SoulMatch Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—¿El qué?

—Todo. Lo de Harlan. Lo de tu trabajo. Lo del código y las cuentas y los perfiles. Yo te metí en esto.

—Yo me metí solo.

—Yo propuse el plan.

—Yo lo acepté. Con condiciones. Cinco. Recuerdo todas.

Sonrió, apenas.

—Que nos detestemos de verdad.

—Esa era la quinta. Y la incumplimos los dos.

—Fue un fracaso estrepitoso.

—El mayor de mi carrera.

Soltó una risa corta, temblorosa, y se apoyó contra mi hombro. Le pasé el brazo por la espalda. Nos quedamos así, sin hablar, mirando las luces, mientras en alguna calle lejana una sirena subía y bajaba su lamento.

—Liam.

—Dime.

—Si mañana te piden que digas que no hay nada. Que fue un experimento. Que lo nuestro no es real.

—No voy a decirlo.

—Si es la única manera de salvar tu trabajo...

—No voy a decirlo, Maya.

—Pero tu carrera...

—Mi carrera es un conjunto de artículos que escribí sobre otras personas. —La miré—. Llevo veinte años contando lo que veo. Sería bastante ridículo que ahora, que por fin me ha pasado algo que merece la pena contar, lo negara para conservar un despacho.

Se volvió hacia mí. A la luz de la ciudad, sus ojos eran de un color que no tenía nombre, entre el castaño y la noche. Tenía el pelo suelto, revuelto por el viento, y una lágrima le brillaba en la mejilla. La enjugué con el pulgar.

—Me da miedo que te arrepientas —susurró.

—No me voy a arrepentir.

—Me da miedo que dentro de un año...

—Dentro de un año volveremos a sentarnos en el sofá de Tamsin y le contaremos cómo nos ha ido. Lo prometimos delante de cuatro millones de personas.

—Era una frase de guion.

—Era la más sincera que he dicho en mi vida.

Me besó. Fue un beso salado, por las lágrimas, con el frío de la noche en los labios y el calor de su aliento debajo.

La acerqué a mí con las dos manos. La manta de lana cayó al suelo de gravilla.

Ella me rodeó el cuello. Nos quedamos así un largo rato, besándonos sobre el borde del tejado, como dos adolescentes que se esconden de sus padres, con las luces de San Francisco brillando a nuestros pies.

—Hace frío —murmuró contra mi boca.

—Sí.

—Hay una tumbona.

—Dos.

—Una es suficiente.

La llevé de la mano hasta el rincón de la azotea, junto a la caseta del ascensor, donde el muro nos tapaba del viento y de las miradas.

Extendí la manta de lana sobre la gravilla, doblada en dos, y encima la chaqueta mía y la de ella.

Nos arrodillamos sobre ese lecho improvisado.

Maya me desabrochó la camisa, con los dedos torpes por el frío, y yo le subí el jersey por encima de los brazos.

Su piel se erizó al contacto con el aire.

Me aparté un segundo, para mirarla, y ella se tapó los pechos con un gesto instintivo, riendo.

—Hace un frío horrible.

—Entonces voy a ser rápido.

—Ni se te ocurra.

La besé en el cuello, en los hombros, en el hueco de la clavícula.

Le desabroché el sujetador y se lo quité.

Tenía la piel helada y ardiente a la vez, y los pezones endurecidos por el aire.

Los tomé uno a uno con la boca, con la lengua, con los labios, hasta que Maya echó la cabeza hacia atrás con un gemido bajo y me clavó los dedos en el pelo.

Nos tumbamos sobre las chaquetas. Ella se arqueó sobre la lana, y sobre nosotros se abrió el cielo entero, con sus estrellas diluidas, y a lo lejos, una luz roja de avión que parpadeaba despacio.

Le desabroché los vaqueros. Se los bajé, con las bragas, por las piernas largas, y le besé el interior de los muslos mientras ella se retorcía y se mordía el puño para no gritar.

