Capítulo 14 #3
—Hace doce horas me dijiste que no ibas a decirlo. —Me acerqué un paso—. Estábamos en la azotea. Te pregunté si en la comisión negarías lo nuestro. Y me dijiste que no. Que preferías perder el trabajo. Que sería ridículo negarlo para conservar un despacho.
—Lo dije en serio.
—Y esta mañana lo has negado.
—Para salvarte a ti.
—No te lo pedí.
—Lo sé.
—No te pedí que me salvaras mintiendo. —Se me quebró la voz—. Lo único que te pedí, lo único, fue que no me soltaras la mano.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos, y a mí me sorprendió ver cómo me dolía verlas.
—No sabía qué hacer —dijo—. Tenías una amenaza de cinco años de cárcel encima de la cabeza. No me lo dijiste tú. Me lo contó una abogada con un moño gris. Y pensé que si podía quitártela de encima con una frase, aunque fuera falsa, aunque me costara...
—Liam.
—...lo haría mil veces.
—Escúchame tú ahora. —Me limpié los ojos con el dorso de la mano—.
Yo no me enfado porque hayas mentido. Entiendo por qué lo hiciste.
Lo entiendo perfectamente. Me enfado porque decidiste por mí.
Sin preguntar. Sin contarme nada. Como si yo fuera una pieza que hay que proteger de un golpe y no una persona que puede decidir si quiere recibirlo.
—Estabas dormida.
—Habría despertado.
—No quise preocuparte.
—Pues me preocupo más ahora. —Solté una risa amarga—.
Escribiste una vez que yo creía que el amor cabía en una hoja de cálculo.
Y es verdad que lo creí. Pero tú creías algo peor: que se podía gestionar.
Que lo bueno se arregla desde arriba, con una estrategia, con un trato en el pasillo, sin consultar a la otra parte. Eso no es amor, Liam. Eso es redacción.
—Eso es injusto.
—Es lo que siento.
—Maya, te lo ruego.
—Y lo peor es que lo has dicho delante de cuatro millones de personas.
—Las lágrimas me resbalaban por las mejillas, y me daba igual—.
No solo lo has dicho delante de una comisión.
Lo han filtrado. Estará en todas las pantallas.
Mi madre lo va a oír. Mi hermana lo va a oír.
Y Tamsin, a quien le dijimos con las manos entrelazadas que lo nuestro no era un guion.
—Voy a desmentirlo. Voy a decir que...
—No. No lo desmientas.
—¿Por qué no?
—Porque tienes razón. Es lo mejor que podías hacer. Es lo que me protege. —Me sequé la nariz con la manga—. Así que ahora vas a hacerme el favor de mantener esa versión. Delante de todos. Que fue un experimento. Que no hubo nada. Que yo fui una fuente y tú, un reportero. Y yo la mantendré también.
—No hablas en serio.
—Totalmente en serio.
—Maya, no...
—Se acabó, Liam. —Dije la frase sin elevar la voz, y me sorprendió lo serena que sonaba—.
El plan. Los directos. Los besos con temporizador.
Todo. Se ha acabado. Tú sigues con el reportaje, con Billie, con lo que sea.
Yo seguiré con Imogen. Cada uno por su lado.
Como en la condición cuarta. Un final limpio.
—Esa condición no la acepté.
—La propusiste tú.
—La propuse antes de conocerte.
—Pues ya me has conocido.
Se quedó callado. Estaba muy pálido. Dio un paso hacia mí, y yo retrocedí otro, hasta que la espalda me chocó con el borde de la mesa, y entonces se detuvo. Su mano, en el aire, se quedó abierta.
—Te quiero —dijo.
Fue tan inesperado, tan despojado de todo adorno, que me quedé sin aire. Lo miré. Tenía el rostro desencajado, los ojos húmedos, la boca temblorosa. No parecía un hombre que se hubiera atrevido a decir eso nunca.
—No —murmuré.
—Es verdad.
—No lo digas ahora.
—Si no lo digo ahora, no lo diré nunca.
—Pues no lo digas. —Se me rompió la voz del todo—. Porque ahora no puedo creerte. Y es lo peor que me has hecho. Que lo único que quiero oír en el mundo me lo digas en el único momento en que no puedo creerlo.
Me tapé la cara con las manos. No quería que me viera llorar. Oí cómo él respiraba, entrecortado, a medio metro de mí. Oí cómo dejaba la carpeta amarilla sobre la mesa. Oí cómo sus pasos cruzaban el salón. La puerta se abrió con un chasquido.
—Esa carpeta —dijo, desde el umbral, con una voz estrangulada— son las transcripciones de la cena de Desmond. Y la copia del registro de Walt. Y todo lo que he reunido. Billie dice que te la lleve. Dice que ahora tienes más que yo.
No contesté.
—Pomelo está con Billie. Te echa de menos.
No contesté.
—Yo también.
La puerta se cerró. Oí cómo sus pasos bajaban la escalera, lentos, arrastrados, hasta que se perdieron en el eco del portal.
Me quedé de pie. Después me deslicé por el borde de la mesa hasta sentarme en el suelo.
Abracé mis rodillas. Y entonces, por fin, lloré.
Lloré con el cuerpo entero, con sacudidas que me doblaban por la mitad, como no había llorado desde la tarde del correo de los once párrafos.
Lloré por el audio, por la azotea, por la voz plana, por el «te quiero» dicho a destiempo.
Lloré por mí y por él. Y los pétalos naranjas del jarrón seguían cayendo, uno a uno, sobre el alféizar.