Capítulo 16
Maya
Lo oí todo desde el sofá, con la oreja pegada al interfono.
Sé que parece una escena de película, pero fue peor: fue una escena de película vista por una mujer en pijama, con una manta sobre los hombros, descalza sobre un suelo de madera, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer ruido.
No me levanté a contestar. No pulsé el botón.
Me quedé quieta mientras una voz grave, temblorosa, con un crujido de estática en medio, me decía tres cosas desde la calle.
La primera me hizo apretar los párpados. La segunda me hizo abrir los ojos. La tercera me hizo taparme la boca con las dos manos.
«Que te quiero. No te lo cuento para que cambies de opinión. Te lo cuento porque ya no tengo ninguna mentira que mantener.»
Oí cómo el buzón del portal chirriaba al abrirse.
Oí cómo algo caía dentro con un golpe suave.
Después, nada. Un largo rato sin ruido, con el zumbido de la nevera y un coche lejano frenando en algún semáforo.
Me levanté despacio. Aparté un borde de la manta de la ventana, apenas un centímetro, y miré hacia abajo, hacia la acera iluminada por la farola.
Estaba de pie, en el centro de la calle, con las manos caídas a los lados y la cabeza alzada hacia mi ventana.
Tenía el abrigo desabrochado. El pelo revuelto.
Parecía muy pequeño, desde allí, y muy cansado, como si le hubieran quitado de golpe todo el aire.
Se quedó así un minuto largo, o dos, sin moverse.
Yo no solté la manta. Después se dio la vuelta y se alejó hacia un coche gris con un faro roto, subió, y arrancó.
El móvil, sobre la mesa, vibró con un mensaje. Lo leí con la luz azul de la pantalla bañándome la cara.
«Imogen ha desaparecido. Su pareja cree que SoulMatch la ha asustado. Salgo ahora hacia Portland a comprobar que está bien. No decido nada más sin ti. Si quieres venir, estaré mañana a las seis de la mañana en la panadería. Si no, lo entenderé. L.»
Lo leí tres veces. Me senté en el borde del sofá. Respiré.
Después bajé al portal en zapatillas, con la manta arrastrando, y abrí el buzón con la llave pequeña que colgaba junto a las otras.
Dentro había una carpeta amarilla, de cartón, cerrada con una goma.
Y un sobre blanco, pequeño, doblado por la mitad para que cupiera.
Subí las escaleras de dos en dos, sin aliento, con la sensación absurda de llevar un animal vivo entre los brazos.
Sobre la mesa del salón abrí primero el sobre.
Dentro, un papel doblado en cuatro, amarillento en los pliegues.
Lo desplegué con las yemas de los dedos.
Titular en negrita. Una foto de una mujer con los brazos abiertos sobre un escenario.
Y, justo encima de la firma, aquellos dieciocho agujeros diminutos, uno junto a otro, tan apretados como un cielo de estrellas.
Le había dado la vuelta. En el reverso, con su letra apretada y tinta azul, había una frase. «Apunta mejor la próxima vez. Esta vez te prometo que no me muevo.»
Me eché a reír. No pude evitarlo. Una risa corta, rota, que se me escapó del pecho como un hipo, y que enseguida se convirtió en otra cosa.
Me llevé el papel a la cara. Lloré un rato con la nariz pegada al dobladillo, entre carcajadas ahogadas y sollozos, y el papel olía a él, a café y a jabón, a camisa gris, y yo pensé que era injusto que un recorte de periódico tuviera tanto poder sobre mí.
Cuando me calmé, abrí la carpeta.
Estaba todo. Las transcripciones de la cena en casa de Desmond, con las partes importantes subrayadas en amarillo.
La fotocopia del registro de visitas de Walt, con la línea de Viv Calloway rodeada con un círculo rojo.
Una libreta con anotaciones de Liam, cronológicas, minuciosas, que empezaban el día del café y terminaban con una frase subrayada dos veces: «No sé cuándo dejó de ser un reportaje».
Y una tarjeta de visita arrugada. «Octavia Reyes.
Asesoría. Antigua abogada de la Comisión de Valores.
» Detrás, con la misma letra, un teléfono y una nota breve: «Hazle todas las preguntas que quieras. No la dejes que te dé la razón.»
Me quedé mirando la tarjeta un buen rato.
No dormí. Pasé la noche en el sofá con el portátil sobre las rodillas, leyendo.
Busqué en la web de la Comisión de Valores el programa de denunciantes.
Leí las normas de protección contra represalias, los precedentes, los casos de ingenieros que habían denunciado a sus empresas y habían sido blindados por la ley.
Leí tres sentencias. Después abrí el folleto de salida a bolsa de SoulMatch, el documento de ciento setenta páginas que había descargado hacía semanas sin atreverme a leerlo, y fui buscando las frases una a una, igual que se busca un cadáver en una casa que se conoce de memoria.
«El Índice de Afinidad es un modelo validado por terceros independientes.»
«El resultado que se muestra al usuario refleja con fidelidad la compatibilidad estimada entre las partes.»
Las dos frases estaban allí, en la página cuarenta y uno, en un párrafo de letra pequeña, con una redacción limpia y tranquila, sin una sola duda. Subrayé las dos con el cursor. Me quedé mirándolas hasta que dejaron de ser palabras.
