Capítulo 14
Maya
Liam se fue sin despertarme, y eso fue lo primero que me pareció raro.
Abrí los ojos en mi cama, con la luz del amanecer dibujando franjas pálidas sobre la pared, y alargué la mano hacia el lado donde él había dormido.
Las sábanas estaban frías. Sobre la almohada había una nota doblada en dos, escrita con su letra apretada, de reportero, con tinta azul.
«He ido a la comisión. Te llamo en cuanto salga.
No te muevas de aquí. Pomelo te manda un beso.
L.» Debajo, un dibujo diminuto de un gato con expresión de juez.
Sonreí con la nota contra el pecho. Después me di cuenta de que le temblaban las letras, y la sonrisa se me quedó a medias.
Hice lo que me había pedido durante una hora.
Me di una ducha. Preparé café. Me senté en el sofá verde con una manta, con el portátil cerrado sobre las rodillas y los ojos fijos en la ventana tapada con la manta que Noor había clavado con chinchetas.
A través de las rendijas se filtraba un rumor de voces, de pasos, de cámaras que se montaban sobre trípodes.
Me puse a pensar en lo que pasaba en ese momento al otro lado de la ciudad, en una sala de la planta once, ante una mesa de caoba.
Liam, con la camisa gris, sentado frente a seis desconocidos que decidían si podía seguir siendo lo que había sido durante veinte años.
A las diez, no aguanté más. Me vestí con lo primero que encontré y bajé por la escalera de incendios hasta el sótano, donde Noor había dejado la furgoneta con las llaves puestas y una nota pegada al volante. «Para cuando necesites huir. Te quiero. N.»
Conduje hasta la floristería de mi hermana por callejuelas laterales, con una gorra calada hasta las cejas y unas gafas de sol de plástico que había encontrado en la guantera.
Entré por la puerta trasera, la de las cajas, y me quedé un buen rato en el almacén, entre cubos de rosas y manojos de hojas de eucalipto, respirando el aire fresco y mojado de las plantas.
Noor no estaba. En la tienda, a través de la cortina de cuentas, vi a una de sus empleadas atendiendo a una señora que preguntaba por unas peonías.
Me puse a hacer ramos. No sabía qué otra cosa hacer. Recorté tallos en diagonal, quité las hojas bajas, até manojos con rafia. Era un trabajo sencillo, repetitivo, que me calmaba las manos. A las doce, tenía veinte ramos de girasoles listos sobre la mesa y la cabeza completamente vacía.
A las once y media, la cortina de cuentas se abrió con un tintineo y la empleada de Noor, una chica de dieciocho años con mechas azules llamada Jazmín, asomó la cabeza al almacén con una expresión de pánico.
—Maya. Hay una señora que pregunta por ti.
—Dile que no estoy.
—Ya le he dicho que no estabas. Dice que te ha visto entrar por detrás.
—¿Es periodista?
—No lo parece. Lleva un bastón y un bolso de ganchillo.
Me quité la gorra, me recoloqué el pelo, y salí a la tienda con las manos manchadas de savia.
Allí, junto al mostrador, de pie frente a un cubo de lirios, había una mujer menuda, de unos setenta y cinco años, con el pelo blanco peinado en ondas y un abrigo de lana color frambuesa.
Se apoyaba en un bastón de madera pulida.
Cuando me vio, se le iluminó la cara entera.
—¡Es usted! —dijo, y alzó el bolso de ganchillo igual que se levanta una copa—. Lo sabía. Se lo dije a mi hija. «Es ella, la he visto entrar por el callejón.»
—Señora, yo...
—No se asuste, cariño. No quiero fotos. No soy de esas. —Se acercó con pasitos cortos, apoyada en el bastón—. Me llamo Dorothea. Tengo una cosa que contarle y no le voy a robar más de un minuto.
No supe qué hacer. Le acerqué una banqueta y se sentó con un suspiro de agradecimiento. Jazmín, desde el fondo, fingía ordenar tijeras.
—Mi marido y yo nos conocimos hace cuarenta y seis años —empezó—.
En un baile de la parroquia. Él pisó a otra chica, a mí y a una señora que estaba sentada.
Yo le dije que era el hombre más patoso del condado.
Y él me dijo que me iba a querer toda la vida.
Era un presumido. —Sonrió—. Se murió hace dos años.
En marzo. Y yo me quedé en casa, con el teléfono, y mi hija me instaló la aplicación esa. SoulMatch. Para que saliera de casa.
—Lo siento mucho.
—No lo sienta. Fue un buen marido. —Se secó una lágrima con el dorso de la mano—.
Lo que le quería contar es que la aplicación me dijo que mi compatibilidad con cualquier hombre del barrio era del ocho por ciento.
Del ocho. Ni uno por encima del quince. Y yo pensé: «Pues claro.
Es que se murió el que me tocaba. Ya no hay nadie más».
Me lo creí. Lo borré todo. Y me quedé aquí, esperando la hora de la muerte con una taza de té.
Me arrodillé a su lado. Le cogí la mano. Tenía la piel fina, fría, moteada de manchas.
—Dorothea...
—Y entonces la vi a usted en la televisión.
Con ese chico. Diciendo que el número era mentira.
Y hablando de cuarenta millones de personas, y de lo que cuesta quitarse una creencia de la cabeza.
