SoulMatch Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—No lo sé. Pero creo que se alegrará de que se lo haya preguntado.

Asintió despacio. Se puso las gafas de sol. Antes de alejarse, se volvió una última vez.

—Dígale que la planta se quedó muy triste sin ella. Que algunos nos acordamos todos los días de la suculenta.

Se alejó bajo el paraguas abierto, con pasos rápidos, sobre el asfalto mojado. Yo me quedé con la caja de cartón apretada contra el pecho y una sonrisa estúpida, incrédula, que me duró hasta que llegué al coche.

Subí al coche. Dejé la caja en el asiento de atrás. Arranqué.

Esa noche, a las nueve, estaba delante del portal de Maya, bajo una farola, con la carpeta amarilla en una mano y un sobre pequeño en la otra.

Los periodistas se habían ido a otra parte, atraídos por un incendio en un almacén del puerto.

En la calle solo había un gato escuálido y un hombre que vendía castañas en un carrito. Pulsé el interfono. Esperé.

No contestó.

Pulsé otra vez. Silencio. Alcé la cabeza hacia su ventana, la del tercero, con la manta clavada, y vi una línea de luz amarilla por debajo. Estaba ahí. Lo sabía. Pude imaginar su figura sentada en el sofá verde, con las rodillas contra el pecho, mirando la puerta, esperando que me fuera.

—Maya —dije, hacia el interfono, con la voz baja—. No voy a subir. No voy a insistir. Solo quería decirte tres cosas.

Nada. Un crujido de estática.

—La primera es que me he equivocado. No en lo que dije en la comisión, que también, sino en no preguntarte antes. Fue un error de los grandes. Probablemente el mayor de mi vida. Y lo siento. No como excusa. Como disculpa.

El hombre de las castañas me miró con curiosidad. Yo me apreté contra la pared.

—La segunda. He hablado con una abogada.

Se llama Octavia Reyes. Dice que la amenaza de SoulMatch es humo.

Que hay una ley que te protege si denuncias ante la comisión de valores.

Que no pueden tocarte. Está todo en la carpeta.

Voy a dejarla en el buzón con su tarjeta.

No quiero que hagas nada por mí. Quiero que hagas lo que tú decidas, con la información completa. Esta vez no decido nada por ti.

Seguía sin responder. Oí, o creí oír, un movimiento detrás del cristal de la ventana.

—Y la tercera es que he dimitido. Esta tarde. He rectificado mi declaración ante la comisión. He dicho la verdad. Que te quiero. —Se me quebró la voz—. No te lo cuento para que cambies de opinión. Te lo cuento porque ya no tengo ninguna mentira que mantener.

Metí la carpeta en el buzón. Después saqué el sobre pequeño.

Dentro, doblado en cuatro, estaba el artículo con los dieciocho agujeros en mi apellido.

Por el reverso, con tinta azul, había escrito una sola frase.

«Apunta mejor la próxima vez. Esta vez te prometo que no me muevo. » Lo introduje también por la ranura.

Después recorrí tres pasos hacia atrás, me quedé quieto en medio de la acera, y alcé la cabeza hacia la ventana. La luz amarilla seguía encendida. No se apagó. No se movió la manta.

El móvil vibró en el bolsillo.

—Hargrove. —Era Billie, con una voz que me puso en guardia al instante—. ¿Dónde estás?

—Delante de su portal.

—¿Ha abierto?

—No.

—Mejor. Escúchame. Imogen Pruitt ha desaparecido.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—Su pareja ha llamado hace una hora al despacho de Octavia.

Se llama Corinne. Dice que Imogen salió ayer por la tarde de la panadería con una bolsa de viaje y no ha vuelto.

Dejó una nota diciendo que necesitaba pensar.

El teléfono está apagado. La cooperativa tampoco sabe nada.

Corinne tiene miedo de que alguien de SoulMatch la haya presionado.

—Dios.

—Hoy era el día que Imogen te había prometido, Liam. Sin ella, el único testigo directo del diseño del ajuste emocional es un fantasma. Octavia necesita su declaración jurada para que la denuncia tenga peso. Y Ravi no se atreverá si ella no da el paso.

—Voy a Portland.

—Eso mismo iba a sugerirte. —Billie soltó el humo—. Pero hay una cosa.

—¿Qué?

—Que si vas tú solo, y la encuentras, y ella te cuenta cosas que Maya debería oír, vas a volver a cometer el mismo error. Decidir por ella.

Me quedé callado. Miré la ventana. Seguía la luz.

—Lo sé —dije—. Por eso voy a dejarle un mensaje.

Colgué. Saqué el móvil. Escribí con los pulgares, despacio, borrando y corrigiendo, y al final dejé solo lo esencial:

«Imogen ha desaparecido. Su pareja cree que SoulMatch la ha asustado. Salgo ahora hacia Portland a comprobar que está bien. No decido nada más sin ti. Si quieres venir, estaré mañana a las seis de la mañana en la panadería. Si no, lo entenderé. L.»

Lo envié antes de poder arrepentirme. Esperé a que aparecieran los dos tics grises. Aparecieron. No se pusieron azules.

Guardé el teléfono. Miré por última vez la ventana, la luz, la manta.

Después caminé hasta el coche, subí, arranqué, y dejé atrás la calle, el portal, el hombre de las castañas, con la caja de cartón dando botes en el asiento de atrás y la ventana iluminada de Maya empequeñeciéndose en el retrovisor, sin apagarse.