SoulMatch Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Vaya. —Imogen alzó las cejas, con una media sonrisa—. No me sorprende. La mayoría de las parejas que se enfadan tanto como vosotros dan un número alto. Es de las pocas variables del sistema que nadie ha conseguido explicar.

—¿Cuál?

—La capacidad de molestarse mutuamente con precisión.

Se llama «fricción productiva». La metimos en el modelo sin saber por qué.

Funcionaba. —Se puso en pie y se sacudió la harina del pantalón—.

No os lo digo para asustaros. Os lo digo porque tengo la sensación de que os han hecho creer que lo vuestro es una mentira.

Y no lo es. Lo único falso en toda esta historia es el interruptor que hemos construido por encima.

No supe qué responder. Liam se puso de pie y le tendió la mano, con una gravedad solemne.

—Gracias, Imogen.

—No me deis las gracias. Dádmelas cuando Desmond esté declarando ante un juez.

Nos acompañó hasta la puerta. La chica del pelo rosa nos dio una bolsa de papel con dos bollos de canela que no habíamos pedido.

Nos despedimos con un abrazo torpe, con la harina de su delantal marcando blanco sobre mi jersey.

Y salimos a la calle, a la lluvia fina, a la luz plateada, con la cabeza dándome vueltas.

Caminamos hasta el coche sin hablar. Liam abrió la puerta del copiloto, pero yo no entré. Me quedé de pie bajo la llovizna, con la bolsa de bollos contra el pecho, mirando el rótulo azul marino.

—Liam.

—Dime.

—No es una anécdota.

—No.

—Es un setenta y ocho por ciento a cinco años.

—Ya lo he oído.

—Nos ha dicho que funciona. Que el amor se puede... que se puede medir. Que lo que yo creía de joven, lo de la charla, lo de la hoja de cálculo. Que tenía razón. Y la he usado para estafar a medio mundo sin saberlo.

—Tú no estafaste a nadie.

—He trabajado seis años en una empresa que sí.

—Y la has desmontado desde dentro. —Dio un paso hacia mí.

Tenía el pelo mojado, las gotas resbalándole por la frente—.

Escúchame. La charla estaba equivocada en una cosa.

No en la hoja de cálculo. En el corazón animado, tal vez.

Pero no en lo de creer que había algo que se podía entender.

Yo, en cambio, me equivoqué en todo lo demás.

—No digas eso.

—Lo digo. —Sonrió con una tristeza dulce—.

Soy un cobarde con buena prosa, ¿recuerdas?

Y a veces los cobardes con buena prosa necesitamos que alguien nos dé una noticia que no queremos oír.

Tú me la has dado. Yo creía que el amor era una mercancía defectuosa.

Y resulta que es un producto muy sólido al que unos sinvergüenzas han puesto un interruptor.

Solté una risa que se quebró a la mitad. Él me tomó la cara entre las manos, con las yemas frías y mojadas, y me besó con una suavidad que me hizo olvidar el frío.

El móvil vibró en mi bolsillo.

Primero una vez. Después otra. Después empezó a sonar sin pausa, un temblor continuo contra mi cadera, como un enjambre. El de Liam, en el suyo, empezó a vibrar al mismo tiempo. Nos separamos. Nos miramos. Sacamos los teléfonos a la vez.

Tenía cuarenta y siete mensajes. Doce llamadas perdidas. Cinco eran de Billie. Tres de Noor. Una de mi madre. Una de Hollis. La última, de un número desconocido, había dejado un mensaje de voz de dos segundos de duración, en el que solo se oía una respiración.

Abrí el primer enlace con el pulgar tembloroso.

Era una página de noticias de tecnología.

Titular en letras rojas, de cuerpo enorme, sobre una foto nuestra en el sofá de Tamsin, con las manos entrelazadas: «LOS FALSOS ENAMORADOS.

La pareja del 1,4 % creó perfiles inventados para manipular el sistema.

» Debajo, una captura de pantalla de la aplicación con dos nombres que reconocí al instante, Dorian Wick y Odalys Ferrer, y un recuadro con los datos de registro.

Una dirección IP rastreada hasta el apartamento de Liam.

Un dispositivo identificado como mío. La fecha y hora de la creación de las cuentas, las siete menos diez de aquella tarde.

Más abajo, un párrafo en negrita. «Fuentes de SoulMatch confirman que la ingeniera Maya Ferreira, despedida por acceso no autorizado a sistemas internos, diseñó las cuentas con conocimiento privilegiado del algoritmo para forzar un resultado artificialmente bajo.

El supuesto "experimento" no es más que una operación de manipulación orquestada por una exempleada resentida y un periodista con intereses editoriales propios. »

Y al final, una cita. «Estamos profundamente decepcionados. Esta es una campaña de desinformación diseñada para dañar a millones de usuarios que confían en nosotros. Tomaremos las medidas legales oportunas. — Ingrid Solheim, directora de Comunicación.»

Levanté la vista. Liam tenía el teléfono en la mano, con la mandíbula apretada, la cara blanca como el papel.

En la pantalla, debajo de su pulgar, pasaban los comentarios, una cascada interminable.

«Os lo dije, es un montaje.» «Qué vergüenza.

» «Y yo que me lo había creído.» «Maya Ferreira es una estafadora.

» «Dos mentirosos con una cámara.» «Devolvednos la ilusión, ladrones. »

—Esto no puede ser... —empecé.

El teléfono me sonó en la mano. Billie. Contesté con el pulso desbocado.

—Billie...

—Escúchame bien, cielo, y no digas nada —la voz de Billie, ronca y seca, no tenía rastro de humor—.

Os han descubierto. Está en todos los medios.

Han sacado también el audio de la cena de Desmond, una versión recortada, donde parece que Liam admite que los perfiles son falsos.

Hay periodistas en la puerta del periódico y en la tuya, Maya.

Tu hermana me ha llamado llorando. Han entrado en su tienda.

—¿Está bien?

—Está bien. Está furiosa. Ha echado a un reportero con un cubo de agua. —Una pausa corta—. Volved. Ahora. Sin parar. Dejad el coche donde esté y coged un avión si hace falta.

—Estamos en Portland. Imogen ha dicho que...

—Me da igual lo que ha dicho Imogen. Si no volvéis hoy, esto os va a comer vivos. Os necesito en San Francisco antes de que anochezca.

—Billie —dijo Liam, que se había acercado, y hablaba con una voz serena que me sorprendió—. ¿Quién ha filtrado el audio?

—Quién va a ser. —Billie soltó una risa amarga—. Una casa de cristal con micrófonos en las lámparas. Los buscasteis mal.

Colgó. El móvil se me quedó un segundo sobre la palma, ardiendo.

Delante de nosotros, la lluvia seguía cayendo sobre la calle de Alberta, con una indiferencia absoluta.

Un ciclista pasó salpicando. Una mujer salió de la cafetería de enfrente con un paraguas amarillo, nos miró, se quedó parada con la boca abierta y sacó el teléfono.

Liam me cogió de la mano. Con fuerza. Sin pedir permiso.

—Al coche —dijo.

—Liam.

—Al coche, Maya.

Subimos. Él arrancó. Yo me quedé mirando el cactus de plástico del salpicadero, que se balanceaba, tonto, inmutable, y noté que el aire se me iba de los pulmones.