en Redding a repostar. Yo bajé a estirar las piernas.
En la gasolinera, junto a la máquina de café, estaba el empleado del uniforme de poliéster, el que nos había dado dos vasos en el directo.
Me miró. Me reconoció. Asintió despacio, sin cambiar la expresión, y me tendió desde la ventanilla un vaso de café.
—Invita la casa —dijo—. Mi mujer ha dicho que ni se os ocurra rendiros.
No pude decirle nada. Cogí el vaso con las dos manos y le sonreí con la boca temblorosa.
Noor me dejó en una parada de autobús de Ashland, al pie de unas colinas verdes, a la una de la tarde. Se bajó para abrazarme con tanta fuerza que me crujieron las costillas.
—Llámame cuando acabes. Pase lo que pase.
—Te llamo.
—Y no le tires nada a la cabeza. Todavía no.
—Te lo prometo.
—Y si le tiras algo, que sea blando.
Se alejó en la furgoneta blanca, con una mano fuera de la ventanilla, diciéndome adiós.
Alquilé un coche pequeño en una oficina de la estación, un utilitario azul con las ruedas gastadas, y salí hacia el norte con la carpeta en el asiento del copiloto y los nervios convertidos en una piedra caliente en el estómago.
Llegué a Portland a las nueve de la noche.
Una lluvia fina caía sobre el puente de hierro y sobre las calles de Alberta, y las farolas dibujaban halos amarillos en el aire húmedo.
Aparqué en una calle lateral, a dos manzanas de la panadería.
No me quedé dentro del coche. Caminé bajo la lluvia, con la capucha puesta, las manos en los bolsillos y la mochila al hombro, atravesando charcos, hasta que vi el rótulo azul marino de «Harina y Marea».
La tienda estaba cerrada. Una luz tenue brillaba en el almacén trasero. Y en la acera de enfrente, aparcado bajo un árbol sin hojas, había un coche gris con un faro roto.
Me detuve.
Me acerqué despacio, con el corazón desbocado, esquivando los charcos. Lo rodeé por detrás. Me asomé a la ventanilla del conductor.
Liam estaba dormido.
Tenía la cabeza apoyada contra el cristal, con la mejilla aplastada y la boca ligeramente abierta, y una chaqueta tirada sobre el pecho como una manta.
A su lado, en el asiento del copiloto, había una caja de cartón con un cargador, dos libretas, una taza, y un marco pequeño con un recorte de periódico amarillento.
En el salpicadero, junto al volante, un vaso de café frío con una tapa de plástico.
En el suelo, una bolsa de papel con migas de lo que parecía un bollo de canela.
La lluvia golpeaba el techo del coche con un rumor suave. Dentro, su respiración empañaba el cristal en un círculo pequeño, que se ensanchaba y se encogía.
Me quedé un rato mirándolo, bajo la lluvia, sin llamar, con las manos metidas en los bolsillos.