A las cinco de la mañana me sonó el móvil. Era Noor.
—¿Estás despierta?
—Sí.
—Lo sabía. Te oigo tecleando desde mi cama, que es la del vecino, y no sé cómo.
—Estás en casa de tu amiga.
—Estoy en el portal. Estoy abajo. He traído churros. Abre.
Le abrí. Subió con una bolsa de papel grasienta, el pelo suelto, la cara hinchada de sueño y unas zapatillas de dos pares distintos.
Se dejó caer en el sofá, a mi lado, y me puso un churro en la mano antes de preguntarme nada.
Mordí. Estaba caliente, azucarado, ligeramente quemado en un extremo. Me supo a infancia.
—He hablado con Liam —dijo Noor.
—¿Cuándo?
—Anoche. Me llamó. Me contó lo del trato, lo de la abogada, lo de la comisión. Me lo contó todo sin que se lo pidiera, y yo le dije que era un imbécil. Y él me dijo: «Lo sé». Y yo le dije: «Eres un imbécil de los gordos». Y él me dijo: «Lo sé, Noor». Y entonces me dio pena.
—¿Te dio pena?
—Un poco. Es muy difícil enfadarse con alguien que se declara culpable antes de que lo acuses. Es una táctica sucia. —Mordió un churro—. ¿Has leído lo que dejó en el buzón?
—Todo.
—¿Y?
—Tengo que ir a Portland.
—Eso ya lo sabía. Lo que quiero saber es si vas por Imogen o por él.
—Por Imogen.
—Mentirosa.
—Por la denuncia.
—Mentirosa.
—Por mí —dije, y me sorprendió oírlo—. Voy por mí. Porque llevo dos semanas dejando que otros decidan cosas por mí. Primero Desmond, luego los abogados, luego Liam. Y ahora hay una carpeta amarilla encima de la mesa y una tarjeta de una mujer que dice que puedo decidir yo sola. Y quiero decidirlo.
—Esa respuesta me gusta más.
—Y también voy porque quiero ver su cara cuando me vea.
—Eso ya es honesto.
—Y porque no le he perdonado todavía. Pero quiero hacerlo. Y no sé cómo se hace eso sin verlo.
Noor se quedó callada. Me tomó la mano, sin soltar el churro con la otra. Fuera, el cielo empezaba a clarear por encima de los tejados.
—Mamá va a querer decirte algo —murmuró—. Le he mandado un mensaje. Está despierta. Llama en cuanto quieras.
Amparo contestó a la videollamada al primer tono, con el pelo recogido en una redecilla de dormir, una bata acolchada de flores y unas ojeras que delataban dos horas de espera sin admitirlo.
—Ya era hora —dijo—. ¿Has dormido?
—No.
—Ni yo. He rezado tres rosarios, que no los rezaba desde que se murió tu abuelo. ¿Cómo estás?
—Hecha un desastre.
—Eso es normal. —Se acercó a la pantalla, achicando los ojos—. Tienes los ojos como dos tomates. Noor me lo ha contado. El audio y todo. Lo oí en la radio ayer. Me dio un vuelco. Se lo dije a la vecina: «Es mentira. Ese hombre no ha dicho eso por gusto».
—Mamá, estaba mintiendo.
—Eso ya lo sé. Lo que no sé es por qué mentía. —Alzó un dedo—. Cuéntame.
Se lo conté. De corrido, sin adornos, con la voz entrecortada. Amparo escuchó sin interrumpirme, con las cejas muy juntas, asintiendo de vez en cuando. Cuando terminé, se quedó un segundo en silencio, mirando algo a su derecha que yo no veía.
—Te voy a contar una historia —dijo—. Una que no conoces.
—Mamá, no es el momento.
—Es exactamente el momento. Siéntate bien.
Me incorporé. Noor, a mi lado, se acurrucó contra mi hombro.
—Cuando tú tenías cuatro años, tu padre y yo atravesamos una mala racha.
Muy mala. Él había perdido el trabajo. No me lo dijo.
Durante tres meses, salía cada mañana con la bolsa de la comida, como si fuera al taller, y volvía por la tarde con la bolsa vacía, y yo no sabía nada.
Se pasaba los días sentado en un banco. Mirando el río.
Intentando que yo no me preocupara. Cuando lo descubrí, por una factura que se le cayó del bolsillo, no le grité.
Le pregunté por qué. Y me dijo lo mismo que ese chico.
Que no quería hacerme daño. Que quería protegerme. —Suspiró—. Estuve a punto de dejarlo.
—No me lo habías contado nunca.
—Porque lo superamos. Aunque costó. Lo que yo le dije entonces, y se lo dije con mucha rabia, porque no me callé nada, fue: «Tú no me proteges mintiéndome.
Me proteges cuando me dejas ver lo que te asusta».
Se quedó callado una semana. Después volvió a casa un día, con el pelo cortado, con un traje que había comprado a plazos, y me dijo: «Dime qué quieres que haga.
Esta vez pregunto». —Se le humedecieron los ojos—.
Y yo se lo dije. Y aquí estamos. Cuarenta años después.
Me sequé las lágrimas con la manga. Noor sollozaba bajito sobre mi hombro.