Capítulo 15
Liam
Pomelo me recibió en casa de Billie con un maullido indignado, subido a lo alto de una librería de roble, desde donde miraba hacia abajo a un perro de pelaje negro, grande como un sofá, que se llamaba Bisonte y que lo observaba con una devoción sin esperanza.
—Se han hecho amigos —dijo Billie, desde la cocina—. Es decir, el gato le ha dejado claro quién manda y el perro se ha enamorado de él. Es una dinámica que conozco bien.
—Billie.
—No me hables todavía. Siéntate.
Me senté en el sofá, un mueble de terciopelo verde botella, hundido en el centro, cubierto de mantas de ganchillo y de pelos de perro.
La casa de Billie era un piso grande, oscuro, abarrotado, con estanterías hasta el techo, fotografías enmarcadas de gente que yo no conocía.
Había una máquina de escribir sobre una mesa camilla.
Una radio antigua en el alféizar. En la pared, un cartel enmarcado de una huelga de linotipistas de 1974.
Billie salió de la cocina con una bandeja. Dos tazas de té humeante, un plato de galletas de jengibre. La dejó sobre la mesa baja y se sentó frente a mí en un sillón orejero, con las piernas cruzadas y las gafas rojas deslizándose por la nariz.
—Dime si la he entendido bien —dijo—. Una abogada del periódico te ofrece un trato.
Te dice que la chica va a ir a la cárcel si no mientes.
Tú, que llevas veinte años sin creer ni una palabra de lo que dicen los abogados, te lo tragas entero.
Vas a la comisión. Dices delante de seis testigos que no sientes nada por la mujer que lleva dos semanas durmiendo en tu cama. Y luego te sorprendes de que se enfade.
—Yo no...
—Y luego —prosiguió, levantando un dedo— vas a su casa, con una carpeta amarilla, a explicárselo con argumentos. A ella, que se dedica a convertir cosas en lógica. A explicarle por qué decidiste por ella. —Hizo una pausa—. ¿Me dejo algo?
—Le dije que la quería.
Billie cerró los ojos un segundo.
—Dios mío, chico.
—Ya.
—¿Y ella qué dijo?
—Que no podía creerme. Que era el único momento en que no podía creerme.
—Qué mujer más lista. —Billie abrió los ojos—.
Y qué hombre más tonto. Mira. Te voy a decir una cosa y quiero que la escuches con la boca cerrada.
Los hombres como tú, los listos, los que llevan años en el oficio, cuando ven un problema lo resuelven.
Es un reflejo. Una cosa se rompe, la arreglan.
Alguien está en peligro, lo sacan. Y eso es muy bonito en una redacción, y es un desastre en una cama.
Porque a una persona no hay que resolverla. Hay que acompañarla.
No dije nada. Tomé un sorbo de té. Estaba tan caliente que me quemó la lengua, y me alegré de la quemadura.
—¿Qué hago? —pregunté al fin.
—Lo primero, ir a hablar con una persona.
—Se levantó con un crujido de rodillas, fue hasta una mesita junto a la ventana, rebuscó entre unos papeles y volvió con una tarjeta de visita arrugada—.
Octavia Reyes. Fue abogada de la comisión de valores durante doce años.
Ahora tiene un despacho pequeño en el Mission y ninguna paciencia con los que dan lecciones.
Le hablé de ti anoche. Te espera a las once.
—¿De qué va a servir una abogada?
—De que te explique cosas que la de moño gris no te contó. —Me puso la tarjeta en la mano—. Y llévate un gato, porque te va a hacer falta compañía.
—No puedo llevarme a Pomelo a una reunión.
—Tienes razón. Llévate a Bisonte.
El despacho de Octavia Reyes estaba en un primer piso sin ascensor, encima de una tienda de cómics, con una puerta de cristal esmerilado en la que alguien había pegado un rótulo de vinilo, torcido, «REYES.
ASESORÍA». Dentro, había una sala pequeña con dos sillas, un escritorio cubierto de expedientes, un archivador de metal con un cactus encima y una ventana que daba a un patio interior lleno de palomas.
Octavia era una mujer de unos cincuenta años, de pelo negro con mechas grises recogido en una trenza, ojos oscuros y rasgos afilados, con una americana de pana color mostaza que me recordó a la de Billie y una taza de café del tamaño de un jarrón.
—Hargrove —dijo, sin levantarse—. Billie dice que eres un idiota con un buen archivo. ¿Es verdad?
—Lo primero, seguro.
—Pues empieza por el archivo.
Le conté todo. Desde el café con Maya hasta la azotea, pasando por los directos, por Desmond, por Imogen, por la comisión.
Le enseñé las transcripciones. Le di el pendrive que Maya me había hecho copiar.
Octavia me escuchó con las manos entrelazadas sobre el escritorio, sin interrumpirme, asintiendo de cuando en cuando.
Cuando acabé, se quedó mirando la carpeta amarilla unos segundos largos.
—¿Quién te dijo que Maya Ferreira iba a ir a la cárcel?
—Priscilla Dunmore. La abogada del periódico.
