SoulMatch Capítulo 12
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Capítulo 12

Maya

Me despertó la luz del sol entrando por la ventana y el peso de un brazo sobre mi cintura.

Tardé un instante en recordar dónde estaba.

Después sentí el calor de un cuerpo pegado a mi espalda, una respiración lenta en mi nuca, el roce de una barba incipiente contra mi hombro, y los recuerdos de la noche me llegaron de golpe, con una suavidad que me hizo cerrar los ojos otra vez.

La tormenta había pasado. Quedaban las velas consumidas sobre la repisa, los charcos de cera, la colcha de patchwork arrugada a los pies de la cama.

En el exterior, los robles goteaban. Un pájaro cantaba con insistencia en alguna rama cercana.

Me quedé quieta, sin moverme, escuchando el corazón de Liam latir contra mi espalda con un compás tranquilo, y pensé que no había sentido jamás una paz así.

Y que esa paz me aterraba más que cualquier cosa.

—Estás pensando —murmuró él, con la voz ronca de sueño.

—No.

—Se te nota en la respiración.

—Estoy pensando en el desayuno.

—Mentirosa. —Me besó el hombro—. Te estás tocando el pelo.

Era verdad. Había llevado la mano a la nuca sin darme cuenta. La bajé de golpe y me giré entre sus brazos, hasta quedar frente a él. Tenía los ojos entornados, el pelo aplastado de un lado y la marca de la almohada en la mejilla. Me pareció, de repente, indecentemente guapo.

—No me mires así —dije.

—¿Así cómo?

—Con esos ojos.

—Es la única que tengo.

—Pues cámbiala.

—No puedo. Es lo que sale cuando te miro.

Me quedé sin respuesta. Me ardían las mejillas. Él sonrió con los ojos, la sonrisa pequeña y torcida que había aprendido a reconocer, y me apartó un mechón de la frente con la punta de los dedos. Fue un gesto tan sencillo, tan desprovisto de intención, que casi me echo a llorar.

—Tenemos que irnos —susurré.

—Lo sé.

—Imogen nos espera.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

—No quiero.

—Liam.

—Cinco minutos más.

—Sin temporizador.

—Sin temporizador —aceptó, y me atrajo contra su pecho, y yo me dejé hacer.

El desayuno lo tomamos en la recepción del motel, en una mesa de formica junto a la ventana, con tazas de café aguado y dos porciones de tarta de manzana que el recepcionista del gorro de lana había dejado sobre el mostrador con una nota que decía «Para los de la tele.

De parte de Ruth.» Era una tarta densa, especiada, con una masa que se deshacía en la boca.

Nos la comimos casi sin hablar, mirándonos de reojo, con una felicidad idiota que no sabíamos ocultar.

—Tu mujer hace una tarta magnífica —le dijo Liam al hombre cuando fuimos a pagar.

—Se la comunicaré. Se pondrá insoportable. —Sonrió—. Cuídense mucho. Y no se pierdan.

—No pensamos hacerlo —dije.

—Eso dicen todos —contestó el hombre—. Y luego se pierden. Pero se encuentran. Esa es la gracia.

Salimos al aparcamiento de gravilla, con el cielo lavado y las colinas verdes. Liam me abrió la puerta del coche. Yo me quedé mirándolo, apoyada en la chapa, con el sol dándome en la cara.

—Sospechoso —dije.

—Es costumbre.

—Es mentira. Antes no lo hacías.

—Antes no tenía tantas razones.

Subí al coche con una sonrisa que me duró cuarenta kilómetros.

Portland nos recibió con una lluvia fina y una luz plateada que hacía brillar los tejados.

Cruzamos el río por un puente de hierro, entre ciclistas con impermeables de colores y tranvías que se deslizaban con un rumor suave.

El barrio de Alberta era una calle ancha, con casas bajas de madera pintadas de tonos vivos, murales en las medianeras, tiendas de discos, cafeterías con pizarras en la puerta y bicicletas atadas a todas las farolas.

Aparcamos frente a un edificio estrecho de ladrillo rojo, con un rótulo hecho a mano en letras blancas sobre un fondo azul marino: «Harina y Marea. Cooperativa de panadería».

—Es aquí —dije, sin moverme del asiento.

—Es aquí.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—¿Entramos?

—Entramos.

Dentro nos recibió un calor denso, de horno, y un mostrador de madera donde se amontonaban hogazas, croissants y bollos de canela. Tras él, una chica joven con el pelo teñido de rosa levantó la vista de la caja registradora.

—¿Os atiendo?

—Buscamos a Imogen —dije, y me temblaba la voz—. Dígale que viene Maya Ferreira. De parte de Ravi.

La chica nos miró con curiosidad. Después, sin decir nada, desapareció por una puerta batiente. Oímos el entrechocar de bandejas, un murmullo, unos pasos. La puerta volvió a abrirse.

Imogen Pruitt apareció con un delantal blanco manchado de harina, las mangas remangadas hasta los codos y las manos aún espolvoreadas de blanco.

Había cambiado. Tenía el pelo más corto, castaño claro, recogido en un pañuelo, la piel tostada por el calor del horno y unas ojeras profundas que no cuadraban con la tranquilidad del lugar.

Cuando me vio, se quedó inmóvil. Después sus ojos se desviaron hacia Liam, hacia la puerta, hacia la calle.

—¿Habéis venido solos?

—Solos —dije.

—¿Sin cámaras?

