Capítulo 13
Liam
Conduje las diez horas de vuelta sin parar más que para repostar, con las dos manos clavadas al volante y la vista fija en una línea de asfalto que no se acababa nunca.
Maya durmió a ratos, con la frente apoyada en el cristal, y despertó otras veces para leer en voz alta titulares que ninguno de los dos quería oír.
Hacia Sacramento dejó de leerlos. Apagó el móvil.
Se quedó mirando por la ventanilla, con las rodillas contra el pecho, y yo alargué la mano sin decir nada y le cogí la suya, y así seguimos hasta el puente.
Billie nos esperaba en el aparcamiento subterráneo del periódico, de pie junto a una columna de hormigón, con el abrigo mostaza abrochado hasta el cuello y un cigarrillo apagado entre los dedos.
Detrás de ella, en la penumbra, había un coche negro con los cristales tintados.
Nos hizo una señal con la mano. Aparqué junto a ella.
Bajamos del coche con las piernas entumecidas y la ropa arrugada de dos días.
—Tenéis un aspecto horrible —dijo.
—Gracias —respondió Maya.
—Era un cumplido. Un aspecto horrible significa que habéis sido honestos con vuestro cuerpo. —Billie le apretó el brazo, con una ternura brusca—. Tu hermana está bien. Está en tu apartamento, con una escoba. No me ha dejado ni acercarme.
—¿Hay periodistas?
—Cuarenta y tres en tu portal. Veintisiete en el mío. Y en el vuestro, Liam, una cadena de televisión ha alquilado el tejado de la lavandería para filmar desde arriba tu ventana. Pomelo está a salvo. Lo he sacado esta tarde con una caja de zapatos.
—¿Lo has secuestrado?
—Lo he rescatado. Está en mi casa, comiéndose a mi perro.
—Billie...
—Luego. —Se dio la vuelta—. Subid. Harlan os espera arriba. Y no os va a gustar.
Harlan Voss, director del periódico, era un hombre alto y huesudo, de sesenta y pocos años, con la cabeza cubierta de una melena blanca que se peinaba con los dedos y unos ojos de un azul tan helado que uno tenía la sensación de estar siendo examinado por un glaciar.
Nos recibió en la sala de juntas de la planta once, una estancia alargada con una mesa de caoba, doce sillas de cuero negro y una pared de cristal que daba a las luces de la bahía.
A su lado, con una carpeta abierta y una tableta apoyada contra un vaso de agua, estaba Priscilla Dunmore, la letrada del periódico, una mujer menuda, de moño gris, que me miró cuando entré con una expresión que ya había tomado una decisión.
—Siéntese, Hargrove —dijo Harlan.
—Prefiero estar de pie.
—Siéntese.
Me senté. Maya, que había venido conmigo porque Billie había insistido, se quedó de pie en el fondo, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared. Harlan la miró un segundo. No dijo nada.
—Llevo veintidós años dirigiendo este periódico —empezó—.
En veintidós años, ningún reportero me ha hecho pasar una tarde como la de hoy.
Mi teléfono no ha dejado de sonar. Mis anunciantes quieren saber por qué un periodista de mi plantilla ha participado en la fabricación de una noticia.
Mis competidores están encantados. Y mi hija de dieciséis años me ha preguntado a la hora de cenar si es verdad que no se puede confiar en nada de lo que sale por la tele.
—Harlan, yo...
—No he terminado. —Levantó una mano—. Usted ha cruzado una línea, Liam.
No una línea gris. Una línea clara, escrita en el código deontológico de esta casa.
Un periodista no puede ser a la vez protagonista y cronista de la historia que cuenta.
No puede inventar dos identidades para provocar un hecho que después va a investigar.
No puede, bajo ningún concepto, tener una relación personal con la fuente principal.
—Eso no es verdad —dije.
—¿Qué parte?
—La de la relación personal.
Fue un error. Lo supe en cuanto lo dije, al ver cómo Priscilla Dunmore alzaba una ceja y anotaba algo en su tableta. Harlan me miró con una paciencia casi compasiva.
—Hargrove. Hay una grabación de ustedes dos en una gasolinera de Redding, riéndose delante de cuatro mil personas.
Hay un vídeo de usted besándola en un plató.
Hay una cena en casa de Desmond Achterberg donde, según el audio filtrado, usted admite que los perfiles son falsos.
Y hay una fotografía, que me enviaron ayer por la tarde, de ustedes dos abrazados en un aparcamiento.
—Eso es...
—No me diga que es una actuación. Se lo ruego. Tengo dos hijos, una hipoteca y cuarenta años de oficio. Sé distinguir una actuación de lo que no lo es.
No contesté. Maya, desde el fondo, se había puesto muy pálida.
—Esto es lo que va a ocurrir —continuó Harlan—.
Queda suspendido de empleo y sueldo con efecto inmediato, mientras dura una investigación interna.
La comisión de ética se reunirá el jueves.
Usted comparecerá. Responderá a todo lo que se le pregunte.
Y mientras tanto, el periódico publicará mañana a primera hora un comunicado en el que se desvincula de la operación y reafirma su compromiso con una información rigurosa.
—No pueden hacer eso.