—Es una buena abogada. Corporativa. Muy competente. —Cogió un bolígrafo y le dio vueltas entre los dedos—. Y probablemente te dijo la verdad, pero solo la mitad. La mitad que le convenía a su cliente.
—No entiendo.
—Mira. —Se inclinó hacia delante—. SoulMatch está a punto de salir a bolsa.
Para salir a bolsa, una empresa presenta ante la comisión de valores un documento que se llama S-1, un folleto donde cuenta qué es, cómo funciona, qué riesgos tiene y qué dice de sí misma.
Todo lo que figure ahí tiene que ser verdad.
Si dice que su producto estrella funciona de una manera y en realidad funciona de otra, y eso es relevante para un inversor, eso es fraude.
De los gordos. De los que acaban con directivos en un juzgado federal.
—Lo del Índice de Afinidad.
—Lo del Índice. El folleto, que me he leído esta mañana, afirma que el número es el resultado de un modelo «validado por terceros independientes» y que «refleja con fidelidad la compatibilidad entre usuarios». Dos frases. Dos mentiras. Y Maya Ferreira tiene en su poder la prueba.
—Eso ya lo sabíamos.
—Lo que no sabíais es lo que implica. —Dejó el bolígrafo—.
Hay una ley, Liam. Se llama Dodd-Frank. Protege a las personas que denuncian a su empresa ante la comisión de valores por fraude de este tipo.
Aunque haya un acuerdo de confidencialidad.
Aunque la hayan despedido. Aunque hayan copiado documentos, siempre que lo hayan hecho para denunciar y no para beneficio propio.
Se les protege contra represalias. Se les garantiza que no pueden demandarlas por revelar lo que revelan a las autoridades.
Y hasta pueden cobrar un porcentaje de las multas.
Me quedé quieto.
—¿Me estás diciendo que si Maya hace una denuncia formal ante la comisión de valores...
—No pueden tocarla. Ni por conspiración, ni por fraude, ni por acceso no autorizado.
Esas amenazas son humo. Son lo que hace un bufete cuando quiere que alguien se calle sin pasar por un juez.
—Se encogió de hombros—. Y las cuentas falsas, el experimento, el uno coma cuatro.
Dime que son una travesura de mal gusto.
Ni siquiera un fiscal tiene ganas de ir tras eso.
Sentí que el suelo se movía. Una sensación física, un vértigo de ascensor que cae. Me llevé las manos a la cara.
—Dime que no ha sido para nada.
—No ha sido para nada —dijo Octavia, con una sinceridad que no pretendía ser cruel—.
Te la colaron. Con el mejor argumento posible: protegerla.
Y tú, que la quieres, no te paraste a verificarlo.
Pasa constantemente. Los abogados de las empresas lo saben.
Utilizan el miedo que tienes por la otra persona.
—He destrozado lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Probablemente.
—Gracias por la delicadeza.
—No soy delicada. Soy rápida. —Se puso en pie—.
Escucha. La buena noticia es que esto se arregla con una hora de papeleo.
La mala es que necesito que sea ella quien lo firme.
No tú. No Billie. Ella. Y que lo firme libremente, con la cabeza fría.
Y a ser posible antes de que se cierre el folleto, que es dentro de diez días.
—No me va a coger el teléfono.
—Entonces ve a su casa.
—Ya fui. Me echó.
—Pues ve otra vez. —Me miró con una media sonrisa seca—. Y esta vez, no la expliques. Pregúntale. Es la diferencia entre una disculpa y una excusa.
La frase me cayó encima con puntería de dardo.
Fui al periódico a las doce y media. Subí en el ascensor hasta la planta once con la carpeta amarilla en la mano y una calma extraña, la que llega después de una caída.
Atravesé la redacción, con sus mesas desordenadas, sus pantallas, sus tazas sucias y sus compañeros que fingían escribir a medida que yo pasaba.
Nadie me detuvo. Nadie me saludó. En la mesa del fondo, la mía, alguien había dejado una caja de cartón vacía con un post-it pegado: «Para tus cosas. Lo siento. —Dev».
Metí mis cosas en la caja. Un cargador. Dos libretas. Una taza que decía «Mejor que no preguntes». Y, desde la pared, el marco pequeño con el recorte amarillento sobre la corrupción en el puerto. Lo descolgué con las dos manos y lo dejé encima de todo, bien acomodado.
Harlan Voss me recibió en su despacho sin levantarse.
Estaba sentado detrás de un escritorio inmenso, con las manos cruzadas, y detrás de él, en la pared, colgaban cuarenta años de portadas enmarcadas.
La del terremoto del 89. La de las elecciones del 2000.
La de la caída de las Torres. Me miró la caja. Después me miró a mí.
—¿Viene a presentar la dimisión?
—Vengo a corregir una declaración.
Alzó una ceja.
—La comisión ya se ha pronunciado, Liam. Su comparecencia de ayer ha quedado recogida. Es una declaración jurada.
—Lo sé. Y es falsa.
Harlan no se movió. Pero algo en sus ojos de glaciar cambió, de un modo casi imperceptible, una grieta fina.
—Explíquese.