—Sin cámaras. Sin grabadoras. —Liam sacó el bolígrafo del bolsillo y lo dejó sobre el mostrador, con una calma deliberada—. Si quieres, te lo entrego.

Imogen miró el bolígrafo. Miró a Liam. Después, con un suspiro largo, se quitó el delantal.

—Marlene, cubre la caja. Voy a atender a unos amigos.

—¿Amigos?

—Eso he dicho.

Nos llevó a un almacén trasero, entre sacos de harina apilados hasta el techo, estanterías metálicas llenas de moldes y una mesa de trabajo cubierta de masa.

Había una radio vieja que sonaba bajito.

Imogen sacó tres taburetes de debajo de la mesa y se sentó con las manos entre las rodillas, como una niña a la que van a regañar.

—No tenía derecho a escribirte —dijo, mirándome—. Me refiero a Ravi. Le dije que no te diera mi dirección.

—No me la dio. Solo el nombre de la cooperativa.

—Es lo mismo. —Sonrió con tristeza—. Me alegro de que hayas venido.

—¿De verdad?

—Llevo seis semanas sin dormir bien. Me levanto a las tres de la mañana para amasar, y es lo único que me tranquiliza. Es una terapia como otra cualquiera. —Se frotó las manos—. Pregúntame lo que quieras.

Liam se sentó en un taburete, frente a ella. Habló con una suavidad que le había oído usar con Walt, con mi madre, con la anciana de la gasolinera. Una voz grave y quieta, que no presionaba.

—¿Qué es el ajuste emocional, Imogen?

Ella tardó en contestar. Cogió un puñado de harina del saco, lo dejó resbalar entre los dedos.

—Empezó hace seis años. Hubo una reunión del consejo, la peor del año.

Las suscripciones habían caído un nueve por ciento.

Los usuarios encontraban pareja y se marchaban.

Desmond dijo, y aún lo recuerdo palabra por palabra, que habían construido el mejor producto del mundo y que eso era justo el problema. Que su éxito los estaba matando.

—Su mejor cliente es el que está a punto de encontrar el amor —murmuré.

—Eso. Me encargó diseñar algo que «equilibrara la experiencia». Fue su expresión. Yo entonces era una ingeniera de treinta y dos años con un préstamo universitario enorme. Pensé que sería una pequeña corrección. Un parámetro. Y se convirtió en lo que ya sabes.

—Lo sé.

—Pero no sabes lo mejor. —Levantó la vista, y vi en sus ojos algo parecido al vértigo—.

Antes de implantarlo, hicimos una validación interna.

Para estimar cuánto distorsionaría el resultado.

Cogimos tres años de parejas formadas en la plataforma, las que habían salido adelante, las que se habían roto.

Y comparamos lo que decía el modelo base con lo que había pasado de verdad.

—¿Y?

—Funcionaba. —Se le rompió la voz—. Funcionaba, Maya.

Mucho mejor de lo que cualquiera de nosotros se atrevía a imaginar.

Las parejas con una afinidad base por encima del ochenta por ciento, a los cinco años, seguían juntas en un setenta y ocho por ciento de los casos.

Las que estaban por debajo del cuarenta, en un nueve.

No era magia. No era destino. Era una correlación sólida, brutal, replicable.

Habíamos construido una máquina que acertaba.

Un silencio extraño cayó sobre el almacén. La radio, en un rincón, sonaba una canción lenta. Yo no sentía mis manos. Liam, a mi lado, se había quedado inmóvil.

—Y por eso lo escondieron —dijo, muy despacio.

—Acertar es muy mal negocio. Una máquina que acierta te hace perder clientes.

Una que casi acierta, pero se equivoca lo bastante para que sigas buscando, te hace ganar millones.

—Imogen se pasó la mano por el pañuelo—.

Yo diseñé esa mentira. Y la diseñé a conciencia, sabiendo que lo que estábamos escondiendo era verdad.

Me quedé mirando el suelo de cemento, con una sensación mareante. Ochenta y siete coma tres. Un setenta y ocho por ciento a cinco años. Los números empezaban a ordenarse en mi cabeza con una claridad cruel, de esas que uno quisiera no haber visto nunca.

—Imogen —dijo Liam—. ¿Estarías dispuesta a declarar todo esto?

—Con abogado. Y con garantías de que Desmond no me arruine la vida.

—Billie, mi editora, tiene un bufete que puede ocuparse. Gente seria.

—¿Cuándo?

—Esta semana.

—Dame hasta el viernes. —Respiró hondo—. Tengo que contárselo a mi pareja. Ella no sabe nada. Cree que me fui de SoulMatch porque estaba harta de los horarios.

—Podemos esperar.

Imogen asintió, despacio. Después se volvió hacia mí, y sus ojos, antes cargados de culpa, se suavizaron.

—Os vi en la tele. Los dos.

—Todo el mundo nos vio.

—Lo que quiero decir es que os vi de verdad. —Hizo una pausa, y esbozó una sonrisa extraña, casi dulce—. ¿Cuánto os dio?

—¿Perdona?

—El modelo base. Os lo habrás preguntado. Tenías el lápiz de memoria, Maya. Yo sabía que te lo habías llevado. Lo vi en los registros de acceso el día que te fuiste y no se lo dije a nadie. Pensé que era lo mínimo que podía hacer por ti.

Noté que me ardía la cara hasta las orejas. Liam, a mi lado, se aclaró la garganta y se puso a examinar con mucho interés un saco de harina.

—Ochenta y siete coma tres —dije, con un hilo de voz.