Capítulo 15 #2
—Dije que no existía ninguna relación sentimental entre la señorita Ferreira y yo.
Dije que era una actuación. Dije que no sentía nada por ella.
—Dejé la caja en el suelo y me enderecé—.
Es mentira. Me aconsejaron que lo dijera para protegerla de una demanda.
He consultado a una abogada especialista en denuncias a la comisión de valores y me ha explicado que esa amenaza no tenía fundamento.
Me engañaron. O me dejé engañar. Ya no importa.
—¿Está diciendo que perjuró?
—Estoy diciendo que me equivoqué. Y que voy a corregirlo. Por escrito, hoy, con copia a la comisión y a quien haga falta.
Harlan se recostó en la silla. Miró el techo. Soltó un suspiro largo que le deshinchó los hombros.
—Usted sabe lo que esto significa.
—Sí.
—Que la suspensión se convierte en despido. Que perderá la indemnización. Que no podrá volver a trabajar en un medio serio en esta ciudad durante años.
—Lo sé.
—¿Y aun así?
—Aun así.
—¿Por qué?
La pregunta, formulada con una serenidad casi humana, me pilló desprevenido. Pensé en dar una respuesta de reportero. Una frase limpia, bien construida, de las que se imprimen. No me salió ninguna.
—Porque llevo veinte años escribiendo lo que veo —dije—. Y lo que veo es que quiero a esa mujer. Sería ridículo que lo negara para conservar un despacho.
Harlan me miró durante un largo rato. Después, despacio, se llevó una mano a la boca, y por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, sonrió. Una sonrisa breve, cansada, de una tristeza amable.
—Mi mujer me dijo anoche, después de la cena, que usted y esa chica eran lo único verdadero que había visto en la televisión en diez años. Yo le dije que estaba equivocada. Que era un montaje.
—Y lo era. Al principio.
—Pero ya no.
—Pero ya no.
—Qué fastidio —dijo Harlan—. Odio equivocarme delante de mi esposa.
Se puso en pie. Rodeó el escritorio. Me tendió la mano, una mano seca, huesuda, firme. Se la estreché.
—Redacte la rectificación. Se la publicaremos íntegra. Sin retoques.
—Gracias.
—No me las dé. Estoy haciendo lo mínimo. —Miró la caja en el suelo—. Y Hargrove.
—¿Qué?
—Si esa señora le da una segunda oportunidad, no la desperdicie. Yo desperdicié las mías. Tengo una colección de portadas para demostrarlo.
Salí del edificio con la caja de cartón entre los brazos.
En el vestíbulo, el guardia de seguridad, un chico joven que no conocía, me miró con compasión.
Crucé la puerta giratoria. El aire frío me golpeó la cara.
Me quedé un momento en la acera con la caja contra el pecho, mirando pasar los coches.
Por un segundo recordé a una mujer sentada en un bordillo, con una planta suculenta envuelta en papel de burbujas.
Me pregunté cuántas veces se puede caer la misma persona dos veces desde ángulos distintos.
—Señor Hargrove.
Me detuve. Al otro lado de la calle, bajo el toldo de una cafetería, había una mujer con un impermeable beige, un paraguas cerrado y unas gafas de sol enormes que no pegaban con el cielo nublado.
Tardé un segundo en reconocerla. El pelo castaño liso, la boca pintada de burdeos, el porte erguido de una mujer acostumbrada a dar malas noticias con buena letra.
Cruzó la calle mirando a ambos lados, con pasos rápidos.
Se quitó las gafas. Tenía los ojos rojos.
—Colette Brisbane —dije.
—No hable alto. —Me agarró del brazo y me arrastró hacia el resguardo de un portal—. Llevo tres horas esperando en esa cafetería. No sabía si iba a salir. Ni si iba a atreverme a hablarle cuando saliera.
—¿Qué quiere?
—Quiero que le diga a Maya Ferreira que lo siento.
Me quedé sin palabras. Colette apretó los labios y miró hacia el suelo, a sus zapatos de tacón mojados.
—Yo la despedí. Lo hice con una carpeta blanca y una voz de funeral, y me dije a mí misma que era mi trabajo. Que era el procedimiento. Pero esa noche no dormí. Ni la siguiente. Llevo dos semanas sin dormir bien. Cada vez que veo la entrevista de ustedes en la televisión, me dan ganas de vomitar.
—No está sola. Hay otros.
—Lo sé. Ravi. Imogen. —Alzó los ojos—. Yo sabía que algo no iba bien con el ajuste.
Lo supe cuando me llegó la orden de apresurar el despido.
Aquella mañana, a las ocho y media, un correo de Desmond.
«Cierra el caso Ferreira antes de las diez.
Prioridad máxima.» Nunca me había dado una orden con tanta prisa.
Y el nombre de esa consultora en la visita de la planta catorce.
—Viv Calloway.
—Esa. Yo la vi. Estuvo cuarenta minutos con él a puerta cerrada. Cuando salió, ya no sonreía. —Hizo una pausa—. Tengo ese correo. Lo guardé en una cuenta privada, la noche del despido. No sé por qué lo hice. Una especie de instinto de supervivencia.
—¿Está dispuesta a entregarlo?
—Tengo miedo. —Se llevó una mano a la boca—.
Soy la cabeza de turco que han diseñado.
Me lo dijo Imogen, en un correo que no tenía que leer.
Si esto sale a la luz, el responsable de todo seré yo.
La que aplicó el despido improcedente. La que firmó los papeles.
—Respiró hondo—. Pero esta mañana mi hija de nueve años me ha preguntado si es verdad que no hay que fiarse de las máquinas. Y no he sabido qué contestarle.
Le tendí la tarjeta de Octavia Reyes. La cogió con las dos manos, como un objeto frágil.
—Llámela hoy —dije—. Es abogada. Antigua fiscal de la comisión de valores. Va a ayudarla a protegerse. No está sola, Colette.
—Eso espero. —Guardó la tarjeta en el bolsillo del impermeable. Dudó un momento y añadió con una voz muy pequeña—: ¿Cree que me perdonará?