Y yo pensé: «Qué cosa más bonita. Que alguien me diga que el ocho por ciento no era mi destino».
—Me apretó los dedos con una fuerza inesperada—.
Así que he vuelto a bajar al club de los jueves.
A jugar a las cartas. Hay un viudo allí que no deja de mirarme.
Un hombre muy educado. Se llama Walter. No sé si seré capaz. Pero he bajado.
Me temblaba la voz.
—Me alegro muchísimo.
—He venido a darle las gracias. Y a pedirle una cosa.
—Me miró con unos ojos de un azul desvaído, muy claros—.
No se rinda con ese chico. Le miraba a usted como mi Henry me miraba.
Esa cosa no se finge. No sé qué habrá pasado ahora.
Lo he oído en la radio, lo del audio. Pero un hombre que mira así no dice lo que dicen que ha dicho. O lo dice por algo.
No contesté. No pude. Me sequé los ojos con el dorso de la mano, manchándome la mejilla de savia verde.
—Anda, tome. —Dorothea abrió el bolso de ganchillo y sacó un paquete envuelto en papel de cera—. Galletas de mantequilla. Las hago desde hace sesenta años. Le dan fuerza a una.
Se levantó con ayuda del bastón. Le di las gracias, la abracé con cuidado. La acompañé hasta la puerta, y ella se alejó por la acera despacio, con el abrigo frambuesa brillando bajo el sol pálido, mientras Jazmín me miraba desde el mostrador con la boca abierta.
—Jefa —dijo—. ¿Esto es normal?
—Es lo más normal que me ha pasado en toda la semana.
Volví al almacén con el paquete de galletas en la mano. Las olí. Era mantequilla, azúcar, algo de vainilla. Me comí una, y estaba buena, y por un momento pensé que quizá Dorothea tenía razón, que lo que no se finge no se finge.
El móvil sonó a las doce y cuarto. Número oculto.
—¿Sí?
—Maya Ferreira. —Una voz femenina, seca, serena, que reconocí al instante—. Soy Tamsin Rourke.
Se me paró el corazón.
—Tamsin.
—Siento molestarte. Tengo que hacerte una pregunta, y prefiero hacértela a ti antes de que la haga otro. —Hubo una pausa—. ¿Estás sentada?
—¿Qué ha pasado?
—Ha salido un audio. De la comisión de ética del periódico de Liam. No sé quién lo ha filtrado. Me lo ha enviado una fuente anónima hace diez minutos. Va a salir en todos los medios dentro de una hora. Pensé que debías oírlo primero.
—¿Qué audio?
—Te lo envío por mensaje. Escúchalo con calma. Y cuando quieras, me llamas.
Colgó. Un segundo después, la pantalla se iluminó con un archivo adjunto. Cuarenta y tres segundos. Me quedé mirándolo con el pulgar suspendido. Respiré hondo. Pulsé.
Primero, un ruido de sala, un carraspeo, una silla que se arrastraba. Luego una voz de mujer, Priscilla Dunmore, fría y nítida como un bisturí.
«Señor Hargrove. Para que conste en acta. ¿Existe o ha existido una relación sentimental entre usted y la señorita Ferreira?»
Un silencio. Largo. Demasiado largo.
Y después, la voz de Liam. Aquella voz grave, un poco ronca, que me había hablado en la oscuridad. Una voz extrañamente plana, casi muerta.
«No. No existe ninguna relación sentimental. Lo que ha visto el público es una actuación. Fue un montaje desde el principio, un recurso periodístico diseñado por ambos. Yo no siento nada por ella.»
El archivo terminó con un clic.
Me quedé inmóvil. El móvil se me escurrió de la mano y cayó sobre la mesa, entre los girasoles.
Algo muy frío me subió por las piernas, por el pecho, por la garganta, hasta que la boca se me llenó de un sabor metálico.
Escuché mi propia respiración, rápida, superficial, y oí, a lo lejos, a la empleada de Noor riéndose en la tienda con una clienta.
«Yo no siento nada por ella.»
Lo repetí mentalmente una vez. Otra. Tres. Cada vez sonaba con más claridad, con más crueldad, con una nitidez cortante de cristal roto.
Salí del almacén tambaleándome. Pasé entre los cubos, tiré un jarrón, no me detuve.
Salí por la puerta trasera a un callejón de contenedores y me apoyé contra la pared de ladrillo, con las manos temblándome, intentando respirar.
Alguien en una ventana lejana hacía sonar una trompeta. Una nota larga, fea, desafinada.
—Maya.
Alcé la cabeza. Noor estaba en la entrada del callejón, con el delantal de florista puesto y una bolsa de papel en la mano. Corrió hacia mí. Me tomó por los hombros.
—¿Qué ha pasado? Estás blanca.
—Nada.
—Maya.
—Me ha mandado Tamsin un audio.
—¿Qué audio?
Le tendí el teléfono. Lo escuchó con el ceño fruncido. Cuando acabó, se quedó en silencio, mirando la pantalla, con la boca entreabierta. Después me miró a mí. Y yo vi en sus ojos una furia nueva, silenciosa, que no le había visto nunca.
—Es un montaje —dijo.
—No.
—Es un recorte. Lo han cortado. Seguro que dijo otra cosa antes. Seguro que...
—Es su voz, Noor.
—Pero puede que haya un motivo.
—¿Qué motivo puede haber para decir que no sientes nada por alguien?