—Puedo. Y debo. —Se pasó la mano por la melena—.
Hay una salida, Liam. Una sola. Si usted y la señorita Ferreira declaran públicamente que todo fue un experimento, que no había relación afectiva, que los perfiles eran un recurso periodístico documentado y que el reportaje definitivo está en preparación, podemos reconducirlo.
Con matices. Con una disculpa a los lectores. La comisión será benévola.
—Es decir —dijo Maya, desde el fondo, con una voz que no reconocí—, que yo declare que no siento nada por él.
—Que declare lo que es cierto —replicó Priscilla Dunmore, sin levantar la vista de la tableta—. Si es cierto, no tiene nada que temer.
El silencio duró un segundo. Un segundo en el que me volví hacia Maya, y ella me miró, y los dos entendimos a la vez la trampa que nos habían tendido: que decir la verdad era confesar el delito, y que negarla era ratificarlo.
—Necesito un día —dije.
—Tiene hasta el jueves.
—Necesito consultarlo con mi editora.
—Su editora —intervino Billie, con una voz seca como un chasquido de tijeras— ya ha dicho lo que piensa, Harlan.
Que el periódico está cometiendo un error monumental y que lo lamentará dentro de tres semanas, cuando Imogen Pruitt declare ante un juez y usted tenga que explicar por qué suspendió al único reportero que llevaba razón.
—Wilhelmina...
—No me llames Wilhelmina. Tengo cincuenta y ocho años y llevo treinta y cinco en este edificio. Te enseñé a escribir un titular.
—Y yo te agradezco todo lo que me enseñaste.
—Harlan se puso en pie. Fue la primera vez que vi aparecer una arruga de cansancio en su cara de glaciar—.
Pero tengo una responsabilidad. Con doscientos empleados.
Con una cabecera que lleva ciento diez años en la calle. Lo siento, Liam. De verdad lo siento.
Salimos de la sala en silencio. En el pasillo, Billie se detuvo junto a un ventanal, se llevó el cigarrillo apagado a los labios y lo miró con rencor, como si tuviera la culpa de algo.
—Tengo un amigo en El Observador de la Costa —dijo—. Tiene un blog con setenta mil suscriptores y ninguna ética. Si te echan, lo publicaremos allí.
—Billie, no.
—Es un plan alternativo.
—No voy a dejar que te juegues el puesto por mí.
—El puesto me lo juego yo sola, cariño. —Me dio un golpecito en el pecho con el cigarrillo—. Ve a descansar. Los dos. Mañana pensaremos mejor.
Maya se había quedado un paso por detrás, con los ojos fijos en el suelo. Cuando Billie se alejó, alzó la vista. No dijo nada. Solo me miró, y en esa mirada había una pregunta tan grande y tan frágil que me dolió el estómago.
—Vamos —dije.
—¿Adónde?
—A donde no haya cámaras.
Entramos en su edificio por la puerta del sótano, la de los contenedores, donde Noor nos esperaba junto a la furgoneta blanca, con una chaqueta de plumas sobre el pijama y una escoba en la mano.
Cuando nos vio, soltó la escoba y corrió a abrazar a su hermana.
Se quedaron un buen rato así, apretadas, balanceándose, en medio de los cubos de basura.
Yo aparté la mirada y me puse a estudiar con interés una tubería.
—Ya os he dicho que los vecinos han montado una vigilancia —dijo Noor, secándose los ojos—.
La del tercero ha echado a un reportero con un barreño.
Pero hay gente en el portal, en la acera, en la cafetería de enfrente.
Subid por la escalera de incendios. He cerrado con llave el piso y he puesto una manta en la ventana.
—Gracias —dijo Maya—. Eres la mejor.
—Soy la única. —Noor me miró—. Hargrove. Si le haces daño, te mato.
—Lo sé.
—Con la escoba.
—También lo sé.
—Bien. —Me dio una palmadita en el brazo—. Voy a dormir con una amiga. No necesito detalles. Hay comida en la nevera.
Subimos por la escalera de incendios, en la oscuridad, con las suelas resonando sobre el metal frío.
Los peldaños oscilaban un poco bajo nuestros pasos.
Al llegar al tercer rellano, Maya se detuvo, con la mano en la barandilla, y miró hacia arriba.
Más allá de la ventana de su dormitorio, la escalera seguía hasta el tejado.
Una trampilla metálica, oxidada, entreabierta.
—¿Arriba? —pregunté.
—Arriba. Quiero ver el cielo.
La azotea era plana, de gravilla, con una barandilla baja de hierro y una caseta de ascensor en un rincón.
Alguien había dejado un par de tumbonas de plástico, una maceta con un geranio seco y un tendedero sin ropa.
Sobre nuestras cabezas, el cielo estaba despejado, con las estrellas diluidas por el resplandor de la ciudad.
A lo lejos, el puente brillaba como un collar de luces.
El viento traía un frío limpio, de noche de otoño, y Maya se estremeció y se subió el cuello de la chaqueta.
Cogió una manta de lana que alguien había olvidado en una de las tumbonas y se la echó sobre los hombros. Se sentó en el borde del tejado, con las piernas colgando sobre el vacío, mirando las luces. Me senté a su lado.
—Lo siento —dijo.