SoulMatch Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—No lo sé. Pero lo vamos a averiguar. —Me abrazó con fuerza—. Escúchame. Sea lo que sea, tú no te vas a quedar aquí llorando en un callejón con una bolsa de basura. Te vas a casa. Y vamos a esperar a que él te cuente.

—No quiero que me cuente nada.

—Vas a escucharle.

—No.

—Maya...

—Quiero estar sola.

Me aparté. Ella me soltó con una tristeza callada. Me puse las gafas de plástico y me alejé por el callejón sin mirar atrás.

Conduje sin rumbo. Dos horas. Crucé la ciudad de norte a sur, subí a Twin Peaks y me quedé quieta en el aparcamiento del mirador, con la furgoneta apagada y la ciudad extendida a mis pies, brillante, indiferente.

Desde allí se veía el puente, la bahía, los tejados.

A veces el viento zarandeaba el vehículo con una sacudida suave.

Un turista con una cámara me miró con curiosidad desde fuera. Yo no le devolví la mirada.

No lloré. Eso me sorprendió. Esperaba un llanto largo, de los que desahogan.

Lo que me llegó fue una quietud extraña, helada, en la que cada pensamiento aparecía con nitidez.

Que era una idiota. Que había vuelto a hacerlo.

Que me había enamorado, otra vez, de una mentira bonita, con una voz grave y una sonrisa torcida, y que esta vez la había comprado sin siquiera mirar la etiqueta.

Y después, como un cuchillo en el costado, apareció otro pensamiento, más pequeño, más cruel. Que no me sorprendía.

Que una parte de mí había esperado ese audio desde el primer día.

El móvil había sonado once veces. Billie. Noor. Hollis. Mi madre, dos veces. Y un número que conocía de memoria y que me quemaba los ojos: «Liam». Doce llamadas perdidas. Veintitrés mensajes. No leí ninguno. Apagué el teléfono y lo dejé caer sobre el asiento de al lado.

Anocheció. Las luces de la ciudad se fueron encendiendo una a una.

Volví a casa a las nueve, por la escalera de incendios, con las llaves apretadas en el puño.

El apartamento estaba a oscuras. Entré. Dejé la gorra sobre la mesa.

Me quedé de pie en medio del salón, junto al jarrón de ranúnculos naranjas, que habían empezado a marchitarse, con los pétalos cayendo sobre el alféizar.

Llamaron a la puerta.

Tres golpes, secos, espaciados. Sabía quién era antes de abrir.

—Vete —dije.

—Maya. Por favor.

—Vete, Liam.

—Déjame explicártelo.

—No hay nada que explicar. Lo he oído.

—Has oído cuarenta y tres segundos.

—Son suficientes.

—No lo son. —Su voz sonaba ronca, cansada—. Abre la puerta. Aunque sea un momento. Aunque sea para gritarme.

No sé por qué abrí. Creo que fue por esa última frase.

Giré la llave, solté la cadena, abrí la puerta con la mano temblando, y allí estaba, en el rellano, con la misma camisa gris, el pelo revuelto, la barba de dos días, unas ojeras tan hondas que parecían heridas.

Tenía los ojos rojos. Llevaba en la mano una carpeta de cartón, amarilla, de las que se usan en las oficinas.

Nos miramos en silencio.

—Pasa —dije, con una voz que no era la mía.

Entró. Cerré la puerta. Me quedé de espaldas a ella, con los brazos cruzados, mientras él se quedaba de pie en medio del salón, junto a la mesa, sin atreverse a sentarse. Pomelo no estaba. Qué raro, pensé, que me doliera la ausencia de un gato en medio de todo aquello.

—Hablaré yo primero —dijo.

—No.

—Maya...

—Hablaré yo. —Me volví—. ¿Es tu voz?

—Sí.

—¿Lo has dicho tú?

—Sí.

—¿Que no sientes nada por mí?

Cerró los ojos. Sus hombros cayeron un centímetro.

—Sí. Lo he dicho.

No sé qué esperaba. Que lo negara, supongo. Que me dijera que era una edición, un recorte, un montaje. Que lo hubiera dicho sin querer. En lugar de eso, se limitó a mirarme, con una sinceridad cruda, devastadora, y yo sentí cómo algo se me rompía por dentro con un ruido seco.

—Gracias por la sinceridad —dije.

—Escúchame.

—Estoy escuchando.

—Lo dije porque Priscilla me ofreció un trato.

—Habló rápido, sin respirar, con la voz tensa—.

Antes de la comisión. Me llevó aparte con Harlan y me dijo que SoulMatch estaba preparando una demanda contra ti.

No por el acceso a los sistemas. Por conspiración.

Por fraude. Por haber creado cuentas falsas con conocimiento interno para manipular el mercado antes de una salida a bolsa.

Que eso son delitos, Maya. Delitos federales. Que podían pedir hasta cinco años.

Me quedé inmóvil.

—Y me dijo que el periódico tenía una manera de protegerte.

Que si yo declaraba, bajo juramento, que la relación era un recurso periodístico, que tú eras mi fuente y que yo te había propuesto el experimento, que todo era un trabajo de investigación documentado, el periódico asumiría la defensa legal.

Pagaría los abogados. Y la demanda perdería fuerza, porque no habría intención de fraude. Habría un reportaje.

—Es decir, que me hiciste pasar por tu fuente.

—Te protegí.

—Me hiciste pasar por tu fuente. Por un instrumento. —Me temblaba la voz—. Y dijiste que no sentías nada.

—Porque tenía que ser creíble. Un periodista enamorado de su fuente es un delito ético. Un periodista que dirige un experimento es un reportero audaz. Priscilla me lo explicó con diagramas. Cualquier mención a una relación real...

—Anoche me dijiste que no lo habías fingido.

—Y no lo fingí.