Estaba empapada. Cuando la tomé con la boca, con una lentitud torturadora, su cuerpo entero se tensó.

Murmuraba mi nombre con una voz rota. Con las manos le sujeté las caderas, con la lengua dibujé círculos cada vez más firmes sobre su clítoris, y noté cómo se le aceleraba el pulso en el muslo, cómo temblaba, cómo me tiraba del pelo con una fuerza casi dolorosa.

Se corrió con un sollozo ahogado, arqueando la espalda sobre la gravilla fría. Seguí hasta que me apartó, jadeando.

—Para. Para. Quiero otra cosa.

—Dime qué.

—A ti. Dentro. Ahora.

Se incorporó. Me desabrochó el cinturón con prisa y me bajó los pantalones.

Tenía las manos heladas, y cuando me rodeó con los dedos solté un gruñido.

Me empujó de espaldas sobre la manta. Se colocó a horcajadas, con el pelo cayéndole a ambos lados de la cara, desnuda bajo las estrellas, con el vaho de su respiración dibujándose entre los dos.

Me miró unos segundos. Después descendió sobre mí, despacio, hasta tenerme entero.

—Dios —susurró.

—Maya.

—Estás tan caliente.

—Tú también.

Empezó a moverse. Lento primero, con un balanceo profundo que me arrancaba el aliento.

Le agarré las caderas. Subí las manos hasta sus pechos, hasta su cuello, hasta su cara.

Ella se inclinó y me besó, sin dejar de mecerse, con la boca abierta y los labios húmedos.

Un viento helado nos barrió la espalda y nos reímos contra la boca del otro, jadeando, sin detenernos.

Aceleró. La gravilla crujía bajo la manta.

La barandilla de hierro vibraba con cada embestida.

Sentí cómo crecía la tensión en la base de mi espalda, cómo ella apretaba los muslos contra mis costados, cómo su respiración se convertía en gemidos entrecortados que se perdían en la noche.

—Liam... Liam, voy a...

—Sí. Hazlo. Mírame.

Me miró. Lo hizo con los ojos muy abiertos, brillantes, llenos de un miedo y de una confianza que me desarmaron del todo.

Se corrió así, con la mirada clavada en la mía, con un grito que ni el viento pudo llevarse, temblando entera sobre mí.

Su interior se cerró a mi alrededor en una contracción larga, profunda.

Y yo, arrastrado por ese temblor, me hundí en ella una última vez y me deshice con su nombre en los labios, con las manos aferradas a su cintura, con los ojos cerrados y las estrellas dando vueltas detrás de los párpados.

Se desplomó sobre mi pecho. Nos quedamos inmóviles, con el sudor enfriándose sobre la piel, con los corazones latiendo a destiempo. Maya tiritaba. La envolví con la manta, la apreté contra mí, le froté la espalda con las palmas hasta que dejó de temblar.

—Estás helada —dije.

—Y feliz.

—¿Las dos cosas?

—Las dos cosas. —Se rio contra mi cuello—. Qué cosa tan absurda.

—Muy absurda.

—Estamos desnudos en una azotea.

—Con el frío de octubre.

—Con una trama que nos puede mandar a la cárcel.

—Una cárcel con vistas.

Se rio más fuerte. Yo también. Nos quedamos allí, riendo como idiotas, bajo el cielo. Después ella se quedó callada, con la cabeza apoyada en mi hombro, mirando una estrella que parpadeaba muy débil sobre el puente.

—Liam.

—Dime.

—Pase lo que pase el jueves.

—Dime.

—Quiero que sepas que yo no lo he fingido. Ni un día.

Me quedé mirando la misma estrella. Tragué saliva. El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que ella lo oía.

—Yo tampoco —dije.

Y la abracé más fuerte, y el viento sopló sobre nosotros, y durante mucho rato nadie dijo nada más.